Rodrigo Quesada Monge1

Introducción


La metáfora de las supuestas formalidad e informalidad imperiales cuando se habla del Imperio Británico, tiene obvias justificaciones políticas que nos corresponde dilucidar, al menos para tener una idea más clara de la orientación que tiene la política británica en lo concerniente a sus relaciones con la América Latina. Hobson, en su celebrado y poco leído libro, lo decía con mucha claridad y contundencia: para Inglaterra el imperio es una carga, no sólo económica, sino también financiera y humana. Son unos pocos los que se benefician de él, y por lo general, cuando se impone por la fuerza, el imperialismo es una desgracia para los pueblos sometidos2.

Sin embargo, el beneficio político, geopolítico, militar, socio-económico y cultural era sencillamente espectacular, aunque sólo fuera para un puñado de seres humanos que estaban poseídos por la convicción de que su misión en este mundo era llevar la civilización a las “razas inferiores” de África, Asia y America Latina. Si un pequeño país como Inglaterra llegó a controlar las vidas y propiedades de más de cuatrocientos millones de personas3 en las dos terceras partes del planeta, eso no sólo se debe a la fuerza de la ideología, de la religión o de las bayonetas, sino, por encima de todo a la potencia del sistema económico que lo hizo posible. Las motivaciones financieras, comerciales y productivas del sistema capitalista vinieron antes que la brutalidad, la humillación y la simple rapiña de los pueblos sometidos al expolio imperial de las potencias europeas primero, y de los Estados Unidos posteriormente.

El argumento de autores como Bill Warren4, para quienes el capitalismo y las ganancias que supone se sostienen y se hacen penetrar por la violencia en la punta de los fusiles de las fuerzas imperiales de aquellos países, será cierto solamente hasta ahí donde se reconozca que el imperialismo es operativo históricamente a partir del momento en que el capitalismo lo justifica y lo reproduce. La violencia económica del sistema capitalista es anterior a las preocupaciones geopolíticas de cualquier potencia imperialista; ésta es una de las lecciones fundamentales que se desprenden de la historia económica de América Latina, por ejemplo.

La dominación informal que ejerce el Imperio Británico sobre América Latina, durante todo el siglo XIX, reposa precisamente sobre los logros y capacidad de crecimiento del capitalismo inglés. No puede ser otra la razón, entonces, por la cual la segunda parte de ese siglo, viene definida, en su esencia, por tres grandes líneas de fuerza:

    1. Los nuevos patrones de acumulación y reproducción de la riqueza.
    2. La nueva división internacional del trabajo.
    3. La rivalidad interimperialista.


A continuación nos referiremos a cada uno de estos asuntos por separado. Conste que nuestra preocupación vertebral es ofrecerle al lector algunos ingredientes descriptivos y analíticos sobre la forma en que el imperialismo, entre 1850 y 1898, expresa las tendencias expansivas más generales del sistema capitalista como un todo. En este sentido, América Latina, ve progresar paso a paso, pero de manera consistente y sostenida, las distintas formas y métodos utilizados por el sistema para atraerla hacia el movimiento internacional de los capitales y de la fuerza de trabajo.

Entre los años de 1850 y 1900, América Latina y el Caribe se han convertido en un escenario rico y diverso para las pugnas entre los imperios europeos y los Estados Unidos. Pero se trata de enfrentamientos que van más allá de la posible ocupación militar, como sucedía en el Caribe, o de la invasión colonialista clásica como en 1856 con Centroamérica, pues la internacionalización de los mercados incorpora geografías y recursos ahí donde el consumo es potencialmente posible.

Filipinas, como el último bastión del imperio español en el Pacífico Occidental, sufrirá también los embates del imperialismo norteamericano entre 1898 y 1902. Éste es también el momento en que el imperio inglés alcanza su punto más álgido, consagrado con la coronación de la reina Victoria como emperatriz de la India en 1876, en un entramado capitalista de progreso material y riqueza sin precedentes.

La guerra civil en los Estados Unidos (1861-1865), así como la crisis de 1873-1896, completaron un capítulo político y económico definido, al mismo tiempo, por la revolución de los transportes, la era del ferrocarril y de la navegación a vapor, y la aparición por primera vez de tácticas y estrategias militares especialmente diseñadas para reprimir a los movimientos de liberación nacional, a las mujeres y a los trabajadores organizados.

Es también la época de la publicación del primer volumen de El Capital de Marx, de La importancia de llamarse Ernesto de Wilde, de la crisis de la Primera Internacional de los Trabajadores y del surgimiento de la Segunda Internacional, así como de las expresiones más feroces del colonialismo, según lo atestiguan los belgas, los ingleses, los franceses y los alemanes en el caso del Congo5, donde se alcanzaron niveles tan atroces de explotación y genocidio, solo comparables con los logros coronados por la Alemania nazi.

Los nuevos patrones de acumulación y reproducción de la riqueza


Pero nada de eso fue posible sin la nueva lógica económica introducida por el sistema capitalista con su reveladora aparición histórica, durante la segunda parte del siglo XVI6. El nuevo sistema económico vino al mundo en un momento muy particular, cuando las sociedades europeas se están expandiendo e incorporando otras geografías y otras sociedades; cuando cambios radicales se están operando interiormente en la agricultura, la artesanía, la manufactura, que dan paso al surgimiento de una clase de personas que sólo tienen su fuerza de trabajo para sobrevivir.

Otros, en cambio, se hacen dueños de instrumentos de producción, de tierras y capitales para producir mercancías en busca de obtener la mayor ganancia posible. Para ello es necesario contratar, por lo mínimo, a los primeros, a los que sólo tienen su fuerza de trabajo. Esta relación, entre los poseedores y los desposeídos, su enfrentamiento en torno al cómo y al por qué producir mercancías, en torno al volumen y la distribución de las ganancias, tendrá una evolución histórica, la mayor parte del tiempo sumamente conflictiva7.

Esa conflictividad tendrá distintas expresiones, en las fábricas, en las calles, en la tienda y en el campo. Por ella se harán revoluciones y se levantarán imperios. La búsqueda obsesiva de ganancias produce ideas, instituciones y una moral que un grupo determinado de seres humanos consideran perfectamente natural. Para ello es necesario acumular riquezas, capital, tierras, hombres y toda clase de recursos, con tal de que el sistema económico pueda seguirse reproduciendo.

Históricamente hablando, cuando el imperialismo hace su triunfal entrada en el desarrollo del sistema capitalista (durante la segunda parte del siglo XIX), éste ha pasado por varias etapas que lo han conducido hacia su consolidación definitiva. El imperialismo, entonces, es esa búsqueda de ganancias y riquezas, exacerbada, llevada al paroxismo por una clase social que considera legítimo despojar al otro de lo que tiene, simplemente porque considera que es inferior, social, racial o culturalmente, y apuntalada por ejércitos militares, de burócratas y administradores dedicados a tiempo completo al saqueo, a la manipulación y a la depredación de recursos y personas.

Bien se puede decir del capitalismo que es el sistema económico con el cual fue posible históricamente el imperialismo, entendido como su moral, su política y su ideología, y en la etapa de mayor desarrollo y crecimiento. Entre el banquero y el tendero venecianos del siglo XVI y la corporación multinacional de nuestros días, han transcurrido siglos de opresión y progreso, que hacen abrumadoramente evidentes las desgarradoras y brutales contradicciones que han caracterizado al sistema a todo lo largo de su historia.

Fue en Inglaterra donde el capitalismo adquirió los mayores niveles de desarrollo y madurez, durante el siglo XIX, y por supuesto el imperio inglés. Para la segunda parte del siglo, en ese país el crecimiento económico es espectacular, tanto así como para considerarlo la “fábrica-taller del mundo”8. Eso implicaba estar a cargo de los flujos internacionales de capital, de recursos humanos y naturales, y de la geografía del planeta, donde los mares jugaron un papel central para la navegación, la migración y el movimiento de los dispositivos relacionados con la producción y controlados por Gran Bretaña9, dispositivos tales como la diplomacia, la fuerza militar, las instituciones financieras, la tecnología, las facilidades de mercadeo, las corporaciones multinacionales y otros sumamente influyentes para hacer que el expansionismo tuviera una dirección clara y sostenida10.

Gran Bretaña viene desde una revolución industrial temprana, en la segunda parte del siglo XVIII, que es a su vez un conjunto de varias revoluciones: una revolución demográfica, agrícola, comercial, y de los transportes, todas las cuales hicieron posible una transformación sin precedentes de la economía inglesa, al punto de que, para la gran exposición de 1851 en el Palacio de Cristal de Londres, ha alcanzado el punto de no retorno en un proceso de industrialización que otros querrán imitar para jamás igualar11.

