sábado 30 de enero de 2010

Nuestra América debe presentar como respuesta a la fragmentación y decadencia bien evidentes del pensamiento occidental, la solidez de nuestra tradición cultural y su valor utópico encaminado al propósito de la integración y del equilibrio entre los hombres y las naciones. No nos perdamos en discusiones bizantinas que a nada conducen, estudiemos la historia concreta de nuestros pueblos y sus próceres y pensadores y encontraremos el camino de una identidad común.
Armando Hart Dávalos* / Especial para CON NUESTRA AMÉRICA
Desde La Habana
(Ilustración: “La izada”, de Ernesto Rancaño)
Ha llegado al fin la hora de América, la Nuestra, la de Bolívar y Martí. La hora de la que nos habló el Apóstol, la de proclamar nuestra segunda y definitiva independencia y el 30 de enero, día de la publicación en México de su ensayo Nuestra América conmemoramos el día de la Identidad Latinoamericana. Fue Martí quien en ese visionario trabajo suyo nos llamó a interpretar y transformar nuestra realidad a partir de las condiciones concretas de los pueblos latinoamericanos. Ese llamado suyo mantiene plena vigencia en nuestros días. Allí advirtió hace más de un siglo de los peligros que amenazaban la independencia conquistada a comienzos del siglo XIX y a vencer el libro importado y las fórmulas copiadas de Europa señalando:

“La incapacidad no está en el país naciente, que pide formas que se le acomoden y grandeza útil, sino en los que quieren regir pueblos originales, de composición singular y violenta, con leyes heredadas de cuatro siglos de práctica libre en los Estados Unidos, de diecinueve siglos de monarquía en Francia. Con un decreto de Hamilton no se le para la pechada al potro del llanero. Con una frase de Sieyés no se desestanca la sangre cuajada de la raza india. (…) El gobierno ha de nacer del país. El espíritu del gobierno ha de ser el del país. La forma del gobierno ha de avenirse a la constitución propia del país. El gobierno no es más que el equilibrio de los elementos naturales del país”. [1]
Debemos tomar plena conciencia de que Bolívar y Martí tienen mucho que hacer en América, y lo primero será estudiar, describir y promover, a partir de sus vidas la identidad de nuestro “pequeño género humano’’ y avanzar hacia un mundo más solidario donde la justicia impere con un verdadero sentido de universalidad. Reconózcase eso y se podrán hallar las vías de un futuro posible, luminoso y grandioso de la especie humana. Solo de esta manera podemos enfrentar la tragedia que tenemos ante nosotros: la humanidad está amenazada de muerte.

Por primera vez en la dilatada historia del hombre existe el peligro real de que nuestra especie no pueda sobrevivir a causa de una catástrofe ecológica de enormes proporciones o de guerras devastadoras que rompan el equilibrio, cada vez más precario, que hace posible la vida sobre planeta Tierra.

Para salvar a nuestra civilización de la catástrofe que la amenaza debemos exaltar no solo el valor de la inteligencia y la razón, sino también el de la conciencia, el amor y la fraternidad entre los hombres. En Martí podemos encontrar un referente esencial para ese propósito a partir de dos ideas claves suyas: “Patria es Humanidad’’ y esta otra “Injértese en nuestras repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas”.[2] He ahí las claves de lo que distingue a nuestra gran patria latinoamericana y caribeña y nos permite relacionarnos con el mundo.

La que Martí calificara como Nuestra América posee una tradición espiritual orientada a cambiar el mundo a favor de la justicia. Esta aspiración, la de la utopía latinoamericana y caribeña, se mantiene viva en la vida y obra de los más grandes próceres y pensadores de estos dos últimos siglos de historia.

Recordemos, en esta línea de pensamiento, a ese gran venezolano, Simón Rodríguez, maestro de Bolívar, cuando señaló: “¿Dónde iremos a buscar modelos? La América Española es original. Original han de ser sus Instituciones y su Gobierno. Y originales los medios de fundar unas y otros. O inventamos o erramos”.

