sábado 28 de abril de 2012

Las izquierdas latinoamericanas están ante un nuevo escenario. La hegemonía norteamericana ya es menos omnipotente, hemos recuperado capacidad de autodeterminación y maniobra, tenemos un variado repertorio de gobiernos progresistas pero, al propio tiempo, aún no hemos creado un nuevo proyecto de mayor alcance histórico.
Nils Castro / Especial para Con Nuestra América
Intervención ante la 2ª Conferencia de Líderes Parlamentarios Progresistas “Rewrite the world”, celebrada en Roma el 19 y 20 de abril de 2012.
Actualmente hay gobiernos progresistas o de izquierda democrática en la mayoría de los países sudamericanos y en dos países centroamericanos. Ellos expresan una diversidad que viene de distintas realidades y procesos nacionales y, aunque no representan un modelo político‑ideológico común, sí coinciden en algunos rasgos muy importantes.
Estos gobiernos han resultado de los rechazos sociales y electorales a las consecuencias socioeconómicas y morales de la  imposición del neoliberalismo. En unos países, tales repudios llegaron a ser tan masivos que hicieron colapsar al sistema político tradicional y posibilitaron reformas constitucionales que buscaban “refundar” el Estado[1]. Allí esos gobiernos ahora tienen mayor poder institucional y pueden ser más radicales. En otros lugares, esos gobiernos llegaron adonde están a través de elecciones realizadas dentro del viejo sistema político. Por lo tanto controlan menos poder y siguen políticas más moderadas[2].
Lo que todos tienen en común es su origen antineoliberal y, por consiguiente, su aspiración a recuperar mayor soberanía y autodeterminación, así como reconocer las responsabilidades sociales del Estado, mejorar la distribución de la riqueza, la justicia y la equidad sociales, fortalecer la salud y la educación públicas, combatir la discriminación y la corrupción, etc. Esto ahora facilita el diálogo y la concertación entre ellos, como lo refleja el fortalecimiento del Mercosur[3], la formación de la UNASUR[4], la constitución de la ALBA[5] y, más recientemente, la creación de la CELAC[6]. En cada una de estas iniciativas regionales los gobiernos progresistas ejercen una influencia preponderante.
Así pues, a nivel gubernamental ya ha venido progresando la formación de varios foros de diálogo, concertación y cooperación. Ello se ha logrado a través de un manejo pragmático y gradual de las coincidencias e iniciativas de los gobiernos progresistas, tratando asuntos de interés general que permitan involucrar también a los gobiernos más conservadores.
Ahora bien, la elección de estos gobiernos no resultó de los atractivos de una propuesta de nuevo tipo, sino principalmente del repudio colectivo al deterioro social y moral que las imposiciones neoliberales habían causado. Se votó contra lo que existía, no a favor de otro proyecto alternativo. Esa respuesta social rechazó tanto a la situación existente como a los partidos, discursos y liderazgos que se prestaron a administrar y justificar aquellas imposiciones y sus consecuencias.
Sin embargo, en la mayoría de los casos, ello sucedió en circunstancias de reflujo de la cultura política de la mayor parte de los electores, a lo que contribuyó un conjunto de factores que ustedes conocen. Los efectos de la abrumadora ofensiva neoconservadora desatada durante los regímenes de la señora Tatcher y el señor Reagan, la claudicación de los liderazgos socialdemócratas que abandonaron sus principios históricos para acoplarse al reinado neoliberal, así como la extinción de las ilusiones guerrilleras y el desmoronamiento del llamado socialismo real, que no solo tuvieron consecuencias socioeconómicas y políticas, sino también equívocos efectos psicológicos, intelectuales y culturales.
Si comparamos las corrientes político‑ideológicas más activas de América Latina en los años 60 y 70 del siglo pasado con las que vinieron después, se constata que en las primeras el denominado “factor subjetivo” del proceso revolucionario estaba bastante más desarrollado que el “factor objetivo”, aunque lo estuviera en una dirección equivocada. Había proyectos revolucionarios que, acertados o no, eran capaces de movilizar audaces vanguardias políticas.
Por ejemplo, cuando el Che Guevara se alzó en Bolivia, las estadísticas latinoamericanas de pobreza, explotación, hambre y marginación eran dramáticas, pero menos graves de lo que llegarían a ser en los años 90. Es decir, a finales del siglo llegamos a tener mayores razones objetivas para rebelarnos, pero ya no quedaban proyectos revolucionarios que encaminaran la indignación social en ese sentido[7]. Al contrario, en los años 90 ese proyecto se había desvanecido sin que otros lo remplazaran, dejándonos el vacío que siguió a la ausencia de los modelos revolucionarios y socialistas del siglo XX, que eran los entonces conocidos.