Para ese año, más de tres millones de trabajadores están concentrados en la industria, y unos dos millones en la agricultura, pero se trata de trabajadores altamente calificados. La productividad per cápita se ha doblado dos y media veces, y aunque las tasas de crecimiento oscilaron entre un dos y un tres por ciento anual, a todo lo largo del siglo XIX, no debe olvidarse que, el hecho de haber experimentado la primera revolución industrial ponía en desventaja a la economía británica, con relación a otras, como la norteamericana y la alemana (con tasas de crecimiento anual del cuatro y el seis por ciento), que llegaron después y encontraron muchas de las dificultades de la industrialización ya resueltas12.

Pero con este libro no es precisamente la historia del capitalismo inglés la que nos interesa describir, no tanto porque existen extraordinarios trabajos de investigación que discuten el tema, sino porque nuestro interés primordial reside en el imperialismo histórico, es decir, esa clase particular de imperialismo que América Latina tuvo que enfrentar entre 1823 y 1898, período en el cual los ingleses jugaron un papel esencial, pero en el que no fueron los únicos cuando se trató de la dominación de nuestros países.

A todo lo largo de la segunda parte del siglo XIX, Inglaterra se enriquece, acumula y reproduce su riqueza, no sólo generando textiles, carbón, hierro, acero, ferrocarriles y barcos a vapor, sino también exportando capitales en grandes cantidades, y explotando enormes contingentes de seres humanos, en África, Asia y América Latina. A pesar de las severas críticas hechas por Henryk Grossmann al libro de Fritz Sternberg, publicado en 192613, y que se dice es en alguna forma una continuación del trabajo de Rosa Luxemburgo (ver el capítulo primero de este libro), las disquisiciones teóricas y las descripciones históricas del mismo, tienen enorme relevancia para el trabajo del historiador, en particular sus referencias al papel jugado por América Latina, como cliente importante de los ingleses en materia de inversiones de capital.

Aquí no haremos referencia al problema teórico que aquejaba, durante los años veinte del siglo anterior, a una importante generación de teóricos marxistas (por cierto una de las más brillantes de que se tenga memoria), relacionado con el inevitable derrumbe del sistema capitalista (de aquí la frase derrumbismo histórico que se les aplicaba a ciertos de estos teóricos), cuando el sistema hubiera perdido por completo su habilidad para rehacerse, después de la última crisis económica que lo llevaría al derrumbe definitivo, abriendo paso al socialismo.

La crítica leninista señalaba este enfoque como socialdemócrata, pues argumentaba que dejaba por fuera totalmente al sujeto histórico (a los trabajadores), con lo cual el proceso revolucionario perdía por completo su validez histórica. El mecanicismo de este análisis era evidente, pero hizo avanzar importantes estudios e investigaciones sobre la reproducción ampliada en el sistema capitalista, para comprender mejor la caracterización del imperialismo en dicho proceso, éste último (la reproducción ampliada) estudiado por Marx en los volúmenes dos y tres de El Capital.

El llamado de atención de teóricos como Hobson, Rosa Luxemburgo o Sternberg respecto a la importancia central del imperialismo para comprender un poco mejor la etapa de madurez del capitalismo, adquiere más sentido en el trabajo de los historiadores, desde el momento en que para estos describir y analizar los cambios de la economía capitalista en el tiempo, particularmente el capitalismo periférico, permite introducir factores e ingredientes que en el proceso expansionista europeo se pueden perder de vista fácilmente, como suelen ser el papel jugado por las migraciones, la exportación de capital y la depredación de los recursos naturales en el desarrollo del intercambio desigual.

El hecho de que los europeos históricamente se beneficiaran más que otros en el proceso de colonización del mundo, es perfectamente comprensible si pensamos en que, a diferencia de algunas civilizaciones del pasado, donde la riqueza acumulada se invirtió en pirámides o catedrales, el capitalismo europeo la reinvirtió para reforzar su proceso de crecimiento y expansión. Tales riquezas, provenientes de la colonización y de la industrialización, proveyeron los fondos requeridos para continuar con el mismo, y la geografía de la expansión europea suplió la demanda. En este escenario la inversión extranjera fue esencial, y ningún país tenía mejores condiciones que Inglaterra para iniciar la tarea, pasando de $2,300 millones en 1855 a $19,500 en 191414.

Mientras puede ser cuestionable pensar que el crecimiento de las inversiones inglesas en el exterior haya procedido de las reinversiones de los intereses acumulados hasta 1913, no hay ninguna duda en que los ingresos por tales inversiones fueron realmente resonantes. Una acumulación de capital a escala internacional de esta envergadura era completamente nueva en la historia del capital financiero.

Entre 1871 y 1875, cuando Inglaterra tenía un déficit promedio anual de £65 millones en su comercio exterior, el ingreso acumulado por sus inversiones en el extranjero ascendía a £50 millones, a lo que habría que añadir sus exportaciones invisibles, tales como navegación, seguros, banca e inversiones públicas indirectas en países como los latinoamericanos, lo que contribuyó ostensiblemente, para que los ingleses pudieran cambiar el déficit mencionado en un superávit, y les permitiera pasar por la deprimida década de los setentas con un ingreso cercano a los £55 millones anuales solo en inversiones extranjeras. En el trecho de 1891 a 1906, no hubo año en que los ingleses no hubieran confiado en sus inversiones extranjeras para nivelar sus libros15.

Lo que Tulio Halperin-Donghi16 y Roberto Regalado llaman el orden neocolonial, y que nosotros hemos llamado “imperialismo histórico” encuentra en América Latina el contra peso, la salida, a la herencia que ha dejado la revolución industrial en el capitalismo inglés particularmente, como hemos visto. Las crisis de subconsumo de 1825, 1836, 1848, 1857, 1866, 1873, 1882 y 1890-9317 forman parte todas de un ciclo de saturación de los mercados que obliga a los empresarios, políticos y técnicos europeos a buscar lugares, contextos económicos y sociales nuevos donde invertir, vender y promover sus capitales, productos y mercancías.

La nueva coyuntura que se inicia después de 1850, trae la impronta de una expansión ferroviaria espectacular que ha caracterizado a la década anterior de manera incuestionable, tanto así como para provocar en gran parte la crisis de 1847 y 1848. Pero en el caso de América Latina, los años cincuenta son años tranquilos, de búsquedas institucionales que legitimen los nuevos afanes democráticos, después de la sangría generacional dejada por las guerras de independencia18.

La acumulación a escala mundial, como la llamará Samir Amin, le asigna a la América Latina un nuevo lugar en la división internacional del trabajo, junto a los países de África y Asia que han sido integrados tardíamente en el proceso de expansión capitalista, el cual ha remontado ya las limitaciones de la primera revolución industrial, limitaciones atinentes al tránsito de una economía fundamentalmente agrícola a una por completo industrializada, como sucedía con Inglaterra por esa época. Este es el momento en que se puede escenificar el serio deterioro de la agricultura británica, y el traslado del valor acumulado hacia la industrialización interna definitiva19. Proceso que luego sería seguido e imitado por otras potencias en vías de industrialización como Francia, Alemania, los Estados Unidos y Japón.

Pero para que esta transformación se completara, fue necesario readecuar a las economías externas marginales para que produjeran los alimentos y las materias primas requeridas. Dicha readecuación pudo haberse hecho mediante una renegociación del pacto colonial con dominios imperiales tales como la India, Australia, y África occidental, o por la fuerza como sucedería en el Caribe, África tropical y Egipto. La supuesta metáfora de imperialismo formal e informal deja de serlo cuando nos percatamos de que los ejércitos de Inglaterra, Alemania, Francia, Bélgica, Italia, Portugal, España, Estados Unidos, Japón y Rusia se saltan la frontera entre ambos aspectos de la misma, si lo que está en juego son los recursos humanos y materiales, los mercados externos y el libre flujo internacional de los capitales, así como los distintos medios a través de los cuales aquellas potencias logran atemperar sus problemas internos con las clases trabajadoras, el campesinado y la pequeña burguesía radicalizada.

Los nuevos patrones de acumulación, apuntalados por la revolución de los transportes, el ferrocarril y la navegación a vapor, son difíciles de comprender sin referirnos a la nueva división internacional del trabajo, que permite tener una idea más cabal de la nueva lógica que se desarrolla entre países de capitalismo desarrollado y países de capitalismo dependiente.

Definitivamente, la segunda revolución industrial encontró a los sujetos del nuevo imperialismo, dispuestos a todas las modificaciones requeridas por la geografía planetaria para ejercer sus talentos y ambiciones. Los alemanes y los norteamericanos, así como los franceses y los japoneses se propusieron remontar la vieja estructura familiar de la empresa, típica de la Inglaterra del siglo XVII, para dar paso al capital corporativo, donde la centralización del poder del estado, como es el caso en Alemania y Japón, sería una palanca esencial en sus procesos internos y externos de acumulación.

