Actualizar la pedagogía ante el mundo cambiado

Deja un comentario


sábado 2 de octubre de 2010

Un pequeño decálogo de lo que podría ser una pedagogía renovada para nuestro tiempo.

Leonardo Boff / ALAI
Siglos de guerras, de enfrentamientos, de luchas entre pueblos y de conflictos de clase nos están dejando una amarga lección. Este método primario y reduccionista no nos ha hecho más humanos, ni nos aproxima más unos a otros, ni mucho menos nos ha traído la tan ansiada paz. Vivimos en permanente estado de sitio y llenos de miedo. Hemos alcanzado un estadio histórico que, en palabras de la Carta de la Tierra, «nos convoca a un nuevo comienzo». Esto requiere una pedagogía, fundada en una nueva conciencia y en una visión incluyente de los problemas económicos, sociales, culturales y espirituales que nos desafían.
Esta nueva conciencia, fruto de la mundialización, de las ciencias de la Tierra y de la vida y también de la ecología nos está mostrando un camino a seguir: entender que todas las cosas son interdependientes y que ni siquiera las oposiciones están fuera de un Todo dinámico y abierto.
Por esto, no cabe separar sino integrar, incluir en vez de excluir; reconocer, sí, las diferencias, pero buscar también las convergencias, y en lugar del gana-pierde, buscar el gana-gana.
Tal perspectiva holística está influenciando los procesos educativos. Tenemos un maestro inolvidable, Paulo Freire, que nos enseñó la dialéctica de la inclusión y a poner «y» donde antes poníamos «o». Debemos aprender a decir «sí» a todo lo que nos hace crecer, en lo pequeño y en lo grande.
Fray Clodovis Boff acumuló mucha experiencia trabajando con los pobres en Acre y en Río de Janeiro. En la línea de Paulo Freire, nos entregó un librito que se ha convertido en un clásico: Cómo trabajar con el pueblo. Y ahora, ante los desafíos de la nueva situación del mundo, ha elaborado un pequeño decálogo de lo que podría ser una pedagogía renovada. Vale la pena transcribirlo y considerarlo, pues puede ayudarnos, y mucho.
«1. Sí al proceso de concientización, al despertar de la conciencia crítica y al uso de la razón analítica (cabeza). Pero sí también a la razón sensible (corazón) donde se enraízan los valores y de donde se alimentan el imaginario y todas las utopías.
2. Sí al ‘sujeto colectivo’ o social, al ‘nosotros’ creador de historia (‘nadie libera a nadie, nos liberamos juntos’). Pero sí también a la subjetividad de cada uno, al ‘yo biográfico’, al ‘sujeto individual’ con sus referencias y sueños.
3. Sí a la ‘praxis política’, transformadora de las estructuras y generadora de nuevas relaciones sociales, de un nuevo ‘sistema’. Y sí también a la ‘práctica cultural’ (simbólica, artística y religiosa), ‘transfiguradora’ del mundo y creadora de nuevos sentidos o, simplemente, de un nuevo ‘mundo vital’.
4. Sí a la acción ‘macro’ o societaria (en particular a la ‘acción revolucionaria’), la que actúa sobre las estructuras. Pero sí también a la acción ‘micro’, local y comunitaria (‘revolución molecular’) como base y punto de partida del proceso estructural.
5. Sí a la articulación de las fuerzas sociales en forma de ‘estructuras unificadoras’ y centralizadas. Pero sítambién a la articulación en ‘red’, en la cual por una acción descentralizada, cada nudo se vuelve centro de creación, de iniciativas y de intervenciones.
6. Sí a la ‘crítica’ de los mecanismos de opresión, a la denuncia de las injusticias y al ‘trabajo de lo negativo’. Pero sí también a las propuestas ‘alternativas’, a las acciones positivas que instauran lo ‘nuevo’ y anuncian un futuro diferente.
7. Sí al ‘proyecto histórico’, al ‘programa político’ concreto que apunta hacia una ‘nueva sociedad’. Pero sítambién a las ‘utopías’, a los sueños de la ‘fantasía creadora’, a la búsqueda de una vida diferente, en fin, de ‘un mundo nuevo’.
8. Sí a la ‘lucha’, al trabajo, al esfuerzo para progresar, sí a la seriedad del compromiso. Y sí también a la ‘gratuidad’ tal como se manifiesta en el juego, en el tiempo libre, o simplemente, en la alegría de vivir.
9. Sí al ideal de ser ‘ciudadano’, de ser ‘militante’ y ‘luchador’, sí a quien se entrega lleno de entusiasmo y coraje a la causa de la humanización del mundo. Pero también sí a la figura del ‘animador’, del ‘compañero’, del ‘amigo’, en palabras sencillas, sí a quien es rico en humanidad, en libertad y en amor.
10. Sí a una concepción ‘analítica’ y científica de la sociedad y de sus estructuras económicas y políticas. Perosí también a la visión ‘sistémica’ y ‘holística’ de la realidad, vista como totalidad viva, integrada dialécticamente en sus varias dimensiones: personal, de género, social, ecológica, planetaria, cósmica y trascendente».
 

Tecnocracia, humanismo y cultura

Deja un comentario


sábado 2 de octubre de 2010

En medio de la crisis internacional, Cuba atraviesa una compleja y riesgosa situación. Durante medio siglo hemos arrostrado peligros y dificultades, imantados por la fuerza convocante de la palabra, convencidos de la cristalización necesaria de un proyecto de país, todo lo cual nos remite, nuevamente, en última instancia, a la cultura.

