sábado 16 de octubre de 2010

La democracia debe facilitar a nuestros pueblos a escoger a quienes ellos piensen que tienen un proyecto de país justo y con oportunidades para todos, y asimismo facilitarles la oportunidad de castigarnos cuando los defraudamos, y su derecho a hacernos corregir el rumbo.

Martín Torrijos* / La Estrella de Panamá
(Agradecemos al señor Nils Castro Herrera por el envío del artículo)
Hacer política sin políticos

Ciertos regímenes llegan a creerse que sus mandatos serán eternos. Por eso acumulan poder de forma arbitraria y no tardan en controlar el sistema judicial, al Ministerio Público, a los congresos y a los demás órganos de balance y control, poniéndolos al servicio de sus intenciones e intereses particulares. Y lo hacen dentro de un espacio que de antemano estaba más preparado para enfrentar golpes de Estado militares que para enfrentar las sutilezas de la nueva realidad política.
Solo agregaré un ingrediente más en este momento: al debilitarse la institucionalidad democrática debido a la arbitrariedad, se tiende a culpar de las fallas al propio sistema democrático, y no a quienes tomamos las decisiones o fracasamos en establecer políticas que mejoren la calidad de vida en nuestros pueblos.
Por eso no debemos sorprendernos al conocer que cada día son más los latinoamericanos que estarían más dispuestos a sacrificar su libertad y vivir bajo un régimen autoritario que bajo una democracia, a la cual se la culpa de nuestros errores.
Como ven, el reto y la responsabilidad es enorme para todos los que aspiramos a vivir en países democráticos, estables y capaces de hacerle frente a los momentos cruciales que vive América Latina y el mundo. Por eso hay que estar claros de que, más que un reto individual, esto es un reto colectivo que exige desprendimiento, comprensión y unidad en nuestros objetivos.
Solo así seremos capaces de representar una nueva esperanza y robustecer nuestras instituciones. De demostrar —en mi caso como político— que hacer política sin políticos es prácticamente imposible; que no es como vender café sin cafeína, o tomar leche sin lactosa. La sociedad sin política, y la política sin políticos, no resulta lo más saludable, no importa como esto se mire.
La recesión que aún vive gran parte del mundo demostró que cuando las naciones entran en crisis los partidos, la política y los políticos sí contamos. No hubo excepción: el mercado y la sociedad volvieron sus miradas en busca del Estado para que este vuelva a hacerse presente.
Los críticos dejaron de minimizar el papel del Estado, dejaron de ignorar a los partidos y a sus líderes, para pedirles que intervinieran. Que volviéramos a regular y encauzar los mercados, para corregir los enredos de un mundo que, por falta de regulaciones financieras en los países desarrollados, arrojó a millones de personas a la incertidumbre, la pobreza y el desempleo.
Esta revalorización del papel del Estado y de la política nos obliga a reflexionar. A garantizar que forjemos mejores organizaciones políticas y que trabajemos en fortalecer nuestra institucionalidad.
Ahora tenemos la oportunidad de construir un mundo con nuevas reglas encaminadas a la preservación del bien común, puesto que ya el mercado demostró que solo, o auto-regulado, es incapaz de resolverlo todo. Que, además, la individualidad aconsejada por la avaricia es capaz de engendrar una creatividad peligrosa, cuyos resultados igualmente han afectado la convivencia democrática.
Así pues, al viejo problema de la inequidad en nuestra América Latina, ahora se le suma la crueldad de la violencia generada por el narcotráfico, y a esto se le agrega un ejército de jóvenes desempleados que han crecido ante el ejemplo del dinero fácil, y que ya no ven en el trabajo y la educación los mejores medios de movilidad social.
Todo esto sucede cuando los gobiernos cuentan con menos recursos para hacerle frente a ese enorme desafío económico, social y político, que ha puesto a prueba a nuestra frágil institucionalidad, y que ha facilitado que el crimen organizado y sus recursos también entren en la política y sean capaces de desafiar hasta la subsistencia de los Estados.
Aún así, soy de los que confían en que estos retos serán superados, que prevalecerá nuestra capacidad de adaptación, nuestro instinto de preservación. Que, de una actitud autodestructiva y egoísta en la política, nacerá la capacidad para reformas políticas, económicas y sociales profundas. Que seremos capaces de identificar e implementar las reformas necesarias para reconstruir y relanzar un sistema político y administrativo que ya da signos de agotamiento, con el objetivo de mejorar el funcionamiento de la institucionalidad democrática.