La nueva división internacional del trabajo


En términos de economía política no es suficiente hablar de nueva división internacional del trabajo, como si se tratara de una cuestión relacionada exclusivamente con una asignación inédita de recursos humanos y naturales, a partir de parámetros geográficos antiguos y recientes. Si algo tuvo claro el Imperio Británico (particularmente algunos de sus ministros ya referidos) respecto a la herencia española en América Latina, fue que no podría seguir los mismos procedimientos administrativos, económicos, sociales, políticos e ideológicos estructurados por España en esa región, a lo largo de tres siglos de dominación, puesto que la expansión capitalista, tal y como se ha visto en la sección anterior, exigía la “invención” de nuevos mercados, la “creación” de una nueva geografía como sucedió con la India, y la articulación de nuevos procedimientos de intercambio comercial que le permitieran obtener el mayor provecho posible de sus relaciones con América Latina, pero sin confrontar de manera abusiva a las otras potencias capitalistas interesadas exactamente en lo mismo20.

Lo que queremos decir es que, con la nueva división internacional de trabajo, a partir de la segunda mitad del siglo diecinueve, en aquellas geografías más aptas para ello, no sólo se buscó concentrar recursos humanos y materiales en la producción de alimentos y materias primas para intercambiar por productos manufacturados, tecnologías y capitales, sino también que los criterios geopolíticos, diplomáticos y comerciales debieron ser tomados muy en cuenta al momento de diseñar las características de los flujos internacionales del intercambio. De lo contrario no podría entenderse el afán por parte del capital transnacional en abrir una ruta interoceánica a través del istmo centroamericano, donde fueron consideradas dos opciones muy claras con consecuencias políticas, diplomáticas, militares y geopolíticas realmente decisivas en las historias de Nicaragua y Panamá.

Si el intercambio comercial experimentó una mutación decisiva en la segunda parte del siglo XIX, debido a las nuevas tecnologías y medios de transporte, había que crear las condiciones geográficas y económicas indicadas para que el sistema capitalista pudiera continuar reproduciéndose. La reorientación de las economías latinoamericanas hacia la especialización productiva, alimentos y materias primas, incluía también obviamente un relanzamiento geopolítico de los aspectos más estratégicos de su geografía, sobre todo en aquellos países y sub-regiones estratégicamente ubicados, como era el caso del Caribe y de América Central.

La segunda parte del siglo XIX entonces, para estas áreas significó apostar su independencia y su identidad ante un capitalismo más expansivo, seguro, progresista y agresivo, que se serviría de medios y métodos claramente imperialistas para articular una reproducción ampliada a través de la cual se rediseñaría la totalidad de la geografía del planeta. El surgimiento del orden neocolonial, como bien lo apunta, Halperin-Donghi, es sumamente desigual en el caso de América Latina21, como desigual es el impacto de su incorporación en el mercado mundial; puesto que, mientras en América del Sur algunas redes ferroviarias, por ejemplo, pudieron ser levantadas y sostenidas por un buen rato con capital nacional (Chile en 1851, Argentina en 1857, Brasil en 1854 y México en 1872)22, en otras partes el capital transnacional hizo de las suyas y contó con un apoyo incondicional de los grupos sociales dominantes, tal es el caso, de nuevo, del Caribe y América Central.

Para estas áreas el librecambismo supuso, no sólo un utillaje teórico e intelectual relativamente novedoso, para apoyar decisiones políticas no siempre muy acertadas, sino también la puesta en práctica de una alianza imperialista de consecuencias económicas y sociales impredecibles en este momento23.

En el Caribe, particularmente en las Antillas mayores, y en América Central, la especialización productiva en café, tabaco, azúcar y minería implicó una concentración inédita de la fuerza de trabajo en economías de enclave, donde la sobre explotación alcanzó niveles solo parangonables con la esclavitud. De hecho, la emigración de trabajadores negros, chinos, y algunos europeos como italianos, irlandeses y españoles, fue promovida e impulsada hacia estas tierras no tanto por la explotación del oro, por ejemplo, sino esencialmente por las empresas faraónicas de construcción canalera y ferrocarrilera que tenían lugar en sitios como Panamá, Costa Rica y Guatemala24.

La segunda mitad del siglo XIX tiene, en esta parte de América, una historia económica, social y política de perfiles muy especiales, pues llegó a convertirse en el período de mayor exacerbación de las prácticas imperialistas por parte de las potencias europeas, y de Estados Unidos en particular, para quienes el Caribe y América Central debían ser consideradas las áreas geopolíticas por excelencia, donde se dilucidarían algunas de las mayores tensiones en las líneas de fuerza diplomática, militar, económica y financiera del siglo siguiente, que se resolverán definitivamente con la Primera Guerra Mundial (1914-1918).

Las inversiones extranjeras en América Latina, entonces, privilegiaron los aspectos estructurales del crecimiento económico de esta región, con el afán estratégico de complementar el desarrollo que tenía lugar en la metrópoli25. El énfasis sobre la agricultura y la minería de exportación, los transportes, ferrocarriles y navegación, los circuitos de la circulación, puertos, muelles y caminos; y el impulso dado a políticas económicas que no obstaculizaran el libre intercambio de mercancías, fuerza de trabajo y tecnologías, obligaron a los grupos dominantes en América Latina, a participar en el proceso de modernización capitalista a un costo político, cultural, social y económico incalculable26.

El movimiento de la frontera agrícola tuvo un impacto devastador sobre tierras y hombres en países como los centroamericanos y caribeños. El despojo de la población indígena y la alta concentración productiva en los bienes de exportación desequilibraron la producción para el mercado interno, y obligaron a estos países, fundamentalmente agrícolas, a importar su alimentación. A pesar de que los ferrocarriles pudieran haber reducido el tiempo de transporte de los productos del interior a los puertos en unas treinta veces, o de que la navegación a vapor hubiera doblado la capacidad de transporte y la velocidad de los barcos de vela en menos de veinte años a mediados del siglo, estos pueblos pagaron cuotas altísimas en sacrificios humanos para ligarse a los flujos internacionales del capital. Entre 1871 y 1891, la construcción del ferrocarril al Atlántico en Costa Rica, puede haber costado la vida a unas 4000 personas, sin tomar en cuenta el desarraigo que supuso para la población negra, china y del trabajador europeo que participó en el proceso27.

Pero, como hemos apuntado varias veces, la nueva división internacional del trabajo, armoniosa con el “nuevo imperialismo” que despega en la segunda mitad del siglo XIX, iba más allá del impulso dado a las emergentes economías de exportación, y en zonas como el Caribe y América Central, suponía también el ingrediente geoestratégico relacionado con la construcción de un canal o varios a través del istmo.

La “economía canalera”, si cabe el término, que bien puede ser considerada una forma de economía de enclave, al lado de la explotación minera y bananera, supone indefectiblemente el funcionamiento de una economía dentro de otra, con lo cual se obliga a la población, a los recursos humanos y materiales del país que experimenta la utilización de su territorio nacional con tales fines, a fortalecer, ampliar y sostener el buen funcionamiento del canal28.

La construcción del Canal de Panamá (1903-1913) recoge una historia que podríamos decir se remonta al siglo XVI, cuando los españoles ya eran conscientes de la viabilidad de una empresa de tal magnitud; pero la misma, que adquiriría contornos ciertos hasta la segunda mitad del siglo XIX (1879), cuando el “nuevo imperialismo” ya tendría la certeza de su enorme importancia geoestratégica, casi borra y mutila por completo la historia nacional y la identidad del pueblo panameño29. Haría exactamente lo mismo en el caso de Nicaragua, puesto que este país fue también un candidato cierto de los delirios empresariales y financieros del imperialismo monopolista de la segunda mitad del siglo en cuestión30.

El Canal de Panamá, como el Ferrocarril Transítsmico, construido inicialmente por capitalistas de Nueva York entre 1851 y 1855 (pero concluido en 1869) y, posiblemente, la primera inversión de envergadura de los Estados Unidos en América Central, son, en gran medida, producto del Tratado Clayton-Bulwer de 1850, entre los imperialismos de Gran Bretaña y los Estados Unidos, con el cual se buscaba armonizar y disolver toda posible confrontación entre ambas potencias en América Central y el Caribe.

Un gran triunfo diplomático para los Estados Unidos, con dicho tratado la joven potencia les marcaba el terreno a los europeos, y les establecía los límites hasta dónde podían llegar con relación a todo intento por construir un canal sin su consentimiento, a pesar de que los británicos habían convertido el norte de Nicaragua en una base de operaciones comerciales y militares de relativa importancia en la región. Sin embargo, el tratado le facilitaba a los Estados Unidos un poco más de tiempo para crecer, resolver muchos de sus problemas con la esclavitud y finiquitar detalles con su expansión geográfica interna. Aún así, no puede dejar de recodarse que el Ferrocarril Transítsmico, como parte de la nueva división internacional del trabajo, cobró también un precio muy alto, pues unos nueve mil trabajadores perdieron la vida en los pantanos de la línea que se había tendido entre la ciudad de Panamá y la costa atlántica.

