El problema del panamericanismo que se expresa a través de las Cumbres de las Américas y demás instrumentos de la OEA, sigue siendo, hoy como ayer, aquello que Sandino comprendió tan bien al fragor de la guerra nacionalista y antiimperialista: la indiferencia y el servilismo de algunos gobiernos y élites políticas latinoamericanas, ante las maniobras políticas y los gestos de fuerza del gigante de siete leguas en las botas.

Andrés Mora Ramírez / AUNA-Costa Rica

Hace pocos días, consultado sobre su decisión de no asistir a la Cumbre de las Américas de Cartagena de Indias (14-15 de abril), el presidente de Ecuador, Rafael Correa, dijo sentir temor de que “nuestros pueblos se cansen de que sus presidentes estén en cumbres y ellos en tantos abismos”, y explicó: “[en estas reuniones] … no se tratan problemas fundamentales… de Nuestra América, los dos ejemplos más relevantes de esos problemas: el bloqueo a Cuba que lleva 50 años y rompe todos los principios del derecho interamericano y del derecho internacional; y la inadmisible, inaceptable colonización por parte de Inglaterra de las islas Malvinas… colonialismo en nuestra América, pero en pleno siglo XXI” (La Pupila Insonme, 16-03-2012).

Lleva razón en sus críticas el mandatario ecuatoriano: las cumbres de las Américas que se realizan desde 1994, como antes había ocurrido con las Conferencias y Congresos Panamericanos y más tarde, ya entrada la segunda mitad del siglo XX, con los conciliábulos de la OEA, han sido un instrumento fundamental de los Estados Unidos para avanzar en sus proyectos económicos, políticos, militares y, en definitiva, en su andamiaje de dominación en América Latina y el Caribe.

Afortunadamente, como ahora lo hacen Correa y otros presidentes, frente al inventario de imposiciones, abusos y arrogancia hegemónica que son la huella del panamericanismo en estas tierras, también existe una historia paralela de dignidad que reivindica a nuestra América: la de quienes supieron plantar con firmeza, en sus actos y palabras, las banderas de la dignidad y la liberación en el centro de las discusiones intelectuales y las lucha populares. Cuatro ejemplos -de muchos posibles-, representativos de cuatro momentos del devenir latinoamericano a lo largo de más de cien años, así lo demuestran.

En 1889, en el Congreso de Washington, primer antecedente de una cumbre continental, celebrada en tiempos en que el imperalismo inflamaba sus ímpetus y los diarios estadounidenses anunciaban que “ha llegado la hora de hacer sentir nuestra influencia en América”, José Martí, testigo de excepción de aquella cita, escribió:

“De la tiranía de España supo salvarse la América española; y ahora, después de ver con ojos judiciales los antecedentes, causas y factores del convite, urge decir, porque es la verdad, que ha llegado para la América española la hora de declarar su segunda independencia. (…) Sólo una respuesta unánime y viril, para la que todavía hay tiempo sin riesgo, puede libertar de una vez a los pueblos españoles de América de la inquietud y perturbación, fatales en su hora de desarrollo, en que les tendría sin cesar, con la complicidad posible de las repúblicas venales o débiles, la política secular y confesa de predominio de un vecino pujante y ambicioso, que no los ha querido fomentar jamás, ni se ha dirigido a ellos sino para impedir su extensión, como en Panamá, o apoderarse de su territorio, como en México, Nicaragua, Santo Domingo, Haití y Cuba, o para cortar por la intimidación sus tratos con el resto del universo, como en Colombia, o para obligarlos, como ahora, a comprar lo que no puede vender, y confederarse para su dominio”[1].

