Nuevas lecciones latinoamericanas

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sábado 28 de abril de 2012

 En Europa y EE.UU todavía no se comprende que América Latina ha marcado el inicio de una nueva era y que hoy es otro de los ejes geopolíticos con los que las potencias tendrán que aprender a “negociar”, porque en la región ya no sirven las viejas diplomacias intervencionistas.
Juan J. Paz y Miño Cepeda / El Telégrafo (Ecuador)
La Unión Europea reaccionó con amenazas económicas sobre Argentina por haber re-nacionalizado la petrolera YPF-Repsol. De paso, es una indirecta “advertencia” a la América Latina. En cambio, los países BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) invitaron a Argentina para patrocinar un documento, que la presidenta Cristina Fernández aceptó.
El documento insta a la OMC para concluir satisfactoriamente la Ronda de Doha, pero señala que “la apertura comercial no genera por sí misma crecimiento económico, desarrollo e inclusión social”,  que son necesarias otras políticas complementarias para garantizar la estabilidad macroeconómica y la inversión social, y también que, en el mismo marco de la OMC, deben respetarse los espacios de políticas con que cuentan los países en desarrollo para alcanzar sus legítimos objetivos económicos y sociales.
Añade que es necesaria una efectiva regulación del sistema financiero, así como de supervisión del sistema bancario, pues las fallas regulatorias del mercado financiero pueden llevar a crisis que afecten al mismo desarrollo del comercio. Argentina subrayó, “la necesidad de abordar las asimetrías y los desequilibrios existentes en el sistema de comercio internacional actual, en donde el proteccionismo tradicional en la mayoría de los países desarrollados (subsidios distorsivos, picos arancelarios) se conjuga con el creciente uso de restricciones técnicas a la importación, como lo son las barreras sanitarias y fitosanitarias, lo que restringe el acceso a los mercados para los productores de los países en desarrollo”. La presidenta Fernández señaló que Europa y los EE.UU. han sido los más observados por la OMC por sus políticas proteccionistas y se preguntó, con razón, ¿de qué mercado libre nos hablan?
América Latina adquirió, desde la pasada década de los ochenta, suficiente experiencia histórica sobre las desastrosas consecuencias que tuvo con modelos empresariales y mercados abiertos inspirados en el neoliberalismo. Y hoy, bajo gobiernos con otras inspiraciones en varios países, la región bien puede dar lecciones sobre el manejo económico con criterio social y soberano, mientras Europa retrocede en políticas sociales.
Todavía no se comprende que América Latina ha marcado el inicio de una nueva era y que hoy es otro de los ejes geopolíticos con los que las potencias tendrán que aprender a “negociar”, porque en la región ya no sirven las viejas diplomacias intervencionistas.
Publicado por Con Nuestra América