Entre 1855 y 1869, unos 600,000 viajeros deben haber hecho la travesía y unos $750 millones en oro pueden haber sido transportados desde California hacia el este de los Estados Unidos. En 1905 el ferrocarril estaba dejando unos $38 millones en ganancias a sus propietarios, pero había devuelto algo de prosperidad al istmo y lo había convertido de nuevo en un cruce de caminos muy relevante para el mundo occidental31. Igualmente, puede decirse que durante la construcción de esta línea férrea, tuvieron lugar los primeros enfrentamientos trascendentales de clase, en la historia del movimiento obrero centroamericano, y panameño particularmente.

Tenemos huelgas en 1853, 1855, 1868, 1881 y 1895. Según el célebre pintor francés Paul Gauguin (1848-1903), quien durante los años ochenta trabajó una temporada en la construcción del canal para la compañía del ingeniero francés Ferdinand de Lesseps (1805-1894), nueve de cada doce trabajadores perdía la vida en los pantanos32.

En efecto, el costo humano de los proyectos relacionados con la construcción del canal de Panamá, y del canal mismo, evidenciaban que el gobierno de los Estados Unidos estaba dispuesto a pagar cualquier precio con tal de articular una dominación lo suficientemente homogénea sobre el Caribe y América Central, como fuera posible. Homogénea en el sentido de que el imperialismo norteamericano visualizaba la solución de sus problemas internos, a través de la solución de los problemas externos más acuciantes para su seguridad como nación.

El acceso al Pacífico y a los mercados de Asia, estaba en relación directa con la readecuación de la economía del Sur de los Estados Unidos, y para ello era necesaria la construcción de un canal interoceánico. No era posible sostener la integridad nacional sino se disponía de proyectos y empresas nacionales que la hicieran posible. La guerra civil (1861-1865) pondría en evidencia el tremendo nivel de desintegración que estaba desgarrando a ese país.

La rivalidad interimperialista


La nueva división internacional del trabajo, acompañada de un nuevo imperialismo más consciente de sus logros y propósitos, hizo algo más que impulsar la especialización periférica de la fuerza de trabajo, como hemos visto. Para servir y realizar las aspiraciones de la metrópoli, la periferia, no sólo tuvo que concentrar fuerza de trabajo y capital, sino también encontrar las vías políticas, sociales e ideológicas, que justificaran el supuesto proyecto de clase que pensaban impulsar los sectores dominantes, para que las alianzas y concesiones hechas a las empresas y grupos transnacionales no aparecieran como un entreguismo burdo y llano.

En gran parte, el siglo XIX es el siglo del liberalismo, y encontraremos que las revoluciones liberales que tuvieran lugar en América Latina, iban orientadas a servir y articular de forma más efectiva la institucionalidad correspondiente para que el libre comercio con las potencias metropolitanas no encontrara obstáculos y, más bien, cuando hiciera su aparición algún tipo de proteccionismo, imaginar los atajos para escamotearlo.

De esta forma, encontraremos que en América Latina, las potencias metropolitanas tuvieron serios enfrentamientos, entre 1850 y 1890, más que nada, en el orden de las formas y los estilos, en el énfasis, más que en el aspecto vertebral del crecimiento capitalista. Todas coincidían en que la expansión capitalista solo podía tener lugar si se operaba una apertura de los mercados externos, a través de la exportación de capital, de las inversiones extranjeras, de la movilización de grandes contingentes de trabajadores de un lugar a otro, con lo cual la migración, dicho sea de paso, se revelaba como otra forma de desplazamiento del valor acumulado a escala mundial33.

Pero la construcción de ferrocarriles en Argentina, México o Chile no fue lo mismo que aquella impulsada en Costa Rica, Guatemala o Panamá. En el primer caso podríamos hablar del intento por construir sistemas nacionales de redes ferroviarias34, en el segundo caso se trata más bien de ferrocarriles especialmente diseñados para servir una determinada región que, controlada y explotada por una multinacional, rediseñaba la geografía del país receptor en función de sus intereses particulares, tal es el caso de la United Fruit Company, o del Canal de Panamá.

El criterio comercial y financiero con el que Gran Bretaña inició la construcción de ferrocarriles en un país como Costa Rica, era muy distinto al esgrimido por los empresarios norteamericanos que se hicieron luego cargo de la misma actividad. Los ingleses movilizaron a una importante cantidad de pequeños y medianos accionistas, para lograr una inversión negociada por un grupo de banqueros no siempre muy escrupulosos.

Los norteamericanos estuvieron representados solamente por un único empresario, Minor Cooper Keith (1847-1929), para quien lo único que contaba era servirse del ferrocarril con el fin de sacar el banano hacia los puertos y venderlo en el mercado estadounidense. Aquí se nota de manera casi tangible, la transición del imperialismo histórico al imperialismo permanente, el paso del capitalismo de libre competencia, al capitalismo monopolista, y el gran peso que tuvo en la expansión imperialista, el papel jugado por el capital financiero.

En Brasil35, Costa Rica, El Salvador y Guatemala36, los ferrocarriles constituyeron el mejor ejemplo de la inversión privada directa, y de los préstamos gubernamentales, en tanto que pivotes de la penetración imperialista del capital financiero en esta parte del mundo. Para la Primera Guerra Mundial, un 70% de las inversiones extranjeras realizadas en América Latina tomaba el rumbo hacia los renglones mencionados37.

Durante los años noventa, el empresario norteamericano Minor C. Keith era el inversionista más poderoso en casi toda América Central y el Caribe suramericano, pero los alemanes en Guatemala, por ejemplo, controlaban dos terceras partes de toda la exportación de café hacia el mercado internacional. El alto grado de concentración del capital financiero norteamericano y alemán, hacía que su capacidad competitiva fuera mayor que la ofrecida por los ingleses en áreas como Centroamérica y el Caribe, donde sufrieron un desalojo progresivo casi inmediatamente después de la firma del tratado Clayton-Bulwer de 1850.

Aunque después los norteamericanos no avanzaron mucho en los “afectos” de los latinoamericanos38, aparentemente más inclinados hacia los negocios con los europeos, es evidente que luego de 1850, al menos en el Caribe y América Central, Inglaterra tuvo que replegarse hacia sus colonias, y los alemanes y franceses asumir una actitud más conservadora con relación a sus actividades comerciales y financieras en estas regiones, muy vulnerables debido a su inestabilidad política y a su estrecha dependencia de los mercados norteamericanos39.

Pero la rivalidad interimperialista adquirió también otras aristas pocas veces estudiadas y evaluadas por los historiadores y otros científicos sociales y humanistas. Más allá de la tirantez provocada por las rebatiñas en torno a cuotas de mercado, contingentes de fuerza de trabajo, precios y salarios, o aquello otro relacionado con seducir al consumidor centroamericano y caribeño, se tratara de clase alta o del simple pueblo llano, las potencias imperialistas también tuvieron que lidiar con estados nacionales en formación y muy complejos en términos financieros, contables y de cálculo meramente, al tratar de hacer negocios con pueblos todavía en condición “primitiva”, como diría el historiador británico al que acabamos de citar.

Para la Corona Británica era muy distinto hacer negocios con los argentinos que con los nicaragüenses, por ejemplo, en el tanto a estos últimos pueblos, los centroamericanos, se los veía esencialmente como portadores de una riqueza potencial, sumamente importante en términos geoestratégicos para los poderes imperialistas del momento; nos referimos a su posición ístmica, lo mismo sucedía con los panameños. Pero además, existía la posibilidad de convertir a estas pequeñas naciones centroamericanas, en abastecedoras del mercado de esclavos que nutría a los estados sureños en los Estados Unidos. Estados a los que difícilmente podríamos llamar “estados nacionales”, los centroamericanos se encontraron, después de la independencia, con el grave problema entre manos de organizar una plataforma institucional, económica y financiera, que les permitiera establecer lazos más o menos permanentes con la comunidad internacional40.

Entre 1824 y 1838, como ya vimos, el proyecto federal fracasó por muchas razones, pero sobre todo por motivos políticos y financieros; sin tomar en cuenta la posibilidad de que el Cónsul Británico Frederick Chatfield haya estado involucrado en boicotear el mismo. Pero entre 1838 y 1850, los pequeños estados centroamericanos buscaron distintas sendas para ligarse a la economía mundial, con productos tales como los tintes naturales y el café. Este último resultó muy exitoso en el caso de Costa Rica, a la cual, desde la década de los treinta, le había facilitado un ingreso regular y sostenido en los mercados europeos, sobre todo en el mercado inglés.

