231 emisión 20 al 26 junio 2012

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Grecia y la persistente crisis mundial

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A diferencia de América Latina, en la cual la crisis del neoliberalismo ha ido generando gobiernos de izquierda (Venezuela, Ecuador, Bolivia) o de centro izquierda (El Salvador, Brasil, Uruguay, Paraguay y Argentina) y gobiernos de esta última tesitura que resultan  muy cuestionados (Nicaragua por ejemplo), en Europa el descontento de masas que ha generado el neoliberalismo y su fracaso no se ha traducido en fuerza electoral alternativa.

 

Carlos Figueroa Ibarra / Especial para Con Nuestra América
Desde Puebla, México
En julio de 2009, hace ya tres años, fui invitado por el flamante Instituto de Problemas Nacionales de la USAC, dirigido en aquel momento por mi buen amigo Adrián Zapata, a dictar una conferencia inaugural. Con dicha conferencia y un evento  protocolario realizado un día antes, el IPNUSAC  comenzó sus actividades las cuales continúa  hoy en día. Esa conferencia que versó sobre la crisis mundial  fue comentada, para honra mía,  por el distinguido economista Lizardo Sosa. Recuerdo muy bien que expresé lo que  desde el pensamiento crítico se decía en aquel entonces: que la crisis  se prolongaría durante varios años. Los epígonos del pensamiento neoliberal habían  pronosticado que  la crisis que había empezado en 2008  estaba empezando a resolverse por aquellos días.  No se necesitaba ser muy avezado en economía para percibir que esto no sería cierto. Bastaba saber que la gran crisis capitalista de 1873 se prolongó hasta 1896 y que la crisis de 1929 necesitó del macabro mercado de la segunda guerra mundial para poder resolverse en definitiva.
La crisis  que comenzó en 2008, tan extendida como la de 1929, tiene factores atenuantes como  lo eran los organismos internacionales y la experiencia que se había acumulado en la gestión económica desde aquel año. Sin embargo, es una crisis integral que combina la crisis alimentaria, energética, y ambiental. Era previsible pensar que la crisis mundial de 2008  no sería un catarrito pasajero como célebremente lo comentó en el caso de México, el entonces secretario de hacienda y crédito público, Agustín Carstens. Resultó ser una verdadera pulmonía y hoy tiene su epicentro en la parte mediterránea de Europa. Grecia, Italia y España  son ahora los países a los cuales les toca el turno en la página roja de la crisis mundial. Son países en las cuales la tasa de desempleo llega a un 25% mientras que en el caso de Grecia el desempleo de los jóvenes alcanza  un 53%.
Pero a diferencia de América Latina, en la cual la crisis del neoliberalismo ha ido generando gobiernos de izquierda (Venezuela, Ecuador, Bolivia) o de centro izquierda (El Salvador, Brasil, Uruguay, Paraguay y Argentina) y gobiernos de esta última tesitura que resultan  muy cuestionados (Nicaragua por ejemplo), en Europa el descontento de masas que ha generado el neoliberalismo y su fracaso no se ha traducido en fuerza electoral alternativa. Si al centro izquierda la crisis se le vuelve inmanejable, la derecha capitaliza esa situación (España). Si a la derecha le sucede lo mismo, el voto es capitalizado por el centro izquierda (Francia). El descontento  de amplios sectores no tiene una expresión electoral como se demostró después del movimiento de los indignados en España el 15 de mayo de 2011. A la vasta movilización social, que después se expresó en voto nulo o abstencionismo,  le siguió el triunfo de Mariano Rajoy lanzado por el Partido Popular.
En Grecia la derecha del partido Nueva Democracia obtuvo casi el 30% de los votos mientras que la izquierda  del partido Syriza se acercó al 27% y obtuvo 71 escaños. Con esta exigua diferencia y aliado al socialista Pasok, la derecha podrá formar un nuevo gobierno que  mantendrá a Grecia en la zona euro y pese a su discurso, seguirá implantando las terribles medidas de austeridad que ha estado castigando al pueblo griego. Como es sabido, la ley electoral  premia al triunfador electoral con 50 escaños más, por lo que  Nueva Democracia tendrá 130 diputados a los cuales se han unido ya los 33 del Pasok, una cómoda mayoría de 163 diputados sobre 300. La crisis mundial que tiene hoy un escenario privilegiado en la zona euro, ha hecho ascender de manera relativa a la izquierda y al centro izquierda. Esto se evidenció en  las elecciones más recientes en Inglaterra y Francia.  En el caso griego, muy probablemente Syriza hubiera ganado las elecciones si no se hubiera desgajado de su seno el hoy Izquierda Democrática (Dymar) quien obtuvo 16 curules y que con ellas  concurrirá al gobierno de la derecha encabezado por Antoni Samaras. Resulta lamentable que no haya sido posible una alianza entre Syriza, Dymar y el comunista KKE quien obtuvo 4.5% de los votos y 12 diputados.
Lo lamentable  radica en que en Europa la crisis mundial necesita enfrentarse  con medidas distintas a las que  han estado imponiendo  los organismos financieros internacionales y en particular Alemania. Medidas draconianas que sirven para resolver  de manera temporal la crisis de los grandes bancos. Se inyectan cuantiosos préstamos que salvan bancos y se impone una política de austeridad que sume en la pobreza a  buena parte de  la población. Hoy España ha recibido un  salvador préstamo por 100 mil millones de euros pero los mismos analistas financieros nos están indicando que es tarde para este rescate y que la crisis seguirá profundizándose. España  está alcanzando  hoy cifras de desempleo similares a los de Grecia.

