México es el espejo en el que Centroamérica debería mirarse con sentido crítico, porque hacia ese estado de cosas que hoy compromete su futuro y su existencia como nación, vamos también los centroamericanos sin que, por ahora, se vislumbre una ruta alternativa posible.

Andrés Mora Ramírez / AUNA-Costa Rica

 

Para quienes acostumbramos seguir, con genuino interés y solidaridad los acontecimientos que afectan al pueblo mexicano, las noticias que llegan en las últimas semanas –aquellas que no son filtradas por los censores de los medios hegemónicos- provocan una doble preocupación: primero, por el futuro de un país que por su historia y cultura está llamado a ser un faro en nuestra América; y segundo, porque las consecuencias de los procesos que allí se desarrollan, bajo la égida de los Estados Unidos, necesariamente tendrán una incidencia directa sobre Centroamérica.
Esta semana, por ejemplo, apenas unos días después del fracaso al que la diplomacia estadounidense condujo la Cumbre de Antigua, Guatemala, en un incidente que dio al traste con los esfuerzos de articulación de una política centroamericana de combate a las drogas, los mandatarios de Estados Unidos y México y el primer ministro de Canadá celebraron en Washington su propia cumbre para definir estrategias comunes, de alcance regional, en la guerra contra el narcotráfico y el crimen organizado.
En la reunión, con el visto bueno del presidente mexicano Felipe Calderón, no solo se definió una posición común del bloque norteamericano en este tema de cara a la Cumbre de las Américas en Cartagena de Indias (algo a lo que también aspiraba la cita centroamericana en Antigua), sino que se acordó crear un nuevo mecanismo de diálogo y acción con los países de Centroamérica. El presidente Barack Obama declaró a la prensa que “estos cárteles y los narcotraficantes significan una excepcional amenaza para nuestros vecinos centroamericanos, así que estamos uniendo fuerzas”

[1].

Más allá del gesto de falsa benevolencia, porque Estados Unidos renunció desde 2004 a la prohibición del tráfico de armas de asalto, que son las que estos grupos delictivos adquieren en el mercado estadounidense, el mensaje hegemónico para la clase política centroamericana es contundente: será únicamente en Washington, y no en algún otro punto de la geografía política mesoamericana, como intentó hacerlo el presidente de Guatemala, donde se definirá el curso de la guerra contra el narco. Así de sencillo y tajante es el dictum imperial.
Pero esta subordinación casi total de México a la geopolítica estadounidense, que los analistas especializados definen como “servidumbre estratégica”, o los fenéomenos de violencia y criminalidad que se extienden a Centroamérica, no son los únicos focos de preocupación: también en el orden socioeconómico, a partir de los condicionamientos y nuevas realidades creadas por los tratados de libre comercio, hay tendencias perniciosas que se proyectan con fuerza hacia nuestros países.
En el contexto de su experiencia de 18 años en el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), México exhibe hoy el rostro deforme del capitalismo neoliberal avanzado, el de la desigualdad brutal y la pobreza extrema: según datos del Banco Mundial, el 20% de la población mexicana de más bajos ingresos, unos 22,6 millones de personas, “participan sólo con 3.8% del consumo nacional de bienes”, en tanto que el 20% de la población de mayores ingresos “realiza un gasto en bienes que equivale a 56.7% del consumo total en la economía”[2].
Además, como consecuencia del tratado de libre comercio, “México importa el 33% de lo que consume [en alimentos], pasando de 250.000 toneladas antes del TLCAN a los 13 millones actuales”; más de 2 millones de campesinos perdieron y abandonaron sus tierras, y ante la ausencia de alternativas de empleo, engrosan el éxodo de migrantes a los Estados Unidos; la pobreza extrema alcanzó a 20 millones de personas en 2010; el 25% de la población no tiene acceso a los alimentos básicos y, de acuerdo con el l Instituto Nacional de Nutrición, en 2011 se estimaba en “728.909 el número de niños menores de cinco años desnutridos”[3].
A lo anterior debe sumarse el ataque sistemático a los derechos de los trabajadores, el despojo de los pueblos indígenas, la degradación del sistema político y la aculturación que avanza poderosamente a través de los espejismos y trampas de la sociedad del consumo. Este drama es el que lleva a intelectuales mexicanos, como el ensayista Gustavo Ogarrio, a describir el presente de México con una alegoría escatológica: “después de devorarnos política y culturalmente, el estómago del imperio nos devuelve bañados en los jugos gástricos de la ensoñación, la marginación y la persecución”[4].
Los países centroamericanos apenas inician su recorrido en el acuerdo comercial con Estados Unidos, pero la sombra de los resultados del TLCAN gravita como un fantasma. Los beneficios prometidos por gobiernos y negociadores a la población, no aparecen por ninguna parte: en cambio, los ganadores y los perdedores siguen siendo los mismos.
Por eso, la dolorosa lección mexicana no puede ser pasada por alto: es la lección de la servidumbre estratégica como destino, de la asimilación neocolonial, de la concentración de la riqueza a niveles escalofriantes, del aumento de la pobreza, de las violaciones de derechos humanos esenciales y de la asfixia de la democracia a manos de los cárteles del narcotráfico, de la política y de los negocios.
México es el espejo en el que Centroamérica debería mirarse con sentido crítico, porque hacia ese estado de cosas que hoy compromete su futuro y su existencia como nación, vamos también los centroamericanos sin que, por ahora, se vislumbre una ruta alternativa posible.

 


NOTAS
[1] La Jornada (2012, 3 de abril). “México, Canadá y EU planean crear frente común anticrimen organizado”. La Jornada. Recuperado de: http://www.jornada.unam.mx/2012/04/03/politica/013n2pol
[2] González Amador, Roberto (2012, 1 de marzo). Mexicanos ricos consumen 56.7% de bienes; los pobres, apenas 3.8%. La Jornada. Recuperado de: http://www.jornada.unam.mx/2012/03/01/economia/029n1eco
[3] Carlsen, Laura (2012, 1 de febrero). “México se muere de hambre”. CEPRID. Recuperado de: http://www.nodo50.org/ceprid/spip.php?article1340

[4] Ogarrio, Gustavo (2010). La orilla latinoamericana. Imperialismo, migración y la nueva condición latinoamericana. Ensayos Pedagógicos, Nº 5. Pp. 217-224. Heredia, Costa Rica: Universidad Nacional.

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