Graziella Pogolotti / LA JIRIBILLA
Las concepciones tecnocráticas aplicadas a la sociedad y la economía son instrumento y resultante del capitalismo desarrollado. Implican la subordinación del ser humano, considerado mero objeto al mandato de los intereses de la oligarquía financiera. Nos encontramos, pues, al final de una curiosa parábola histórica.
En efecto, la burguesía emergente hizo del humanismo su plataforma inicial para oponerse a los dogmas sustentados por las periclitadas estructuras feudales. Colocó el sol en el centro del sistema planetario y al hombre, despojado de los privilegios de casta como medida de todas las cosas y portador de un saber orientado a eslabonar la conquista del poder. Las circunstancias y, en particular, la conquista de América trastocaron el precario equilibrio alcanzado, reconocible en el David y en el Moisés, de Miguel Ángel Buonarotti, así como en el diálogo, mutuamente contaminante de utopía y realismo de Don Quijote y Sancho. Asimismo, durante el turbulento encuentro de las dos culturas, la voz de Fray Bartolomé de las Casas respondía a esa tradición humanista. No puede olvidarse que la razón instrumental hizo que la esclavitud, con su brutal explotación humana, su depredación de África y con las fortunas nacidas del tráfico negrero, se constituyera en palanca de la acumulación capitalista.
Las ideas se sumergen, pero no mueren. Perceptible desde los pensadores presocráticos, el humanismo sobrevivió soterrado en el Medioevo, resurgió con el Renacimiento y volvió a aparecer con los primeros brotes del socialismo en los tanteos de los utopistas a quienes sería oportuno someter a una nueva lectura creativa.
Cuando la parábola abierta por la burguesía naciente se está clausurando, cuando parece imponerse un utilitarismo miope, uno de los grandes conflictos contemporáneos se diseña en torno a la contraposición tecnocracia y humanismo. La respuesta no habrá de proceder del materialismo vulgar, falsa moneda que, en última instancia, desconoce el papel del hombre ante las fuerzas ciegas de la economía.
Plantearse la necesaria refundación del humanismo no es pura especulación de ilusos. No se trata de onanismo intelectual. Porque el decursar de la historia ha demostrado que las ideas —para bien o para mal— se convierten en objetivas fuerzas actuantes. La gran crisis económica de la Alemania de entreguerras favoreció el surgimiento del nazismo, pero la retórica de Hitler electrizó a las masas y las condujo al fanatismo. En sentido inverso, revestidas a tenor de otras circunstancias, las ideas de la Revolución Francesa impulsaron la lucha por la independencia de la América hispana. Y aún más cerca de nosotros, en un contexto económico carente de salida, los acontecimientos políticos precipitaron el enfrentamiento desigual de los jóvenes revolucionarios, inspirados en el programa del Moncada y portadores de las ideas que habían cristalizado en el largo proceso de formación de la nación cubana, con la dictadura de Batista. Paradoja inesperada, el buen vivir reclamado por la tradición indígena boliviana puede asociarse también a una visión humanista.
A su modo, el imperio no desdeña la fuerza de las ideas. Las reduce a una expresión simplista para bombardear con sus mensajes la influyente red mediática de la actualidad. Sobre el trasfondo del derrumbe del socialismo europeo, vencido en parte por sus propios errores como advirtiera tempranamente el Che, su intención última induce a la alegre aceptación de la derrota del ser humano. El vértigo consumista propicia el culto a lo efímero y perecedero, a condenar la existencia a la absolutización de un presentismo sin porvenir, a cultivar la desmemoria hasta borrar el recuerdo del pasado inmediato, hasta el punto de reiterar los mismos artificios en la manipulación de la opinión pública, a cancelar todos los saberes a favor de un monopolio elitista, a pervertir los fundamentos de la verdad y de los valores éticos. El espectáculo y el inmediatismo anulan el espacio de la reflexión. Todo vale para obtener, con bienes perecederos, una felicidad ilusoria en un mundo reducido a minúsculos fragmentos. En hoteles de cinco estrellas, en cruceros y yates, quienes disponen de recursos para hacerlo, no viajan para descubrir a los otros, sino para encontrar en espejos multiplicados el reflejo de su propia imagen reconfortante.
Sin que tengamos conciencia de ello, las ideas impregnan nuestro universo cotidiano. Las consumimos en el aire que respiramos, suaves y edulcoradas. En un planeta que solo conoce fronteras para los emigrantes, penetran por todas partes. Levantar muros frente a ellas es ingenuo. En cambio, es tarea primordial en los tiempos que corren diagnosticar el fenómeno y rescatar, atemperado a las premisas de la contemporaneidad y extrayendo las lecciones de nuestro propio aprendizaje secular, nuestra plataforma, válida para el porvenir y para dar respuesta a nuestros desafíos actuales.
Más que ninguna otra, la circunstancia cubana exige la asunción de una perspectiva humanista, término que no debe confundirse con humanitarismo. Conferir a las personas un real protagonismo, basado en una participación responsable en la tarea concreta, en el empleo social de los diversos saberes, en la reivindicación del destino de la patria, hacer de cada quien objeto y sujeto de la historia conduce a tener en cuenta, como esencia y razón, la dimensión cultural. Para evitar malentendidos, resulta indispensable definir los alcances de ese concepto. Aferrados a una herencia decimonónica, muchos restringen la cultura al ejercicio y disfrute de las entonces llamadas bellas artes y bellas letras, confinadas a una función meramente ornamental. El arte representa mucho más y responde a una profunda necesidad humana, como lo atestiguan las tempranas pinturas rupestres. Pero la cultura desborda ese terreno. Para Carpentier, se manifestaba en la capacidad de establecer relaciones entre fenómenos de distinta naturaleza. Ejerce, por tanto, un papel integrador de esencias, contrapuesto a la fragmentación hoy dominante. Desde otro punto de vista, la cultura es la memoria viva de los pueblos, portadora de su devenir histórico, de su imaginario, de sus creencias, valores y costumbres, vale decir, de su identidad. Y de sus expectativas de vida. Las decisiones políticas no pueden prescindir de esa realidad concreta y moviente, so pena de cometer errores irreparables.
En medio de la crisis internacional, Cuba atraviesa una compleja y riesgosa situación. Está compelida, a un mismo tiempo, a sobrevivir y a sentar las bases de una auténtica independencia económica. Habrá que tomar medidas dolorosas que implican reconstrucción del empleo y sacrificio de algunos proyectos. Se impone impulsar cambios de mentalidad, entre ellos, cierto acomodo derivado del paternalismo. Hay que recuperar una cultura agraria deteriorada y fortalecer la confianza en que el esfuerzo propio, base del esfuerzo común es salvaguarda del presente y del porvenir, única garantía posible de una nación justa y soberana. Durante medio siglo hemos arrostrado peligros y dificultades, imantados por la fuerza convocante de la palabra, convencidos de la cristalización necesaria de un proyecto de país, todo lo cual nos remite, nuevamente, en última instancia, a la cultura. En la hora de los hornos han de conjugarse la mente y los corazones para la participación comprometida de los portadores de ricas experiencias de vida y de las múltiples capacidades intelectuales constitutivas del capital humano forjado por la Revolución, a fin de defender y perfeccionar nuestros logros más valiosos.

