martes 23 de noviembre de 2010


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Adán Salgado Andrade (especial para ARGENPRESS.info)

Desde este corrupto México. Ahora que se habla del bicentenario de la supuesta independencia de México, la historia del país está indisolublemente ligada a la de la corrupción, sobre todo a partir de la impuesta colonia española. Como se sabe, la mayor parte de los sometedores de los antiguos mexicanos, eran mercenarios ávidos de lucrativas aventuras que les permitieran salir de las miserables vidas que hasta entonces habían llevado en España.

Atraídos por míticos, auríferos reinos, aquí, en las tierras anahuacas, de todos modos hallaron gente, tierras, vastos recursos y, en efecto, minerales preciosos, como oro o plata, que, en corto tiempo, los convirtieron en hombres acaudalados, claro que sin modales y, lo más grave, sin lealtad muchos de ellos. La “solución” del soberano español en turno (Carlos I de España), fue permitir que tales mercenarios se quedaran con una parte de las tierras y los hombres de los que se habían apoderado por el simple uso de la violencia y el latrocinio. Esa suerte de dádivas soberanas habrían de convertirse en la norma, con tal de, efectivamente, garantizarse el rey español la “lealtad” de aquellos ladrones a “su servicio” (no exceptuando, claro, que el propio rey era el ladrón principal al haberse apropiado por la fuerza de tierras ancestralmente ocupadas por industriosas y cultas civilizaciones).
Esa mercantilista relación entre los “súbditos españoles” en las colonias y su rey en España, también fue muy bien aprovechada por la iglesia, la cual habría de recuperar en estas sometidas tierras el poder perdido en Europa, debido principalmente a las reformas luteranas y a que la “fe ciega” de los inicios del cristianismo y la edad media se había ido disipando con los siglos (más que fe ciega, se trató en realidad de una absurda fanatización, que convirtió a los seguidores de Cristo en peligrosas hordas de manipuladas turbas que arrasaban con todo aquel que no se acogiera al “cristianismo”, como puede verse en la reciente, muy recomendable cinta española “Ágora”). Aquí, además de la imposición de esa tan cuestionada “fe” por medio de la fuerza y de la “santa inquisición”, también las prácticas lucradoras de enriquecimiento de la elite eclesiástica volvieron a reforzarse como nunca antes. Así, el obligado diezmo, la bendita “limosna” para la curia local, era una suerte de impuesto religioso, cuyo incumplimiento, además del castigo divino al mandar al infierno al pecador, incluso ameritaba en muchas ocasiones castigo corporal con las ingeniosas torturas que los muy “creativos” inquisidores les infligían.
Por tanto, las dádivas soberanas a sus “súbditos” para comprar sus lealtades y el diezmo eclesiástico, por la fuerza de la costumbre, se convirtieron con el paso de los años y los siglos en parte, como dije antes, de nuestra historia y de nuestra cultura, sí, la cultura de las dádivas-corrupción-diezmo.
En nuestros días, este supuesto azote, en realidad, para el sistema político mexicano está que ni mandado a hacer pues, entre otras cosas, garantiza la estabilidad y el, digamos, aceptable funcionamiento de la sociedad por aquél “gobernada”.
Se habla desde distintos niveles de gobierno de que se debe de acabar con la corrupción, las prácticas fraudulentas, las extorsiones, el crimen organizado… pero esas prácticas son algo tan necesario para la perpetuación y subsistencia del sistema político, que hablar de acabar con ellas sería para éste una especie de autoinmolación.
Por estos días de violencia generalizada (alimentada todavía más por las equivocadas estrategias gubernamentales para “combatir” al crimen, de “contra la violencia, más violencia”) e impune actuación del así llamado “crimen organizado”, cabe preguntarse hasta qué punto la corrupción de la que he estado hablando, formaría parte de aquellos factores de supuesta “inestabilidad” o es gracias a la corrupción (y a todo lo que implica, como veremos adelante, particularmente a la forma actual que el diezmo ha tomado) que la “estabilidad” subsiste.