Repsol despierta la bestia colonialista

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sábado 28 de abril de 2012

Argentina, su presidenta y su pueblo están siendo sometidos a un ataque sin cuartel por autoridades españolas, dirigentes europeos, gobiernos cipayos latinoamericanos, centros de estudio y medios de comunicación social, en los que Repsol posee acciones y controla voluntades.
Marcos Roitman Rosenmann / LA JORNADA
Las medidas nacionalizadoras y recuperación de las riquezas básicas, ejecutadas en América Latina o África o Asia, siempre han sufrido la ira de los centros coloniales y las empresas afectadas. Los ejemplos no faltan a la cita. Lázaro Cárdenas, Jacobo Arbenz, Fidel Castro, Omar Torrijos, Velazco Alvarado, Salvador Allende, Evo Morales, Hugo Chávez, la lista es amplia. Acostumbrados al ordeno y mando, los arrogantes imperios desconocen el concepto de independencia y soberanía. Son reticentes al trato de igualdad. El paternalismo anclado en posiciones de fuerza articula el discurso de la soberbia imperial. Revelarse contra la autoridad paterna y el orden establecido debe merecer un castigo ejemplar. Bloqueos, procesos desestabilizadores, estrangulamiento económico, magnicidios o golpes de Estado. En estos días, la expropiación de una empresa privada, Repsol YPF, cuyos intereses sólo representan a sus accionistas y cuyo objetivo es obtener beneficios a costa de cualquier consideración ética, jurídica, moral y medio ambiental, despierta la ira de los centros de poder hegemónicos, sus instituciones y principales dirigentes políticos.
Argentina, su presidenta y su pueblo están siendo sometidos a un ataque sin cuartel por autoridades españolas, dirigentes europeos, gobiernos cipayos latinoamericanos, centros de estudio y medios de comunicación social, en los que Repsol posee acciones y controla voluntades. Estados Unidos, el FMI, la Unión Europea y lo impensable, la voz del principal sindicato considerado de izquierdas en España, Comisiones Obreras se suma al carro imperialista El comunicado de Comisiones Obreras no tiene desperdicio, se adhiere a las críticas de los partidos políticos y reivindica su desacuerdo y rechazo al gobierno argentino por una … medida que causará graves perjuicios a los accionistas, sobre todo a los pequeños, a los trabajadores y a la economía española…. Un sindicato que dice representar a los trabajadores se alía con una empresa causante de asesinatos, secuestro y desaparición de dirigentes sindicales en Colombia y otros países de la región han perdido la vergüenza. En un excelente informe redactado en 2006, por Pedro Ramiro, y otros, editado como libro: La energía que apaga Colombia. Los impactos de las inversiones de Repsol y Unión Fenosa, sus autores relatan la puesta en práctica de la denominada ‘Operación Heroica’ desarrollada por las fuerzas armadas y los grupos paramilitares, en la región de Arauca, para limpiar la zona y facilitar la instalación de Repsol. En dicha operación se realizaron 2 mil 500 detenciones de personas, acusando a 30 dirigentes de organizaciones ecologistas y medio ambientales de rebelión y terrorismo.
Llevada a cabo entre el 1º de enero y el 14 de noviembre de 2003, su implantación supuso un extraño incremento en el departamento de Arauca de más de 74 por ciento de los homicidios y privaciones de libertad ocurridos contra sindicalistas en toda Colombia. La instalación de Repsol, trajo consigo el desplazamiento y expropiación de tierras comunales de la etnia u’wa, los dueños reales de las tierras. Pero da igual que da lo mismo. Comisiones Obreras apoya a Repsol. Menos sorprendentes son las palabras de José Manuel Soria, ministro de Industria, cuando amenaza: El gobierno de España defenderá los intereses de Repsol y de cualquier otra empresa española que esté operando en el resto del mundo, palabras que tienen eco en Soraya Sáenz de Santamaría a la sazón vicepresidenta del gobierno, quien corrobora a su colega: La obligación de España es defender, con todos los instrumentos a su alcance, los intereses generales de España, sobre todo cuando Repsol les ha financiado electoralmente. Asimismo, el PSOE no ha querido faltar a la bacanal colonialista y paga favores a Repsol, diciendo que: el gobierno español sabe que puede contar con nosotros y confiamos en que finalmente esto se pueda arreglar y dar marcha atrás a una decisión muy perjudicial. El cuadro de ataques se completa con la miserable actuación de los partidos minoritarios y nacionalistas, que tildan la medida de anacrónica. Como síntesis la declaración emitida por Unión Progreso y Democracia, que “…insta al gobierno argentino a mantener una línea de coherencia en la aplicación de la necesaria seguridad jurídica de las empresas inversoras extranjeras que operan en el país…, Upyd quiere advertir sobre una posible extensión de expropiaciones encabezadas por Hugo Chávez en otros gobiernos de América Latina, que pueden poner en peligro los actuales niveles de inversión extranjera, estrangulando las posibilidades de desarrollo económico que hoy por hoy benefician las cuentas de países receptores de dicha inversión…. y exige responsabilidad jurídica para las inversiones de Repsol. “¿Entenderá Upyd por responsabilidad jurídica aquellas que hacen la vista gorda al asesinato de dirigentes sindicales, el traslado forzoso y el etnocidio de comunidades y pueblos originarios, así como la impunidad en la degradación medioambiental donde está presente?
Pareciera ser que Repsol es una empresa modélica, comprometida con la protección del medio ambiente, respetuosa de las comunidades indígenas y líder en la aplicación de tecnologías no contaminantes y un presidente Antonio Brufau, en la indigencia, cuyo sueldo en 2011, superó los 7 millones de euros netos. Motivo por el cual, no tiene empacho en decir que la expropiación sólo es una forma de tapar la crisis social y económica que está enfrentando argentina.
Sin embargo, un informe del Observatorio de las Multinacionales españolas en América Latina (OMAL) apunta lo contrario. Repsol actúa activamente en la pérdida de la diversidad, está presente en 17 parques nacionales en Bolivia, Ecuador y argentina. Sus emisiones directas ascienden a 30 millones de toneladas de CO2 equivalente, ello sin tomar en consideración aquellas producto de la quema de combustibles fósiles que producen más de mil millones de toneladas de CO2 equivalente al año.
Pero en esta campaña desestabilizadora no podemos dejar de mencionar la actuación de los gobiernos cipayos de América latina. Las palabras de Juan Manuel Santos, presidente de Colombia quien, para mostrar su simpatía con Repsol señala que: aquí, por Colombia, no expropiamos… queremos que ustedes sientan que hay reglas estables de juego, aquí no vamos a expropiar; sean bienvenidos ustedes, son nuestros socios. Si a ustedes les va bien, a nosotros nos va bien, y qué decir de Felipe Calderón cuando critica a la presidenta de Argentina y califica la medida de lamentable… y que no le va hacer bien a nadie, o del ministro de economía de Ollanta Humala, Miguel Castilla, adjetivando la nacionalización de política errónea e insana. Sebastián Piñera, presidente de Chile, tampoco pierde comba y muestra su preocupación por tal medida. Todos ellos han olvidado que sus países son lo que son, en gran medida, por la nacionalización del petróleo y del cobre. Por suerte, otro grupo de presidentes y países, la mayoría como Venezuela, Ecuador, Cuba, Paraguay, Bolivia, Brasil o Uruguay han levantado la bandera de la dignidad, apoyando a la República Argentina. Basten las palabras de José Mujica, presidente de Uruguay, quien subrayó que tal medida se fundó en un viejo error, el de privatizar la petrolera estatal en la década de los noventa… y si lo arreglan o no lo arreglan es un problema del pueblo argentino. No hay más caminos o soberanía nacional o claudicación vergonzante.
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Recuperando soberanía