La última trampa del Banco Mundial

Deja un comentario


sábado 2 de octubre de 2010

En América Latina las voces que promueven un debate en profundidad sobre la intensificación de la explotación de la naturaleza siguen siendo minoritarias y, lo que es peor, no suelen ser escuchadas en las esferas oficiales.

Raúl Zibechi / LA JORNADA
La difusión del reciente informe del Banco Mundial, Los recursos naturales en América Latina y el Caribe: ¿más allá de bonanzas y crisis? (13 de septiembre), podría contribuir al necesario y urgente debate sobre las estrategias más adecuadas para salir de la pobreza y la dependencia, afrontar los problemas sociales y ambientales que genera el extractivismo, y aprovechar una coyuntura favorable para conducir al continente hacia una ruptura con el neoliberalismo. No es que el informe del BM no aporte nada interesante, más bien parece una broma de mal gusto. Sin embargo, muchos gobiernos de la región, incluyendo a los llamados “progresistas”, parecen coincidir con algunas de sus conclusiones más nefastas.
La vicepresidenta para América Latina y el Caribe del BM, Pamela Cox, prologa el informe diciendo que los países de la región “llegaron a ser de los más prósperos del mundo gracias a la producción de metales preciosos, azúcar, caucho, granos, café, cobre y petróleo”. Rechaza que la explotación de los recursos naturales haya sido una maldición para la región y cree que las perspectivas a corto plazo son “halagadoras” por los altos precios del mercado. El propio informe asegura que “las exportaciones de bienes primarios siempre han activado las economías de la región, llenando las arcas de los gobiernos”, y que América Latina “puede derivar beneficios significativos por ser la mina y el granero” de las economías centrales. Por supuesto, no considera que los principales beneficiarios han sido las grandes multinacionales y los países del norte, nunca los exportadores de materias primas.
El enfoque monetarista del BM lo lleva a proponer que las “ganancias extraordinarias” que se obtienen por las exportaciones de minerales, hidrocarburos y productos agrícolas, cuyos precios se mantienen muy altos en los mercados globales, sean usadas para realizar ahorros “que podrían luego utilizarse para estabilizar el gasto en los tiempos de crisis de esos bienes”, como sostiene el informe firmado entre otros por Augusto de la Torre, economista en jefe del banco para América Latina y el Caribe. Censura las nacionalizaciones de las empresas que explotan recursos naturales y dedica parte sustancial de sus conclusiones a indicar los caminos más adecuados para “evitar o minimizar los impactos sociales y los conflictos asociados con las industrias de extracción”.
De este modo, el principal think tank neoliberal evalúa que es precisamente el alto precio internacional de las commodities lo que permite que la región esté atravesando exitosamente la crisis mundial, y no su creciente distanciamiento de las recetas del propio BM y del FMI. La fuerte dependencia de las exportaciones de materias primas, que suponen 24 por ciento de los ingresos fiscales promedio en la región, con casos que alcanzan hasta 49 por ciento, es causa de honda preocupación. Ya no se discute sobre el deterioro de los términos de intercambio, ni sobre la diversificación de las exportaciones, la industrialización y la soberanía alimentaria, cuestiones estratégicas que están siendo tapadas por la oleada de exportaciones de productos primarios que sobrexplotan los bienes comunes como el agua.
No es la primera vez que el BM hace pronósticos falsos y luego se desentiende cuando llegan resultados desastrosos. A mediados de la década de 1990 el BM promovía la privatización de las pensiones con el argumento de que el envejecimiento de la población llevaría al sistema público a la quiebra. Un reciente informe del diario El País asegura que el Círculo de Empresarios de España, con base en los análisis del BM, aseguraba en 1996 que el sistema público de pensiones tendría un déficit de 10 por ciento del PIB para el año 2000, cuando en realidad acumula ahorros equivalentes a 6 por ciento del PIB; en tanto, las pensiones privadas están al borde del colapso (El País, 19/9/10). En efecto, en Estados Unidos hay 31 estados que pueden quedarse sin dinero para pagar las pensiones privadas, mientras en el Reino Unido perdieron 37 por ciento de su valor.
En América Latina las voces que promueven un debate en profundidad sobre la intensificación de la explotación de la naturaleza siguen siendo minoritarias y, lo que es peor, no suelen ser escuchadas en las esferas oficiales. Ni siquiera en los gobiernos que se proclaman opuestos al capitalismo. En la campaña electoral venezolana, donde el domingo 26 se renueva la Asamblea Nacional, la derecha consiguió polarizar el debate instalando la cuestión de la seguridad ciudadana. Sin embargo, las diversas izquierdas no consiguen poner en cuestión un modelo de desarrollo que sigue siendo dependiente de la exportación de petróleo. Algo que no se modificó desde que en 1999 Hugo Chávez asumió la presidencia.
Es en este punto donde la inercia acerca los hechos concretos a las posiciones tramposas del BM. Mientras el capital mundial elabora propuestas para profundizar el modelo, las propuestas alternativas siguen sin ser escuchadas. Abarcan, empero, un amplio abanico: desde un neodesarrollismo hasta el sumak kawsay o buen vivir estampado en las constituciones de Ecuador y Bolivia. El economista Jorge Katz, inscrito en la primera tendencia, acaba de denunciar en el congreso anual de la Asociación de Economía para el Desarrollo de la Argentina que el decil más rico en su país tiene un ingreso per cápita mayor que ese mismo sector en los países anglosajones, en tanto la población con menores ingresos es 20 veces más pobre que los estratos más bajos de los países desarrollados.
La fase actual del modelo neoliberal, aunque algunos prefieren hablar de “posneoliberalismo” cuando se trata de gobiernos progresistas, no puede sino generar polarización económica y social. En este caso, el progresismo interpone políticas sociales que no pueden modificar la distribución de la renta, pero son funcionales a la explotación de la naturaleza. No será sencillo salir del extractivismo. Pero nunca se conseguirá sin un profundo debate que anticipe la imprescindible confrontación con un modelo depredador.

