martes 10 de abril de 2012

Javier Auyero – Agustín Burbano de Lara (APE)

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1.
-¡Qué boluda!
-Lucas! No la llames así a la Sammy.
-Pasa que Agus, ¡cómo va a querer ser gendarme!
-Ella puede ser lo que quiera. Por eso les traje esta hoja, porque tu tía me dijo que querían saber que se necesitaba para entrar a la policía, a la gendarmería y al ejército.
-Yo prefiero cien mil veces ser policía.
-¿Y eso por qué Sergio?
-Porque el policía es amigo de todos. El policía está bien con los chorros, está bien con el tranza y está bien con los de la feria… yo cuando sea grande quiero ser amigo de todo mundo.
-Boludo vos! Si yo fuera gendarme les diría a todos esos lo que tienen que hacer. Y como el gendarme tiene más poder que la gorra, puede ganar más guita.
-Agus… y para qué voy a querer ser gendarme si lo que quiero es no tener problemas con nadie?
Aquel diálogo ocurrió la mañana de algún sábado de invierno en el que Samanta (9), Sergio (12), Lucas (13) y Gonzalo (14) desayunaron con uno de nosotros para conversar sobre las fotografías que habían tomado al lugar sobre y en el cual han ocurrido hasta el momento todos los días de su vida. Al igual que el resto de asentamientos informales de Cuartel IX, Juan Manuel de Rosas está trazado por la falta de asfalto, la falta de agua potable, la falta de energía eléctrica, la falta de alumbrado, la falta de recolección de basura, la falta de cloacas y todo el resto de faltas comunes y corrientes en los lugares donde siempre faltó la dimensión material del Estado. En el barrio donde Samanta, Sergio, Lucas y Gonzalo viven, la ausencia de infraestructura urbana básica es tal que inclusive la cadena alimenticia anda algo dada vuelta: en Juan Manuel de Rosas son las ratas las que se comen a los perros pequeños y a los gatos.
2.
El porqué llegamos al barrio es una historia que empezó hace poco más de tres años cuando recorriendo las calles de Cuartel IX nos preguntamos por el cómo podían los niños y niñas de este barrio habitar aquel suelo y sobrevivir a aquellas historias de violencia que día a día contornan sus vidas. Con el transcurrir del primer año, las prioridades de la investigación se jerarquizaron de acuerdo a la importancia y a los efectos que los niños y niñas con los que tuvimos contacto atribuían al vivir en un medio que por un lado está ambientalmente contaminado y que por el otro se encuentra socialmente atravesado por cientos de historias de distintos tipos de violencia. Tras haber empezado como una investigación que buscaba dar cuenta el cómo se normalizaba la exposición a la contaminación en la vida cotidiana -cuando el orígen de ésta última no era fenomenológicamente perceptible, por ejemplo, el polo petroquímico de Dock Sud-, la presente devino en una etnografía que sobre un suelo urbanamente destituído y un medio ambiente altamente contaminado se preguntó por el cómo las distintas formas de violencia -violencia delictiva, violencia sexual, violencia pública, violencia doméstica y violencia relacionada con el consumo y la distribución de drogas- que atraviesan cotidianamente la vida de los habitantes del barrio se hilvanan unas con otras formando una cadena de violencia. Ya sea desde la posición privilegiada de quienes día a día -y sin necesidad de inducirlo como tema de conversación- escuchaban de boca de niños, niñas y preadolescentes sus experiencias de exposición directa e indirecta a la violencia, o desde la mirada de los sociólogos que empezaron a recorrer las calles del barrio para conocer a sus habitantes y a las trayectorias de las historias cuyos efectos resonaban y se percibían dentro del aula, registramos y reconstruimos cerca de un centenar de historias que son el principal material de nuestra etnografía. De la misma forma en cómo ahora pretendemos convencer a nuestros lectores a través del “mostrar” más que del “contar”, estos 30 meses de trabajo de campo nos demostraron que uno de los componentes claves de la formación de las cadenas de violencia es el Estado, y más precisamente, las formas en como éste aparece y desaparece a través de las distintas instituciones y los distintos agentes estatales que interactúan cotidianamente con los habitantes de Cuartel IX. El propósito de las siguientes líneas será, entonces, compartir con ustedes dos pequeñas historias que nos ayudarán a comprender el rol que las fuerzas represivas del Estado cumplen en la reproducción de la violencia. Solamente a partir de ésto entenderemos adecuadamente la manera en la que sus distintos agentes son percibidos en el imaginario de los niños y niñas pre-adolescentes a quienes pertenece el diálogo con el que abrimos esta pequeña nota.
