De las estructuras sociales (Parte I). Jorge Gómez Barata

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lunes 15 de marzo de 2010

Jorge Gómez Barata (especial para ARGENPRESS.info)

Comprender las instituciones y las estructuras sociales es parte de la formación teórica y cultural necesaria para asimilar no sólo la historia sino también los procesos políticos contemporáneos. Entre esas entidades figuran el poder y el Estado.

El Poder es la capacidad de un sujeto o entidad para imponer a otros su voluntad. El poder político es mucho más que eso: es su quintaesencia y la única expresión de la autoridad que gravita sobre toda la sociedad.

La enormidad del poder político surge de su asociación con el Estado, la única creación humana equiparable a Dios porque como Él, es todopoderoso, omnipresente y está dotado del don de la ubicuidad y, en algunos entornos es sacralizado. El Estado no rinde cuentas ni se subordina a nadie, excepto a sí mismo.

En las sociedades preindustriales, unidades territoriales relativamente pequeñas y gobernables por unas pocas personas, el poder se ejercía de modo directo y brutal. Donde como ocurría en la esclavitud y el feudalismo las personas carecían de derechos no se necesitaban leyes ni instituciones. Dado el carácter autoritario de la organización social, no era necesario construir consensos y se prescindía completamente de la participación de las personas.

Por esas y otras razones, el término poder se asoció con elitismo, arbitrariedad, injusticia y violencia, cosa que comenzó a cambiar con la introducción de la democracia, la más importante de todas las categorías políticas existentes, a partir de la cual se estableció un tipo de organización estatal que por estar basada en el sufragio, requería la participación de las personas dotadas de derechos, proceso en el cual aparecieron también las instituciones y se configuró el Estado moderno.

En la medida en que los gobernantes y las autoridades fueron electas necesitaron del acatamiento de las mayorías, el centro de gravedad del poder político comenzó a desplazarse y las élites tuvieron que compartirlo con las mayorías que aunque iletradas y pobres, tuvieron la facultad de elegir y, al menos una vez cada cierto número de años, aunque fuera sólo por un día, convirtieron el voto en poder.

Con frecuencia la aparición de la democracia, hija de la conversión del liberalismo en ideología dominante se atribuye a la burguesía, como si esa clase fuera un demiurgo surgido de la nada y no un fenómeno hecho de la misma sustancia social que los demás. Realmente ninguno de esos elementos es patrimonio de alguna clase, sino resultados del proceso civilizatorio y expresiones de la cultura universal.

Asumir que la democracia, el liberalismo o los derechos civiles son burgueses es tan erróneo como creer que el espíritu gregario y la tendencia al colectivismo son socialistas o que la religiosidad la inventó algún pillo para embaucar a las gentes. La democracia, lo mismo que la escritura, la fe, la autoridad y los ideales de libertad, aparecieron y se desarrollaron porque constituyeron necesidades sin cuya satisfacción la humanidad no hubiera podido sobrevivir.

Lo mismo ocurre con el Estado, uno de los grandes frutos de la cultura dotado de plasticidad y redundancia, únicamente comparable con la del sistema nervioso de los humanos, sólo que opera en una escala incomparablemente más amplia, tanto que lo incluye todo: al Estado nada le es ajeno, excepto cuando el mismo así lo decide.

El Estado es quien hace las reglas que regulan hasta los menores detalles de la convivencia social, institucional e incluso familiar, de sus normas surgen los prolegómenos para la moral y la ética. Él es la única entidad autorizada a, por intermedio de sus agentes aplicar la violencia y a partir de los códigos de justicia, privar a alguien de la libertad y todavía en muchos países, incluso de la vida. El estado habilita a unos humanos para regir, gobernar, juzgar, castigar o premiar a otros.

Ante un poder tan inmenso y necesario, aunque esencialmente enajenante, la misma humanidad que lo creó intento protegerse y proteger a los individuos de una abrumadora opulencia, que conducida arbitrariamente es letal. La única manera de neutralizar ese poder sin suprimirlo, fue introducir la clausula de la legitimidad y dividir las prerrogativas evitando que todas las facultades pudieran concentrarse en una o pocas manos; todo ello acompañado por la idea de la institucionalidad.

La legitimidad del poder es un requisito que se realiza en circunstancias históricas concretas, por medio de instituciones establecidas conforme a Derecho, leyes escritas, prácticas consuetudinarias, principalmente elecciones desplegadas de diferentes formas y reguladas por leyes nacionales. Frente a los poderes ilegítimos, el despotismo y la tiranía, en consonancia con el espíritu de las leyes, las protestas y las rebeliones son jurídicamente aceptadas y las revoluciones consagradas como fuente de Derecho, de justicia y consideradas instrumento para alcanzar la libertad.

Si bien, en sentido general, el Estado representa los intereses de la clase dominante que, desde el poder político controla sus palancas, su trascendencia y sus obligaciones contractuales se esparcen por sobre toda la sociedad, en ese sentido, en múltiples asuntos, el Estado actúa como árbitro entre las clases sociales y otros actores políticos, imponiendo reglas a todos y “evitando que la sociedad se desangre en luchas estériles”.

Bien mirado, el Estado es el país y la nación, los pueblos y la tierra, la cultura y el patrimonio material, la espiritualidad y la Patria. Un error frecuente confunde al Estado con el gobierno, que es apenas una parte del mismo.

El Estado es una criatura perfecta, entre otras cosas por su capacidad para evolucionar, adaptarse a situaciones cambiantes y lograr su mayor esplendor en los ambientes democráticos que, dicho sea de paso, él mismo contribuye a construir valiéndose para ello del poder político legítimo.

Falta por decir que el poder es una criatura que existe en más de una dimensión, la política es una, la económica otra. Luego les cuento.