Así están las cosas cuatro años después del estallido de la crisis. Tres años  después de que nos decían que la tormenta ya había amainado. Hoy  el Banco Mundial nos dice desde la reunión del G-20, que esa tormenta ha entrado en una nueva fase.

Las izquierdas en Latinoamérica: necesidad de repensarlas

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La izquierda necesita hacerse un replanteamiento en tanto expresión de un pensamiento alternativo al capitalismo, a la lógica del libre mercado, a la sociedad de clases -crítica que no significa el desechar los ideales de cambio luego del derrumbe del socialismo europeo sino su profundización a partir de las lecciones aprendidas-.

 

Marcelo Colussi / Especial para Con Nuestra América
Desde Ciudad de Guatemala
La región latinoamericana tiene características bastante peculiares en tanto bloque. Si bien hay diferencias, marcadas incluso, entre algunas zonas -el Cono Sur con Argentina, Chile y Uruguay es muy distinto a Centroamérica, por ejemplo; o sus países más industrializados, Brasil y México, difieren grandemente de las islas caribeñas-, en su composición hay más elementos estructurales en común que dispares.
Los rasgos comunes que unifican a toda la región son, al menos, dos: a) todos los países que la componen nacieron como Estado-nación modernos luego de tres siglos de dominación colonial europea; y b) todos se construyeron intengrando a los pueblos originarios en forma forzosa a esos nuevos Estados por parte de las elites criollas. Estas características marcan a fuego la historia y la dinámica actual del área.
En un sentido, toda la historia de Latinoamérica en sus ya más de cinco siglos como unidad político-social y cultural, es una historia de violencia, de profundas injusticias, de reacción y luchas populares. De las rebeliones indígenas a la actual propuesta del ALBA (Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América) como proyecto de integración no salvajemente capitalista, las fuerzas progresistas han jugado siempre un importante papel.
Las izquierdas políticas en sentido moderno (con un talante socialista podríamos decir, marxistas incluso) han estado siempre presentes en los movimientos del pasado siglo. De hecho, con diferencias en sus planteamientos pero con un mismo norte, en casi todas las sociedades latinoamericanas se dieron procesos populares de construcción de alternativas socialistas, o nacionalistas antiimperialistas, en búsqueda de mayores niveles de justicia. En algunas llegando a ocupar aparatos de Estado, con experiencias disímiles, pero siempre con un talante popular: Chile con el procso de Salvador Allende a la cabeza, Cuba y Nicaragua con sus revoluciones vía armada, Bolivia con un proceso particular de nacionalización y reforma agraria; Guatemala con una perspectiva similar de corte antiimperialista; Venezuela, Bolivia o Ecuador en la actualidad, con proyectos nacionales con matices de izquierda; en otras experiencias, peleando desde el llano: movimientos sindicales, reivindicaciones campesinas, insurgencias armadas.