Han dicho centros empresariales que estudian el impacto de la inseguridad y la violencia en la actividad económica, que alrededor de un 7% del PIB del año pasado (2009), unos 175 mil millones de pesos, se pierden por tal inseguridad. Fue esta cifra refutada por el gobierno, en especial el secretario de hacienda, quien negó que la criminalidad, y yo agregaría a la corrupción, como parte de dicha criminalidad, afecte. Muy miope su opinión, dado que, por ejemplo, pensemos en alguien que sufre un asalto y que entran a robarle a su casa: televisión, computadoras, refrigerador, joyas, dinero… y todo aquello con que puedan cargar los ladrones. Es evidente que estará sufriendo un retraso en su desarrollo económico, pues de haber tenido satisfechas sus necesidades en cuanto a dichos aparatos y satisfactores, haber estado en un punto, digamos que de satisfacción, de pronto pierde ello y debe de comenzar desde cero. Pero, además, si no tiene de momento los medios económicos que le permitan reponer lo robado, pues le implicará un atraso material, quizá de varios años atrás. Su desarrollo material habrá retrocedido y si antes del robo estaba en posibilidades de realizar o adquirir otros bienes o emprender cambios en su estilo de vida, pues deberá esa persona posponerlos, quizá de forma permanente. Que el mencionado tecnócrata diga que no hay atraso, es no usar el sentido común para razonar, como lo hice arriba, en que, efectivamente, hay una fuerte afectación material para la actividad económica del país (días después señaló que, en efecto, “hay afectación”).
Hace unos días asistí a una reunión de proselitismo político priísta. Estaban allí tanto empresarios como políticos de poca y mediana monta. Al escuchar algunas de las conversaciones, me cercioré de que esta gente existe gracias al dinero que tienen y que prontos están para presumirlo. Por ejemplo, una de las pláticas que escuché era la siguiente, sostenida entre dos supuestos empresarios que comían junto a mí, hombres cincuentones, vestidos con ropa fina, que manipulaban hasta tres “black berries” (costosos teléfonos celulares) y lucían sendos anillos y pulseras de oro en sus manos y muñecas:
-Oye, y ¿qué pasó, siempre te fuiste a Estados Unidos? – preguntaba uno.
-Sí… sí, me fui en la Honda nueva… la que te dije que compré apenas… sí, nos fuimos el sábado tempranito, a Laredo, y luego luego nos fuimos al mol… y me gasté como cincuenta mil dólares…
-¿¡Cincuenta mil dólares!?…
-Sí… cincuen… no… digo, cinco mil dólares… sí, como sesenta y tantos mil pesos… sí, pero nos vinimos bien surtidos, sí… mi mujer se compró harta ropa… y a mis hijos les compré unos juegos y sus laptops…
-Ah… pues qué bien… yo pienso irme la otra semana…
Y en ese tenor continuó esa materialista-consumista conversación.
Pude platicar con algunos empresarios sobre la corrupción gubernamental. “Eso nunca se va a terminar”, me dijo uno de ellos. “Aquí, si no le entras con el diezmo, nomás no te dan contratos”. Muy confidencialmente me reveló que acababa de entregar medio millón de pesos a unos regidores, quienes a cambio le entregarían una obra por, en efecto, ¡cinco millones de pesos! “Es la cuota que debes de pagar si quieres sobrevivir aquí”, continuó diciéndome. “Y no te creas que son, así, muy importantes, son güeyes chicos”. “Y nada más por darte los precios unitarios de las obras, para ver que no te desfases mucho, nada más por dártelos, ¡te piden cincuenta mil pesos!… y ni modo que no le entres, porque si tú haces tus cotizaciones y estás demasiado subido, pues de todos modos menos te dan el trabajo, así que también allí le tienes que entrar”, continuó diciéndome, esbozando una irónica sonrisa, como diciendo “ni modo, así trabaja este país”.
Le pregunté su opinión sobre el narcotráfico. “Mira, esto lo ha provocado el gobierno, por haber favorecido sólo a un cártel y meterse en los territorios de los otros… provocó la guerra. Eso era lo que hacía el PRI, respetar los territorios”. “Vaya”, reflexioné en ese momento, “entonces el PRI se entendía más con los capos, que los panistas”. “Y vas a ver que no le va a quedar más remedio al gobierno que negociar, porque si no, esto se va a poner peor, en serio. De todos modos, Estados Unidos va a seguir consumiendo droga, eso que ni qué, y se la tenemos que surtir… se hacen pendejos, nada más. Además, a los gringos les conviene tener un solo grupo, para que puedan controlarlo… es más difícil si hay varios”. Tiene sentido lo que este empresario me comenta. En realidad fue lo que se hizo en EU luego de que terminó la prohibición, pues se siguieron “tolerando” a las mafias que habían acogido la medida y que cambiaron de giro, todo bajo la “discreta” aceptación del gobierno y los cuerpos policíacos.