Son años difíciles, porque los capitalistas ingleses han contraído seriamente sus inversiones en América Latina, desde 1825 aproximadamente, en virtud del sonado fracaso que tuvieron estos países para hacer frente a las deudas con los banqueros y empresarios británicos. Será un hiato de unos veinticinco años, hasta que en los cincuentas se establecen nuevos contactos con los estados latinoamericanos en formación para suplirlos de ferrocarriles, bienes de capital y productos manufacturados, a cambio de materias primas, alimentos, y accesos espaciales en sus privilegiadas geografías, como la centroamericana y la caribeña.

La acumulación por desposesión, como la llama Harvey, en el caso de América Central y el Caribe, adquiere niveles inauditos en lo que concierne a las acciones imperialistas emprendidas para despojar a estos países de lo único que tienen: su geografía, su territorialidad. La geografía histórica del capitalismo, durante la segunda parte del siglo XIX, se mueve, se amplía, en un movimiento dinámico impulsado por la expansión imperialista, que cuenta ahora con nuevas organizaciones empresariales dispuestas a invertir grandes cantidades de capital para repeler la oleada revolucionaria que sacude a Europa, por un lado; y por otro a los Estados Unidos, quien se encuentra en medio de un proceso irreversible por unificarse, integrando su geografía interna y, luego de la guerra civil, buscando en el mercado exterior las salidas que distrajeran las consecuencias de la misma, sobre todo después de que la crisis de 1866 anunciara la que se avecinaba en 1873, cuando no sólo el mercado del algodón se encontró redireccionado, sino también el mercado de capitales saturado debido a flujos de oferta sin precedentes en la historia financiera reciente.

Para los imperios, la geografía de América Central y del Caribe no les pertenecía a estos pueblos, y estuvieron dispuestos a escoger cualquier recurso o acción para hacerse con el control de ella. Por eso no extraña que algunos de los supuestos latinoamericanistas europeos o norteamericanos de hoy, cuando hablan de América Latina, casi siempre excluyen aquellas regiones, porque para ellos la geografía de Argentina, Brasil, Perú, Chile o México, adquiere mayor presencia y textura a partir de que fue receptora de una emigración importante, y ofreció mayores riquezas materiales como sujeto de inversión y explotación extranjera. Con estas condiciones, los países de América Central y del Caribe, entonces, no existen, a no ser porque su geografía es estratégicamente decisiva para los imperios.

Junto a los problemas de territorialidad, entonces, América Central y el Caribe debían sumar sus serios problemas políticos y financieros internos, los cuales fueron ampliamente aprovechados por los imperios, cuando después de 1850 nos encontramos con que se repartieron sus recursos materiales y humanos, y su geografía, sin tomar en cuenta los posibles resultados sobre pueblos y naciones en el istmo centroamericano y en el Caribe. El Tratado Clayton-Bulwer de 1850, ya lo hemos visto, es esencialmente un acuerdo entre imperios sobre dónde, cómo y por qué establecer un canal interoceánico en esta zona.

Pero la invasión filibustera de 1856 representa lo más enconado de un accionar imperialista que veía a la América Central como un candidato cierto para solucionar, al menos parcialmente, el problema de abastecimiento de fuerza de trabajo esclava en las plantaciones del Sur de los Estados Unidos. Para mantener su estructura de clases, su forma de vida, y sus tradiciones, los esclavistas sureños soñaron con un “imperio caribeño”, el cual les aliviaría el efecto que el agotamiento de los suelos y el bloqueo de su desplazamiento hacia el oeste estaba teniendo en sus niveles de productividad. Mucho antes de la guerra civil (1861-1865) hombres como Jefferson pensaron que el Caribe podría jugar un papel decisivo para la expansión del sistema esclavista de plantación41. Y durante aquella guerra los ingleses hicieron lo posible por desarrollar el cultivo del algodón en América Central, el Caribe y México, que se beneficiaron de la crisis existente en los Estados Unidos.

Por su parte, los alemanes no sólo terminaron siendo los amos y señores del comercio exportador de Guatemala, sino que también intentaron posesionarse de los puertos caribeños costarricenses, y de los proyectos canaleros en Nicaragua. Lo mismo hicieron los japoneses, con relación a este último asunto42. Este cuadro que estamos pintando, donde los estados periféricos ni siquiera son dueños de sus geografías frente a los estados metropolitanos, nos puede crear una sensación exagerada de la voracidad de los imperios, pero la misma tiene sentido dentro del orden de prioridades que se establecen los centros capitalistas metropolitanos, para que su expansión económica y financiera remonte los límites y obstáculos ofrecidos por pequeños estados con serias dificultades de funcionamiento institucional, financiero y político.

En 1855, en Nicaragua, punto de partida de la invasión filibustera de América Central, nos encontramos con un país que presenta dificultades insalvables para encontrar su camino hacia la consolidación del estado nacional. Costa Rica, por su parte, ha logrado articular una estructura económica más o menos estable en torno a la producción y exportación de café, pero ha pasado por varias guerras civiles (entre 1823 y 1842), el despojo de los indígenas de sus tierras de labranza, y mucha confusión para darse un régimen constitucional que garantizara prácticas políticas legítimas, en un pequeño país que cada vez se estaba jerarquizando más. El resto de los países centroamericanos, apenas en los sesentas, ingresan tímidamente a la producción cafetalera43.

Sin embargo, en los setenta años posteriores a 1850, filibusteros, mercenarios, soldados retirados, y empresarios inescrupulosos de toda clase hicieron su ingreso en América Central, con propósitos no siempre muy claros. La mayor parte del filibusterismo se practicaba individualmente, o con el apoyo de empresas especialmente diseñadas con ese objetivo; pero no debe olvidarse que mantener una vigilancia policiaca de los trópicos por venganza, o por supuesto mal trato de los extranjeros, puede ser considerada también una forma de filibusterismo.

De tal manera que la historia completa de este tipo de actividades en América Central y el Caribe, debe incluir también el bombardeo norteamericano de San Juan del Norte en 1854, las incursiones alemanas en el puerto de Corinto en 1878, y las inglesas en la costa Mosquitia en 1894, así como el envío de fuerzas norteamericanas hacia Honduras en 1906 y hacia Nicaragua en 1911-1912, y 1926-1932, sin olvidar jamás el sabotaje de la revolución sandinista a todo lo largo de la década de los años ochenta del siglo XX44.

La invasión filibustera de 1856 sacudió profundamente la institucionalidad de los países centroamericanos45, y los obligó a buscar mecanismos diplomáticos, económicos y financieros para readecuarse a la nueva situación que el expansionismo de los Estados Unidos les había planteado. Junto a la mortandad que tal invasión produjo entre los pobladores centroamericanos, durante y después de la guerra, pues sólo Costa Rica perdió el 10% de su población debido a las epidemias desatadas, la desconfianza y la incertidumbre hacia la política exterior del gobierno norteamericano fueron algunas de las consecuencias más evidentes del ultraje.

Pero al mismo tiempo fortaleció el sentido de la nacionalidad de las pequeñas repúblicas en ciernes, y les reveló caminos inéditos a las oligarquías centroamericanas para consolidarse en el poder. En Costa Rica, al menos, este fue el momento ideal para dar inicio a toda una mitología civil que, luego en los años ochenta, le permitiría a la burguesía cafetalera, desplegar la plataforma definitiva de su dominio ideológico y cultural.

En efecto, después de la guerra civil, los Estados Unidos entraron en una etapa en la cual su crecimiento sería imparable y entre los ingredientes e instrumentos de los que se serviría para lograrlo estaría precisamente lo que aquí hemos llamado acumulación por desposesión. Porque, entre 1866 y 1898, el Gobierno de los Estados Unidos logró tejer una red decisiva de influencias políticas y diplomáticas en América Central y el Caribe, así como asestar los golpes económicos y financieros definitivos en estas zonas, para que la estrategia del “patio trasero” adquiriera su estatuto histórico definitivo, solamente alterado de manera sincopada por la revolución cubana en 1959.

A finales de la segunda parte del siglo XIX, la incompetencia del sistema económico para lidiar con los problemas internos y externos, en países como los Estados Unidos, Inglaterra, Alemania y Francia, sacudidos violentamente por crisis internacionales del calibre de aquella de 1873-1896, junto a las desigualdades del intercambio entre centro y periferia, magnificaron los problemas económicos que regiones como el Caribe y América Central podrían enfrentar para sostener su ingreso en la comunidad económica mundial.

Los Estados Unidos, por ejemplo, pasaron por tres momentos decisivos para sostener sus niveles de vida y una tasa elevada de acumulación de capital, que les permitiera moldear el comportamiento económico del sistema mundial. 1- Se sirvieron de una variante darwiniana del pensamiento liberal para justificar los cambios sociales y económicos que contrajo consigo la revolución industrial después de la guerra civil. 2- En el momento siguiente, adoptaron una forma de capitalismo corporativo, una vez que el capitalismo liberal había probado su incapacidad para retener el orden y la estabilidad necesarios, en procesos sostenidos de acumulación, durante los breves experimentos con el sistema de libre mercado, entre los años de 1861 a 1890. 3- Buscaron sistemáticamente un imperialismo de puertas abiertas, con el cual se pretendía una continua y rápida acumulación de capital que al mismo tiempo amortiguara las protestas y desacuerdos internos debidos a la desigual distribución de la riqueza.