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sábado 28 de abril de 2012

La nacionalización de YPF por parte de la nación argentina, su creadora y propietaria original, ha sido un acto cabal de soberanía, tomado en legítima defensa de los intereses nacionales de ese hermano país. Y merece el aplauso y pleno respaldo de toda América Latina.
Jorge Núñez Sánchez / El Telégrafo (Ecuador)
Soberanía es una palabra que desagrada a los poderes coloniales y neocoloniales. Es que en ella se resumen algunos conceptos básicos del poder público, tales como el carácter de autoridad suprema que posee el pueblo de cada país. Y esta palabra empata también con la altivez y el orgullo con que una nación maneja sus asuntos, sin someterse a poderes extranjeros o a fuerzas de presión internas.
Por todo ello, encuentro que es la palabra adecuada para definir la acción que acaba de tomar la nación argentina, a iniciativa de su presidenta constitucional, la doctora Cristina Fernández, con el fin de nacionalizar la mayoría de acciones de la empresa petrolera YPF.
Es bueno recordar que esta empresa argentina fue creada el 3 de junio de 1922 por el presidente Hipólito Yrigoyen, un líder radical que había participado en las revoluciones antioligárquicas de 1890 y 1893. Tras fundar la Unión Cívica Radical, este abogado y profesor de historia argentina se convirtió en 1916 en el primer gobernante electo por voto directo y secreto, y emprendió un importante ensayo de desarrollo del Estado nacional.
YPF tuvo como su primer director al general Enrique Mosconi, bajo cuyo mando desarrolló su capacidad de exploración y explotación petrolífera, y montó la refinería de La Plata, en competencia con empresas privadas. Más tarde, al ser nacionalizado el petróleo argentino por Yrigoyen, en su segundo gobierno, YPF se convirtió en un ejemplo de empresa pública, a través de la cual Argentina buscó su autoabastecimiento energético.
Pero toda esa historia pareció evaporarse cuando el gobierno neoliberal de Carlos Menem privatizó YPF, en 1992, vendiéndola a precio vil a Repsol  y otros inversores minoritarios. Era un oscuro momento, en que la Argentina entera parecía estar en venta. En medio de coimas y otros actos de corrupción, se vendieron muchas empresas públicas: Aerolíneas Argentinas, ferrocarriles, empresas de energía y telecomunicaciones, astilleros y siderúrgicas, canales de radio y TV, petroquímicas y otros. Los compradores fueron capitalistas extranjeros, sobre todo españoles, y grandes grupos nacionales.
A partir del gobierno de Kirchner, esas ventas empezaron a revertirse, en la mayoría de los casos por la ruinosa conducción de las empresas privatizadas. Y ese es, precisamente, el caso de YPF, cuya producción y exploración petrolera cayeron en picada en los últimos años, por falta de inversión, amenazando al desarrollo del país.
Por ello, la nacionalización de YPF por parte de la nación argentina, su creadora y propietaria original, ha sido un acto cabal de soberanía, tomado en legítima defensa de los intereses nacionales de ese hermano país. Y merece el aplauso y pleno respaldo de toda América Latina.
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“América profunda”: Un homenaje a Rodolfo Kusch

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sábado 28 de abril de 2012

La América profunda ha hecho y hace grandes aportes al pensamiento. Sostener esto hace años y décadas nos colocaba en un lugar difícil, hoy esto aparece con mayor claridad. La aventura de pensar desde aquí es un hermoso legado construido entre otros por Simón Rodríguez, José Martí,  Mariátegui, Saúl Taborda, Arturo Jauretche, Rodolfo Kusch, pero lo recibido por ellos también lo debemos hacer propio, esa es nuestra tarea.
Carla Wainsztok / Especial para Con Nuestra América
Desde Buenos Aires, Argentina
Rodolfo Kusch, filósofo argentino (1922-1979)

Comencemos por el título del texto: América profunda. En primer lugar el nombre de un continente, nuestro continente, y luego un adjetivo: profunda. Según el diccionario, profundo puede ser algo misterioso, difícil de penetrar, también intenso y excesivo. Entonces América es misteriosa, intensa, difícil de penetrar y excesiva.