Así, cuando el disgusto de una gran masa de ciudadanos rompió con los actores políticos tradicionales y buscó otras opciones, las halló primero en rebeliones urbanas que defenestraron gobiernos sin construir otras opciones. Luego, encontrando inesperados liderazgos de nuevo tipo, o revalorando otras organizaciones que ya estaban constituidas, como el Frente Amplio uruguayo o el PT brasileño. Pero al volver a votar esa masa escogió un camino diferente, no el camino revolucionario, ni otro ya conocido. Eligió una alternativa que creyó socialmente más comprometida, para cambiar la situación sin volver a pasar por anteriores sobresaltos, autoritarismos, lucha armada ni hiperinflaciones.
Para ello esa masa electoral votó por actores que venían de las izquierdas, pero no por sus anteriores programas rupturistas. Y estos actores, a su vez, captaron ese voto proponiendo programas de baja tensión, incluyentes y gradualistas para solucionar las demandas populares más inmediatas. En otras palabras, llegaron al gobierno con la promesa de corregir disparates, satisfacer reivindicaciones y humanizar el desarrollo, pero sin haber esclarecido cuál podrá ser la hoja de ruta para seguir de allí hacia los ideales por los cuales antes peleó. Es decir, sin haber creado otro proyecto estratégico con el cual ir más allá de rescatar principios éticos y resolver las calamidades del tsunami neoliberal.
Con lo cual ha despertado a un nuevo antagonista. Porque las derechas, vencidas y temporalmente desconcertadas, no perdieron su poderío económico, social y mediático, que ahora les facilita renovar el aprovechamiento de sus ventajas en el esfuerzo por recuperar el poder político desarrollando un nuevo discurso, imagen y mitos, que deberemos saber superar.
Así las cosas, insertas en un mundo que tras su más reciente globalización y la actual crisis sistémica ya no volverá a ser el mismo, las izquierdas latinoamericanas están ante un nuevo escenario. La hegemonía norteamericana ya es menos omnipotente, hemos recuperado capacidad de autodeterminación y maniobra, tenemos un variado repertorio de gobiernos progresistas pero, al propio tiempo, aún no hemos creado un nuevo proyecto de mayor alcance histórico. Reto que demanda un diálogo permanente, que abarque a toda la pluralidad de nuestras organizaciones y corrientes, en nuestra región y con las izquierdas de todo el planeta.
Intercambiar experiencias, ideas y cooperaciones es indispensable para fecundar nuestras capacidades creativas, para crear proyectos confiables y factibles. Hay una intelectualidad latinoamericana que ya lo hace a través de diversas páginas de prensa y medios electrónicos. Pero es indispensable sistematizar ese impulso dentro de los partidos, hoy más ocupados en resolver problemas coyunturales y electorales que en desarrollar nueva cultura política y previsión estratégica.
En América Latina nuestros partidos buscan construir espacios de intercambio político‑ideológico. Hay un Comité de la Internacional Socialista para América Latina y el Caribe que aún no ejerce su necesario papel de instancia de debate creativo, de y para los latinoamericanos, y en cierto grado es cautivo de las controversias de una socialdemocracia europea que todavía busca reencontrar su identidad y proyección histórica.
Existe la Conferencia Permanente de Partidos Políticos de América Latina y el Caribe (COPPPAL), que agrupa un numeroso abanico de partidos nacionalistas, populares y reformistas. Es un escenario vivo para una mayor diversidad de diálogos, pero no ha logrado modos de subsistir con sus propios recursos económicos. La COPPPAL ha suscrito acuerdos con asociaciones de partidos asiáticos y africanos, e identificado interlocutores norteamericanos, pero no tiene contrapartes europeas.
Y contamos con el Foro de Sao Paulo, que agrupa a las organizaciones de las diversas corrientes de las izquierdas latinoamericanas. Es una colectividad política vivaz e independiente, como lo comprueba su agenda de discusiones temáticas y el activismo de sus grupos subregionales, y su incipiente diálogo con partidos y agrupaciones políticas de otras áreas del mundo. Sin embargo, este Foro aún amalgama a pequeños grupos contestatarios junto con grandes partidos con opción de poder, y el debate crítico aún no madura propuestas sobre cómo amasar fuerzas y caminos para reconducir la gestión de nuestros actuales gobiernos progresistas hacia objetivos de mayor perspectiva estratégica.