Estaba claro que la secesión de los estados del Sur no iba a ser permitida desde ningún punto de vista, puesto que, siguiendo muy de cerca a Adam Smith, el bienestar material de una nación estaba estrechamente ligado con el crecimiento de los mercados, y para preservar ambos componentes la unidad territorial era necesaria y fundamental. Estos criterios se le aplicaron también a Centroamérica y al Caribe, donde Estados Unidos, después de 1866, quiso que sus instituciones se desarrollaran igualmente, para que sus intereses económicos y geoestratégicos se desplegaran sin limitaciones de ninguna naturaleza.

El trazo histórico dibujado por el imperialismo histórico entre 1866 y 1898, no sólo está nutrido por los desmanes de los Estados Unidos en América Central y el Caribe, sino también por la brutalidad y la humillación que caracterizaron a las acciones del imperio español en Cuba, Puerto Rico y Filipinas, todo dentro de un contexto definido por el capitalismo en crisis, para lo cual se emprendían ineludibles acciones imperialistas que ajustaran los tremendos desequilibrios experimentados por las economías metropolitanas en ese momento.

Estados Unidos era tal vez el principal productor de algodón crudo del mundo, antes de la guerra civil, con unas 506,000 toneladas anuales, cifra que se redujo a cantidades insignificantes, durante la guerra, para desaparecer y ser sustituido por las compras de algodón a Brasil, Egipto y la India, con alguna que otra compra en América Central y el Caribe. Este cambio de las fuentes de las materias primas originó una crisis monetaria relacionada con la necesidad de pagar en plata el algodón no norteamericano, lo que implicó la adquisición de este metal en el exterior con graves consecuencias para las reservas del Banco de Inglaterra.

Sin embargo, los efectos de la crisis relacionados con la carestía de algodón, que dejó sin trabajo a un gran número de obreros en varias regiones de Inglaterra y que provocó un fuerte descenso de los salarios, no afectó al resto del sistema económico, el cual, en cambio, disfrutó de una cierta expansión originada, al menos en Gran Bretaña, por la ampliación de las inversiones en el extranjero46.

Aunque para algunos autores rara vez es posible encontrar sincronía entre las crisis y el empuje hacia fuera del capital financiero, la evidencia histórica apunta hacia una coincidencia nada extraña entre los problemas socio-económicos y políticos de los países centrales y sus movimientos imperialistas hacia la periferia. Los veinticinco años que transcurren entre 1873 y 1896, por ejemplo, crearon la impresión de una modificación irreversible del clima de optimismo que había caracterizado a la actividad económica desde la Revolución Industrial. Decía David S. Landes:

    Fue la deflación más drástica que se puede recordar. Incluso disminuyó la tasa de interés, hasta el extremo que los teóricos de la economía comenzaron a evocar la posibilidad de un capital tan abundante como para llegar a convertirse en un bien gratuito. Y las ganancias disminuyeron, mientras que lo considerado hasta entonces como depresiones periódicas parecía arrastrarse interminablemente. El sistema económico comenzaba a decaer”47.

Estos son los años que presentan los síntomas contradictorios de un debilitamiento del desarrollo capitalista y de una transformación económica más amplia que aquella que caracterizó a la Primera Revolución Industrial. Todas las fases del ciclo de reproducción quedaron afectadas por esta transformación. Proteccionismo e intervencionismo estatal, ascenso del capital financiero y concentración oligopólica e imperialismo son las fórmulas con que han sido definidas las características de una organización que controlaba rígidamente el proceso de distribución de la renta, salvaguardándolo de los riesgos implícitos en la espontaneidad del mercado.

Si se caracterizaba ese desarrollo en términos puramente defensivos, se podía ver claramente en ella una señal de la decadencia del capitalismo. Sin embargo, se trataba de un proceso relacionado con otras modificaciones que afectaban a la esfera productiva: la explotación de nuevas fuentes energéticas, la remodelación del flujo de fabricación en la industria metalmecánica, la aparición de nuevas áreas de producción, el conjunto de transformaciones conexas, que posteriormente sugerirían la idea de una segunda Revolución Industrial, significaba el funcionamiento de rendimientos de escala fuertemente crecientes. Todo esto se apoyaba, además, en un crecimiento en valor absoluto, sin precedentes, del comercio internacional, fundado sobre la especialización “vertical” entre productores primarios y productores de manufacturas48.

“En 1880-años más, años menos-el avance en casi toda Hispanoamérica de una economía primaria y exportadora significa la sustitución finalmente consumada del pacto colonial impuesto por las metrópolis ibéricas por uno nuevo”, dice el conocido historiador argentino Tulio Halperin-Donghi49. Eso significaba que los niveles de articulación al ciclo económico mundial de las economías latinoamericanas era irreversible, y de aquí en adelante, los soportes financieros y comerciales del capitalismo central tendrían que desplegarse sirviéndose de herramientas tales como las acciones militares, la diplomacia de la manipulación, los acuerdos y tratados internacionales, donde las sociedades periféricas llevarían siempre las de perder.

El tránsito del intervencionismo europeo a la tutela neocolonial norteamericana, como diría de nuevo el profesor Halperin-Donghi, puede ser generoso en ejemplos, sin tomamos en cuenta que la invasión filibustera en América Central contó con la connivencia ideológica, y la silenciosa solidaridad de un gobierno de los Estados Unidos dispuesto a todo, para desterrar de su patrio trasero a las potencias europeas y su hipócrita diplomacia de los negocios. El cobro de las deudas y de las supuestas afrentas hechas a los ciudadanos europeos en América Latina golpeando la mesa, abrió paso a la diplomacia de las cañoneras, como sería la práctica corriente a partir de 1898.

Los europeos, ingleses, franceses y españoles, no sólo planearon la invasión de México en 1861, proyecto que, finalmente fuera acogido nada más que por Francia hacia 1864, para terminar expulsados en 1867 de forma indigna, sino que los alemanes chantajearon a los nicaragüenses en numerosas ocasiones literalmente por pleitos callejeros de beodos50.

Los norteamericanos harían lo suyo para tumbar del poder al presidente nicaragüense Zelaya, quien siempre vio con cautela y distancia el proyecto de construcción de un canal a través de su país, y se adueñarían de ferrocarriles y producción bananera en Honduras, Guatemala, El Salvador y Costa Rica. El despojo de México, a partir de 1845, inicia un ciclo intervencionista clásico, que no se cierra sino hasta la expulsión de los españoles de las Antillas en 1898, y de Filipinas en 1902.

Entre 1868 y 1898, la lucha por la independencia de Cuba, recorre un trecho amojonado por los altibajos de la gran depresión de 1873-1896, la cual obliga a los imperialismos europeos a replegarse sobre su sistema colonial, y a los norteamericanos a centrar sus esfuerzos para que la presencia europea en el Caribe y América Central sea reducida a su mínima expresión. Pero el enfrentamiento entre España y Estados Unidos, no se reduce únicamente a una cuestión militar o diplomática, sino que debe ser abordado como una de las expresiones más acabadas de estilos imperiales que reflejan épocas distintas. Antes de la derrota definitiva de la flota española en el Caribe, su derrota económica, financiera y política ya se había concretado, desde el momento en que los empresarios norteamericanos se apropiaron de la producción y comercialización del azúcar de caña antillano, a finales de los años treinta del siglo XIX51.

En el Caribe, la situación fue todavía más grave que en otras partes de Hispanoamérica, pues el imperialismo sostuvo, por un buen rato más, la explotación de la fuerza de trabajo esclava, aunque la trata de esclavos formalmente había sido abolida desde 1833. Desde las revueltas en Haití (1799-1804), los imperios coloniales en el Caribe se propusieron impedir que el ejemplo se expandiera al resto de América, pues el tema esencial no era tanto la masacre de unos cuanto esclavos levantiscos, sino bloquear la posibilidad de que uno solo de tales imperios terminara haciéndose dueño de la totalidad del tráfico internacional de esclavos y, sobre todo, de la producción, ingenio y comercialización del azúcar52.

De tal manera que la expulsión de España del Caribe en 1898, cierra un ciclo en el cual los Estados Unidos no sólo terminan por consolidar su dominación política, diplomática y estratégica, sino por encima de todo, el capitalismo norteamericano termina por expulsar a sus posibles competidores europeos, y se adueña finalmente del centro principal de producción y abastecimiento de azúcar del mercado mundial.