Esta obra de Rodolfo Kusch cumple 50 años. Nosotras/os vamos a volver a alguna de sus ideas, pero también citaremos otro texto que se llama Geocultura del Hombre Americano.
Diremos, entonces, que a nuestro autor le preocupa “lo americano en su dimensión humana, social y ética” ( Kusch: 1999, 19). En él hay un gran interés por lo cultural. Podemos plantear entonces la presencia de un doble saqueo en la América Profunda, una expoliación económica y una colonización cultural o pedagógica. Una colonización que también es epistemológica y ontológica.
América profunda es una “aventura que está al margen de nuestra cultura oficial. El pensamiento como pura intuición implica aquí, en Sudamérica, una libertad que no estamos dispuestos a asumir” (Kusch: 1999, 20). Lo contrario a esa libertad es el miedo a pensar por nosotros mismos, a pensar lo nuestro. El miedo a la libertad de pensarnos, para crear nuevos conceptos. “El que crea cosas, esencias, concreta un mundo” (Kusch:1976,14).
Pero es necesario recuperar el pasado, revisar el pasado para construir nuestras identidades. “De ahí, entonces que este libro que surge de la firme convicción sobre la continuidad del pasado americano en el presente, aún cuando éste se halle poblado por nuestros buenos inmigrantes. También ellos tienen su parte en esta comunidad” (Kusch: 1999,19).
Nuestra comunidad, como toda comunidad latinoamericana es entonces una comunidad mestiza. “Nuestra América mestiza” (Martí: 2005, 11).
Kusch nos plantea una intuición  “que oscila entre dos extremos. Uno es lo que llamo el ser o ser alguien, y que descubro en la actividad burguesa de la Europa del siglo XVI y,  el otro, el estar, o estar aquí, que considero como una modalidad profunda de la cultura precolombina” (Kusch:1999, 20).
La fagocitación surge de la conjunción “del ser y del estar” (Kusch:1999,21), sin embargo, no lo percibimos como conjunción sino como jerarquización entre el mundo de lo blanco sobre el indígena. Es desde esta supremacía del ser sobre el estar aquí que leemos lo nuestro, lo propio.
Pero pensar lo propio o lo nuestro no es mero chauvinismo, sino pensar en clave de lo apropiado, lo que hemos construido y lo auténtico. En este sentido la idea de alfabetización de Kusch es sugestiva: “La revitalización del horizonte simbólico puede dar mucho más que una mecánica alfabetización” (Kusch:1976,113).
Nadie niega los conocimientos de otros tiempos y otros espacios, sino que la idea es pensar desde nuestro “universal situado” para trascendernos. Desde mi comunidad que puede ser el barrio, la ciudad, la provincia, pasando por la Patria Grande e incluyendo a otros pensares, sabiendo que nada de lo humano nos es ajeno.
Pero la América profunda ha hecho y hace grandes aportes al pensamiento. Sostener esto hace años y décadas nos colocaba en un lugar difícil, hoy esto aparece con mayor claridad.
La aventura de pensar desde aquí es un hermoso legado construido entre otros por Simón Rodríguez, José Martí,  Mariátegui, Saúl Taborda, Arturo Jauretche, Rodolfo Kusch, pero lo recibido por ellos también lo debemos hacer propio, esa es nuestra tarea. No ser citadores profesionales aconseja Kusch en su libro Geocultura del Hombre Americano, cuando hablaba de la Enciclopedia.
Tampoco debemos ser citadores profesionales de nuestros pensadores. Trabajo en el marco de las Pedagogías latinoamericanas, en formación docente; nuestro humilde sueño es que la Pedagogía Latinoamericana forme parte de la currícula de la formación de nuestras/os maestras/os.
En este momento, en nuestra cátedra [de la Universidad de Buenos Aires] estamos leyendo y conociendo nuestros pedagogos. Las/os docentes desconocemos las prácticas pedagógicas que fueron pensadas desde nuestras realidades, y eso nos hace preguntar ¿Cuántas veces utilizamos un concepto sin preguntarnos mucho por él?, ¿En cuántas ocasiones no podemos nombrar nuestras prácticas? ¿Cómo podemos inscribir nuestras prácticas en las pedagogías de nuestra América si las desconocemos? Sin embargo, en el mismo momento en que los leemos y conocemos, sabemos que no se trata de repetir sus conceptos sino de hacerlos propios.
El problema entonces radica en la originalidad del pensar, Kusch nos convida “a crear entes culturales” (Kusch:1976,73) y a no tener miedo “para enfrentar nuestra pulsión creadora” ( Kusch:1976,73). Un verdadero eros creador funda a la América Profunda.
Y nosotros ya lo sabemos bien, nuestras ideas, nuestras palabras, nuestros conceptos no salen de cavernas oscuras, ni caen desde el cielo, hoy Nuestra América está construyendo futuros más venturosos y eso -debemos decirlo- nos da una inmensa alegría y nos habilita a crear nuevos conceptos. ¿Qué pensaría Kusch de un presidente aymará? ¿Y qué diría de los debates del grupo Comuna en la misma Bolivia? Debates importantes donde se juega la relación entre la técnica y la naturaleza.
Kusch construye una suerte de Galería de Patriotas Latinoamericanos cuando afirma: “Así se sucedieron Túpac Amaru, Pumacahua, Rosas, Peñaloza, Perón como signos salvajes” (Kusch:1999,26). Nuestra galería construida en los festejos del Bicentenario incluye a Bartolina Sisa, Micaela Bastidas, Eva Perón, y aquí también quiero incorporar algo más, que es el tema del peronismo en Kusch.
“No hay un proyecto peronista para la universidad (…) porque somos sectores medios” (Kusch:1976,12) y, en el mejor de los casos, afirmaba que podíamos cambiarle la cara a la Universidad. ¿Qué diría Kusch de nuestras universidades del conurbano? Con Kusch, decimos que esas universidades y las nacionales no deberían ser lugares del mero repetir sino de creación.
Pero hay más: “la clase media, por razones económicas y sociológicas, sufre una rara agudización de la objetividad” ( Kusch:1976,63); tal agudización  hoy se nombra como “independientes”, es decir siempre distantes de un compromiso con el pueblo, con la comunidad.
El rechazo a las culturas populares, subalternas, es el rechazo al peronismo: “Se lo rechaza objetivamente sin saber que esencialmente forma parte de nuestra subjetividad” (( Kusch: 1999, 159).
Me gustaría terminar con esta idea: las clases dominantes nos quieren divididos, fragmentados. atomizados en individualidades para que no podamos reconocernos en comunidad. Ya sea esta una comunidad facúndica, constituida bajo un mito gaucho o en una comunidad organizada; pero además, nos quieren entristecidos, vencidos para que no podamos reconocer lo mejor de nosotros mismos, para que continuemos con temor a pensar lo nuestro.
Por ello hoy venimos a pensar con alegría, nos sabemos parte de un relato mayor que comenzó hace mucho tiempo. Nuestros pueblos y algunos de sus mejores pensadores nos convidan a seguir creando.
Bibliografía
Kusch, Rodolfo (1976). Geocultura del Hombre Americano, Buenos Aires: Fernando García Cambeiro
Kusch, Rodolfo (1999). América Profunda, Buenos Aires: Biblos.
Martí, José (2005). Nuestra América, Buenos Aires: El Andariego
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Mientras la derecha se une la izquierda se fragmenta

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Sábado 28 de abril de 2012
Como se ha dicho con cierta malicia, pero no sin una cuota de verdad: si algo define a las izquierdas políticas es su “manía” de estar siempre dividiéndose, peleándose por minucias, fragmentándose. Ese es un mal presente siempre y en cualquier parte del mundo, al igual que en la derecha su intuición de clase para unirse.