Brasil: la hora de Dilma

Deja un comentario


sábado 2 de octubre de 2010

La candidata del Partido de los Trabajadores, Dilma Rousseff, será elegida presidenta de Brasil. Hija de un comunista búlgaro que en su país luchó contra la ocupación nazi, Dilmiña (así le llaman) militó en la guerrilla liderada por el capitán Carlos Lamarca, y purgó tres años en prisión, donde fue torturada.

ARTÍCULOS RELACIONADOS
José Steinsleger / LA JORNADA
Hace poco más de un siglo, Brasil emergía del imperio republicano esclavista, Rusia padecía el despotismo del zar, India era una colonia británica y China flotaba en la niebla del feudalismo milenario. Hoy, las cuatro naciones integran el bloque de las potencias emergentes (BRIC, por sus iniciales).
El BRIC agrupa 45 por ciento de la población mundial. En conjunto, ocupa un territorio 2.75 veces mayor que el de Estados Unidos y la Unión Europea. Posee ubérrimos recursos naturales; expande el mercado interno y externo; fortalece el sector público; impulsa la autonomía militar y nuclear; actúa con independencia y soberanía en la escena internacional, y gravita geopolíticamente en los países vecinos.
En términos relativos, Brasil es el país mejor posicionado del bloque. Tiene 200 millones de habitantes (8 por ciento de la población sumada de India y China), se proyecta en África sudoccidental (donde la lengua madre le permite moverse con fluidez), está lejos de las guerras fratricidas de la periferia rusa, de las tensiones de la península coreana (vecina de China), y de la explosiva situación en Pakistán, Nepal y la región de Cachemira (limítrofes con India).
México pudo ser socio del BRIC. Desafortunadamente, sus clases dirigentes se dejaron estafar por el libre comercio (que nunca existió), y el país quedó enganchado a la sicosis de una economía imperialista en declive. Brasil, en cambio, recorrió el camino inverso. De aliado incondicional de Washington, a la defensa de la soberanía, la integración política subregional, y la contención del guerrerismo yanqui en sus fronteras.
El punto conflictivo de la política exterior brasileña sería su presencia en Haití, donde encabeza los cascos azules de otra entidad política en declive: las Naciones Unidas. No obstante, respalda a Cuba y Venezuela y, por encima de las tentaciones hegemonistas en el Mercosur, el diálogo y la negociación predominan en su agenda.
Luiz Inacio da Silva, Lula, fue el arquitecto del reacomodo político de Brasil en los nuevos escenarios internacionales. Obrero y líder sindical sin título académico (aprendió a leer a los nueve años), Lula dictó cátedra. A las derechas propuso pensar con cabeza propia, y a las izquierdas demostró que la política vale por los contenidos, y no por las formas o declaraciones de fe.
El gobierno de Lula aumentó el consumo familiar, elevó los salarios en más de 60 por ciento, creó 14 millones de empleos en firme, 40 millones de pobres recibieron atención, y millones de excluidos pensaron en algo más que futbol y carnaval. Lula termina su mandato habiéndose ganado el respeto de sus enemigos, y lo que a fin de cuentas importa: el cariño de su pueblo.
A pesar de ello, los chamanes de la rebeldía verbal fruncen el ceño: Lula, los Kirchner, Rafael Correa, Evo Morales, Fernando Lugo, Andrés Manuel López Obrador, no son homologables con el canon de la revolución ¡ya! Excluyo, de la nómina, a Hugo Chávez: parece que Fidel ya los convenció (espero), de que el bolivariano cumple con los requisitos del buen muchacho revolucionario.
En fin… desconcertante coincidencia entre globalizadores y globalifóbicos. Los unos quieren la economía sin política, y los otros la sociedad sin políticos. ¿Que se vayan todos? Los que están realmente jodidos no se hacen bolas. Sin mezquindad, eligen a sus dirigentes y los alientan para lidiar con las irracionales plutocracias de América Latina.
En los comicios venideros, la candidata del Partido de los Trabajadores, Dilma Rousseff (1947, heredera política de Lula), será elegida presidenta de Brasil. Hija de un comunista búlgaro que en su país luchó contra la ocupación nazi, Dilmiña (así le llaman) militó en la guerrilla liderada por el capitán Carlos Lamarca, y purgó tres años en prisión, donde fue torturada.
Recordemos, de paso, a Lamarca. Tras desertar del ejército (1969), la dictadura militar (1964-85) lo declaró traidor de la nación, único caso en la historia de Brasil. En 1971, Lamarca cayó en combate. En 2006, el Ministerio de Justicia lo ascendió, postmortem, a coronel de las fuerzas armadas.
El pensamiento bobo circula por el centro, que siempre está embotellado. El pensamiento cero adelanta por derecha, que siempre acaba en vía muerta. Inventando nuevas reglas de tránsito, Lula avanzó por izquierda. Acorde con la nueva hora de Brasil… ¿Dilma sabrá conducir?
Reloj atómico tendrá. El gobierno brasileño acaba de adquirir un aparato de alta precisión para el Servicio de la Hora Oficial. El reloj funciona con hidrógeno, y atrasa o se adelanta un segundo cada 10 millones de años.
En La tierra del futuro (1941), Stefan Zweig escribió: Es siempre arriesgado echar desde el presente un vistazo sobre el futuro. Con 50 millones de habitantes y su dilatado espacio, Brasil constituye uno de los esfuerzos colonizadores más grandiosos del mundo, y se halla hoy sólo al comienzo de su desarrollo.

México: La memoria histórica y el 68

Deja un comentario


sábado 2 de octubre de 2010

 