Conclusión


1898 es un año que tiene especial relevancia para las Antillas, Estados Unidos, España y el resto de América Latina; es igualmente significativo para Filipinas, China y el Pacífico Occidental. Su resonancia política, diplomática, militar y cultural reside en que a partir de esta experiencia, por ejemplo, la prensa norteamericana sentó las bases de lo que sería, luego, algo que podríamos considerar el cuarto poder en ese país.

Aunque los resultados militares de la misma son más que tangibles, la guerra de 1898, pasó a formar parte de las muchas otras guerras que vendrían después, donde la imaginación periodística, el espíritu guerrerista, y la manipulación ideológica jugaron un papel central para justificar el involucramiento de los Estados Unidos, en zonas del mundo donde solo aspiraba a ganancias militares y a una expansión que, aunque no necesariamente geográfica, significara, en el largo plazo, un crecimiento mayor de los alcances del capitalismo norteamericano. A esa lista pertenecen también la Primera Guerra Mundial, la Segunda Guerra Mundial, la Guerra de Corea, la Guerra de Viet-Nam, la Guerra de Irak, y una larga enumeración de invasiones, ocupaciones, intimidaciones y demás donde las lecciones aprendidas en 1898 surtieron un efecto irreversible.

¿Quién puede olvidar, por otra parte, que la guerra de 1898 fue la primera puesta a punto de la clase de diplomacia que esperaría a Cuba para el siglo XX? ¿Quién puede ignorar el aprendizaje recibido por Puerto Rico, Filipinas, Haití, la República Dominicana y Jamaica, después de esta guerra, en lo que a prácticas genocidas, terrorismo y conspiraciones se refiere para decidir del futuro político de América Latina?

Los serios problemas de perfil historiográfico que tendrían algunos de los movimientos nacionalistas en estos países, que superan con mucho las aspiraciones teóricas del concepto de “comunidades imaginarias”, van más allá del hallazgo brillante que puedan brindarnos los aparatos analíticos desarrollados para la comprensión de problemas y situaciones exclusivamente europeos53. Extrañamente para la mayor parte de esta clase de estudios, cuando se trata de América Latina, el problema del imperialismo es invisible y se pone el énfasis sobre cuestiones intrascendentes, como la sexualidad de los dirigentes o sus convicciones religiosas54.

La clase de imperialismo que emerge con la guerra de 1898, es inédito en cuanto a procedimientos y a la capacidad de procesar los resultados de sus acciones: si en gran parte la guerra es una creación de la prensa, los ideólogos del imperio saben, con mucha antelación, que hasta el perfil de los líderes nacionalistas puede difuminarse, tras la capa de difamación y chantaje que se les puede aplicar. Entre las acciones antiimperialistas de José Martí, José Rizal, Ramón Emeterio Betances y Augusto César Sandino la única diferencia radica en el volumen de capital desembolsado para expandir la gravitación de las empresas norteamericanas en sus respectivas zonas de influencia, es decir Cuba, Filipinas, Puerto Rico y Nicaragua.