Lista de multimillonarios de Forbes demuestra que la crisis fue para los pobres. RIA NOVOSTI

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Vlad Grinkévich (RIA NOVOSTI)

La actual crisis mundial volvió a demostrar que las épocas de grandes conmociones económicas suelen enriquecer a los ricos y empobrecer a los pobres.

El pasado 11 de marzo, la revista estadounidense Forbes publicó el nuevo listado de las personas más ricas del planeta.

En 2009, el año más grave de la crisis financiera, el número de multimillonarios pasó de 793 a 1.011, al tiempo que su fortuna conjunta aumentó el 50%, desde 2,4 hasta 3,6 billones de dólares.

Los integrantes del listado provenientes de Rusia aumentaron un 100% en el año pasado, de 32 (en 2008) a 62 (en 2009).

Según Forbes, el número de los ricos creció gracias a la recuperación económica. Sin embargo, este resultado también puede evidenciar la creación de nuevas pirámides financieras.

El magnate mexicano de telecomunicaciones, Carlos Slim, ocupa la primera posición en la lista de los hombres más ricos del planeta (cuya fortuna alcanza ya los US$53.500 millones). El líder del listado de 2008, el fundador del imperio Microsoft, Bill Gates tuvo que conformarse este año con el segundo puesto (US$53.000 millones).

El legendario especulador financiero, Warren Buffett (US$47.000 millones), se trasladó al tercer puesto. Pero esto no quiere decir que Gates o Buffett hayan pasado a ser más pobres. Al contrario, la fortuna de ambos multimillonarios aumentó en 2009 en 13.000 millones y en 10.000 millones, respectivamente.

El listado de multimillonarios rusos también sufrió cambios tácticos. El presidente del fondo de inversiones Grupo Onexim, Mijaíl Prójorov, cuya fortuna aumentó en 2009 de US$9.500 millones a US$13.4 millones, fue adelantado por Vladímir Lisin, mayor accionista y presidente de la planta metalúrgica de Novolípetsk (Rusia), que saltó del quinto puesto que ocupaba en 2008 a la primera posición con un patrimonio valorado en US$15.800 millones.

Por paradójico que parezca, la incorporación de 200 nuevos multimillonarios en el listado de Forbes con el aumento de su fortuna conjunta en el 50%, pese a la crisis, en realidad, es lógica.

Recordemos las medidas anticrisis adoptadas por los Gobiernos de todo el mundo en su mayoría se redujo a invertir más dinero en las respectivas economías. Por ejemplo, Estados Unidos gastó más de US$10 billones para tales fines.

Dada la caída de la producción industrial a escala global, los recursos destinados podían canalizarse sólo al mercado de valores y, parcialmente, al de materias primas, lo que generó nuevas pirámides financieras.

Así las cosas, los precios del petróleo dispararon de US$47 por barril, que fue el mínimo registrado en diciembre de 2008, hasta unos US$80 en la actualidad. Los indicadores del mercado mundial de valores también siguen creciendo. Por ejemplo, en 2009, la bolsa de valores rusa RTS registró una subida de más del 100%.

Los cambios se registran no sólo en listados de las personas más ricas sino también en el ránking de países en donde reside el mayor número de multimillonarios.

China que continúa mejorando sus indicadores económicos pese a la crisis (el PIB chino se incrementó un 8,7% en 2009), ocupó el segundo puesto por el número de multimillonarios (con 64 personas), adelantando a Rusia (con 62 personas).

Un fenómeno curioso de este año es que en Rusia, azotada por la crisis en mayor medida que la mayoría de los países industrializados y hasta algunos países en vías de desarrollo (el PIB ruso se contrajo un 7,9% el año pasado), el número de milmillonarios se duplicó.

“El número de multimillonarios rusos varía en función de los precios mundiales de materias primas como el petróleo y los metales, en primer lugar. Esa es la razón por la que en la lista actual figuran 62 rusos frente a los apenas 32 en marzo de 2009, cuando a raíz de una caída súbita de los precios mundiales de 2008, el club de los multimillonarios perdió a casi 50 socios de Rusia”, dijo el editor jefe de la revista Forbes, Steve Forbes, en una entrevista a RIA NOVOSTI.

La subida de precios del crudo seguramente desempeñó un cierto papel, pero intervinieron también otros factores. Rusia luchó contra la crisis con los mismos métodos que otros Estados, pero consiguió resultados más positivos, señaló Igor Nikoláiev, jefe del departamento de análisis estratégico de la empresa rusa de consultoría financiera FBK.

El volumen de recursos públicos invertidos en la economía rusa, representado como porcentaje del PIB, fue mucho mayor que los mismos indicadores en los países europeos y EEUU. Según Steve Forbes, fue una “cooperación del gobierno con el gran negocio, en primer lugar, con el negocio de las materias primas”.

Los funcionarios rusos, incluidos los altos cargos del gobierno, se quejaron en reiteradas ocasiones de que los recursos destinados para superar la crisis se utilizaron en las operaciones especulativas o se transfirieron a cuentas privadas en bancos extranjeros.

El Manifiesto comunista y el papel de la izquierda. La Jornada

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lunes 15 de marzo de 2010

Maciek Wisniewski (LA JORNADA)
En una célebre frase que abre el Manifiesto comunista, sus autores anunciaban que un fantasma –el del comunismo– re-corría Europa. Dicho fantasma ha sido acosado por todo género de fuerzas: desde el Papa y el zar hasta los espías policíacos. Si el Manifiesto… fuese escrito hoy, quizás dirían que el espectro que recorre Europa (del este), es más bien el del anticomunismo tardío. Acosarlo también es papel de la izquierda.