El 68 y la matanza de Tlatelolco no son una efeméride que debamos recordar con demagogia y cinismo. Ha sido y es uno de los ejemplos más grandes de la lucha que debemos desarrollar para realizar la tan urgente transformación de raíz que nuestro país necesita.
Cristóbal León Campos* / Especial para CON NUESTRA AMÉRICA
Desde Yucatán, México
(Ilustración: fotomosaico “Discrepar”, de Óscar Guzmán)
La historia oficial de México está construida por la demagogia del poder. Esta historia se nos enseña en las aulas mediante los programas educativos del momento, y se difunde a través de los medios de comunicación masiva con objeto de formarnos un pensamiento homogéneo, acorde a lo bien visto por el poder, para asegurar el control establecido por la clase gobernante. Pero contrario a lo anhelado por los poderosos, existe también una historia oculta, excluida de los almanaques históricos y los libros de texto, arrojada al olvido de la desmemoria por el discurso oficial. Esta historia real cuenta la versión de los oprimidos, de la resistencia, y se mantiene viva aunque tiene innumerables páginas arrancadas y borradas.
Una de estas páginas, una de las más trascendentes, fue escrita el año de 1968, cuando miles de estudiantes junto con trabajadores que los apoyaban, hicieron oír su voz al resto de la población del país y gran parte del mundo. Exigieron respeto a la autonomía de las instituciones educativas, reformas sustanciales en la sociedad. Esa voz que se escuchó por vez primera en la capital y se extendió por varias de las ciudades más importantes del país, se convirtió rápidamente en un grito popular por la democracia, por la libertad plena, por la igualdad entre hombres y mujeres, un grito contra el autoritarismo y el abuso del poder.
En varios países -Francia, Checoslovaquia, Argentina, etc.- se vivió lo que en México desde el mes de julio acontecería, cuando la juventud comenzó a luchar por la construcción de un mejor país, conscientes de la necesidad de transformar las raíces de nuestra patria. La conciencia se fue construyendo paso a paso como una unidad indisoluble, indestructible; pues estaba basada en las necesidades populares, en las contradicciones del capitalismo, en la conciencia social de la transformación.
Ante esta dignidad extendida, tal y como lo demuestra la historia, el gobierno autoritario y déspota tuvo como respuesta el lenguaje de las balas, de las tanquetas, de la represión y de la muerte. La tarde del 2 de octubre de 1968, conforme a lo planeado por los integrantes del movimiento estudiantil-popular, se realizaba un mitin en Tlatelolco con el fin de informar los avances en la lucha política y democrática. Daba la apariencia de ser un día como cualquier otro en la tan necesaria lucha. Sin embargo, el poder había decido marcar para siempre la Plaza de las Tres Culturas y las vidas de toda una generación. Había decidido que la noche de Tlatelolco no se olvidara jamás.
Alrededor de las seis y cuarto de la tarde, la plaza rebosaba de gente, los vecinos observaban el mitin por las ventanas de sus departamentos y casas. Todos escuchaban con atención al orador, cuando de pronto unas luces de bengala iluminaron el cielo; eran la señal. No pasaron más de diez segundos cuando la plaza se vio surcada por miles de balas que se dirigían a los asistentes.
Policías y militares rabiosos golpeaban, arrestaban y asesinaban a su propio pueblo, mientras los hombres del guante blanco, los encubiertos del batallón Olimpia, dirigían las acciones y apresaban a los dirigentes en el edificio Chihuahua. Cuando la noche cayó la plaza estaba bañada en sangre, las cárceles repletas de presos políticos, cientos, miles, incontables. Muchos cuerpos fueron arrojados en zonas inhóspitas en donde jamás serían encontrados, muchos presos no fueron registrados para no llenar los cuadernos de la evidencia, muchos otros jamás llegaron a las cárceles, los desaparecieron, los borraron, los ocultaron en medio del silencio convertido en verdad oficial. Todavía sus familias mantienen la esperanza de volver a verlos con vida.
Al día siguiente no hubo grandes encabezados en la prensa, no hubo imágenes en la televisión, no hubo noticias en la radio, son en realidad muy pocos los medios de comunicación que mencionaron algo de los trágicos sucesos. Parecía que no había pasado nada. Era el silencio de lo que se dice correcto, de lo que se dice necesario, era una inyección letal de desmemoria, de exclusión de los almanaques y libros de historia pagados por los asesinos explotadores. Lo que sí estaba en cartelera eran las próximas Olimpiadas que se celebrarían en la capital.
Pero ante esa pretendida desmemoria, frente a esa exclusión oficial, está siempre la conciencia popular, que de voz en voz, de persona a persona, transmite la verdad, recuerda a los caídos y mantiene la exigencia de justicia, esa misma que enarbolan los familiares que siguen esperando reunirse con sus desaparecidos, que conduce a las madres que perdieron a sus hijos, exigencia que guía los pasos que retumban en lo más profundo del corazón de nuestra patria año con año, cuando las calles de México reciben a los manifestantes que gritan: ¡DOS DE OCTUBRE NO SE OLVIDA!
El fin del movimiento del 68 en México no es un hecho aislado, pues el 10 de junio de 1971 fueron nuevamente masacrados estudiantes universitarios y politécnicos en la capital del país a manos del grupo de choque creado por el Estado, llamado los “halcones”, quienes actuaban en clara confabulación con las “fuerzas del orden”. La naturaleza del poder es evidente, la violencia de Estado se ha repetido en Acteal, Aguas Blancas, Atenco y Oaxaca, por citar sólo algunos ejemplos acerca del accionar del Estado ante todo conflicto social. Esto es claro: la violencia del poder se grabó hasta en el último rincón de nuestro México moderno en la Plaza de las Tres Culturas.
La transcendencia del 68 apenas comienza a comprenderse en su verdadera dimensión. El movimiento estudiantil-popular que se desarrolló en México, es el antecedente de las nuevas formas de resistencia que en los últimos años se realizan. Su carácter anti-autoritario y autogestivo, sirve de ejemplo a las generaciones recientes, que cansados de los abusos del poder y de las mentiras de los partidos políticos, se organizan de manera horizontal e independiente para buscar la transformación del país. La impunidad, el autoritarismo, la demagogia, aún persisten, fueron aspectos cuestionados de la sociedad en el 68 pero no pudieron ser erradicados, y esto hay que tenerlo muy pero muy en cuenta. Dicho en forma simple, falta mucho trabajo por hacer.
Ninguno de los intentos por ocultar la verdad, por dejarla en el olvido, han logrado borrar la memoria histórica del pueblo mexicano persiste y se reproduce, para que las nuevas generaciones podamos conocer la verdad, para que a más de cuarenta años comprendamos la necesidad de exigir justicia, y de reconocer el valor de todo aquel que levanta la voz para demandar una vida digna.
El 68 y la matanza de Tlatelolco no son una efeméride que debamos recordar con demagogia y cinismo. Ha sido y es uno de los ejemplos más grandes de la lucha que debemos desarrollar para realizar la tan urgente transformación de raíz que nuestro país necesita, a fin de terminar para siempre con la injusticia y la desigualdad que sustentan la falsa democracia en la que vivimos, organizados demos el paso al México de los de abajo.