“Bueno, y qué piensas de los empresarios que secuestran”, volví a preguntarle. “Mira, esos son los que lavan el dinero y se quieren salir… yo, por eso estoy bien derechito, pago mis impuestos, les pago todas sus prestaciones a mis trabajadores… así, no tienen por qué molestarte, en serio. A mí nunca me han molestado, porque no me meto en negocios chuecos… bueno, al menos del lavado de dinero y esas cosas”, aclaró, sonriendo, viendo mi cara de incredulidad, sobre todo por lo que me había contado antes, de lo del “diezmo”. “Seguro eso habrán hecho en Colombia, haber pactado con los cárteles”, pensé, lo que explicaría la aparente “paz” que vive ese país, que a pesar de toda la supuesta guerra contra el narcotráfico, sigue produciendo una gran cantidad de la droga consumida en EU. Y me vinieron a la mente las declaraciones publicadas en diarios de EU, que aseguran que el gobierno de Calderón protege sólo al cártel de Sinaloa, el del Chapo Guzmán, quizá porque, como de todos modos ese país necesita droga, pues es mejor tener bajo control a productores y distribuidores. Tiene lógica, entonces, lo que me dijo este empresario, de que la guerra a muerte de los cárteles ha sido provocada por un absurdo, surrealista favoritismo del gobierno a un solo cártel. También me vino a la mente que la producción de amapola y estupefacientes en Afganistán, ese invadido país, convertido en un infierno gracias al “control” militar estadounidense (como también sucede en Irak), ha aumentado muchísimo en comparación con los niveles que había antes de dicha invasión, pues constituye, además de un muy buen negocio, casi la totalidad del PIB de ese país.
Allí mismo conocí a otra persona que se ha dedicado a trabajar para PEMEX. “Uy, si te contara todas las transas que se hacen allí… fíjate, en una ocasión se estaba perforando un pozo en Tabasco, de ocho mil metros de profundidad, que según los estudios daba a un muy buen yacimiento, que iba a producir bastante. De repente, que paran la obra, sí, y no faltaba mucho para llegar al petróleo, en serio. Todos nos quedamos sorprendidos, pero nos dijeron los jefes que se cerraba. Y ni dijeron por qué… ya después, tú sabes, comenzaron a correr los rumores de que se debía dejar como la cuota para el gobierno que iba a venir… el que está ahorita… ay, se me va su nombre… sí, el de Calderón, sí… que había que entrarle con algo, y que ese pozo iba a ser como que el pago para que nuestra empresa siguiera perforando”. “¡¿Y así, nada más se paró todo!?”, pregunté, escéptico. “Sí, así como lo oyes… y se ve que iba a ser un pozo que iba a producir mucho, en serio”. “Y qué sabes… ¿sí lo están operando ya?”, volví a cuestionar. “No sé… ya no he regresado para allá, pero seguro sí, sí… era muy bueno”. “Oye… y qué me puedes decir de los diezmos… con lo que tenían que entrarle para que los dejaran trabajar”, abordé el tema. “¡Uy… sí, seguido se hacían comidas para los funcionarios de PEMEX, pagadas por las empresas, las que querían perforar o vender equipo… y allí era donde les tiraban los cañonazos… imagínate, cañonazos de sesenta… cien mil pesos… ¿¡quién los aguanta, no!? Y era cuando se cerraban los tratos”, dice este hombre treintón, muy cordial. Y ya luego me platicó que en otra ocasión estuvo en un pozo que empleaba equipo de perforación nacional, muy bueno. “Sí, muy bueno, de verdad. Y que pregunto de dónde era el equipo, y me dijeron que era nacional, que de Monterrey, pero que ya no se fabricaba, que ése era como de 1970, casi cuando dejaron de fabricarlo… ¿por qué crees?… pues porque como era nacional y era tan bueno, no convenía a las empresas extranjeras que se siguiera fabricando y entonces PEMEX dejó de comprarlo, presionada por esas empresas extranjeras y pues que quiebra la compañía. Pero te digo, tan buen equipo, que en ese pozo todavía lo estaban usando.”. “Y luego dicen que México no desarrolla tecnología propia”, pensé. En realidad, sí se ha desarrollado tecnología propia en muchos rubros, pero no conviene a las transnacionales que se fabrique, pues dañaría sus intereses, ya que dejaríamos de comprarles la carísima tecnología que nos venden, la cual, muchas veces, ya hasta obsoleta es en sus países de origen (además, los “paquetes” de venta exigen que también se les compre el “mantenimiento”, mucho del cual bien podría proporcionarse en nuestro país, lo cual encarece todavía más cuanto equipo compramos).
