1 de marzo de 2012

ALTAVOZ

TOMADO DEL LIBRO “MIS RECUERDOS” DEL PROFR. RAFAEL MARTÍNEZ MORALES, DE IXHUACÁN DE LOS REYES, SE REPRODUCEN A CONTINUACIÓN LAS PÁGINAS 45 Y 46.

Todo campesino tiene que estar dotado de paciencia para lograr una cosecha; trabajo que realiza con doble finalidad; en primer lugar, obtener fruto para el consumo de su familia; en segundo lugar, vender parte de la cosecha para satisfacer otras necesidades, como: adquirir ropa, calzado, medicinas, útiles escolares para sus hijos, y por si fuera poco, también para cumplir con las limosnas que les son impuestas.

Dotado de paciencia porque el proceso es prolongado. Empieza por preparar el terreno, continúa con la siembra, espera a que la semilla germine, y en donde, por una u otra causa no aparece la planta, tiene entonces que resembrar, es decir: recorrer nuevamente surco, para depositar otros granos en los lugares que lo requieran.

Al cumplirse el primero, el segundo y tercer mes de haber sembrado, se efectúan respectivamente limpias o escardas para evitar que crezcan otras hierbas que roben a la planta sus nutrientes. Este trabajo se realiza únicamente con azadón.

Tratándose del maíz, cuando el elote está casi convertido en mazorca, se dobla planta por planta para que el maíz no se manche y pudra con el agua de la lluvia; además de que el hecho de doblar, acelera el secamiento de la mazorca.

Además de enfrentarse a las enfermedades y plagas de las plantas, el campesino se enfrenta a muchos animales dañinos a los que combate con trampas, espantapájaros y escopetas cargadas con perdigones de plomo.

Como las siembras son de temporal, también están expuestas a meteoros como el viento cuando sopla fuerte, el granizo, el hielo y la falta o el exceso de lluvias.

Desde que se siembra el maíz hasta que se cosecha, transcurren casi nueve meses. (Esa circunstancia está sujeta al clima de la región).

El frijol se cosecha aproximadamente a los cinco meses de haberse sembrado.

Campesinos que cosechan frijol gordo, lo llevan a la ciudad para venderlo. Los intermediarios les pagan cuatro o cinco pesos por cada kilogramo; pero ellos lo venden hasta en veinte pesos, logrando una jugosa ganancia en solo dos o tres días; mientras que el campesino, después de tanto trabajo, de tanta espera e incertidumbre, recibe una paga miserable; y si tiene la mala suerte de encontrarse con un coyote, éste se lo come vivo.

Me parece que las injusticias son una de las causas por las que muchos labriegos abandonan el campo; injusticias que también hacen que nazca en ellos, el deseo y la decisión de emigrar a los Estados Unidos.
No es mi pesimismo, sino el conocimiento de la realidad, lo que me dice que jamás tendrán una vida, siquiera medianamente desahogada, quienes justo con la tierra nos alimentan.

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