En 1928, en medio de su guerra de liberación nacional contra la ocupación militar estadounidense en Nicaragua, Augusto César Sandino emplazó así a los presidentes americanos reunidos en el sexto Congreso Panamericano, en la ciudad de La Habana:

“Desde los Campamentos del Ejército Defensor de la Soberanía de Nicaragua he observado sus procedimientos esperanzado de alguna acción efectiva en pro de nuestra Soberanía. Antes de que terminen las sesiones, protesto presencia de delegados ilegales del llamado president Adolfo Díaz [presidente de Nicaragua durante la ocupación] protesto contra hipocresía de Coolidge [Calvin Coolidge, presidente de EE.UU] que habla de buena voluntad y manda ejército para asesinar nicaragüenses. Protesto contra indiferencia y servilismo delegados latinoamericanos enfrente agresiones de Estados Unidos. / Llamo Repúblicas hermanas exijan retiro inmediato de Norteamericanos que están violando autonomía de mi Patria, declinando en el Presidente Coolidge, ante el mundo las consecuencias. Patria y Libertad”[2].

En 1961, ante la acción concertada de los Estados Unidos y casi la totalidad de los gobiernos cómplices de América Latina, para expulsar a Cuba de la OEA, y con el bloqueo económico imperialista ya en marcha, el líder de la Revolución Cubana, Fidel Castro, proclamó en la Segunda Declaración de La Habana:

“Los acuerdos obtenidos por Estados Unidos con métodos tan bochornosos que el mundo entero critica, no restan sino que acrecientan la moral y la razón de Cuba; demuestran el entreguismo y la traición de las oligarquías a los intereses nacionales y enseñan a los pueblos el camino de la liberación; revelan la podredumbre de las clases explotadoras, en cuyo nombre hablaron sus representantes en Punta del Este. La OEA quedó desenmascarada como lo que es; un ministerio de colonias yankis, una alianza militar, un aparato de represión contra el movimiento de liberación de los pueblos latinoamericanos”[3].

Y en 2005, en la Cumbre de las Américas de Mar del Plata, cuando pueblos y líderes latinoamericanos enterraron el proyecto panamericano ALCA, el gran tratado comercial con el que soñaban George W. Bush y los neoliberales criollos, el presidente argentino Néstor Kirchner dijo a los mandatarios de todo el continente:

“Nuestros pobres, nuestros excluidos, nuestros países, nuestras democracias, ya no soportan más que sigamos hablando en voz baja; es fundamental hablar con mucho respeto y en voz alta, para construir un sistema que nos vuelva a contener a todos en un marco de igualdad y nos vuelva a devolver la esperanza y la posibilidad de construir obviamente un mundo distinto y una región que esté a la altura de las circunstancias que sé que los presidentes desean y quieren”.

La igualdad, la esperanza y la palabra dicha en voz alta: tres rasgos que ya entonces daban sustento a los empeños y avances –no exentos de errores y sobresaltos- de la primera década latinoamericana del siglo XXI, la del fin de la larga noche neoliberal.

Nunca será mayor la historia de los agravios e imposiciones, que la historia de la dignidad y las luchas por la emancipación y la definitiva independencia de nuestra América. Pero el problema del panamericanismo que se expresa a través de las Cumbres de las Américas y demás instrumentos de la OEA, sigue siendo, hoy como ayer, aquello que Sandino comprendió tan bien al fragor de la guerra nacionalista y antiimperialista: la indiferencia y el servilismo de algunos gobiernos y élites políticas ante las maniobras políticas y los gestos de fuerza del gigante de siete leguas en las botas.


NOTAS

[1] “Congreso Internacional de Washington. Su historia, sus elementos y sus tendencias” (Carta al director de La Nación de Argentina), New York, 2 de noviembre de 1889, en: Martí, José (2005). Nuestra América (Antología), Caracas: FundaciónBiblioteca Ayacucho. Pág. 56-57.

[2]En: Ramírez, Sergio (1979). El pensamiento vivo de Sandino. San José, C.R.: EDUCA. Pág. 118.

[3]Castro, Fidel (2009). Latinoamericanismo vs. Imperialismo. México D.F.: Ocean Sur. Pág. 73-74.

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