Así que, por lo relatado, puede verse como, en efecto, es un puntal del sistema la corrupción, pero además es esencial para que dicho sistema político marche dentro del país y deje marchar al país (y esto que comento se da para todos los partidos políticos, pues son varios los casos de descarada corrupción en que se han visto implicados el PAN, PRI, PRD, PVEM… y en todos ellos es tan común aquel elemento, que ni empacho tienen en “aliarse” unos con otros en los actuales procesos electoreros, sin importar si son de derecha o izquierda, con tal de destronar a quien se encuentre en el poder. Los intereses de sus gobernados es lo que menos les importa). Y esta situación se da en todos los niveles, pues hasta en la institución supuestamente más recta y honorable que es el ejército mexicano, cae en la corrupción y las dádivas (por eso quizá ahora se esté usando a la Marina, sobre todo para llevar a cabo los llamados “operativos quirúrgicos”, para la captura de los capos del narcotráfico que han dejado de ser piezas claves en el negocio). Recuerdo una plática que tuve con un ex soldado, quien estuvo en el ejército casi cinco años, llegando al grado de sargento. Me platicó que en cuanto al entrenamiento, le parecía bueno, pues les enseñaban a usar armas, tácticas militares, de sobrevivencia, defensa personal… “pero fíjate que lo que no me gustó es que para todo te pedían dinero, sí, que si quería salir, que si quería descansar, que si quería un rifle mejor… todo mundo te pedía, y si no le entrabas, pues nomás nada conseguías o hasta te castigaban, porque dependiendo de si habías hecho algo malo, pues podías pagar y te retiraban el castigo. Y por eso me salí, ah, porque además los sueldos son muy bajos. Yo ni siete mil pesos al mes sacaba y eran una friegas, en serio. Los únicos que ganan muy bien son los altos mandos, sí, ellos ya te sacan que treinta, que cuarenta mil pesos… a esos, los tenientes, generales… a ésos, sí les pagan muy bien”. Y esa plática me recordó la muy recomendable película mexicana “El infierno”, del director Luis Estrada, recientemente estrenada (la cinta es un ensayo cinematográfico, en forma de humor negro, que muestra las causas que están provocando la ola de violencia, de corrupción, de inseguridad y de descomposición social que está viviendo México en los recientes años y provocó una gran polémica al ser exhibida, en cuanto a su clasificación, ya que el gobierno la censuró al clasificarla como “C”, para adultos, siendo que hasta los niños han vivido la violencia y los problemas que se muestran en dicha cinta). En la película se muestra a un personaje que dice que fue soldado, quien se alquila como sicario de un capo del narcotráfico, y resulta ser mejor matón que sus otros elementos civiles . “Sí, eso es cierto”, me dijo el ex soldado que menciono antes, “muchos de los compañeros renunciaban y se iban a trabajar con el narco, pues allá, ¡fácil les pagaban cinco o seis mil pesos a la semana!”. Y otra vez el elemento material, una mejor paga, pesa más que la “lealtad militar”. Que de todos modos en estos momentos, incluso al ejército se le cuestiona su “guerra contra el narcotráfico”, debido a las constantes violaciones de todo tipo de los derechos civiles y humanos de la gente a la que dice “defender” y sin embargo, todo indica que ese arbitrario actuar de los militares, es parte de la estrategia panista (en contubernio con el gobierno estadounidense), para militarizar gradualmente a todo el país, como parte del plan de “seguridad interna” que Estados Unidos, a través del Pentágono, ha diseñado para hacer de México su “zona de contención” contra “terroristas”, inmigrantes ilegales y cuanta amenaza pueda presentarse (ver mi artículo: “La muy oportuna ‘descomposición’ del estado mexicano, pretexto para militarizar y recrudecer la represión gubernamental”, en este mismo blog). Y va unido a esto que en apariencia la “guerra contra el narcotráfico” calderonista esté fracasando, pues todavía justificaría mucho más pronto dicha militarización, incluso, una intervención militar directa estadounidense, en donde se justificaría que EU instalara bases militares aquí, so pretexto de “ayudar” en la lucha contra el narcotráfico (ver también mi artículo “La fracasada lucha panista en contra el crimen organizado”, en este mismo blog).