Marcelo Colussi / Especial para Con Nuestra América
Desde Ciudad de Guatemala
Es difícil precisar con exactitud qué significa hoy ser de izquierda. Después de los terribles golpes sufridos con la caída del campo socialista hacia los 90 del siglo pasado, con la imposición de las políticas neoliberales que hicieron retroceder enormemente muchas conquistas sociales, con el fin de la Guerra Fría, hoy por hoy es complicado entender exactamente qué es “la izquierda”. De todos modos, aunque hay una variación enorme y pueden entrar ahí planteos incluso antitéticos, está claro que es lo que se enfrenta a las posiciones conservadoras que buscan mantener la regularidad del sistema. Lo que se opone a esto, es la izquierda (izquierda parlamentaria, movimientos armados, organizaciones campesinas, sindicatos combativos, partidos que vienen del estalinismo histórico, nuevos movimientos urbanos como los desocupados, estudiantes movilizados, intelectuales y artistas críticos, etc., etc. La lista es larga). Por el contrario, lo que defiende al sistema, es la derecha.
En ese amplio e impreciso campo de “la derecha” también puede entrar de todo, desde el actual pensamiento neoconservador de los grandes capitales globales al Opus Dei, de los medios de comunicación comerciales a los empresariados nacionalistas del Tercer Mundo, etc., etc. Pero cuando le suenan señales de alarma, la derecha –siempre y en cualquier parte del mundo– cierra inmediatamente sus filas y actúa como bloque monolítico. En definitiva, cuando vive un ataque está en juego su supervivencia como sector privilegiado; y eso, por lo que se ve, no admite dudas: o se une o la expropian, o depone diferencias y actúa como bloque o desaparece. La experiencia nos enseña que siempre, a cara de perro, opta sin titubeos por la primera opción.
Pero no sucede lo mismo en la izquierda. ¿Por qué? La derecha tiene mucho que perder (sus privilegios de clase justamente), por eso sabe unirse. La izquierda, en tanto expresión de los sectores explotados y excluidos, “no tiene nada que perder, más que sus cadenas”, para expresarlo con una frase épica.
Como se ha dicho con cierta malicia, pero no sin una cuota de verdad: si algo define a las izquierdas políticas es su “manía” de estar siempre dividiéndose, peleándose por minucias, fragmentándose. Ese es un mal presente siempre y en cualquier parte del mundo, al igual que en la derecha su intuición de clase para unirse.
La cuestión es ¿por qué?, pero más importante aún: ¿qué hacer al respecto?
Sabido es que la izquierda política es siempre un sector bastante marginal en las sociedades; implica una toma de posición que, si bien tiene algo, o mucho, de afectiva, es ante todo intelectual. Ser de izquierda significa ir contra la corriente. Para decirlo descriptivamente: es más fácil no “complicarse la vida” y no pensar en forma contestataria, lo cual sirve, antes que nada, “para meterse en problemas”. Quien decide incorporar esas categorías de pensamiento en su vida da un salto racional nada desdeñable: se tiene que desembarazar de todos los valores que el peso de la tradición le confiere. Ello implica un profundo paso racional. Luego –no siempre, pero sí en muchas ocasiones– puede venir un cambio sustantivo en la vida cotidiana, en la práctica concreta: un pensamiento “de izquierda” no implica necesariamente una actuación revolucionaria; pero es ya un gran paso.
Dado ese paso, es muy probable que se abran nuevos horizontes conceptuales: al empezar a ver el mundo con nuevas categorías, al comenzar la “crítica implacable de todo lo existente” –tal como reclamaba el fundador del marxismo– se descubren cantidad de mentiras sociales coaguladas, normalizadas, aceptadas desde siempre como naturales. No hay dudas que un pensamiento de izquierda es progresista y no se escandaliza ante ningún cambio positivo; se supone que es abierto, tolerante, no racista, no sexista, no discriminatorio, no enfermizamente consumista.
Pero sigue estando en juego el tema del poder. No es ninguna novedad que dentro del campo de las izquierdas políticas (que no es lo mismo que las protestas de los pueblos: las movilizaciones espontáneas, las reacciones ante injusticias, la pasión por no dejarse doblegar), los miembros que la componen viven muchas veces peleando entre sí, discutiendo y fragmentándose. En las fuerzas de la derecha esto no sorprende, porque para nada hay ahí un ideario de solidaridad, de igualdad. Allí, claramente, se trata de la supremacía del más fuerte. En la izquierda no: el ideal es la equidad. Pero la experiencia enseña otra cosa: grupos pequeños, de cincuenta militantes quizá, con frecuencia se separan, se fragmentan. Las asambleas políticas, los intercambios teóricos, los debates a veces pueden ser patéticos, con discusiones interminables –y bizantinas– que no llevan a ningún lado, donde lo que está en juego es, en definitiva, ver “quién es más revolucionario”, en tanto las transformaciones reales siguen esperando.
¿Cómo entenderlo? ¿Luchas de poder? También se da en la izquierda, por supuesto. Lo preocupante es la fragmentación interminable que pareciera ser su cáncer; en vez de unirse, vive dividiéndose. La consigna pareciera consistir en “quién lo dice mejor”, “quién es más de izquierda”. Y en esa dinámica, en ese principismo… se van no pocas energías que debilitan la lucha política.
Entendiendo que estas luchas de reconocimiento son humanas, o “humanas” tal como ha sido entendido esto hasta ahora en la historia de las sociedades basadas en la división de clases y patriarcales donde uno “triunfa” y otro “pierde”, entendiendo que, hoy por hoy, esa es una matriz dominante, también en los que pretenden un cambio están presentes estas estructuras. También en la izquierda estamos llenos eso, que no son precisamente “vicios”. ¿Por qué no iba a ser así? ¿No se es también machista o racista en la izquierda muchas veces? Cuando se discute por la “pureza teórica”, ¿realmente se discute por eso, o hay más en juego? ¿No hay figuraciones y pavoneos también ahí?
Ante esta situación, la cuestión básica es ver si existe “vacuna preventiva”. ¿Por qué vivimos peleándonos por pequeñeces que terminan distrayéndonos? Más allá de ser ridículo (ni más ni menos que aquel que se pavonea con un automóvil de lujo o con una joya), la cuestión es que todo ello nos paraliza como propuesta de cambio real. Pelearse por una palabra en la declaración, por ejemplo, es un puro ejercicio intelectual, académico, no muy distinto de las discusiones de los teólogos medievales que debatían sobre el sexo de los ángeles. “Izquierdismo” lo llamó Lenin; “enfermedad infantil del comunismo”. Quizá no es una enfermedad en sentido estricto; es una condición humana, o una condición de lo que hoy es el ser humano (a veces ridículo espécimen guiado por el fantasma de la lucha de reconocimiento, por imponerse al otro; cuestión que remite finalmente al sentido último del ejercicio del poder: es una aspiración a superar los límites, a la perduración, un desafío a la finitud. El poder nos transforma en dioses).
Es más fácil dividir que sumar, más cómodo criticar (al modo destructivo, casi como sinónimo de “chisme”) que construir. Infinidad de ejemplos ratifican que la izquierda –no siempre, claro, pero sí en muchas ocasiones– cuando tiene que sumar, se fragmenta, cuando tiene que estar con las masas en un momento de calor revolucionario, se queda discutiendo sobre un concepto.
Tragicómica condición: pensar en forma crítica es buenísimo, es un paso adelante en el progreso humano. Pero a veces puede dar lugar a payasadas inconducentes: el sexo de los ángeles o la palabra “correcta” en la declaración. Tal vez si de vacuna contra todo ello se trata, podríamos decir que… no hay vacuna específica (quizá no es una “patología” como decía Lenin). Lo que debemos abrir es una crítica sobre el poder, y buscarle los antídotos a eso. ¿Por qué es tan fácil que nos fascine? Algunos se pavonean con el automóvil de lujo o la joya de oro; otros, quizá, con un principismo que por tan puro puede llevar a lo inconducente.
En definitiva, la producción intelectual es así: no tiene garantías. De miles de libros que se publican, alguno trascenderá, y la inmensa mayoría está condenada a ser regalada por compromiso entre los amigos. Pero ese es el desafío: de entre tantos intrascendentes, alguno vale. De entre tantas y tantas discusiones bizantinas e intrascendentes, alguna dará luz. Eso es la verdadera democracia, genuina, de base. La izquierda muchas veces se agota en estas discusiones, y eso no es malo. La cuestión es no perder de vista que muchas veces es el puro espejismo del poder el que nos guía –manifestado aquí no con la joya lujosa sino en la posición más “principista”, más “revolucionaria”–. Pero en definitiva, motorizados también por la recurrente cuestión de la imposición sobre el otro.
La derecha es pragmática. Cuando tiene que unirse no se equivoca: se une y le pasa por encima a los intentos de cambio que buscan sacarla de su sitial de privilegio. La izquierda no. Sin caer en un ciego pragmatismo donde el fin justifica los medios, y siendo realistas, si tomamos en serio eso de construir una nueva sociedad, debe partirse por abrir una crítica implacable de nuestra condición y apuntar a poder reírnos sana y productivamente de nuestros propios límites. ¿Interesa cambiar algo o interesa quién lo dice “mejor”?
Publicado por Con Nuestra América