I

En el recientemente concluido mes de febrero se cumplieron 162 años de la publicación del Manifiesto comunista redactado por Karl Marx y Frederick Engels. El documento, pensado como un programa de partido y una herramienta para difundir las ideas comunistas, tiene dos vertientes: la teórico-analítica y la política. Contiene también un importante diagnóstico social y político, y un recuento del debate acerca de las ideas socialistas.

Prácticamente terminado por Marx a finales de 1847, basándose en las ideas trazadas anteriormente por Engels, Marx hizo las últimas correcciones en enero y el documento salió a la luz pública en alemán a mediados de febrero de 1848.

El Manifiesto… es quizás el documento con la historia más tormentosa en el mundo; ha sido declarado obsoleto innumerables veces, censurado, quemado, prohibido y penalizado, la última vez hace un par de meses en Polonia.

II

En noviembre del año pasado, el Sejm –parlamento polaco–presentó una ley según la cual queda penalizada la propagación de materiales y textos que contengan cualquier “contenido comunista” (o nazi o “totalitario” en general); esto significa que el Manifiesto comunista quedará de facto incluido en un index, y su difusión sancionada con multa o cárcel.

La razón de lo anterior, según los legisladores, es que cualquier símbolo o material con un fondo “comunista” representa no sólo un legado de un sistema genocida, sino también una amenaza latente a la libertad. En la visión de los liberales polacos, la lectura de textos como el Manifiesto comunista necesariamente acabará con el retorno del totalitarismo y la construcción de nuevos gulag.

Poco antes tuvo lugar otro hecho sintomático: durante la feria del libro en Varsovia se había solicitado retirar los ejemplares del Manifiesto…, con base en un artículo constitucional que prohíbe la propagación de ideas nazis y comunistas. Aunque la Constitución no hace mención específica a ningún título, la editorial y los organizadores prefirieron ceder ante las amenazas de un proceso penal.

Todos esos son síntomas muy interesantes, pero sobre todo preocupantes, de un anticomunismo tardío, actitud que abunda en los países ex socialistas. Dicho anticomunismo tardío, a veinte años de la caída del Muro de Berlín, busca “purificar” la vida política y social, culpando ex post al comunismo de todos los errores de la transformación neoliberal. Pretende también igualar todas las expresiones del comunismo y socialismo, incluso teóricas, con el nazismo, y penalizarlas. De hecho, una de las primeras iniciativas de los nuevos miembros de la Unión Europea (UE) en el Parlamento Europeo, ha sido la prohibición de los símbolos comunistas, incluso la estrella roja, exactamente como quedaron prohibidos los símbolos nazis. Los promotores de medidas como éstas ignoran por completo –y sin que se nieguen los crímenes de ambos sistemas– que el nazismo y el comunismo tienen raíces distintas y deben ser considerados de manera diferenciada. Evidentemente, el Manifiesto comunista de ningún modo es lo mismo que Mein Kampf, de Adolfo Hitler.

Al mismo tiempo, este revisionismo reaccionario presenta al nazismo como si se tratara de una simple reacción al comunismo, ocultando que aquél más bien fue una reacción a la crisis capitalista, donde el antagonismo de clases fue reemplazado por el conflicto racial entre judíos y arios. De hecho, según el economista húngaro Karl Polanyi, autor de una obra fundamental, La gran transformación (1944), la mercantilización y la proliferación de una falsa idea del mercado autorregulado fueron las culpables tanto del auge del nazismo como el estalinismo.

La prohibición de facto del Manifiesto comunista no sólo es el resultado de esta actitud, sino también una manifestación de lo que el filósofo esloveno Slavoj Zizek llama Denkverbot (una prohibición-para-pensar), muestra de la hegemonía liberal y mecanismo con que ésta busca cerrar todos los caminos a los proyectos políticos contrarios al suyo.

III

Después de la caída del Muro (precedida, por cierto, por las primeras elecciones libres en Polonia, en junio de 1989), se declararon caducos a Marx y el marxismo: la doxa dominante hizo creer que sus predicciones fallaran en todos los aspectos y simplemente, sin ninguna necesidad de prohibir, en muchas partes dejó de ser leído. Las obras de Marx no sólo fueron destinadas al “basurero de la historia”, sino algunas veces también a los basureros verdaderos, a donde fueron arrojados después de retirarlas de las bibliotecas.

Pero en Polonia quisimos ser más papistas que el Papa. Isaiah Berlin, uno de los padres intelectuales de los liberales, si bien rechazaba el contenido político del Manifiesto…, aplaudía su extraordinaria belleza literaria y retórica. Sólo nueve años después de la desintegración del bloque socialista, para el 150 aniversario de la edición del Manifiesto comunista, en los círculos liberales y conservadores aparecieron unas “reseñas” bastante favorables del documento. Muchos de los analistas y publicistas pro capitalistas prestaban atención al documento para sus fines: por supuesto sólo miraban a Marx y Engels allí, dónde éstos expresaban su admiración hacia la fuerza y dinámica –también destructiva– del capitalismo, y su capacidad de revolucionar los modos de producción y las relaciones sociales, y cerraban los ojos dónde hablaban de crisis capitalistas, división del trabajo, o donde criticaban las fantasías sobre la libre competencia o la propiedad privada.

En Polonia ha sido peor; lo común es negar la existencia del capitalismo mismo. Mientras algunos aseguraban que no vivimos en el capitalismo, sino en otra sociedad regida, no por la explotación, sino por una cooperación voluntaria (sic), otros lamentaban que todavía no llegábamos al capitalismo, porque los polacos no tenían propiedad privada, y que había que privatizar más (como si con el avance del neoliberalismo después del 1989 no se hubieran privatizado casi todos los sectores de la economía, y cómo si el capitalismo fuera un sistema donde todos son felices propietarios que participan en un juego entre iguales).