 

A cuidar nuestra democracia

Hay que rehacer o refundar las instituciones para que la democracia recobre vigor y cumpla sus tareas —para dejar atrás el clientelismo que ha deformado a los instrumentos de la política y a los órganos del Estado—. Solo así se podrá contar con instituciones capaces de recuperar la credibilidad de nuestros compatriotas y sumar a este esfuerzo a las organizaciones sociales, y a las organizaciones no gubernamentales, que al calor de las deficiencias manifiestas han contribuido a enrumbar las preocupaciones ciudadanas, que muchas veces han sido minimizadas por quienes hemos tenido la responsabilidad de gobernar.
Soy un convencido de que dentro de una democracia pluralista hay espacio para todos, que el continente no tiene por qué dividirse según signos ideológicos, sino más bien unirse para superar las adversidades comunes, donde podremos encontrar más espacios para la convergencia que para la divergencia.
Que a todos nos conviene una América Latina donde impere el estado de derecho, se respeten los derechos humanos, donde la esperanza de una región autosostenible sea más que un anhelo, donde la institucionalidad funcione por encima de los individuos, donde la democracia se fortalezca con la aplicación de verdaderos métodos democráticos.
De allí que a mis colegas de la tribu política les reitero que debemos estar preparados para ganar esta batalla con honestidad, para demostrar que efectivamente nuestros países y su institucionalidad democrática están más seguros en las manos de políticos con capacidad, sensibilidad y profesionalismo, que en manos de aventureros capaces de anteponer sus intereses al bien común. Y, sobre todo, hagámoslo con una gran capacidad para ser autocríticos ya que, sin duda, en muchos de nuestros países la política no transitaba, ni transita todavía, por un mar de virtudes.
Por eso, insisto en que nuestras discusiones no deben reducirse a la búsqueda de culpables, sino enfocarse en conocer de manera seria y fundamentada las nuevas inquietudes y demandas de nuestras sociedades. Y nuestra preocupación ha de ser el conjunto de propuestas más adecuadas y factibles para resolverlas. Por eso el dilema del fortalecimiento de la institucionalidad política es readecuarnos y renovarnos, o perder relevancia y desaparecer ante otras opciones. Entre ellas, algunas que ponen en riesgo la convivencia democrática. Tanto es así, que no pocas veces ganar puede ser más fácil que gobernar, aunque después resulta que gobernar sin claridad de rumbo es más costoso que perder.
Recordemos que la democracia no es por definición solo lo contrario a las dictaduras o al autoritarismo. La democracia debe facilitar a nuestros pueblos a escoger a quienes ellos piensen que tienen un proyecto de país justo y con oportunidades para todos, y asimismo facilitarles la oportunidad de castigarnos cuando los defraudamos, y su derecho a hacernos corregir el rumbo.
Debemos estar atentos para que las instituciones que administran nuestras democracias no se anquilosen ni pierdan su razón de ser.
A veces ciertas instituciones caen en la rutina de velar más por los intereses de sus integrantes, y los de quienes las administran, que por cumplir con la responsabilidad social para las cuales fueron creadas. De allí que es fácil asociar corrupción y burocracia a los mal llamados males de la democracia.
En fin, a los viejos retos de nuestro sistema democrático se le han sumado nuevos motivos de preocupación, que demandan nuestra reflexión y nuestra acción. No hay duda de que en el siglo pasado los avances democráticos fueron enormes, y tampoco de que en este nuevo siglo todos estaremos a la altura de lo que las circunstancias demanden, a fin de asegurar que seguiremos viviendo en paz, en libertad y en progreso, bajo regímenes democráticos comprometidos con las mejores causas sociales.
Siento que seremos capaces de emprender una renovación que impregne a todo el tejido social de optimismo, y así estimular a los actores sociales para que, en sintonía con las nuevas formas de hacer política, jueguen su rol, también renovado, en beneficio de nuestras democracias y de nuestros pueblos.
 
*El autor es ex Presidente de la República de Panamá y actual Presidente del Comité de la Internacional Socialista para América Latina y el Caribe.