El reto de las izquierdas latinoamericanas

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sábado 28 de abril de 2012

Las izquierdas latinoamericanas están ante un nuevo escenario. La hegemonía norteamericana ya es menos omnipotente, hemos recuperado capacidad de autodeterminación y maniobra, tenemos un variado repertorio de gobiernos progresistas pero, al propio tiempo, aún no hemos creado un nuevo proyecto de mayor alcance histórico.
Nils Castro / Especial para Con Nuestra América
Intervención ante la 2ª Conferencia de Líderes Parlamentarios Progresistas “Rewrite the world”, celebrada en Roma el 19 y 20 de abril de 2012.
Actualmente hay gobiernos progresistas o de izquierda democrática en la mayoría de los países sudamericanos y en dos países centroamericanos. Ellos expresan una diversidad que viene de distintas realidades y procesos nacionales y, aunque no representan un modelo político‑ideológico común, sí coinciden en algunos rasgos muy importantes.
Estos gobiernos han resultado de los rechazos sociales y electorales a las consecuencias socioeconómicas y morales de la  imposición del neoliberalismo. En unos países, tales repudios llegaron a ser tan masivos que hicieron colapsar al sistema político tradicional y posibilitaron reformas constitucionales que buscaban “refundar” el Estado[1]. Allí esos gobiernos ahora tienen mayor poder institucional y pueden ser más radicales. En otros lugares, esos gobiernos llegaron adonde están a través de elecciones realizadas dentro del viejo sistema político. Por lo tanto controlan menos poder y siguen políticas más moderadas[2].
Lo que todos tienen en común es su origen antineoliberal y, por consiguiente, su aspiración a recuperar mayor soberanía y autodeterminación, así como reconocer las responsabilidades sociales del Estado, mejorar la distribución de la riqueza, la justicia y la equidad sociales, fortalecer la salud y la educación públicas, combatir la discriminación y la corrupción, etc. Esto ahora facilita el diálogo y la concertación entre ellos, como lo refleja el fortalecimiento del Mercosur[3], la formación de la UNASUR[4], la constitución de la ALBA[5] y, más recientemente, la creación de la CELAC[6]. En cada una de estas iniciativas regionales los gobiernos progresistas ejercen una influencia preponderante.
Así pues, a nivel gubernamental ya ha venido progresando la formación de varios foros de diálogo, concertación y cooperación. Ello se ha logrado a través de un manejo pragmático y gradual de las coincidencias e iniciativas de los gobiernos progresistas, tratando asuntos de interés general que permitan involucrar también a los gobiernos más conservadores.
Ahora bien, la elección de estos gobiernos no resultó de los atractivos de una propuesta de nuevo tipo, sino principalmente del repudio colectivo al deterioro social y moral que las imposiciones neoliberales habían causado. Se votó contra lo que existía, no a favor de otro proyecto alternativo. Esa respuesta social rechazó tanto a la situación existente como a los partidos, discursos y liderazgos que se prestaron a administrar y justificar aquellas imposiciones y sus consecuencias.
Sin embargo, en la mayoría de los casos, ello sucedió en circunstancias de reflujo de la cultura política de la mayor parte de los electores, a lo que contribuyó un conjunto de factores que ustedes conocen. Los efectos de la abrumadora ofensiva neoconservadora desatada durante los regímenes de la señora Tatcher y el señor Reagan, la claudicación de los liderazgos socialdemócratas que abandonaron sus principios históricos para acoplarse al reinado neoliberal, así como la extinción de las ilusiones guerrilleras y el desmoronamiento del llamado socialismo real, que no solo tuvieron consecuencias socioeconómicas y políticas, sino también equívocos efectos psicológicos, intelectuales y culturales.
Si comparamos las corrientes político‑ideológicas más activas de América Latina en los años 60 y 70 del siglo pasado con las que vinieron después, se constata que en las primeras el denominado “factor subjetivo” del proceso revolucionario estaba bastante más desarrollado que el “factor objetivo”, aunque lo estuviera en una dirección equivocada. Había proyectos revolucionarios que, acertados o no, eran capaces de movilizar audaces vanguardias políticas.
Por ejemplo, cuando el Che Guevara se alzó en Bolivia, las estadísticas latinoamericanas de pobreza, explotación, hambre y marginación eran dramáticas, pero menos graves de lo que llegarían a ser en los años 90. Es decir, a finales del siglo llegamos a tener mayores razones objetivas para rebelarnos, pero ya no quedaban proyectos revolucionarios que encaminaran la indignación social en ese sentido[7]. Al contrario, en los años 90 ese proyecto se había desvanecido sin que otros lo remplazaran, dejándonos el vacío que siguió a la ausencia de los modelos revolucionarios y socialistas del siglo XX, que eran los entonces conocidos.
Así, cuando el disgusto de una gran masa de ciudadanos rompió con los actores políticos tradicionales y buscó otras opciones, las halló primero en rebeliones urbanas que defenestraron gobiernos sin construir otras opciones. Luego, encontrando inesperados liderazgos de nuevo tipo, o revalorando otras organizaciones que ya estaban constituidas, como el Frente Amplio uruguayo o el PT brasileño. Pero al volver a votar esa masa escogió un camino diferente, no el camino revolucionario, ni otro ya conocido. Eligió una alternativa que creyó socialmente más comprometida, para cambiar la situación sin volver a pasar por anteriores sobresaltos, autoritarismos, lucha armada ni hiperinflaciones.
