Martí dedicó su vida a propiciar la transformación de la realidad mediante la participación de quienes debían modificarla y modificarse a sí mismos. Se trataba de fundar “un pueblo nuevo y de sincera democracia” mediante la práctica revolucionaria de las masas, y ésta debía tener al individuo como centro del proceso de los cambios.

Ibrahim Hidalgo / El Semanal (México, D.F.)

En el ideario de José Martí hallamos la más acabada expresión de la concepción emancipatoria dentro del pensamiento cubano. La guerra contra el colonialismo español era el único modo, impuesto por la necesidad histórica, de alcanzar las condiciones para fundar la República democrática mediante el desarrollo de una nación fuerte, unida, capaz de gobierno propio, sin intromisiones ajenas, al servicio de los intereses de las amplias mayorías, por encima de los que le sean ajenos para garantizar la independencia y la soberanía.

El elemento esencial de su proyecto es el ser humano, cuyo bienestar no debe esgrimirse como pretexto para actuar contra su naturaleza. No es con una concepción celeste del mundo como puede hallarse la solución al hambre, la incultura y el atraso económico. Hay “que apearse de la fantasía y echar pie a tierra con la patria revuelta”, pues no se actúa con ángeles sino con seres de carne y hueso, ni se pretende alcanzar una sociedad paradisíaca, sino una sociedad imperfecta, como toda obra humana, pero posible.

El humanismo revolucionario de José Martí va más allá de las formulaciones abstractas que idealizan a los seres humanos y desarrolla una concepción apegada a la realidad. Consideraba que “los pueblos no están hechos de los hombres como debieran ser, sino de los hombres como son. Y las revoluciones no triunfan, y los pueblos no se mejoran si aguardan a que la naturaleza humana cambie”.

Martí dedicó su vida a propiciar la transformación de la realidad mediante la participación de quienes debían modificarla y modificarse a sí mismos. Se trataba de fundar “un pueblo nuevo y de sincera democracia” mediante la práctica revolucionaria de las masas, y ésta debía tener al individuo como centro del proceso de los cambios. El hombre es el gestor, el actor y el beneficiario de la revolución, por lo que el éxito o el fracaso del proyecto emancipatorio estará en dependencia de la participación consciente de cada ciudadano, con pleno conocimiento de los objetivos colectivos e individuales, de sus deberes y derechos. Advirtió el maestro que la dicha futura de Cuba se encontrará “en el pleno goce individual de los derechos legítimos del hombre”, pues la República ha de tener por base “el carácter entero de cada uno de sus hijos, el hábito de trabajar con sus manos y pensar por sí propio”, lo que constituye no sólo un derecho sino un deber: “el primer deber de un hombre es pensar por sí mismo”.

Para el dirigente político que llamaba a su pueblo a una guerra de liberación nacional contra el poder absoluto, intransigente, antidemocrático, no bastaba con formar combatientes para las batallas a librar con fusiles, sino también para los enfrentamientos ideológicos que tendrían lugar antes, durante y después de la contienda. Por ello el individuo es el centro de su labor formativa, pues sólo el hombre capaz de decidir por sí ante las opciones que se le presentan podrá acometer conscientemente la transformación de la sociedad. Cada uno ha de asumir la realidad y actuar con independencia de criterios a partir del conocimiento de ella. Debe ser una decisión consciente, no un acto de acatamiento sumiso a lo dispuesto por otros.

En la interrelación de las personas, en el intercambio permanente de ideas es donde se concreta el vínculo hombre-sociedad. No preconizaba el apóstol una actitud individualista, sino su empeño era lograr la integración de cada uno al proceso liberador; pero sin que ello significara la anulación de la persona, pues para forjar la dignidad colectiva de un pueblo ha de partirse del respeto a la individualidad humana. Los ciudadanos de la República nueva debían formarse en el amor a la patria, en el conocimiento de sus deberes y derechos y en el convencimiento de que la independencia de la nación sólo estaría garantizada con la del individuo plenamente integrado a la sociedad.

La redención que perseguía el proceso revolucionario no era formal sino efectiva, por lo que Martí señaló: “Ni la originalidad literaria cabe ni la libertad política subsiste mientras no se asegure la libertad espiritual. El primer trabajo del hombre es reconquistarse.” El pueblo cubano, deformado por el colonialismo, debía conquistar no sólo la independencia política, entendida como el derecho al gobierno propio y al establecimiento de la República democrática, sino también la independencia de las mentes: “la primera libertad, base de todas, es la de la mente”. Un país será más libre, próspero y seguro en la medida en que cada uno de sus hijos piense y sienta con alma de nación.

En la concepción martiana, el elemento esencial de la nación es el ser individualmente considerado, cuya unión la constituye el pueblo, pero no entendido como un ente abstracto, amorfo, sino como un conjunto de personas dignas de respeto: “Ese respeto a la persona humana que hace grandes a los pueblos que lo profesan y a los hombres que viven en ellos y sin el cual los pueblos son caricaturas y los hombres, insectos.” Considerado de este modo, el concepto de pueblo gana una dimensión concreta que hace factible el mejor entendimiento del criterio de la relación individuo-sociedad, donde aquel, unido al resto de sus conciudadanos, no ha de pretender erigirse en amo de otros sino en servidor de la colectividad.

Para movilizar a las masas tras un proyecto emancipatorio, éste ha de tener en cuenta las lecciones políticas del maestro: la sociedad democrática que se postula ha de organizar la producción y la distribución de la riqueza para satisfacer las necesidades materiales y espirituales de cada individuo, y de alcanzar la genuina solidaridad, al superar el individualismo mediante la potenciación de los valores humanos.

Actualmente, los enemigos de la humanidad tratan de aplastar en los hombres y mujeres las virtudes y toda posibilidad de mejoramiento. Opongamos nuestras esperanzas combativas a la arbitrariedad, la explotación y el odio. Así será posible un mundo mejor.

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