jueves 4 de noviembre de 2010


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Homar Garcés (especial para ARGENPRESS.info)

Quien se diga revolucionario en Venezuela debe estar siempre dispuesto a demoler y a trocar todas las instituciones del Estado burgués vigente en función del poder constituyente del pueblo. De esta manera, se crearían nuevas relaciones de poder dominadas por éste, estableciéndose una nueva hegemonía, diferente a la ejercida por el capital. Por consiguiente, no tendría ningún sentido hablar de revolución y de socialismo si éstas perduran y se tiende a reforzarlas, impidiéndose que exista la posibilidad de profundizar realmente los diversos cambios económicos, sociales y políticos gestados al calor de la participación y el protagonismo populares.

En razón de esto, quienes ejercen actualmente cargos de representación popular, aún con el discurso revolucionario socialista en sus labios, están más ubicados del lado del reformismo tradicional que de la revolución socialista. Así, al manejar los mismos esquemas clientelares y demagógicos que pusieron de moda adecos y copeyanos durante la época del pacto de Punto Fijo, apenas diferenciándose en cosas sin importancia, estarían obstaculizando y menospreciando el papel protagónico del pueblo en la toma de decisiones, considerándolo un minusválido mental que requiere ser tutorado por los entes estatales y el partido del gobierno.
Frente a esto, es indispensable que los revolucionarios estimulen un cambio de mentalidad en los sectores populares que les permita asumir un mayor compromiso con la revolución socialista, sin el asistencialismo enraizado ni la militancia dependiente que, desde 1958, ha sido un rasgo característico de la historia republicana venezolana. Todo esto combatiendo a diario y sin temores la actitud prepotente de cierta dirigencia chavista, a nivel local, regional y nacional, de querer forzar una sumisión incondicional de todos los revolucionarios, desconociendo adrede y por ignorancia la pluralidad ideológica implícita en el socialismo revolucionario.
Demás está decir que tal prepotencia e ignorancia cultivada con devoción explican el por qué se niegan algunos de estos dirigentes chavistas a establecer debates públicos con quienes disienten de su línea oficial, así como también el por qué no se atreven a darle cabida a un poder popular y comunal totalmente independientes de su influencia y gestiones clientelares. En lugar de estimular frontalmente una revolución democratizadora contra la forma-Estado, se contradicen y confrontan el ejercicio soberano de la democracia participativa por parte del pueblo.

Por ello, cada día se hace urgente iniciar acciones contundentes orientadas a reforzar y a profundizar los diversos cambios producidos, teniendo presente que sin la participación popular cualquier esfuerzo desde la cúpula del gobierno nacional resultaría en vano. Esto lo entienden los grupos oposicionistas, razón por la cual dirigen sus ataques mediáticos al proyecto revolucionario, explotando los viejos temores sobre el comunismo albergados durante décadas de propaganda por mucha gente, más que todo, perteneciente a la clase media, pero que podrían extenderse a los sectores populares de no existir una acción y un compromiso verdaderamente revolucionarios desde las instancias de gobierno, acompañadas de una gestión pública generada de modo autónomo por el poder popular.

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