3.
“Yo fui chorro y transa” nos confiesa Jorge, un padre de familia introvertido de 40 años de edad que sorprendió a todos cuando compartió parte de su biografía frente al grabador. Su historia es la de un transa que consiguió protección de la gendarmería en el mismo momento en el que pensó que no solamente su actividad se acabaría sino también su propia vida. “Cuando empezamos traficando en Las Violetas (un barrio pobre cercano), tuvimos un arreglo con la policía. Todos los fines de semana vendrían ‘a buscar el sobre’ (recibir su parte). Los policías sabían que vendíamos drogas pero no nos molestaban. Lo que hacían era liberarnos la zona. Si no les pagábamos cada fin de semana, estábamos en problemas y terminábamos en la cárcel. Cierta vez nos movimos a otro barrio a vender cocaína. Sin darnos cuenta, molestamos a la policía que ya tenía un arreglo con alguien más que vendía allí. Un día, cuando el malestar se hizo evidente, unos gendarmes quisieron saber cuál era el problema. Nosotros tratamos de negar que algo malo ocurría. Gendarmería siempre tuvo mejor reputación que la Bonarense y teníamos miedo de confesar que vendíamos droga hasta que ellos amenazaron con matarnos. Estábamos arrodillados de espaldas, con las pistolas detrás de nuestra nuca. De repente, en el momento en que supuestamente nos dispararían, nos ofrecieron protección a cambio de un pago superior al que recibía la policía. Lo sabían todo sin que les digamos. Y como los gendarmes tienen más peso que la policía y nosotros estábamos con ellos, empezamos a dominar el barrio”.
4.
Lucía tiene 13. Su hermana mayor, Florencia, tiene quince. Hace casi un año que ambas dejaron de ir a la escuela y hace dos meses que Florencia es madre. Nadie sabe quien es el padre y Florencia no lo quiere decir. El día de ayer, Lucía fue víctima de un ataque brutal propiciado por su vecino de enfrente, un transa pesado (“un poronga”) que a su vez es el padre de Soledad, la amiga con quien salió hace dos noches sin avisar y con quien regresó no muy temprano la siguiente mañana. Lucía fue agredida con patadas en la calle por los padres de Soledad quienes porteriormente, le cortaron todo su pelo. Soledad llegó aquel día llena de chupones en el cuello y ambos sostienen en contra de Lucía que “a mi hija la violaron por tu culpa”. La historia de lo que sucedió aquella noche nunca quedó del todo claro para nosotros, pero lo que logramos reconstruir a partir de los vecinos fue, verdaderamente, horripilante. Cerca de la casa de Lucía y Soledad funciona La Salada, una de las ferias informales más grandes de América Latina. Cada día, miles de colectivos llegan de toda la Argentina para hacer negocios, en su mayoría, de productos textiles. Dos veces por semana las ferias abren sus puertas a las doce de la noche y las cierran antes del medio día de la mañana siguiente. Según algunos vendedores ambulantes de gaseosas y algunos otros habitantes del barrio con los que conversamos, cuando la gente ha descendido de los buses para hacer sus compras, algunos choferes transforman su interior en prostíbulo. Dentro de éstos buses se explota sexualmente a adolescentes de la edad de Lucía y Soledad que ofrecen sexo oral (“petes”) a cambio de sus primeros ingresos. Lo más perverso de todo es que gran parte de la clientela son los mismos policías que brindan “protección” en los accesos de entrada y salida de la feria. Los vecinos con los que conversamos creen que fue en el estacionamiento de la Ribera donde Lucía y Soledad pasaron gran parte de aquella noche.