Hay fundamentadas razones para ser optimistas. Desde cuando hace 10 años fracasó el golpe de las derechas para derrocar a Hugo Chávez, América Latina ha probado distintas rutas y avanzado a grandes zancadas. Jean‑Luc Mélenchon ha declarado que hace suyo el modelo organizativo del Frente Amplio uruguayo y la propuesta ecuatoriana de la Revolución Ciudadana, y tiene buenos motivos para decirlo[8]. Las iniciativas progresistas latinoamericanas están creando sueños y soluciones válidos para nuestros hermanos de otras regiones del mundo.
Aunque no hemos dilucidado los necesarios proyectos de mayor plazo, seguimos avanzando. Múltiples injusticias se han corregido, millones de latinoamericanos han salido del hambre y la pobreza, han adquirido ciudadanía y recuperado dignidad, y a naciones enteras se les ha abierto un nuevo horizonte de esperanzas confiables.  ¿Dónde radica entonces el problema? Su naturaleza fue identificada y explicada por unos de los mayores exponentes del genio creativo socialista, Antonio Gramsci, hace casi 100 años.
No apenas porque gran parte de Sudamérica transita la situación donde lo viejo está agónico pero lo nuevo que habrá de remplazarlo aún está formándose. Más que eso, porque una de las tareas fundamentales que ahora requerimos es volver a actualizar la cultura política socialista de los sectores populares y llevarla a la vanguardia de los acontecimientos. Superar el rezago de los llamados “factores subjetivos”, para adelantarlos a la dramática situación objetiva y procurarle soluciones factibles y sustentables.
Es decir, la misión de producir contracultura y construir una nueva hegemonía cultural que alcance más allá de las actuales circunstancias, una cultura política nueva que pueda prender en las masas y guiarnos por las rutas más apropiadas a cada perspectiva nacional. Eso desborda el papel de los gobiernos progresistas. Los gobiernos administran instituciones en condiciones donde no se puede hacer mucho más de lo que cada situación les permite. Formular un nuevo horizonte, los vías para construirlo y educar las organizaciones populares necesarias para desbrozar esos caminos, es tarea de los partidos y de las colectividades internacionales de partidos.
Si esto se hace o deja de hacer, es a todos nosotros a quien cabe esa responsabilidad.

NOTAS
[1]. Bolivia, Ecuador y Venezuela.
[2]. Por ejemplo, no tienen mayoría parlamentaria, el poder judicial sigue en manos de la derecha, tienen pocos medios para contrarrestar a la prensa reaccionaria, etc.
[3]. Mercado Común del Sur, integrado por Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay, con Venezuela como país en proceso de incorporación y Bolivia, Chile, Colombia, Perú, y Ecuador como países asociados y México como observador. Su propósito es garantizar “La libre circulación de bienes, servicios y factores productivos entre países, el establecimiento de un arancel externo común y la adopción de una política comercial común, la coordinación de políticas macroeconómicas y sectoriales entre los Estados partes y la armonización de las legislaciones para lograr el fortalecimiento del proceso de integración”. Aunque su fundación es anterior a los respectivos gobiernos progresistas, la aparición de éstos lo sacó de sus dificultades iniciales, lo potenció en lo económico y fortaleció su papel político.
[4]. Unión de Naciones Sudamericanas, que los incluye a todos, con la misión de “construir una identidad y ciudadanía suramericanas y desarrollar un espacio regional integrado”. Al dotarla de una Secretaría General se encaminó a formar una institución permanente con un liderazgo político a nivel internacional.[
[5]. Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América, integrada por los gobiernos progresistas más radicales, con énfasis en la lucha contra la pobreza y la exclusión social, con fundamento en la creación de mecanismos que aprovechen las ventajas cooperativas entre las diferentes naciones asociadas para compensar las asimetrías entre esos países. Esto se realiza mediante la cooperación de fondos compensatorios, destinados a la corrección de discapacidades intrínsecas de los países miembros, y la aplicación de un Tratado de Comercio de los Pueblos.
[6]. Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños, que incluye a todos los países del Continente, americano salvo Estados Unidos y Canadá; es decir, a todo el “tercer mundo” americano. La población de los países de la CELAC es de unos 550 millones de habitantes, en un territorio de más de 20 millones de kilómetros cuadrados.
[7]. Salvo los casos peculiares de Colombia y Perú, que tienen explicaciones históricas y socioculturales específicas de otros géneros.
[8]. “Tomé mis modelos en América Latina”, entrevista concedida al periódico Página 12, Buenos Aires, 3 de abril de 2012.
Publicado por Con Nuestra América
Anuncios