Se escuchaban incluso las voces, provenientes de los sectores muy “serios”, de que ni siquiera había neoliberalismo, que desgraciadamente nadie seguía tal política, y que todo se quedaba en una mera retórica, lo cual en realidad ha sido otra forma retórica que buscaba encubrir los escombros que dejó en su camino el huracán neoliberal y la implantación en Polonia de la doctrina de choque, como lo demostró Naomi Klein en su libro The Shock Doctrine (2008).

Esta explicación de que todavía no había capitalismo, ni siquiera neoliberalismo; de que el sistema estaba secuestrado por la vieja Nomenklatura, es muy común en Polonia y en otros países ex socialistas, siendo una de las expresiones del descontento hacia las reformas de “libre mercado” y la desilusión ante las nuevas realidades sociales. Pero como apunta ZiZek, lo que estos “anticomunistas tardíos denuncian como un capitalismo “inacabado” y pervertido por las oscuras fuerzas postcomunistas, es en realidad capitalismo tout court.

Aunque la visión del capitalismo que emergía de los escritos de sus apologetas normalmente resultaba profundamente ingenua y no tenía nada que ver con el capitalismo realmente existente, la izquierda polaca que obedeció a la prohibición de pensar y dejó de leer a Marx y estudiar de manera crítica al capitalismo, muchas veces se mostraba incapaz de responder a estas expresiones de un common sense neoliberal. Como escribieron Marx y Engels en el Manifiesto…, las ideas imperantes en una época han sido siempre las ideas propias de la clase imperante.

Sólo hasta la reciente crisis financiera global se descubrió en Polonia que al fin y al cabo ya vivíamos en el capitalismo; el término milagrosamente reapareció en las bocas de los políticos y analistas y en los encabezados de prensa. No deja de extrañar que justo ahora el Manifiesto… acabe por segunda vez en el basurero, esta vez censurado.

IV

En un prólogo a la edición polaca de 1892 (la primera traducción a este idioma no tardó en publicarse poco después de la primera edición en alemán) Frederick Engels ofrecía una razón simple para explicar la creciente demanda y necesidad de estudiar el Manifiesto comunista : el rápido desarrollo de la industria en Polonia (entonces parte del imperio ruso) y el avance del capital, hacían indispensable la búsqueda de las explicaciones de las relaciones de clase entre los obreros; de igual manera podríamos decir que hoy en día el avance del neoliberalismo en Polonia (y el ocaso de su hegemonía) otra vez hace fundamental su estudio.

El análisis y la crítica de la sociedad burguesa (Marx y Engels no usaban el término “capitalismo”, ya que éste fue acuñado años más tarde por el sociólogo alemán Werner Sombart) contenidos en el documento, nunca perdieron su relevancia, a pesar de algunas limitaciones y lagunas teóricas (Marx estaba todavía por desarrollar los fundamentos para su “crítica de economía política”). Pero el mundo plasmado en el documento de 1848 es el mismo que nos rodea hoy; se antoja decir que la descripción de los mecanismos del sistema contenido allí es hoy más relevante que nunca, pero eso lo decimos siempre, sobre todo, en las épocas de crisis.

Así lo subraya David Harvey, geógrafo y marxista inglés, en el prólogo a una nueva reedición del Manifiesto…, editada por el 160 aniversario (2008): el análisis acerca del potencial destructivo del capitalismo y la inevitabilidad de las crisis es inagotable.

Harvey va incluso más allá. Invita a poner el Manifiesto comunista al lado del otro documento, cuyos espíritu y contenido moral según él se asemejan – La declaración universal de los derechos humanos –, y subraya, refiriéndose a su parte política, que juntar los sentimientos contenidos en ambos escritos resulta de la mayor importancia, tanto para explicar nuestra condición contemporánea como para alumbrar los caminos de la lucha colectiva; el Manifiesto …, según el marxista inglés, es un documento lleno de intuiciones, significados y posibilidades políticas: de nosotros depende cómo lo leeremos ahora y cómo lo incorporemos a una lucha progresista y un nuevo proyecto político.

Esta tarea es de la mayor importancia en Polonia, atrapada entre fuerzas liberales-conservado ras y conservadoras-liberales, igualmente procapitalistas. Pero la búsqueda de salidas políticas a este cul de sac no sólo se ve obstaculizada por el orden establecido, sino también por el Denkverbot, la prohibición-para-pensar, que manda poner el Manifiesto comunista al lado de Mein Kampf, cuando no forman parte del mismo estante.

A la izquierda polaca antes que nada le toca rearmar su biblioteca: si no, lo harán los neoliberales. Ya lo empezaron a hacer.

Maciek Wisniewski, periodista polaco.

Entrar y salir por la puerta principal. Jorge Gómez

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lunes 15 de marzo de 2010

Jorge Gómez Barata (especial para ARGENPRESS.info)

Excepciones aparte, a lo largo de doscientos años de dominio oligárquico y de ejercicio del poder por sus partidos, era una rareza que en América Latina un presidente electo entregara el mando a otro de la misma condición, las farsas y los fraudes electorales eran lo usual y nadie se extrañaba de que como parte de un golpe militar, algún coronel o general asaltara el poder. Farabundo Martí, Sandino, Gaitán y Allende, entre otros muchos, nos recuerdan lo fácil que era liquidar a un líder o anular un proceso. Durante siglos los derechos y la democracia fueron pura ficción.

El fin del mandato de Michelle Bachelet en Chile, como ante lo fueron la sucesión de elecciones limpias y abiertas en prácticamente todos los países de la región en los últimos veinte años, muestran un resultado para algunos paradójico: el avance de la izquierda en América Latina no ha representado un retroceso de la democracia sino todo lo contrario.