NOTAS

  1. Historiador costarricense (1952), catedrático jubilado de la Universidad Nacional de Costa Rica.
  2. J. A. Hobson. Imperialism: A Study (New York: Cosimo Classics. 2005. La edición original es de 1902). Como dijimos en el ensayo anterior, este es un libro que debe ser leído y releído, no sólo para entender gran parte de la teoría del imperialismo, sino porque muchas de sus intuiciones y premoniciones tienen una vigencia deslumbrante.
  3. Karen Farrington. Atlas histórico de los imperios. Desde el 4000 AC hasta el Siglo XXI (Madrid: Edimat Libros. 2006) P. 164.
  4. Bill Warren. Imperialism, Pioneer of Capitalism (London: Verso Editions. 1980) Capitulo 5.
  5. Adam Hochschild. King Leopold´s Ghost. (Boston and New York, Houghton Mifflin Co. 1998) Capítulo 3.
  6. “El capitalismo no es una persona ni una institución. Ni quiere, ni elige. Es una lógica actuando a través de un modo de producción: lógica ciega, obstinada, de acumulación. Lógica que se apoya en la producción de bienes, siendo el valor de uso el soporte de la plusvalía que debe ser asignada al capital: y es preciso también que el valor se realice, que la mercancía se venda; de lo contrario, la acumulación se bloquea y puede producirse la crisis. Lógica que se extendió, en el último tercio del siglo XVIII y en los dos primeros tercios del siglo XIX, con ocasión de la primera industrialización: textiles y vestidos; máquinas y armas. Lógica que se desarrolló en Gran Bretaña primero y luego, con diversos retrasos, en otros países de Europa y en los Estados Unidos”. Michel Beaud. Historia del capitalismo. De 1500 a nuestros días (Barcelona: Ariel. 1984) P. 161.
  7. Pierre Jalée. How Capitalism Works (New York and London: Monthly Review Press. 1977) P. 9.
  8. “En un sentido literal probablemente Inglaterra nunca fue el taller del mundo, pero su preeminencia industrial era tal en la segunda parte del siglo XIX que la frase es legítima. Producía dos tercios del carbón mundial, la mitad del hierro, cinco sétimos del acero, la mitad del algodón para fines industriales y el cuarenta por ciento de las herramientas. En 1840 producía un tercio de la energía mundial a vapor y un tercio de las manufacturas”. E. J. Hobsbawm. Industry and Empire (New York and London: Penguin Books. 1979. The Pelican Economic History of Britain. Vol. 3) P. 134.
  9. “En 1880, la población de Gran Bretaña se ha más que triplicado en menos de un siglo, y cuatro de cada cinco de sus habitantes estaban viviendo en las grandes ciudades. La agricultura apenas representaba el diez por ciento del producto nacional bruto, y poco más de un tercio del presupuesto nacional se gastaba en importar alimentos y materias primas”. Phyllis Deane. The Industrial Revolution in Great Britain. En Carlo M. Cipolla (Editor). The Emergence of Industrial Societies. Vol. 1. The Fontana Economic History of Europe (London: Fontana/Collins. 1978) P. 223.
  10. Thomas D. Schoonover. Op. Cit. 1991. P.166.
  11. Phyllis Deane. The First Industrial Revolution (Cambridge University Press. Second Edition 1979). P. 272.
  12. Phyllis Deane. Op. Cit. Pp. 273 y ss. También de Phyllis Deane y W. A. Cole. British Economic Growth. 1688-1959 (Cambridge University Press. Second Edition. 1978) Capítulo IX.
  13. Henryk Grossmann. “Una nueva teoría sobre el imperialismo y la revolución social”. En Ensayos sobre la teoría de las crisis. Dialéctica y metodología en El Capital (México: Siglo XXI editores. Cuadernos de Pasado y Presente No. 79) Pp. 133-195. Fritz Sternberg. El imperialismo (México: Siglo XXI editores. 1979. Biblioteca del pensamiento socialista. Serie los clásicos) Ver sobre todo la segunda parte.
  14. William Woodruff. “The Emergence of an International Economy, 1700-1914”. Carlo M. Cipolla (Editor). The Fontana Economic History of Europe. The Emergence of Industrial Societies. Vol. 2. (London: Fontana/Collins. 1973) Capítulo 11.
  15. Idem. Op. Cit. P. 709.
  16. Tulio Halperin-Donhi. Historia contemporánea de América Latina (Madrid: Alianza. 1970) Capítulos 4, 5 y 6. Roberto Regalado. Op. Cit. Pp. 113 y ss.
  17. Renato Giannetti. Crisis económicas: el siglo XIX (Barcelona: Oikos-Tau. 1988. Colección El Mundo Contemporáneo. Serie Economía e Historia. No. 3) Pp. 34 y ss.
  18. Patricio de Blas y otros. Op. Cit. P. 334.
  19. Si a principios del siglo XIX, la agricultura proveía el 40% del producto nacional inglés, para 1880 representaba solamente el 10%. Por otro lado, aunque el tamaño de la población ocupada en la tierra pudiera haber permanecido casi sin cambios, entre 1801 y 1881, con relación al total de la fuerza de trabajo, la población agrícola cayó en una proporción de 35.9% al 12.6%, junto a una participación en el capital nacional que pasó de la mitad a menos de una quinta parte. J. D. Chambers & G. E. Mingay. The Agricultural Revolution. 1750-1880 (London: B.T. Batsford Ltd. 1978) P. 208).
  20. Japón alguna vez estuvo seriamente interesado en construir un canal interoceánico a través de Nicaragua. Thomas D. Schoonover. Op. Cit. 1991. P. 135.
  21. Tulio Halperin-Donghi. 1970. Op. Cit. P. 222.
  22. Patricio de Blas y otros. 2000. Op. Cit. P. 357.
  23. Marcello Carmagnani. 1984. Op. Loc. Cit.
  24. “Entre 1870 y 1930, 13 millones de europeos, en su mayoría de origen campesino y de edades comprendidas entre los 15 y los 45 años, se acomodaron en tierras iberoamericanas y supusieron un considerable aporte demográfico en cada uno de los países de destino. El mayor número desembarcó en las costas brasileñas, argentinas, uruguayas, cubanas y, en menor proporción, venezolanas y chilenas. El resto de los países recibió cantidades inapreciables de inmigrantes. Brasil recibió 4 millones, en su mayoría italianos, portugueses y españoles, y, en menor número, alemanes. Argentina otros 4 millones, Uruguay poco menos de 600,000 y Chile menos de 200,000. En estos tres países recalaron sobre todo italianos y españoles y, en muy escasa proporción, franceses y alemanes. Desde la independencia hasta 1930 llegaron a Cuba casi 600,000 inmigrantes, de los cuales dos tercios eran españoles nacidos en Galicia, Canarias y Asturias”. Patricio de Blas y otros. 2000. Op. Cit. P. 368. También Nicolás Sánchez-Albornoz. La población de América Latina. Desde los tiempos precolombinos al año 2000 (Madrid: Alianza Universidad. 1973) Capítulo 5.P.173.
  25. Frederick Stirton Weaver. 2000. Op. Cit. P. 68.
  26. “En 1870 había 2,800 kilómetros de líneas férreas tendidas en Iberoamérica y en 1900 superaban los 41,000 kilómetros, de los cuales la mayoría se encontraban en Argentina, México y Chile” (…) “En realidad, los decenios que precedieron a la Primera Guerra Mundial fueron una edad de oro para las inversiones extranjeras en Iberoamérica y llegaron a alcanzar los 7,000 millones de dólares en 1914”. Patricio de Blas y otros. 2000. Op. Cit. P. 392.
  27. Rodrigo Quesada Monge. 1998. Op. Cit. Capítulo VII.
  28. Ciro F.S. Cardoso y Héctor Pérez Brignoli. Historia económica de América Latina (Barcelona: Crítica. 1979). Vol. 2. P. 86.
  29. Walter LaFeber. The Panama Canal. The Crisis in Historical Perspective (Oxford University Press. 1978) P. 13. Ricaurte Soler. Panamá, historia de una crisis (México: Siglo XXI editores. 1989) Capítulos 3 y 4.
  30. Thomas D. Schoonover. 1991. Op. Cit.
  31. Walter LaFeber. Op. Cit. P. 12. Véase también de David McCullough. The Path between the Seas. The Creation of the Panama Canal. 1870-1914 (New York. A Touchstone Book. Published by Simon & Shuster. 1977) Book One. The Vision. 1870-1894.
  32. Ricaurte Soler. Op. Cit. P. 45.
  33. Varios autores. La emigración europea a la América Latina: Fuentes y estado de investigación (Berlín: Colloquium Verlag. Bibliotheca Ibero-americana. 1979).
  34. Tulio Halperin-Donghi. Op. Cit. 1970. P. 223.
  35. Richard Graham. Britain and the Onset of Modernization in Brazil. 1850-1914 (Cambridge University Press. 1972) “Fue en el campo de la inversión directa, más que en el de los préstamos, donde Gran Bretaña ejerció una gran influencia en el sistema de transportes brasileño. Para finales de 1880, habían unos once ferrocarriles británicos interconectados en Brasil, y unos diez años después habían unas veinticinco compañías en la misma actividad”. P. 57.
  36. Rodrigo Quesada. Keith en Centroamérica. Imperios y empresarios en el siglo XIX (EUNED. En prensa).
  37. Frederick Stirton Weaver. 2000. Op. Cit. P. 66.
  38. Fred Rippy. 1929. Op. Cit. P. 309.
  39. “Las inversiones británicas fueron escasas en América Central y el Caribe. El hecho de que Gran Bretaña tuviera grandes inversiones en Cuba y poseyera la mayor parte de los ferrocarriles en la isla, contribuyó a que pudiera hacer frente a la abrumadora influencia norteamericana después de la guerra de 1898. Pero Gran Bretaña no estaba interesada en expandir su participación en la industria azucarera, y sólo quedaban unas seis de sus plantaciones en 1911. En la mayor parte de los países centroamericanos y del Caribe, el comercio británico dependía de la superioridad de ciertas líneas de algodón de Manchester, una parte muy pequeña en un mercado todavía muy primitivo. Estaba marginalmente interesada en el negocio de la exportación de café y azúcar. El inmenso imperio bananero de la United Fruit Company canalizaba prácticamente todo el comercio de los Estados Unidos. Los ferrocarriles norteamericanos y las compañías de electricidad continuaron un negocio que los ingleses habían iniciado. La Costa Rica Railway Company, por ejemplo, experimentó dos cambios de administración. Construida en gran parte por el empresario Minor Keith con materiales y equipo traído de los Estados Unidos, fue luego transferida a la Costa Rica Railway Company (inglesa) en 1891 que importó sus materiales, hasta donde fue posible, de Inglaterra. En 1907 fue alquilada a la Northern Railway Company de Costa Rica, una corporación norteamericana. Así, las importaciones británicas de material para el ferrocarril se desplomaron de £27,955 en 1907 a £225 en 1908. El carbón lo siguió y después de ese último año todo el carbón procedió de los Estados Unidos”. D. C. M. Platt. Latin America and British Trade. 1806-1914 (Harper & Row Publishers. 1973) Pp. 301-302.
  40. Según Cardoso y Pérez, Haití, República Dominicana y Nicaragua, no ingresarían “realmente” en el mercado mundial hasta después de la crisis de 1929. Op. Cit. 1979. P. 85.
  41. Thomas D. Schoonover. 1991. Op. Cit. P. 15.
  42. Ibídem. Pp. 136-136.
  43. “El despegue del café, entendido como la fase en que se afirma definitivamente en la estructura productiva nacional y desplaza a las exportaciones antes predominantes, se dio sucesivamente en Costa Rica (años 1830 y sobre todo 1840), en Guatemala, (a partir de 1865, superando a la grana en 1870) y en El Salvador (donde el añil fue desplazado definitivamente hacia 1880)”. Ciro F. S. Cardoso y Héctor Pérez Brignoli. Centroamérica y la economía occidental (1520-1930) (San José, Costa Rica: EUCR. 1977) P. 269.
  44. Lester D. Langley and Thomas D. Schoonover. The Banana Men. American Mercenaries and Entrepreneurs in Central America, 1880-1930 (The University Press of Kentucky. 1995) P. 31.
  45. En América Central los historiadores han publicado una cantidad impresionante de textos e investigaciones sobre la conocida invasión filibustera de 1856, también referida como guerra de liberación nacional; y existe una tradición historiográfica importante que ha hecho del tema su preocupación esencial, de tal manera que sigue siendo motivo de reflexiones y discusiones entre los académicos, intelectuales, políticos y artistas, quienes hoy tratan de medir el impacto de aquella guerra en el desarrollo histórico de nuestros pueblos.
  46. Renato Giannetti. Crisis económicas: el siglo XIX (Barcelona: Oikos-Tau. 1988) P. 42.
  47. Citado en Alessandra Pescarolo. La Gran Depresión (1873-1896) (Barcelona: Oikos-Tau. 1991) P. 9.
  48. Ibídem. P. 10. Las ideas desarrolladas en estos párrafos le pertenecen a la Señora Pescarolo.
  49. Tulio Halperin-Donghi. Op. Cit. 1970. P. 280.
  50. Thomas D. Schoonover. 1991. Op. Cit. Capítulo 4. Aquí se estudia el caso de los hermanos Eisenstück, uno de los ejemplos más penosos de intervencionismo extranjero en Nicaragua, carente de razones de peso, a no ser el cobro de deudas sin pagar.
  51. César J. Ayala. American Sugar Kingdom. The Plantation Economy of the Spanish Caribbean. (The University of North Carolina Press. 1999) P. 15. También de Eric Williams From Columbus to Castro. The History of the Caribbean. (New York and London. Vintage Books. 1984) Capítulo 22. Y el excelente ensayo de Juan Bosch. De Cristobal Colón a Fidel Castro. El Caribe frontera imperial (República Dominicana. Secretaría de Estado de Educación. 12ª. Edición. 2005) Capítulo XXIV. Además, de Hugh Thomas. La colonia española de Cuba. 1860-1934. En varios autores. Historia del Caribe. (Barcelona: Crítica. 2001) Capítulo 2.
  52. Laurent Dubois. A Colony of Citizens. Revolution and Slave Emancipation in the French Caribbean, 1787-1804 (The University of North Carolina Press. 2004) Capítulo 14.
  53. Benedict Anderon. Under Three Flags. Anarchism, and the Anti-Colonial Imagination (London and New York. 2005). Pero sobre todo vale la pena leer de Sara Castro-Klarén and John Charles Chasteen (Editors) Beyond Imagined Communities. Reading and Writing the Nation in Nineteenth Century Latin America (Baltimore and London. The Johns Hopkins University Press. 2000).
  54. Benedict Anderson. Ibídem. P. 39 y ss.


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