 

*El autor es historiador mexicano egresado de la Universidad Autónoma de Yucatán. Colabora en periódicos, revistas y páginas web a nivel local, nacional e internacional.

Elecciones en Venezuela: triunfo con sabor a derrota

1 Comentario


sábado 2 de octubre de 2010

¿Qué se está construyendo a futuro? El socialismo es más que una suma de consignas, o camisetas rojas para una marcha multitudinaria. ¿Puede haber un socialismo “petrolero”, como se llegó a decir? ¿Qué pasa si Hugo Chávez no triunfa en las elecciones dentro de dos años: se termina el proceso revolucionario?

Marcelo Colussi / Especial para CON NUESTRA AMÉRICA
mmcolussi@gmail.com
Desde Guatemala

 
“No se puede servir a dos señores. O sirves a Dios o al Diablo”
Lucas 16:1-13
Digámoslo con una metáfora futbolística: si el Barça, hoy por hoy el equipo más poderoso del planeta, gana un partido jugando de local con todos sus astros internacionales contra un cuadro de tercera división de Panamá por uno a cero con un agónico gol de penal a los 44 minutos del segundo tiempo… sin dudas triunfa. Pero, ¿triunfa? Es decir: eso es un triunfo tan cuestionable que pierde toda emoción. Triunfo pírrico, triunfo que no es triunfo.
Se podrá decir que en el fútbol lo que interesa son los resultados, y aunque sea con ese regalo de un penal, lo importante es ganar. Y punto. Ahora bien: en política las cosas no son equivalentes. Se puede ganar una elección, sin dudas, pero eso muy lejos está de dar legitimidad.
En Venezuela acaban de realizarse las elecciones legislativas. Más allá de la gastada parodia de decir que “triunfó la democracia, que triunfó el país”, es importante hacer una lectura profunda de lo que significa esta nueva justa electoral.
En todas las elecciones que durante los ya casi 12 años de gobierno bolivariano han tenido lugar, prácticamente siempre se dice que son las más importantes para la continuidad del proceso, que son cruciales. Más allá de las exageraciones del caso, quizá las de ayer sí lo fueron.
Y, fundamentalmente, deberían ser un campanazo de alerta para la salud de la revolución.
Según como se quieran –o se puedan– ver las cosas, lo de ayer fue una victoria o una derrota. Así es la realidad siempre: la botella ¿está medio vacía o medio llena? Si queremos quedarnos con la idea que una vez más el bravo pueblo venezolano dijo sí a su líder y que apoyó masivamente su convocatoria de profundizar la revolución bolivariana, podríamos responder que efectivamente, así fue. Pero ¡cuidado!: no se consiguió lo que se buscaba, las dos terceras partes de la Asamblea Nacional. Incluso la población votó más a los candidatos no chavistas: 52%. En ese sentido, es como la metáfora futbolística del inicio: se ganó la mayoría simple del Congreso, pero quedan profundas dudas.
La derecha festeja los escaños obtenidos con sabor a triunfo; pero el movimiento bolivariano, más allá de las casi 100 diputaciones conseguidas, queda con un sabor amargo. Es un triunfo que obliga a repensar la marcha del proceso: luego de la otra derrota electoral sufrida estos años, cuando no ganó el referéndum por la nueva constitución el 2 de diciembre del 2007, se habló de las 3 R (Revisión, Rectificación y Reimpulso) como el paso inmediato e imprescindible para reflotar el proceso. ¿Dónde quedaron?
El problema fundamental es ver por qué no se ganó con la contundencia que se esperaba. Lo cual lleva a otras cuestiones más de fondo. Quedarse con el discurso que la derecha –nacional e internacional– hace lo imposible para frenar el proceso bolivariano, si bien es cierto –¡absoluta y contundentemente cierto!– no termina de explicar el resultado. Por supuesto que el enemigo de clase hará todo lo que esté a su alcance en esta despiadada lucha. ¿No es eso acaso la política? ¿Es posible seguir esperando que las luchas de clase puedan dirimirse en elecciones “limpias y transparentes” donde “gana el país”? ¿Es remotamente posible pensar en conciliación de clases? ¿Es posible pensar que el imperio desista de las reservas petroleras venezolanas sólo por buena voluntad?
Lo importante a rescatar luego del resultado de ayer son las causas estructurales que están operando. Como bien lo dice Martín Guédez: “En Revolución, no poder alcanzar la aceptación fluida y serena de al menos el 80% de nuestros compatriotas –todos los que no son burgueses y para los cuales es la Revolución– tiene que ser una seria advertencia. No hacerlo podría ser suicida. No podemos conformarnos con ‘triunfos’ que sólo garanticen una cierta hegemonía pero que en cualquier momento pudieran revertirse. La Revolución Socialista hay que garantizarla hasta colocarla a salvo de los sustos propios del juego eleccionario burgués“.
Dicho de otro modo, lo que debe revisarse muy en profundidad es lo que se está construyendo en Venezuela. Ahí es cuando cobra sentido el epígrafe (¡una cita bíblica! justamente): o se construye el socialismo (del siglo que sea), o se continúa con un capitalismo de “rostro humano” (como si ello fuera posible…) Pero las dos cosas al mismo tiempo no son posibles. O, en todo caso, se construyen productos híbridos que, en los momentos críticos, dejan ver su verdadero rostro.
Si la población votó en tan alta medida por la propuesta de la derecha tradicional impidiendo el triunfo mayoritario del Partido Socialista Unido de Venezuela –PSUV– ello no habla del “atraso” político de las masas, sino lisa y llanamente de otras dos cosas: por un lado, que pasó factura al oficialismo por el deterioro real de la calidad de vida, y por otro, que en el país no se está construyendo una verdadera cultura socialista, que se sigue “sirviendo a los dos señores” (o se es socialista o no se lo es; posiciones intermedias tienen las patas cortas, irremediablemente. Ahí están las evidencias con las elecciones del 26 de setiembre).
La clase trabajadora, la verdaderamente sufrida en todo el proceso de crisis capitalista internacional que también golpea en Venezuela, se vio llevada a tener que elegir según el patrón de democracias representativas, pero no está caminando hacia la profundización de un genuino poder popular desde abajo. Esto, en definitiva, llevó a que ahora el parlamento pavimente la posibilidad de un “bipartidismo” donde todo tendrá que negociarse al clásico estilo de las democracias dizque representativas. Dicho de otro modo: la derecha política avanza sobre las conquistas de la revolución. Las leyes que ahora puedan tratarse no aseguran el avance del socialismo.
Todo esto, en definitiva, abre interrogantes más de fondo: ¿es posible construir socialismo con los moldes del capitalismo? La figura carismática del conductor del proceso, Hugo Chávez, hasta ahora funcionó como reaseguro de esa propuesta equilibrando las fuerzas contrarias. Lo de ayer debería profundizar esa pregunta: ¿es posible construir socialismo amparándose en la figura omnipresente del presidente, o eso es un límite insalvable?
Si vienen nuevos ajustes en la economía venezolana, ¿será nuevamente el pueblo trabajador quien deberá pagarlos, como ha estado ocurriendo recientemente? Si así es, ¿quién asegura que en las elecciones presidenciales del 2012, más allá de todo su carisma, vuelva a imponerse Chávez?
En definitiva: ¿qué se está construyendo a futuro? El socialismo es más que una suma de consignas, o camisetas rojas para una marcha multitudinaria. ¿Puede haber un socialismo “petrolero”, como se llegó a decir? ¿Qué pasa si Hugo Chávez no triunfa en las elecciones dentro de dos años: se termina el proceso revolucionario?
Todas estas preguntas –si queremos decirlo de otro modo: tomarse en serio aquello de las 3 R, hoy por hoy caídas en el olvido– debería ser el paso inmediato luego de las elecciones del domingo. La derecha podrá ver en ello un síntoma de debilidad, de fisuras en el proceso revolucionario. Pero sin autocrítica genuina no puede haber revolución socialista. Lo de ayer [26 de setiembre] debe ser una alarma urgente. En Argentina, muchas décadas atrás, el movimiento peronista, tan popular y masivo como el chavismo y con un líder igualmente carismático, tuvo la posibilidad de construir alternativas reales al capitalismo; pero esto de “servir a dos señores” funcionó como freno, y se terminó construyendo un híbrido. Años después fue el partido heredero de ese histórico movimiento el que terminó rematando el país privatizando todo lo inimaginable, y de los ideales populares no fue quedando más que el recuerdo. Esperemos que no se repita la historia.

