lunes 1 de marzo de 2010

Claudia Rafael (APE)

No sabe usted lo duro que es vivir por acá, señora, pensó el hombre como si le hablara a esa mujer de cabello renegrido, que pronuncia con voz potente y con quien seguramente jamás se verá cara a cara. El le habla desde la villa sin pronunciar palabra. Esa misma villa en la que fatiga la vida como puede, peléandole a los días que se le plantan frente a sí con una aspereza que a veces lastima. La villa crece. Claro que crece. Como se multiplican los hongos en la pradera después de un día de lluvia. La villa se expande y se redobla. No reconoce límites. Y los hombres y mujeres de la barriada no lo ven como orgullo sino como la marca más atroz de una pobreza que los arrastra más y más a toda orilla.

“Vi crecer la villa 31 desde 1995. Me acuerdo que era en su origen chaperío y cartón prácticamente, y hoy lo que es eso, que a muchos tampoco les gusta, revela también cómo ha crecido la República Argentina”, dijo Cristina Fernández en el discurso en el que anunciaba la apertura de la licitación para obras hídricas en Santa Cruz. Mientras ella pronunciaba esas palabras, los vecinos iban sintiendo el impacto feroz de la cachetada en sus mejillas. Que seguía resonando como ecos.
No pueden entenderla en su discurso. Ni deben, tampoco, después de todo. Cómo entender que se festeje si ellos saben bien, demasiado bien, cómo es convivir en el hacinamiento y la falta de dignidades. Si el agua fuera limpia al salir de la canilla, si la luz respondiera cuando se la necesita, si las cloacas fueran una realidad tangible, si las callecitas no se vistieran de barrial ante cada lluvia, tal vez. Pero cómo entenderla si sigue habiendo ranchitos en donde la enfermedad sobrevuela todo el tiempo. En donde la humedad gana las paredes y el piso y a veces cuesta respirar y los pulmones se van haciendo trizas sin compasión alguna.
Pasaron tantos años ya y cada vez cobija la villa, esa que se llama 31 pero que se parece a tantas otras esparcidas por las urbes del continente, más y más desharrapados que buscan un lugarcito en el mundo que los abrigue. Desde aquel 1930 en que fue asomando, cerquita nomás del puerto de entrada a la gran capital y a la estación Retiro. Primero fueron las familias de obreros del puerto que habían quedado sin trabajo en la crisis del 29. Después, se les sumaron los inmigrantes y los trabajadores contratados para la extensión del tendido del ferrocarril. Para todos era simplemente una promesa temporaria que después quedaría atrás como la memoria de un tiempo fugaz que, sin embargo, se hizo irremediablemente eterno. Se fue transformando en para siempre.
No sabe usted, señora, pensó el hombre, ya entrecano y con las callosidades que la vida va dejando como surcos en las manos.
“Yo me sentiría feliz si un barrio creciera, pero de la mejor manera, con cloacas, con agua corriente, con luz. No como acá”, dijo Chacho Mendoza, delegado barrial y vecino de la 31 desde hace 25 años al diario Crítica Digital. “Ella tal vez dijo lo que dijo porque no sabe cómo se vive en la 31. Acá hay gente que vive en la extrema pobreza, en un rancho de chapa con chicos amontonados pisando el agua, se ve lo de arriba (desde la autopista Illia) pero no lo de abajo. Acá hay personas que no tienen para comer, que andan descalzas, es terrible”, agregó Mendoza.
Usted no lo sabe ni lo puede saber, pensó y repensó el hombre desde la villa miseria, definición carente de todo eufemismo. Y quien sabe, tal vez -y sin que nadie lo escuche- sus mismas palabras repite alguien desde una favela brasileña, una chabola española o un cantegril del Uruguay.
Después de todo, ya lo dijo Galeano: “el sistema fabrica a los pobres y les declara la guerra. Multiplica el número de desesperados y de los presos. Las cárceles, sucursales del infierno, no alcanzan ya a contener a todos”.

Fuente imagen: APE

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