Para ello esa masa electoral votó por actores que venían de las izquierdas, pero no por sus anteriores programas rupturistas. Y estos actores, a su vez, captaron ese voto proponiendo programas de baja tensión, incluyentes y gradualistas para solucionar las demandas populares más inmediatas. En otras palabras, llegaron al gobierno con la promesa de corregir disparates, satisfacer reivindicaciones y humanizar el desarrollo, pero sin haber esclarecido cuál podrá ser la hoja de ruta para seguir de allí hacia los ideales por los cuales antes peleó. Es decir, sin haber creado otro proyecto estratégico con el cual ir más allá de rescatar principios éticos y resolver las calamidades del tsunami neoliberal.
Con lo cual ha despertado a un nuevo antagonista. Porque las derechas, vencidas y temporalmente desconcertadas, no perdieron su poderío económico, social y mediático, que ahora les facilita renovar el aprovechamiento de sus ventajas en el esfuerzo por recuperar el poder político desarrollando un nuevo discurso, imagen y mitos, que deberemos saber superar.
Así las cosas, insertas en un mundo que tras su más reciente globalización y la actual crisis sistémica ya no volverá a ser el mismo, las izquierdas latinoamericanas están ante un nuevo escenario. La hegemonía norteamericana ya es menos omnipotente, hemos recuperado capacidad de autodeterminación y maniobra, tenemos un variado repertorio de gobiernos progresistas pero, al propio tiempo, aún no hemos creado un nuevo proyecto de mayor alcance histórico. Reto que demanda un diálogo permanente, que abarque a toda la pluralidad de nuestras organizaciones y corrientes, en nuestra región y con las izquierdas de todo el planeta.
Intercambiar experiencias, ideas y cooperaciones es indispensable para fecundar nuestras capacidades creativas, para crear proyectos confiables y factibles. Hay una intelectualidad latinoamericana que ya lo hace a través de diversas páginas de prensa y medios electrónicos. Pero es indispensable sistematizar ese impulso dentro de los partidos, hoy más ocupados en resolver problemas coyunturales y electorales que en desarrollar nueva cultura política y previsión estratégica.
En América Latina nuestros partidos buscan construir espacios de intercambio político‑ideológico. Hay un Comité de la Internacional Socialista para América Latina y el Caribe que aún no ejerce su necesario papel de instancia de debate creativo, de y para los latinoamericanos, y en cierto grado es cautivo de las controversias de una socialdemocracia europea que todavía busca reencontrar su identidad y proyección histórica.
Existe la Conferencia Permanente de Partidos Políticos de América Latina y el Caribe (COPPPAL), que agrupa un numeroso abanico de partidos nacionalistas, populares y reformistas. Es un escenario vivo para una mayor diversidad de diálogos, pero no ha logrado modos de subsistir con sus propios recursos económicos. La COPPPAL ha suscrito acuerdos con asociaciones de partidos asiáticos y africanos, e identificado interlocutores norteamericanos, pero no tiene contrapartes europeas.
Y contamos con el Foro de Sao Paulo, que agrupa a las organizaciones de las diversas corrientes de las izquierdas latinoamericanas. Es una colectividad política vivaz e independiente, como lo comprueba su agenda de discusiones temáticas y el activismo de sus grupos subregionales, y su incipiente diálogo con partidos y agrupaciones políticas de otras áreas del mundo. Sin embargo, este Foro aún amalgama a pequeños grupos contestatarios junto con grandes partidos con opción de poder, y el debate crítico aún no madura propuestas sobre cómo amasar fuerzas y caminos para reconducir la gestión de nuestros actuales gobiernos progresistas hacia objetivos de mayor perspectiva estratégica.
Hay fundamentadas razones para ser optimistas. Desde cuando hace 10 años fracasó el golpe de las derechas para derrocar a Hugo Chávez, América Latina ha probado distintas rutas y avanzado a grandes zancadas. Jean‑Luc Mélenchon ha declarado que hace suyo el modelo organizativo del Frente Amplio uruguayo y la propuesta ecuatoriana de la Revolución Ciudadana, y tiene buenos motivos para decirlo[8]. Las iniciativas progresistas latinoamericanas están creando sueños y soluciones válidos para nuestros hermanos de otras regiones del mundo.
Aunque no hemos dilucidado los necesarios proyectos de mayor plazo, seguimos avanzando. Múltiples injusticias se han corregido, millones de latinoamericanos han salido del hambre y la pobreza, han adquirido ciudadanía y recuperado dignidad, y a naciones enteras se les ha abierto un nuevo horizonte de esperanzas confiables.  ¿Dónde radica entonces el problema? Su naturaleza fue identificada y explicada por unos de los mayores exponentes del genio creativo socialista, Antonio Gramsci, hace casi 100 años.
No apenas porque gran parte de Sudamérica transita la situación donde lo viejo está agónico pero lo nuevo que habrá de remplazarlo aún está formándose. Más que eso, porque una de las tareas fundamentales que ahora requerimos es volver a actualizar la cultura política socialista de los sectores populares y llevarla a la vanguardia de los acontecimientos. Superar el rezago de los llamados “factores subjetivos”, para adelantarlos a la dramática situación objetiva y procurarle soluciones factibles y sustentables.
Es decir, la misión de producir contracultura y construir una nueva hegemonía cultural que alcance más allá de las actuales circunstancias, una cultura política nueva que pueda prender en las masas y guiarnos por las rutas más apropiadas a cada perspectiva nacional. Eso desborda el papel de los gobiernos progresistas. Los gobiernos administran instituciones en condiciones donde no se puede hacer mucho más de lo que cada situación les permite. Formular un nuevo horizonte, los vías para construirlo y educar las organizaciones populares necesarias para desbrozar esos caminos, es tarea de los partidos y de las colectividades internacionales de partidos.
Si esto se hace o deja de hacer, es a todos nosotros a quien cabe esa responsabilidad.