Nota sobre el frustrado golpe de estado en Ecuador

Deja un comentario


sábado 2 de octubre de 2010

La rapidez de la reacción democrática y popular es esencial para desactivar la secuencia de acciones y procesos del golpismo, que rara vez es otra cosa que un entrelazamiento de iniciativas que, a falta de obstáculos que se interpongan en su camino, se refuerzan recíprocamente.

Artículo relacionado:
- La Revolución Ciudadana tiene un líder y un pueblo alerta, de Jorge Benedetti
Atilio A. Boron / Página12

¿Qué pasó en Ecuador?
Hubo una tentativa de golpe de Estado. No fue, como dijeron varios medios en América Latina, una “crisis institucional”, como si lo ocurrido hubiera sido un conflicto de jurisdicciones entre el Ejecutivo y el Legislativo, sino una abierta insurrección de una rama del primero, la Policía Nacional, cuyos efectivos constituyen un pequeño ejército de 40.000 hombres, en contra del Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas del Ecuador, que no es otro que su presidente legítimamente electo. Tampoco fue lo que dijo Arturo Valenzuela, Subsecretario de Estado de Asuntos Interamericanos, “un acto de indisciplina policial”. ¿Caracterizaría de ese modo lo ocurrido si el equivalente de la Policía Nacional del Ecuador en EEUU hubiera vapuleado y agredido físicamente a Barack Obama, lesionándolo; lo hubiera secuestrado y mantenido en reclusión durante 12 horas en un hospital policial hasta que un comando especial del Ejército lo liberaba luego de un intenso tiroteo? Seguramente que no, pero como se trata de un mandatario latinoamericano lo que allá suena como intolerable aberración aquí aparece como una travesura de escolares.
En general todos los oligopolios mediáticos ofrecieron una versión distorsionada de lo ocurrido el día de ayer, evitando cuidadosamente hablar de tentativa de golpe de Estado. En lugar de eso se referían a una “sublevación policial” lo cual, a todas luces, convierte los acontecimientos del jueves en una anécdota relativamente insignificante. Es un viejo ardid de la derecha, siempre interesada en restar importancia a las tropelías que cometen sus partidarios y a magnificar los errores o problemas de sus adversarios. Por eso viene bien recordar las palabras pronunciadas este viernes, en horas de la mañana, por el presidente Rafael Correa cuando caracterizó lo ocurrido como “conspiración” para perpetrar un “golpe de Estado”. Conspiración porque, como fue más que evidente el día jueves, hubo otros actores que manifestaron su apoyo al golpe en gestación : ¿no fueron acaso efectivos de la Fuerza Aérea Ecuatoriana –y no de la Policía Nacional- los que paralizaron el Aeropuerto Internacional de Quito y el pequeño aeródromo utilizado para vuelos provinciales? ¿Y no hubo grupos políticos que salieron a apoyar a los golpistas en calles y plazas? ¿No fue el propio abogado del ex presidente Lucio Gutiérrez uno de los energúmenos que trató de entrar por la fuerza a las instalaciones de la Televisión Nacional del Ecuador? ¿No dijo acaso el Alcalde de Guayaquil y gran rival del presidente Correa, Jaime Nebot, que se trataba de un conflicto de poderes entre un personaje autoritario y despótico, Correa, y un sector de la policía, equivocado en su metodología pero a quien le asistía la razón en sus reclamos?
Esta falsa equidistancia entre las partes en conflicto era una indirecta confesión de su complacencia ante los acontecimientos en curso y de su íntimo deseo de librarse de su -hasta ahora al menos- inexpugnable enemigo político. Para ni hablar de la lamentable involución del movimiento “indígena” Pachakutik, que en medio de la crisis hizo pública su convocatoria al “movimiento indígena, movimientos sociales, organizaciones políticas democráticas, a constituir un solo frente nacional para exigir la salida del Presidente Correa. “¡Sorpresas te da la vida!”, decía Pedro Navaja; pero no hay tal sorpresa cuando uno toma nota de los generosos aportes que la USAID y el National Endowment for Democracy han venido haciendo en los últimos años para “empoderar” a la ciudadanía ecuatoriana a través de sus partidos y movimientos sociales.
Conclusión: no fue un pequeño grupo aislado dentro de la policía quien intentó dar el golpe, sino un conjunto de actores sociales y políticos al servicio de la oligarquía local y el imperialismo, que jamás le va a perdonar a Correa haber ordenado el desalojo de la base que Estados Unidos tenía en Manta, la auditoría de la deuda externa del Ecuador y su incorporación al ALBA, entre muchas otras causas. Incidentalmente, la policía ecuatoriana hace ya muchos años que, al igual que otras de la región, viene siendo instruida y adiestrada por su contraparte estadounidense.
¿Habrán incluido alguna clase de educación cívica, o sobre la necesaria subordinación de las fuerzas armadas y policiales al poder civil? No parece. Más bien, actualiza la necesidad de poner fin, sin más dilaciones, a la “cooperación” entre las fuerzas de seguridad de la mayoría de los países latinoamericanos y las de Estados Unidos. Ya se sabe qué es lo que enseñan en esos cursos.

