¿Por qué el sólido Estado mexicano nacido de la revolución y del cardenismo se convirtió en un semiestado mientras países mucho más débiles y con menos recursos, como Bolivia, tratan en cambio de dejar de ser semiestados para reforzar la unidad nacional y el Estado en una nueva revolución de independencia?

Guillermo Almeyra / LA JORNADA

La gran ofensiva planetaria dirigida por el capital financiero intenta mantener alta la tasa de ganancia acrecentando la explotación de los trabajadores y el despojo de todas las empresas y bienes nacionales acumulados por las luchas de los pueblos, así como la depredación del ambiente.

Esa ofensiva implica la utilización de los estados de las grandes potencias para servir al capital financiero, salvar los bancos y las grandes empresas y potenciar las concentraciones de éstas mientras se somete a los pequeños estados al papel de vasallos, de protectorados, de semiestados que no pueden controlar ya sus finanzas, sus fuerzas armadas, su política exterior e interior, aunque conserven la apariencia de independencia formal, como lo ilustra el ejemplo de Grecia (pero también el de España, Portugal, Italia e Irlanda).

En el caso de México, que importa de Estados Unidos más de tres cuartas partes de sus alimentos y exporta al norte más de cuatro quintos de sus productos, y cuyo sistema bancario y financiero es casi completamente extranjero, hay una virtual anexión económica y un claro vasallaje. Este se expresa, además, en que nuestro país depende de un comando estratégico estadunidense, ha aceptado la presencia en su territorio de importantes contingentes de la FBI, la DEA, la CIA y de todos los servicios de inteligencia que Washington quiera imponer.

La gran industria “mexicana” es casi toda extranjera y las principales exportaciones nacionales son millones de trabajadores baratos y el petróleo crudo que Pemex exporta mientras importamos combustibles refinados. Asimismo, la guerra perdida por el debilísimo Estado nacional con la parte cada vez mayor del capital implicado en el narcotráfico y entrelazado con los poderes de ese Estado, muestra claramente que México es lo que era China en los años 20-30 del siglo pasado, o sea, un país semicolonial con un semiestado fragmentado en poderes locales y cuyo gobierno central carece totalmente de consenso y autoridad moral, y es simplemente el más grande de los poderes delincuenciales, pero una presa inerme para cualquier imperialismo.

¿Por qué el sólido Estado mexicano nacido de la revolución y del cardenismo se convirtió en un semiestado mientras países mucho más débiles y con menos recursos, como Bolivia, tratan en cambio de dejar de ser semiestados para reforzar la unidad nacional y el Estado en una nueva revolución de independencia? La revolución mexicana destrozó a la oligarquía azucarera y a los grandes terratenientes, que eran el sector más importante y dinámico del capitalismo de aquella época, y abrió el camino a la ciudadanía, a los oprimidos. Pero esa revolución democrática de masas que, como las contemporáneas revoluciones rusas, china, persa, formaba parte de un levantamiento anticapitalista mundial, no fue dirigida por los obreros y campesinos, sino por sectores de las clases medias, todos los cuales coincidían en la necesidad de construir un Estado capitalista. Apoyados en el consenso que les daba la revolución, construyeron las bases del Orden, o sea, de la potencial contrarrevolución.

A los campesinos que querían tierras y reforzar las comunidades les dieron derechos agrarios y los canalizaron y controlaron mediante la Confederación Nacional Campesina; a los obreros les negaron el derecho a decidir su destino y la política del país y compensaron esa expropiación con ventajas materiales y leyes favorables mientras los controlaban con el charraje de Morones, de Lombardo Toledano, de Fidel Velázquez y la CTM. El corporativismo de moda en los años 20-30 en la Italia fascista, la URSS stalinista, la Alemania hitlerista, fue el eje de la construcción del Estado moderno en México con Lázaro Cárdenas y sobre todo con sus seguidores. En un sistema de virtual partido único las disidencias importantes (vasconcelismo, henriquismo, neocardenismo) sólo podían surgir del seno del partido-gobierno. Éste contaba con el monopolio político y con un amplio consenso y a veces, por necesidad de imagen, inventaba incluso su oposición (como el PSP), como con López Portillo, quien presentaba su candidatura presidencial sin oposición.

Pero el consenso duró mientras duró el pacto que establecía “yo te cedo mis derechos políticos y te dejo gobernar, pero tú mejoras mis condiciones de vida”. El consenso de masas que permitió al PRI gobernar sin recurrir al ejército (hacía matanzas limitadas y localizadas), a diferencia de lo que pasó en otros países latinoamericanos donde la lucha de clases era más aguda y el consenso de que gozaban los gobernantes mucho menor, se rompió a partir de la mundialización en los años 80 con Miguel de la Madrid, Salinas de Gortari y todos los neoliberales posteriores. Esa ruptura del consenso abrió el camino a la violencia. Allí se rompió también el PRI, con la escisión de Cárdenas y Muñoz Ledo, que intentaron en vano construir el PRD como un neoPRI democrático, nacionalista, deseoso de desarrollar una inexistente burguesía nacional. Entonces se cayeron también las bases del consenso al Estado nacido con el PRM y el PRI. El apoyo de masas a un nacionalismo como el priísta muy vagamente antiimperialista (pues desde Lázaro Cárdenas ningún presidente realmente lo fue) y a un reformismo sin grandes reformas que cerró por otra parte el camino al surgimiento de tendencias socialistas masivas y produjo un fenómeno mexicano –el nacionalismo revolucionario socializante– que se convirtió en una traba histórica para el anticapitalismo organizado.

No hay pues resultado electoral que por sí solo pueda modificar ese derrumbe del pacto social producido por la mundialización, por el debilitamiento de la dominación de las clases gobernantes y por su fragmentación actual. La construcción de otro Estado nacido de la autonomía y la autogestión sólo es posible cambiando radicalmente la relación de fuerzas sociales y con un programa claramente anticapitalista.

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