El auge de la izquierda latinoamericana, tanto aquellos procesos declarados socialistas como las variantes reformistas y socialdemócratas, es más curioso por florecer en el contexto de desconcierto originado por el fin del socialismo real y ha significado un desmentido a los estereotipos del anticomunismo, los postulados neoliberales que rechazan todo protagonismo estatal, así como los enfoques ortodoxos que durante décadas demonizaron el reformismo, considerándolo incompatible con la revolución social.

Aunque estas corrientes tropiezan con la enconada resistencia de la oligarquía y de sectores conservadores de la burguesía nativa, disfrutan de amplio respaldo popular, son consecuentes con las aspiraciones de la intelectualidad y de amplios círculos empresariales que encuentran importantes espacios en el desarrollo nacional.

Sin embargo, el mayor obstáculo no proviene del interior de los distintos países, sino de la incomprensión y en muchos casos abierta hostilidad de los Estados Unidos, que en franca contradicción con su discurso filosófico que dice favorecer los procesos democráticos, encabeza una oposición de oficio, se alía con sectores reaccionarios y asume como un mal lo que en realidad es parte del progreso político en la región.

Con excepción del derrocamiento del presidente haitiano Jean-Bertrand Arístides en 2004, el cuestionamiento a las elecciones en México donde en 2006 resultó electo Felipe Calderón y lo ocurrido recientemente en Honduras, en América Latina se celebran comicios ordenados, limpios y verificados internacionalmente, en los cuales se eligen o reeligen mandatarios que disfrutan del favor popular, algunos de ellos, como los casos de Bachelet o Lula dejan el poder con más popularidad que cuando lo alcanzaron.

En esos procesos han resultado electos tanto políticos tradicionales, como militares patriotas, representantes de los pueblos originarios, ex guerrilleros, académicos, obreros e incluso millonarios, sin que ello haya significado un peligro para el funcionamiento de las instituciones civiles, por medio de las cuales las mayorías expresan sus preferencias políticas y ejercen sus derechos, incluyendo el de equivocarse.

Es cierto que la democracia electoral en América Latina no es una panacea pero también lo es, que es el mejor de los recursos al alcance de las mayorías, que disfrutan de oportunidades que no existían en el pasado cuando las dictaduras, los militares y la partidocracia tradicional cerraban el paso a la izquierda, a los movimientos sociales y a los líderes populares.

En esos ambientes en los cuales la democracia defendida por la izquierda ha sobrevivido e incluso se ha reforzado en la confrontación con las actitudes golpistas y francamente antinacionales de la oligarquía y la derecha conservadora, se han destacado líderes que más allá de conflictos circunstanciales, en apenas unos años han hecho avanzar extraordinariamente a sus países y a los respectivos sistema políticos vigentes en ellos.

Las circunstancias políticas, económicas y sociales creadas en las últimas décadas en Brasil, Argentina, Venezuela, Bolivia, en Centroamérica y en el Caribe percibidas en conjunto, en unos países más que en otros, han actuado como una especie de blindaje, que si bien no logran impedir los efectos de la crisis económica, atenúan sus nefastas consecuencias sociales. El hecho de ser menos dependiente de Estados Unidos ha evitado que América Latina sea arrastrada a una situación aun más calamitosa.

Es cierto que en esta corriente general tienen lugar reveces y se experimentan retrocesos, que pueden anular conquistas populares insuficientemente consolidadas; aunque no revertir los resultados alcanzados por el proceso en su conjunto, el principal de ellos, el respeto de todas las fuerzas políticas por la voluntad popular expresada en las urnas.

La movilización de las fuerzas políticas latinoamericanas que de modo prácticamente unánime condenaron el golpe de estado en Honduras, aunque debido a la actitud de Estados Unidos no pudieron impedir el triunfo de la reacción, logró hacer prevalecer la idea de que era imprescindible celebrar elecciones y, al menos dar un barniz de legitimidad al gobierno establecido.

El florecimiento de la democracia promovido por la izquierda, ha hecho posible el perfeccionamiento de los sistemas políticos, la consolidación de instituciones y normas jurídicas, incluso la adopción de constituciones de tercera generación, que además de los derechos económicos, sociales y ambientales, el reconocimiento de los pueblos originarios, de los movimientos sociales y de la sociedad civil, han introducido figuras tan avanzadas como la revocación de los gobernantes mediante referéndum popular.

Aunque la experiencia hondureña indica que es preciso estar alerta, atrás quedaron los tiempos cuando impunemente, bajo la mirada cómplice de Estados Unidos, Pinochet pudo asaltar la Moneda, los militares deponían a los presidentes y en Centro y Sudamérica los ejércitos actuabas como principal partido político.

En aproximadamente una década la izquierda latinoamericana ha hecho más por la democracia que los políticos tradicionales en doscientos años. Los hechos están a la vista.

El Salvador: El proyecto histórico de la Izquierda. Walter Farfán

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lunes 15 de marzo de 2010

Walter Farfán (COLATINO)

El proyecto histórico de la izquierda está íntimamente ligado a las aspiraciones más genuinas de los pueblos. Se puede afirmar que no existe proyecto de Izquierda que no se identifique con los valores que los pueblos asumen como propios: La justicia, la paz, la solidaridad, la lucha contra la exclusión o cualquier forma de discriminación, la soberanía y autodeterminación de nuestros países; todos son valores que definen a la Izquierda. La lucha que la Izquierda sostiene contra las fuerzas de la reacción y el imperialismo, es una lucha que conlleva muchos sacrificios y es una lucha desinteresada que la llevan a cabo hombres y mujeres movidos por los ideales de justicia y transformaciones necesarias en bien de nuestros pueblos.

