viernes, 3 de agosto de 2012

Marta Denis Valle (PL)

La intromisión militar estadounidense en la guerra de independencia de Cuba (1895-1898) dejó grandes secuelas en este país, víctima de la opresión neocolonial durante varias décadas, y a su hermana Puerto Rico le reforzó las cadenas coloniales.

El pueblo cubano libró tres guerras por su independencia sin recibir nunca el reconocimiento de beligerancia o cualquier otro apoyo de Washington, hasta que Estados Unidos le declaró la guerra a España en la primavera de 1898.
A más de tres años de lucha, el fin de la contienda era cuestión de más o menos tiempo; España ya había invertido hasta “el último hombre y la última peseta” y no podía extraer más de su arruinada economía.
Los cubanos sólo aceptaban la independencia total y por ello no depusieron las armas y fueron el componente decisivo en la toma de Santiago de Cuba por las fuerzas norteamericanas, sin sospechar las verdaderas intenciones de éstas.
Después de la rendición de los españoles en Santiago de Cuba (16 de julio), con el desembarco de sus tropas, el 25 de julio de 1898, en Puerto Rico, en las costas de Guánica, Estados Unidos logró prácticamente su sueño de convertir las aguas del Caribe en un mar norteamericano.
Resultado de esta guerra relámpago, aunque bien pensada desde tiempo antes, de un plumazo pasaron a manos estadounidenses 300 mil kilómetros cuadrados y unos 10 millones de personas, luego de la firma del Tratado de Paris, el 10 de diciembre de 1898.
Cuba, la mayor de las Antillas, constituye un archipiélago de unos 110 mil kilómetros cuadrados, a la entrada del Golfo de México, formado por más de mil 600 islas, islotes y cayos, que en su política expansionista Estados Unidos ambicionaba y más de una vez trató sin éxito de comprar a España.
Puerto Rico -la menor y la más oriental de las Grandes Antillas- es un archipiélago de 13 mil 700 kilómetros cuadrados, integrado además por las islas Culebra (28,5 Km. cuadrados), Mona (50,5 Km. cuadrados) y Vieques (133,9 Km. cuadrados), así como por islotes y cayos menores.
En las negociaciones efectuadas en la capital francesa en ningún momento tuvieron en cuenta a cubanos, puertorriqueños y filipinos, que cambiaron de dueño, al ser adoptado, rubricado y ratificado el acuerdo, sin su participación o conocimiento del contenido del mismo. Nada fue improvisado por el agresor para alcanzar sus fines, pues al suscribirse en Washington, el 12 de agosto de 1898, el Armisticio que suspendió las hostilidades, impuso sus condiciones antes de sentarse a la mesa de negociaciones.
Los artículos del Protocolo, incluían la renuncia de España a todos los derechos sobre Cuba, la cesión de Puerto Rico y demás posesiones en las llamadas Indias Occidentales y una isla a escoger en las Ladronas – finalmente la isla de Guam-, y la ocupación de la ciudad, la bahía y el puerto de Manila, en espera de la conclusión de un Tratado de Paz.
La derrota de las fuerzas españolas en Santiago de Cuba había hecho comprender a Madrid que el único camino era lograr un acuerdo de paz, y con ese objetivo comunicó su disposición en mensaje del 22 de julio de 1898, el cual llegó a manos del presidente William McKinley, el día 26.
España estaba dispuesta a aceptar la solución que agradara a Estados Unidos, ya fuera la separación de Cuba de sus dominios, mediante independencia absoluta, independencia bajo el protectorado o anexión a la República Americana, prefiriendo la última.
McKinley se mostró inflexible, poseer a la Mayor de la Antillas no era suficiente y Estados Unidos presionó hasta conseguir sus objetivos, a pesar que la Corona alegaba eran excesivos, pero no estaba en condiciones de continuar la guerra.
Al ceder el archipiélago de Islas Filipinas, Estados Unidos pagó a España 20 millones de dólares dentro de los tres meses después del canje de ratificaciones del Tratado, el 11 de abril de 1899, en Washington.
La independencia puertorriqueña, objetivo conjunto de los patriotas de ambos países, sufrió un golpe demoledor en la primera guerra imperialista de Estados Unidos, en el verano de 1898, al punto de soportar el pueblo boricua más de un siglo al nuevo colonizador.
Alcanzada la independencia cubana, era indispensable la liberación también de la otra colonia de España en el Caribe y, por ello, la proclamación (1892) del Partido Revolucionario Cubano (PRC) contó con el concurso de las emigraciones de puertorriqueños en Estados Unidos y otros países.
El Artículo primero de las bases del PRC, fundado por José Martí, expresa claramente que este “se constituye para lograr con los esfuerzos de todos los hombres de buena voluntad, la independencia absoluta de la Isla de Cuba, y fomentar y auxiliar la de Puerto Rico”.
El padre de la Patria borinqueña Ramón Emeterio Betances (1827 -1898), Delegado General por la Sección Puerto Rico del PRC, rechazó la intervención de Washington:
“No quiero colonia ni con España ni con Estados Unidos”, dijo y dedicó sus últimos esfuerzos a combatirla hasta su fallecimiento en Paris, el 16 de septiembre del propio año.
Activo luchador por la independencia de su tierra natal y la de Cuba, fue el promotor principal de la conspiración independentista y organizador del Grito de Lares (1868).
Médico y escritor, presidió el Comité Revolucionario Cubano en Paris, la República de Cuba en Armas (1895-1898) en la capital francesa y la Delegación del Partido Revolucionario Cubano allí.
Horas antes de morir en combate, el 19 de mayo de 1895, Martí expresó en carta inclusa a su amigo mexicano Manuel Mercado, su propósito de impedir a tiempo con la independencia de Cuba, la extensión de Estados Unidos por las Antillas y que cayera con esa fuerza más sobre nuestras tierras de América.
Estados Unidos estableció un gobierno interventor en Cuba y sólo se marcharía tras imponer un apéndice a la Constitución de la República, que limitaba su soberanía, y la obligación de establecer una base militar (Base de Guantánamo) que aún mantiene contra la voluntad de su pueblo.
El triunfo de la Revolución Cubana, en enero de 1959, significó no solo la derrota de una sangrienta dictadura, sino la desaparición de la neocolonia erigida en 1902 bajo la tutela de Estados Unidos
Puerto Rico permanece en manos de Estados Unidos, a pesar de la existencia de una nación perfectamente definida, una cultura nacional y la conservación del español -lengua común de los pueblos iberoamericanos-, asediado por los intentos de imposición del idioma inglés.
Aunque existe a partir de 1952 la ficción del denominado Estado Libre Asociado (ELA), nada ha podido disimular la realidad colonial porque la cuestión del status independiente está en espera desde el siglo XIX.
Desde 1972, el Comité de Descolonización de las Naciones Unidas reconoció el derecho del pueblo puertorriqueño a la autodeterminación y la independencia nacionales, en sucesivas resoluciones, la última el pasado 18 de junio de 2012.

Publicado por ARGENPRESS

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