NOTAS
[1]. Bolivia, Ecuador y Venezuela.
[2]. Por ejemplo, no tienen mayoría parlamentaria, el poder judicial sigue en manos de la derecha, tienen pocos medios para contrarrestar a la prensa reaccionaria, etc.
[3]. Mercado Común del Sur, integrado por Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay, con Venezuela como país en proceso de incorporación y Bolivia, Chile, Colombia, Perú, y Ecuador como países asociados y México como observador. Su propósito es garantizar “La libre circulación de bienes, servicios y factores productivos entre países, el establecimiento de un arancel externo común y la adopción de una política comercial común, la coordinación de políticas macroeconómicas y sectoriales entre los Estados partes y la armonización de las legislaciones para lograr el fortalecimiento del proceso de integración”. Aunque su fundación es anterior a los respectivos gobiernos progresistas, la aparición de éstos lo sacó de sus dificultades iniciales, lo potenció en lo económico y fortaleció su papel político.
[4]. Unión de Naciones Sudamericanas, que los incluye a todos, con la misión de “construir una identidad y ciudadanía suramericanas y desarrollar un espacio regional integrado”. Al dotarla de una Secretaría General se encaminó a formar una institución permanente con un liderazgo político a nivel internacional.[
[5]. Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América, integrada por los gobiernos progresistas más radicales, con énfasis en la lucha contra la pobreza y la exclusión social, con fundamento en la creación de mecanismos que aprovechen las ventajas cooperativas entre las diferentes naciones asociadas para compensar las asimetrías entre esos países. Esto se realiza mediante la cooperación de fondos compensatorios, destinados a la corrección de discapacidades intrínsecas de los países miembros, y la aplicación de un Tratado de Comercio de los Pueblos.
[6]. Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños, que incluye a todos los países del Continente, americano salvo Estados Unidos y Canadá; es decir, a todo el “tercer mundo” americano. La población de los países de la CELAC es de unos 550 millones de habitantes, en un territorio de más de 20 millones de kilómetros cuadrados.
[7]. Salvo los casos peculiares de Colombia y Perú, que tienen explicaciones históricas y socioculturales específicas de otros géneros.
[8]. “Tomé mis modelos en América Latina”, entrevista concedida al periódico Página 12, Buenos Aires, 3 de abril de 2012.
Publicado por Con Nuestra América

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