A su vez los pueblos se identifican con la lucha que como avanzada de sus aspiraciones y valores la Izquierda impulsa. Por eso es importante que la Izquierda defina de manera clara su proyecto histórico. El ascenso de la derecha en Chile y Panamá, nos deja lecciones importantes: A los pueblos no les gusta una Izquierda “ligth”, ni les gusta una Izquierda que se parezca a la derecha; ni en sus métodos ni en sus objetivos. En nuestro país esto es especialmente importante, puesto que la Izquierda representada mayoritariamente por el FMLN es revolucionaria y no reformista y aquel que crea que de lo que se trata es de “humanizar “ el capitalismo debe de replantearse semejante despropósito, ya que el capitalismo no se puede humanizar, pues es intrínsecamente inhumano.

Para aquellos que aún creen que el capitalismo es la solución, los invito a que vean su entorno: La pobreza, la marginalidad, la falta de oportunidades de educación y de trabajo digno, la emigración y la consiguiente desintegración de la familia con sus secuelas de violencia y drogadicción, todo es resultado de un sistema capitalista que ha sido incapaz de dar respuestas mínimas a los acuciantes problemas que nuestro pueblo enfrenta.

Por consiguiente, de lo que se trata es de impulsar vías alternativas para nuestro desarrollo, que recojan todo aquello por lo cual la Izquierda siempre ha luchado, esta vía es sin duda el socialismo, que adaptado a nuestra propia realidad, hará posible la construcción de un país más humano, más incluyente, más equitativo y más justo. Solamente en el socialismo se podrán impulsar y realizar las transformaciones urgentes y necesarias que harán a nuestro país viable y sustentable.

El imperialismo ha lanzado una nueva ofensiva contra los movimientos populares y revolucionarios que surgen por todo el continente, ante esta escalada, la Izquierda está en la obligación de profundizar la lucha por las transformaciones fundamentales en nuestras desgarradas patrias. La Izquierda es la única fuerza capaz de garantizar la soberanía y la autodeterminación de nuestros pueblos, condición indispensable para nuestro progreso y en definitiva para nuestra liberación.

Es aleccionador cuando vemos la consolidación de los procesos democráticos en Venezuela, Ecuador y Bolivia; de manera clara los pueblos han identificado a estos procesos como propios, de ahí las victorias electorales contundentes de sus respectivos movimientos de Izquierda. Estos son los procesos a los que el imperialismo teme y por lo tanto descalifica, porque ellos saben bien que son procesos revolucionarios que defienden los intereses nacionales de esos países.

Como contraparte aquellos procesos a los que el imperio acepta y avala son los que responden a proyectos difíciles de distinguir de los proyectos de las derechas, es el caso de Chile y Panamá, que por mucho tiempo escuchamos en los grandes medios que eran un modelo de Izquierda a seguir, sin embargo los pueblos les han dado la espalda, porque esos mismos pueblos exigen un proyecto claro y definido de Izquierda, es decir, profundamente democrático y que impulse los valores que la definen históricamente.

La solidaridad y la fraternidad que implica priorizar los intereses de la colectividad y el bien común por sobre mezquinos intereses personales; la igualdad que implica oportunidades para todos y, por supuesto, igualdad ante la ley; la libertad, que conlleva el pleno ejercicio de los derechos humanos; estos no son valores abstractos sino valores intrínsecos del socialismo que la Izquierda impulsa desde lo más profundo de su esencia.

Los escenarios están planteados: Por un lado las fuerzas del imperialismo y la reacción, que están tratando de socavar los procesos revolucionarios que desde distintas realidades históricas, económicas, sociales y políticas son impulsados a lo ancho y largo de nuestra América; y por el otro, las fuerzas progresistas y revolucionarias que tienen sus raíces en lo más profundo de nuestros pueblos; que luchan con entrega por darle vida a este nuevo continente que se yergue como un gigante que estaba dormido, pero que hoy impulsado por esta nueva conciencia de los pueblos, se despereza y avanza hacia la conquista de esa sociedad por la que lucharon y murieron nuestros héroes y mártires.

Oscar Arias y la Revolución Cubana… Álvaro Montero

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lunes 15 de marzo de 2010

Álvaro Montero Mejía (especial para ARGENPRESS.info)

Para no dejar de cumplir con un viejo ritual, Oscar Arias la emprende una vez más contra la Revolución Cubana. Es uno de sus viejos temas, producto de su recrudecido encono, contra uno de los procesos sociales más profundos y ejemplares de nuestro tiempo.

Si ponemos a un lado sus declaraciones contra el bloqueo económico, que la nación más poderosa de la tierra ejerce contra un pequeño país del Continente, jamás, que podamos recordar, Arias ha utilizado alguna de las innumerables tribunas a que ha tenido acceso a lo largo de su vida, para condenar las miles de muertes de inocentes que la permanente agresión de los Estados Unidos le ha causado a Cuba, o los millares de actos de sabotaje contra el esfuerzo productivo de un país pobre y tecnológicamente atrasado, o se ha condolido por los cientos de provocaciones, intentos de asesinato de sus dirigentes y guerra bacteriológica incluida, como el dengue hemorrágico o la fiebre porcina, que la Agencia Central de Inteligencia, CIA, lanzara contra Cuba, con saldo de centenares de vidas y daños económicos.

Menos aún, ha aprovechado los innumerables foros adonde lo lleva su retórica antibelicista, para exigir la liberación de cinco jóvenes cubanos, presos políticos en las cárceles de los Estados Unidos, víctimas de “un sistema judicial de independencia cuestionable”, por emplear sus palabras, pero mejor decir, un sistema judicial retorcido y perverso, recluidos en celdas de aislamiento, imposibilitados de ver a sus familias, y todo por el delito de luchar contra las acciones terroristas que desde ese país, se despliegan a diario contra Cuba.