Nuestra América debe presentar como respuesta a la fragmentación y decadencia bien evidentes del pensamiento occidental, la solidez de nuestra tradición cultural y su valor utópico encaminado al propósito de la integración y del equilibrio entre los hombres y las naciones. No nos perdamos en discusiones bizantinas que a nada conducen, estudiemos la historia concreta de nuestros pueblos y sus próceres y pensadores y encontraremos el camino de una identidad común.

Los grandes cambios sociales y políticos en la historia han ido precedidos siempre de transformaciones en el campo de las ideas. Y Martí continúa abriendo la marcha. Dijo: “No hay proa que taje una nube de ideas. Una idea enérgica, flameada a tiempo ante el mundo, para, como la bandera mítica del juicio final, a un escuadrón de acorazados”.[3]

Unamos esfuerzos para promover, en la intelectualidad latinoamericana y caribeña con los fundamentos de nuestras tradiciones, la reflexión acerca de nuestro presente y de nuestro futuro, sobre la base del respeto a nuestras identidades culturales nacionales y regionales.

A 119 años de la publicación en El Partido Liberal, en México, del ensayo Nuestra América y con la vigencia impresionante de sus planteamientos abrámosle paso al entendimiento, a la comprensión y, en definitiva, para que nuestro continente pueda desempeñar el papel que le corresponde en el mundo de hoy y de mañana.

Hace falta la luz de la cultura, de nuestra tradición, de nuestra historia latinoamericana y caribeña, para iluminarnos el camino. No hay para nuestros pueblos otra solución que la unidad.

Para ir a sus esencias y recorrer este camino orientémonos por José Martí cuando dijo: “Los pueblos que no se conocen han de darse prisa para conocerse, como quienes van a pelear juntos.”[4]

En cuanto a Cuba, estamos en pie para salvar la Revolución Socialista, y desde luego la Revolución de Martí y de Bolívar. Y en esa obra de salvamento y de servicio histórico, la unidad constituye el primer objetivo de los revolucionarios, precisamente porque el enemigo promueve la división.

Ha llegado la hora de superar esquemas y dogmatismos que nos llegaron de fuera con diferentes etiquetas y estudiar la vida y la obra de todos los pensadores y forjadores de grandes ideas a lo largo de la historia. Es la única forma política y científica para hallar un camino que nos libere de los sistemas opresivos y nos permita arribar a una genuina humanidad, como la que soñaron los grandes próceres y pensadores. Y esto solo lo podemos hacer con principios científicos y cultivando el amor y la solidaridad.

Mientras en Europa y Estados Unidos se divide y antagoniza el patrimonio de los sabios, en América Latina y el Caribe se promueve la integración en todos los órdenes teniendo como fundamento la justicia como sol del mundo moral y el derecho, cuya esencia se halla en la búsqueda de la dignidad plena del hombre sin distinción de clase alguna tal y como postuló José Martí: “(…) dígase hombre, y ya se dicen todos los derechos[5],

Esa es Nuestra América, la de Bolívar y Martí, dos gigantes que junto a la inmensa legión de próceres y pensadores, constituyen referentes indispensables para la búsqueda de los caminos que nos conduzca a ese mundo mejor al que aspiran millones de hombres y mujeres en todo el planeta.

*Ex Ministro de Educación y Cultura de Cuba. Presidente de la Sociedad Cultural José Martí.
NOTAS
[1] José Martí, O.C. “Nuestra América”, El Partido Liberal, México, 30 de enero de 1891, t. 6, pp. 16-
[2] J. Martí, O. C. Nuestra América, t. 6 p. 18
[3] Obra citada, Nuestra América, t. 6, p. 15
[4] Obra citada, Nuestra América, t. 6, p. 15
[5] José Martí, Periódico Patria, Nueva York, 14 de abril de 1893, t. 2, p. 298
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