viernes 23 de octubre de 2009

Jorge Gómez Barata (especial para ARGENPRESS.info)

Los pueblos asiáticos: chinos, hindúes, árabes, persas, japoneses, coreanos, figuran entre las civilizaciones más antiguas y avanzadas de la humanidad. Su ciencia, su arte, su fe y sus líderes son pilares de la civilización planetaria. Asiáticos fueron Jesucristo, Alá y Mahoma, también Confucio y Avicena.

De las Siete Maravillas del mundo antiguo, dos están en Asia: los Jardines Colgantes de Babilonia y el Mausoleo de Halicarnaso. La Muralla China es la única obra humana que puede distinguirse desde la luna. Entre las diez universidades más antiguas, cuatro son asiáticas y la más prestigiosa escuela de medicina del mundo antiguo fue la de Gondishapur en Persia.
Mientras estas civilizaciones marcharon por sus propios caminos, resolviendo por ellas mismas sus conflictos, registraron un florecimiento standard y, de haber podido hacerlo, tal vez hubieran avanzado hacía resultados análogos a los conseguidos en occidente. No ocurrió así porque, primero Europa y luego los Estados Unidos, lo impidieron.
En sentido estricto, la única región del planeta en la cual el desarrollo social y económico y el sistema político, desde la antigüedad hasta nuestros días han sido endógenos y sustentables es Europa. En todos los demás continentes el proceso civilizatorio ha estado influido, sesgado o brutalmente determinado por Europa, a la que luego se sumaron los Estados Unidos.
Excluyendo la violencia y la arrogancia con que España tomó posesión del Nuevo Mundo, más de doscientos años antes, Marco Polo representó para Asia lo que Cristóbal Colón fue para América: un descubridor que reveló a Europa la existencia de otro mundo, no exactamente en términos geográficos sino en cuanto al nivel de su civilización, elementos de su cultura y lo que era entonces más importante, las posibilidades comerciales. No hizo falta más. La codicia hizo el resto. Europa prescindió de la diplomacia y usó la fuerza.
Desde la época de las Cruzadas y más tarde, sobre todo en los siglos XVIII y XIX, con su vocación colonial y sus prácticas imperiales, Inglaterra y el resto de las potencias coloniales europeas se abalanzaron sobre China, el Indostán y toda Asia, intervinieron, ocuparon ciudades y puertos, destacaron guarniciones militares, colonizaron, corrompieron a los gobernantes nativos y provocaron guerras.
En China son antológicas las presiones comerciales que dieron lugar a la Guerra del Opio y en Japón la intervención del comodoro Matthew Perry, que en 1853 a cañonazos abrió los puertos japoneses al comercio con occidente, puso fin a la era Tokogawa y dejó expedito el camino para la restauración Meiji. Durante la ocupación norteamericana, al final de la II Guerra Mundial, McArthur hizo el resto. El la edificación nacional y estatal de Japón la autodeterminación ha estado ausente.
Condicionada por fenómenos de tipo culturales, procesos sociales y económicos y por el temprano liderazgo de grandes figuras de la filosofía, la sociología, la historia y la política, el pensamiento político europeo avanzó hacía el desarrollo de las más importantes corrientes políticas y filosóficas de todos los tiempos: el liberalismo y la democracia, base de todas las instituciones políticas y jurídicas, de las doctrina de participación y de la cultura política occidental. Más tarde se desarrollarían allí el marxismo y el socialismo. Ninguna otra región tuvo tales oportunidades.
Si bien es cierto que, defectos y aberraciones como el colonialismo y el neocolonialismo, el imperialismo y la dominación oligárquica, en Europa la combinación del liberalismo con otras corrientes el marxismo y el socialismo incluidos, han dado lugar a sociedades viables; imponer tales preceptos a regiones y culturas en las cuales el pensamiento y la práctica política habían seguido otros cursos o se encontraban en otros estadios, además de absurdo fue abusivo.
Implantar por la fuerza la doctrina liberal contradice las esencias más profundas de esta concepción, lo mismo que presionar para, a todo trance imponer el esquema soviético, una especie de eurocentrismo proletario, al movimiento revolucionario asiático ha sido contraproducente. Los hechos están a la vista. El colonialismo y el imperialismo pudieron destruir las estructuras de las sociedades asiáticas pero no pudieron sustituirlas.

Con la excepción de Japón, Corea del Sur y Taiwán, territorios ocupados por los Estados Unidos, no existe ningún país asiático donde la democracia liberal funcione plenamente. Con muchas reservas, tal vez India pudiera ser asumida como la excepción que confirma la regla. Hay demasiada tela por donde cortar y el espacio es poco. Mañana les cuento.