sábado 5 de febrero de 2011

Recordar a Eloy Alfaro y al liberalismo ecuatoriano ha pasado a ser un motivo de identidad con los procesos históricos más significativos en la construcción del Estado nacional.

Juan J. Paz y Miño Cepeda / El Telégrafo

En América Latina, el liberalismo fue la corriente modernizadora del siglo XIX frente al conservadorismo. Ambas doctrinas fueron la base de las confrontaciones políticas, perduraron largo tiempo en la historia de la región y representaron fuerzas sociales distintas.

Mientras los conservadores estuvieron ligados a los intereses de los grandes terratenientes de origen colonial, los valores de la sociedad rural, los principios económicos del proteccionismo, el sentido cultural elitista (y menospreciador de los sectores populares y más aún de los indígenas), así como la tradición y la herencia hispánica; el liberalismo representó el ideal modernizador de las burguesías latinoamericanas y de las oligarquías vinculadas al comercio externo, por lo cual confiaban en el libre mercado y el fomento empresarial, los valores del positivismo y del racionalismo, la edificación de sociedades más igualitarias, con ciudadanos efectivamente sustentadores del Estado democrático y laico.

En varios países de América Latina el liberalismo se impuso en forma temprana, como ocurrió en Argentina, México y Chile desde mediados del siglo XIX. En Ecuador el triunfo liberal solo llegó en 1895, a través de una revolución popular y el liderazgo de un núcleo de intelectuales, políticos y caudillos, entre los que sobresalió la figura de Eloy Alfaro (1842-1912). Al explicar el origen del liberalismo ecuatoriano, uno de sus ideólogos, Abelardo Moncayo Jijón (1847-1917), sostuvo que después de la Independencia, que fue el punto de partida de la conquista de la libertad, el proceso fue interrumpido por el régimen gubernamental de Gabriel García Moreno (1821-1875), quien subordinó el Estado a la Iglesia Católica e impidió el desarrollo del pensamiento libre. Era preciso, en consecuencia, acabar con ese régimen. Pero como él y otros jóvenes liberales de la época vieron imposible un cambio, se comprometieron con el asesinato del caudillo conservador.

Con Eloy Alfaro, de acuerdo con Moncayo, se retomó el rumbo liberador inaugurado por Simón Bolívar, la figura cumbre de la independencia. Y solo entonces se hizo posible la conquista de las libertades soñadas.

El liberalismo en el poder (1895-1925) se reconocía como heredero de la gesta de la independencia y su continuador. Bajo ese espíritu, introdujo la libertad de conciencia y pensamiento, el laicismo, la separación entre Estado e Iglesia y, por primera vez, una legislación civil que incluyó el matrimonio y hasta el divorcio.

El liberalismo radical, que fue el que acaudilló Eloy Alfaro, despertó enormes resistencias de las capas tradicionales ligadas al poder conservador y de los sectores oligárquicos particularmente serranos. Bajo ese ambiente de reacciones Alfaro fue asesinado el 28 de enero de 1912. El hecho marcó la diferenciación entre el liberalismo radical y el liberalismo oligárquico que sucedió y que, a su vez, solo pudo ser superado con la Revolución Juliana (1925). Recordar a Eloy Alfaro y al liberalismo ecuatoriano ha pasado a ser un motivo de identidad con los procesos históricos más significativos en la construcción del Estado nacional.

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