sábado 10 de abril de 2010

Unidad para alcanzar los objetivos superiores, en la diversidad de historias, identidades y culturas: eso es que lo que reclama nuestro tiempo. En Bolivia y toda América Latina.
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Andrés Mora Ramírez / AUNA-Costa Rica

La proyección de resultados de las elecciones regionales en Bolivia, celebradas el pasado domingo 4 de abril, y las primeras de este tipo que se efectúan bajo las normas de la nueva constitución del Estado Plurinacional, abren el debate sobre los desafíos del proceso revolucionario, tanto en lo que hace a las formas y contenidos de la conducción política, como a la correlación de fuerzas –que por ahora se mantiene casi invariable- con la oposición.
Si bien la consolidación del Movimiento al Socialismo (MAS), del presidente Evo Morales, como la principal fuerza política del país, con presencia decisiva en todo el territorio, es incuestionable, al mismo tiempo, queda claro que el triunfo de los candidatos del MAS en 5 de las 9 gobernaciones no resuelve la polarización regional-clasista y étnica[1] en que se desarrolla el proceso boliviano, desde antes de la llegada de Morales al Palacio Quemado en 2006.
Esto porque la derecha opositora, que no oculta su racismo y sus falsas pretensiones autonomistas, basadas en la conservación del control sobre fuentes de riqueza natural y económica, y que mantiene estrechas relaciones con funcionarios diplomáticos de los Estados Unidos, sigue afincada en sus tradicionales bastiones de la llamada Media Luna (especialmente Santa Cruz, Beni y Tarija).
A lo anterior deben sumarse los magros resultados del MAS en las Alcaldías, con triunfos en apenas 3 de las 10 ciudades más importantes, lo que refleja los límites reales de la expansión al oriente boliviano del proyecto político de Morales y el MAS.
En general, el desenlace de estos comicios envía una señal de alerta para el curso de la revolución democrática-cultural, ya que demuestran que ningún proceso de cambio es lineal, que el liderazgo y popularidad del presidente (reelecto en diciembre de 2009 con 64,2% de los votos) no genera apoyos automáticos, y que, por el contrario, la legitimidad política se construye día a día, no solo con discursos y la formulación de iniciativas bien intencionadas, sino con la capacidad demostrada en la gestión de los asuntos públicos.
En ese sentido, un hecho que no debe perderse de vista fueron las noticias que, desde hace varios meses, daban cuenta de la fractura en las relaciones entre el MAS y los partidos y movimientos aliados, lo que revela, a su vez, las dificultades inherentes al ejercicio del poder, a la toma de decisiones y a la definición de los tiempos, ritmos y prioridades de la revolución en Bolivia. Más aún, como explica el periodista Raúl Zibechi, la fuerza y rebeldía que todavía expresan la diversidad de actores sociales bolivianos, son un elemento que el presidente Morales no podrá obviar en el resto de su mandato.
Para el analista Pablo Stefanoni, estas elecciones ratifican “la tradicional dificultad del MAS para encontrar buenos candidatos. A diferencia del PT de Brasil, el partido de Evo nunca construyó su legitimidad en base a buenas gestiones locales. El arrollador liderazgo de Evo Morales no logró levantar a muchos candidatos cuestionados, grises o “impuestos a dedo”. El deslucido triunfo en la gobernación de La Paz, principal bastión del evismo, es un ejemplo de ello[2].
Los logros del gobierno de Morales están a la vista en los campos de la salud, la educación, la política social, la nacionalización de los recursos naturales estratégicos, el saneamiento de las finanzas del Estado (con excedente fiscal, por primera vez en más de 50 años) y el apoyo inquebrantable a la integración regional.
Sin embargo, para garantizar que los cambios emprendidos perduren en el tiempo, la formación de dirigentes y la profundización de nuevas prácticas democráticas en el ejercicio y distribución del poder, así como la lucha contra viejas prácticas de la cultura política, han de convertirse en prioridad.
Si, como lo ha expresado el vicepresidente Álvaro García Linera, una cuestión clave para el futuro de la revolución es la romper con la herencia de la lógica patrimonialista – la subordinación de lo público al interés personal, familiar o grupal-, presente a lo largo de la historia republicana de Bolivia, y que “permea incluso a los sectores populares que ahora están accediendo a la función pública”, lo que conspira contra el objetivo de que el Estado cabalgue “sobre intereses generales de la sociedad[3], también es cierto que el gobierno debe luchar con mayor intensidad para acabar con las formas de dominación colonial –en todos los órdenes: desde la distribución de la tierra al ámbito cultural- que aún persisten, a pesar de las transformaciones iniciadas.
Unidad para alcanzar los objetivos superiores, en la diversidad de historias, identidades y culturas: eso es que lo que reclama nuestro tiempo. En Bolivia y toda América Latina.
NOTAS
[1] García Linera, Álvaro (2008). La potencia plebeya. Acción colectiva e identidades indígenas, obreras y populares en Bolivia. Buenos Aires: Prometeo Libros. Pág. 364.
[2] Stefanoni, Pablo. “El partido de Evo ganó, pero no pudo ampliar su poder como esperaba”, en Diario Clarín, Argentina, 5 de abril de 2010. Disponible en: http://www.clarin.com/diario/2010/04/05/elmundo/i-02173973.htm
[3] Svampa, Maristella y Stefanoni, Pablo (2007). “Entrevista a Álvaro García Linera: ‘Evo simboliza el quiebre de un imaginario restringido a la subalternidad de los indígenas’”, en OSAL, año VIII, Nº 22, septiembre. Buenos Aires: CLACSO. Pp. 148.

Publicado por Con Nuestra América en 4:44 PM

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