5.
No es nuestro interés el de buscar “una verdad” -algo propio del periodismo y del ámbito jurídico- acerca de la historia de Jorge o de si Lucía y Soledad acudieron “efectivamente” a los colectivos estacionados de la feria aquella noche. Lo que nos interesa, sociológicamente hablando, son los efectos que tanto el comportamiento de las fuerzas represivas del Estado como las creencias y las representaciones que los habitantes del barrio se hacen de ellos poseen en la formación de las cadenas de violencia. Son varias las historias reconstruídas en las que los casos de violación en el barrio se resolvieron a través de linchamientos colectivos sin acudir a la policía. Nos tomó tiempo comprender porqué el sentido común de la gente del barrio no encontraba en la policía un recurso eficaz para combatir la violencia sexual, y no fue hasta que conocimos lo que una habitante describe como “la policía petera” que comprendimos su verdadera extensión. ¿Por qué habrían los vecinos de Cuartel IX acudir a la policía en un caso de violencia sexual como el de Lucía y Soledad cuando se cree firmemente que es la misma policía la que perpetra aquel acto que se busca denunciar? En nuestro trabajo de campo tenemos evidencia que corrobora de sobra historias como las de Jorge -no así en cambio, la de Lucía y Soledad. No obstante, si la creencia de los habitantes del barrio sobre la existencia de una “policía petera” es real, ésta es también real en sus efectos. Dicho de otro modo: nadie que crea en la policía petera tiene porqué, en su sano juicio, acudir a un policía en un caso de violencia sexual.
6.
No son muchos los referentes ocupacionales y los modelos de vida que un distrito como Cuartel IX puede ofrecer a los niños y niñas como pretensiones de vida “cuando sean grandes”. Víctimas del relegamiento económico, social y urbano, el futuro de los chicos se dirime -a grandes rasgos y no de forma exhaustiva- entre el emprendimiento en algún eslabón de la dinámica económica informal de la feria, entre el involucramiento en actividades ilícitas como la venta de droga y el robo y entre el ingreso a una institución del aparato represivo del Estado. Las fronteras entre los tres espacios principales de la vida económica del barrio son permeables y la presencia de una persona ocupando un lugar en uno no impide que tampoco pueda sacar provecho del otro. Entre las personas que reproducen su vida en uno u otro espacio subyacen relaciones sociales anteriores más relevantes para su vida cotidiana que los roles y las funciones pre-establecidos institucionalmente, por ejemplo, en las fuerzas represivas del Estado. Los sectores populares de Cuartel IX son, en este caso, los llamados a ocupar los lugares vacíos de dos espacios que, en el caso de las actividades ilícitas y de las fuerzas represivas, son solamente en apariencia, antagónicos. Sergio, Sabrina, Gonzalo y Lucas lo saben. Por eso Sabrina quiere ser Gendarme, porque su corta experiencia de vida le ha demostrado que el Gendarme, aunque no pueda enraizarce como el policía en un territorio, tiene más poder y puede hacer más guita. Es la misma razón por la que Sergio quiere ser policía. Tener más poder que el resto es algo que no le convence a él que le gusta verse como un tipo amiguero: “cuando sea grande quiero llevarme bien con todo el mundo”. (No sabemos sinceramente si Sergio podrá llegar a ser policía: al nacer se contagió de VIH por la sangre de su madre y tiene evidentes problemas de crecimiento).

Publicado por ARGENPRESS

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