A usted, Oscar Arias, jamás lo hemos visto ni lo veremos, en el despliegue de un gesto que lo dignifique como hombre de principios, capaz de reconocer esa inmensa cuota de humanidad que ha acompañado la mayor parte de los actos de la Revolución Cubana a lo largo de 50 años. Jamás su solidaridad se ha puesto del lado de la reforma agraria, de la reforma urbana, del sistema de salud más desarrollado de todo el continente, de la rigurosa formación intelectual de los niños, los adolescentes y los adultos jóvenes, o de las decenas de miles de médicos, maestros y profesionales repartidos por el mundo, luchando a brazo partido por el don de la vida, el bienestar, las primeras letras y la cultura, que el mundo desigual e insolidario les niega.

De modo que hay que ser, o inmensamente ruin o inmensamente ignorante, para afirmar “que en la práctica, Cuba aplica esas solidaridad únicamente a sus simpatizantes”. En todos estos años Usted, Oscar Arias, ha hecho coro siempre, sin perder la oportunidad, con los bloqueadores, los saboteadores, los homicidas y agresores, los mercenarios, los plumarios y escribidores a sueldo, cuyo único objetivo es la derrota de Cuba, la rendición de Cuba e incluso, la destrucción de Cuba. De modo que no hace falta decirle eso “de ser un lacayo del imperio”, porque es Usted mismo, el que ha traído a cuento ese asunto del lacayismo.

Pero en todo lo concerniente a su diatriba, se enfrenta uno a varias dificultades. Aquí, en Costa Rica, las personas medianamente informadas lo conocemos bien, pero en otras partes lo califican a usted como una gran personalidad. Entonces ¿Para quién escribimos? En el exterior, la gente debe pensar que desvariamos, cuando decimos que usted es un ególatra o un narcisista y un individuo capaz de mentir sin inmutarse.

Aquí, en Costa Rica, casi todos sabemos los millones del erario público que usted ha invertido en fortalecer su imagen; en convencer a la gente sencilla que usted es algo así como un gran hombre, una gran figura de reconocimiento universal. Quienes lo conocemos, podemos reconocer de cerca sus ventajas, pero sobre todo sus miserias y es así como lo hemos visto en decenas de oportunidades, hablar con entusiasmo de sí mismo. Aquí sabemos que usted es capaz de condenar a otros, por las formas de comportamiento de las que usted es un ejemplo vivo. Dice: “Siempre he luchado por una transición cubana hacia la democracia” ; luego habla de “régimen pluralista” y de “demostrar que puede aprender a respetar… sobre todo los derechos de sus opositores”. Y para cerrar con broche de oro agrega que “en una democracia, si uno no tiene oposición, debe crearla”

En Costa Rica, los auténticos demócratas y patriotas, luchamos ahora por una “transición costarricense hacia la democracia”, esa misma que usted se ha encargado de socavar y hacer añicos. Resulta que, para decirlo en pocas palabras, es público y probado que usted violó de manera flagrante la Constitución Política y sometió a su arbitrio al Poder Judicial a fin de reelegirse; que liquidó la independencia del Poder Legislativo y sobornó con millones a algunos diputados abyectos; que participó en el referéndum del TLC a pesar de la expresa prohibición constitucional y legal y encima, lo hizo junto al embajador gringo y juntos, amedrentaban a los obreros en las fábricas ¿lacayismo? Aquí sabemos que estimuló la destrucción sistemática de bosques ubérrimos, con un decreto que declara de “interés público” la minería de oro a cielo abierto y así entregarle la explotación a un consorcio transnacional ¿lacayismo?; sabemos que violentó las libertades sindicales, expulsando de los muelles de puerto Limón, a una Junta Directiva legítima, para colocar otra, formada por esquiroles adictos a los inmensos intereses foráneos que se mueven en la concesión de esos muelles a una corporación privada ¿lacayismo?

Y bueno, quizás pueda Usted explicarle a la gente honrada del mundo ¿por qué razón me arrebató arbitrariamente el programa de televisión, llamado “Diagnóstico” que por 17 años conduje desde el canal 13 y el que, por sus invitados, fue reconocido como uno de los mejores programas de opinión del país al concedérsele el Premio Nacional “Joaquín García Monge”? ¿O sería que mi simpleza me impidió apreciar que con ese cierre, Usted había decidido crear la oposición que no tenía?

Usted puede continuar jugando de “valiente”, cada vez que ataca Cuba, mientras cierra la boca ante los millares de presos políticos que el imperio americano ha repartido por el mundo, secuestrados de sus países, aislados y desconocidos, privados de los derechos más elementales, torturados y vejados como parte sustantiva de las vergüenzas de nuestro tiempo.

Sólo deseo terminar estas letras, parodiando una frase que leí hace muchos años y que ahora cabe muy bien: “Oscar Arias y la Revolución Cubana; o las enojosas deliberaciones de la paja seca ante el fuego”.

Igualdad: La regla de oro. Martín Guédez

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lunes 15 de marzo de 2010

Martín Guédez (especial para ARGENPRESS.info)

“Los Ciudadanos de Venezuela gozan todos por la Constitución,
interprete de la Naturaleza, de una perfecta igualdad política. Cuando
esta igualdad no hubiese sido un dogma en Atenas, en Francia y en
América, deberíamos nosotros consagrarlo para corregir la diferencia
que existe. Mi opinión es, Legisladores, que el principio fundamental de
nuestro sistema, depende inmediata y exclusivamente de la igualdad
establecida y practicada en Venezuela.
Simón Bolívar – Discurso de Angostura-

Ser revolucionario y socialista supone una irrefragable pasión por la igualdad, no puede ser de otra forma. Las desigualdades –en cualquier ámbito de la vida- conducen de modo inexorable al establecimiento de privilegios, injusticias, odios y resentimientos entre los hombres. Todos y todas debemos ser iguales en condiciones y oportunidades sin más limitaciones que aquellas que derivan de las propias vocaciones o aptitudes.

El Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) tiene el mandato irrevocable de practicar los principios de igualdad proclamados sin concesiones de ninguna naturaleza. El primer fundamento socialista supone la aceptación –de buen talante y sin que nadie nos lo imponga- de la igual dignidad fundamental de todos los hombres y mujeres. Todos y todas somos iguales porque poseemos la misma naturaleza y procedemos del mismo origen, así, estamos destinados a disfrutar de la misma vocación y de idéntico destino.

Es verdad que existen desigualdades y diversidades naturales en cuanto a capacidad física y a cualidades intelectuales y éticas. Pero la igualdad fundamental de la persona humana exige que se llegue a la situación más justa posible. En demostración de indudable valor democrático y revolucionario, el PSUV abre el proceso de escogencia de sus abanderados por los distintos circuitos electorales para ser presentados en el proceso electoral que determinará quienes serán los diputados y diputadas que deberán defender las conquistas alcanzadas y profundizar en el camino de transición al socialismo.

Todos los miembros del partido podrán participar en esa escogencia de modo universal, directo y secreto. Hasta ahí la lección de vocación democrática es absolutamente incuestionable. Cada candidato o candidata podrá poner su nombre en el tapete sin más limitaciones que las establecidas en el reglamento. Ahora bien, ¿Disfrutarán de las mismas condiciones equitativas todos y todas? Las capacidades y los talentos pueden, sin duda, ser distintos; pero toda discriminación –o su contrario: todo privilegio- en los derechos fundamentales a la participación debe ser radicalmente condenada y abolida.

Debe encontrarse la forma –más allá de la decisión ética propia de un revolucionario cuyo talante lo debería llevar a rechazar por propia iniciativa cualquier forma de ventajismo- de impedir que los viejos vicios burgueses tan sólidamente enraizados en muchos y muchas vuelvan a hacerse presente y dar al traste con lo que debe ser un hermoso capítulo revolucionario. Hay que impedir que burócratas, gobernadores, alcaldes y en general gente con poder terminen imponiendo sus candidatos y candidatas a fuerza de poder económico. Ningún revolucionario debe aceptar prácticas ventajistas.

En lo personal –y sin quererme poner como ejemplo de nada, porque no lo soy- venía haciendo los programas “De Primera Mano” y “Temas sobre el tapete” por la Radio Nacional de Venezuela con la diputada Chiche Manaure. Tan pronto se abrió este proceso entendimos que no era ni igualitario ni justo que ella pudiese contar con una tribuna de tal magnitud para su proyección si esa misma oportunidad no la tenían otros candidatos y candidatas. Así lo hicimos y no volvió al programa aún cuando no me garantizó que se autopostularía. ¿Harán igual otros candidatos y candidatas? Esto no fue así en la oportunidad en la cual se eligieron candidatos y candidatas a gobernaciones y alcaldías. Tampoco ocurrió así al momento de elegir delegados y delegadas al Congreso Extraordinario del Partido. La inmensa mayoría de los “líderes” dieron la “batalla” haciendo uso de todos sus privilegios, fueran estos privilegios espacios mediáticos importantes, por medios del Estado (es decir de todos y todas) o poder fáctico. Nadie renunció, por iniciativa propia al uso y abuso de sus privilegios, al contrario, estos privilegios fueron utilizados hasta límites asquerosos e insufribles para aplastar e invisibilizar liderazgos de base. El resultado está a la vista: un buen número de gobernadores y alcaldes a punto de salto de talanquera. Un buen número de camaleones con poder obstaculizando e impidiendo el desarrollo pleno del poder popular. Una buena suma de saboteadores de un proceso revolucionario de transición al socialismo en el que no creen ni han creído nunca.

El socialismo exige, de por sí, un ideal de igualdad humana, no sólo de oportunidades y condiciones, sino también en el sentido de que nadie pueda vivir o alcanzar metas a expensas de los demás. Para que todos los hombres puedan vivir armónicamente entre sí, es necesaria la igualdad de todos ante la ley y la igualdad de derechos para todos, tanto en las relaciones entre los seres humanos como en las posibilidades que ofrece el desarrollo integral de la persona. La única razón que pudiera justificar de alguna manera una intervención para favorecer a una determinada persona debería estar sólidamente justificada en un movimiento estratégico en el cual el fin último de la Revolución esté en juego. Salvo esto, que en el fondo expresa una necesaria lealtad a la conducción del proceso revolucionario en manos del Comandante Chávez, todo lo demás debe estar caracterizado por una igualdad establecida y practicada a todo evento. Estoy persuadido de que si no lo hacemos podríamos perdernos y esa opción no existe ni puede existir para ningún revolucionario auténtico.

A la lid electoral debemos ir con hombres y mujeres que garanticen la victoria. Todo el pueblo revolucionario debe verse impulsado a votar por su Revolución en las personas de estos y estas líderes. Esto sólo ocurrirá si ese pueblo -plenamente consciente- asume para sí la estrategia global del proceso. La confianza del pueblo en su líder, Comandante Chávez, en su tino y capacidad de dirección para tomar decisiones muy particulares, debe estar unida a la convicción absoluta de estar eligiendo en buena lid a sus mejores líderes.

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