 

¿Por qué fracasó el golpe de Estado?

Básicamente por tres razones: en primer lugar, por la rápida y efectiva movilización de amplios sectores de la población ecuatoriana que, pese al peligro que existía, salió a ocupar calles y plazas para manifestar su apoyo al presidente Correa. Ocurrió lo que siempre debe ocurrir en casos como estos: la defensa del orden constitucional es efectiva en la medida en que es asumida directamente por el pueblo, actuando como protagonista y no como simple espectador de las luchas políticas de su tiempo. Sin esa presencia del pueblo en calles y plazas, cosa que había advertido Maquiavelo hace quinientos años, no hay república que resista los embates de los personeros del viejo orden. El entramado institucional por sí sólo es incapaz de garantizar la estabilidad del régimen democrático. Las fuerzas de la derecha son demasiado poderosas y dominan ese entramado desde hace siglos. Sólo la presencia activa, militante, del pueblo en las calles puede desbaratar los planes golpistas.
En segundo lugar, el golpe pudo ser detenido porque la movilización popular que se desarrolló con gran celeridad dentro del Ecuador fue acompañada por una rápida y contundente solidaridad internacional que se comenzó a efectivizar ni bien se tuvieron las primeras noticias del golpe y que, entre otras cosas, precipitó la muy oportuna convocatoria a una reunión urgente y extraordinaria de la UNASUR en Buenos Aires. El claro respaldo obtenido por Correa de los gobiernos sudamericanos y de varios europeos surtió efecto porque puso en evidencia que el futuro de los golpistas, en caso de que sus planes finalmente culminaran exitosamente, sería el ostracismo y el aislamiento político, económico e internacional. Se demostró, una vez más, que la UNASUR funciona y es eficaz, y la crisis pudo resolverse, como antes la de Bolivia, en 2008, sin la intervención de intereses ajenos a América del Sur.
Tercero, pero no último en importancia, por la valentía demostrada por el presidente Correa, que no dio brazo a torcer y que resistió a pie firme el acoso y la reclusión de que había sido objeto pese a que era más que evidente que su vida corría peligro y que, hasta el último momento, cuando se retiraba del hospital, su automóvil fue baleado con claras intenciones de poner fin a su vida. Correa demostró poseer el valor que se requiere para acometer con perspectivas de éxito las grandes empresas políticas. Si hubiese flaqueado, si se hubiera acobardado, o dejado entrever una voluntad de someterse al designio de sus captores otro habría sido el resultado. La combinación de estos tres factores: la movilización popular interna, la solidaridad internacional y la valentía del presidente terminó por producir el aislamiento de los sediciosos, debilitando su fuerza y facilitando la operación de rescate efectuada por el Ejército ecuatoriano.

 

¿Puede volver a ocurrir?
Sí, porque los fundamentos del golpismo tienen profundas raíces en las sociedades latinoamericanas y en la política exterior de Estados Unidos hacia esta parte del mundo. Si se repasa la historia reciente de nuestros países se comprueba que las tentativas golpistas tuvieron lugar en Venezuela (2002), Bolivia (2008), Honduras (2009) y Ecuador (2010), es decir, en cuatro países caracterizados por ser el hogar de significativos procesos de transformación económica y social y, además, por estar integrados a la ALBA. Ningún gobierno de derecha fue perturbado por el golpismo, cuyo signo político oligárquico e imperialista es inocultable. Por eso el campeón mundial de la violación de los derechos humanos, Álvaro Uribe, con sus miles de desaparecidos, sus fosas comunes, sus “falsos positivos”, jamás tuvo que preocuparse por insurrecciones militares en su contra durante los ocho años de su mandato. Y es poco probable que los otros gobiernos de derecha que hay en la región vayan a ser víctimas de una tentativa golpista en los próximos años. De las cuatro que hubo desde 2002 tres fracasaron y sólo una, la perpetrada en Honduras en contra de Mel Zelaya, fue coronada exitosamente. El dato significativo es que su ejecución fue sorpresiva, en el medio de la noche, lo cual impidió que la noticia se conociese hasta la mañana siguiente y el pueblo tuviera tiempo de salir a ganar calles y plazas. Cuando lo hizo ya era tarde porque Zelaya había sido desterrado. Además, en este caso la respuesta internacional fue lenta y tibia, careciendo de la necesaria rapidez y contundencia que se puso de manifiesto en el caso ecuatoriano.
Lección a extraer: la rapidez de la reacción democrática y popular es esencial para desactivar la secuencia de acciones y procesos del golpismo, que rara vez es otra cosa que un entrelazamiento de iniciativas que, a falta de obstáculos que se interpongan en su camino, se refuerzan recíprocamente. Si la respuesta popular no surge de inmediato el proceso se retroalimenta, y cuando se lo quiere parar ya es demasiado tarde. Y lo mismo cabe decir de la solidaridad internacional, que para ser efectiva tiene que ser inmediata e intransigente en su defensa del orden político imperante. Afortunadamente estas condiciones se dieron en el caso ecuatoriano, y por eso la tentativa golpista fracasó. Pero no hay que hacerse ilusiones: la oligarquía y el imperialismo volverán a intentar, tal vez por otras vías, derribar a los gobiernos que no se doblegan ante sus intereses.

Older Entries

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 124 seguidores