Por ello, si ni el “honorable” ejército se salva de las prácticas corruptas, qué puede esperarse de los cuerpos policíacos, sobre todo de los locales, que por los salarios bajos y una real carencia de valores y “lealtad” hacia la autoridad, son fácil presa de todo lo que hemos venido analizando: corrupción, dádivas del crimen organizado (narconóminas, ya se les llama aquí al sueldo que reciben del narcotráfico), “diezmos”… en fin, un problema que si se da, como he narrado, en los altos círculos, es lógico que entre los subordinados también sea práctica muy común. Agréguese a esto que la mayor parte de esos policías se dedican a extorsionar a los ciudadanos, en lugar de velar por su seguridad, actuando más como delincuentes uniformados que como servidores públicos y el problema que comento es peor aún. Es muy común que esos “policías” extorsionen por cualquier motivo a los ciudadanos, aludiendo inventadas faltas que colocan a la víctima de su prepotencia autoritaria en un nivel “delincuencial” peor que el del mismo crimen organizado (nada más tómese el ejemplo de que al estacionarse en un supuesto lugar prohibido, falta inventada frecuentemente, se le trata al “infractor” como si fuera un criminal y, más bien, actuando los elementos de las grúas policíacas que arrastran los vehículos, ellos sí, como verdaderos ladrones. Ver mi artículo “Robo en descampado, el arrastre de autos por grúas policíacas en la ciudad de México”, en este mismo blog)
Como he dicho, la corrupción es puntal del sistema. Y sin lugar a dudas, no sólo del sistema mexicano, sino que buena parte de los países del orbe también deben su existir a la corrupción, traducida como el deseo de enriquecerse en el menor tiempo posible por quienes la practican. Considérese el caso estadounidense, en donde se originó la debacle económica que tiene sumido al mundo en la profunda crisis de la que aún no salimos (y en la cumbre del llamado G-20, a ningún acuerdo se llegó para tratar de aliviar la recaída). Ahora se sabe que gran parte de dicha debacle se debió a la corrupción bancaria-financiera que permeó todos los niveles de gobierno, el que se desentendió de los ilegales manejos financieros de los barones del dinero. Un país tan supuestamente honesto como Islandia, también está prácticamente quebrado debido a las irregulares (léase corruptas) prácticas de sus banqueros. Estados Unidos, en la clasificación que se hace sobre corrupción, ya salió del lugar número 20, hasta donde están los países honestos, para ubicarse en el 22, abajo del 21, que es desde donde comienzan los países corruptos (aunque ninguna estadística que mida la corrupción, presenta a un país con diez cerrado, que significaría cero corrupción. Islandia, que antes de la debacle era considerado de entre los países más honestos, presentaba 9.7, o sea, casi limpio. Ver el sitio http://www.NationMaster.com, en donde México ocupa el lugar 65, con un deplorable 3.5, o sea, bastante corrupto. El más corrupto de todos es la nación africana Chad, en donde, por cierto, se filmó una cinta que acabo de ver, de la muestra, “Un hombre que llora”, muy recomendable. En ese país, por ejemplo, el ejército recluta forzosamente a los jóvenes, pero si sus familias pagan una cuota, los dejan libres).
Una nueva conversación que pude escuchar durante la reunión a la que he aludido arriba, me confirmó que nada se hace en México sin el “diezmo” del que he estado hablando en el presente artículo (la “mochada” o “mordida”, como se le dice aquí en el lenguaje coloquial). Un tipo bajo de estatura, trajeado, blanco, de unos 34 años, se acercó a un grupo de comensales que estaba a mi lado, supongo que también de empresarios. Saludó, muy aparentemente respetuoso, y luego de las obligadas presentaciones, se dirigió a uno de ellos, con quien parecía estar más familiarizado, y siguió esta conversación:
-Ah… oiga, y el cuate ese dice que ya que esté en el cargo, que sí le va a dar la chamba, pero que necesita un adelanto, unos cuatrocientos mil pesos, porque se quiere comprar carro nuevo y toda la cosa, para no llegar sin nada, que si le entra, le garantiza la obra, ¿cómo ve?
Seguramente quien hablaba se refería a una persona que formaba parte de un gabinete recientemente elegido, que estaba ya por ocupar su “puesto de trabajo”.
El hombre a quien se dirigió, lucía un traje sport, de unos sesenta años, y le contestó:
-Ah… no… no le entro… qué tal si es puro cuento… no…
-Ah… bueno… como vea, sí… yo nomás le vine a decir lo que me dijo ese cuate… pero como usted vea… – pretendió abogar por “ese cuate” el de la propuesta, con cara de desánimo, pero de todos modos se despidió, otra vez muy aparentemente efusivo y respetuoso.
Luego, pude escuchar al del traje sport decir a otro:
-A ése, lo vamos a ir a ver directamente, ¿eh?… no confío en los intermediarios, como este cabrón… luego te suben la cuota…

Pues curiosa manera de abaratar los sacrosantos diezmos, pensé en ese momento.