Sin ánimo de hacer un balance de esta historia, lo que vemos entrado ya el siglo XXI es que la izquierda no está en franco ascenso, pero tampoco ha muerto como el omnímodo discurso neoliberal actual pretende presentar. Es más: luego de la furiosa y sangrienta represión de los proyectos progresistas de las décadas de los 70/80 y de la instauración de antipopulares políticas privatistas en los 90 del siglo pasado, después del derrumbe del campo socialista y un período donde las luchas por mayores cuotas de justicia parecían totalmente dormidas, en estos últimos años asistimos a un renacer de la reacción popular.
¿Estamos entonces realmente ante un resurgir de las izquierdas, de nuevos, viables y robustos proyectos de cambio social?
Hoy día suele hacerse la diferencia entre izquierdas políticas e izquierdas sociales. Hay, sin dudas, un cierto retraso de las primeras en relación a las segundas. Para decirlo de otro modo: los planteos políticos de fuerzas partidarias a veces han quedado cortos en relación a la dinámica que van adquiriendo movimientos sociales. Muchas veces las reacciones, protestas, o simplemente la modalidad que, en forma espontánea, han tomado las mayorías, no siempre se ven correspondidas por proyectos políticos articulados provenientes de las agrupaciones de izquierda. Con variaciones, con tiempos distintos, pero sin dudas como efecto generalizado apreciable en toda Latinoamérica, hay un desfase entre masas y vanguardias. Lo cierto es que desde hace algunos años la reacción de distintos movimientos sociales ha abierto frentes contra el neoliberalismo rampante que se extiende sin límites por toda la región.
Toda esta izquierda social ha tenido impactos diversos, con agendas igualmente diversas, o a veces sin agenda específica: frenar privatizaciones de empresas públicas, organización y movilización de campesinos sin tierra o de habitantes de asentamientos urbanos precarios, derrocamiento de presidentes como en Argentina, en Bolivia o en Ecuador, oposición a políticas dañinas a los intereses populares. Por ejemplo, la suma de todas estas movilizaciones impidió la entrada en vigencia del Area de Libre Comercio para las Américas -ALCA- tal como lo tenía previsto Washington para enero del 2005, o frenó la instalación de empresas multinacionales extractivas (mineras o petroleras) en más de una ocasión. Eso, por cierto, no es la revolución socialista, pero constituye momentos importantes de una larga lucha de resistencia popular.
El abanico de protestas es amplio, y a veces, por tan amplio, difícil de vertebrar. Los piqueteros en Argentina o los movimientos campesinos con un fuerte componente étnico en Bolivia, Ecuador, Perú o Guatemala, el zapatismo en el Sur de México o la movilización de los sem terra en Brasil, son formas de reacción a un sistema injusto que, aunque haya proclamado que “la historia terminó”, sigue sin dar respuesta efectiva a las grandes masas postergadas. ¿Hay un hilo conductor, algún elemento común entre todas estas expresiones?
Hoy por hoy, diversas expresiones de la izquierda política, o al menos, expresiones que caen bajo el excesivamente amplio y difuso paraguas del denominado “progresismo” -la izquierda que en estos momentos es posible: moderada y de saco y corbata- tienen en sus manos el aparato del Estado en varios países: Brasil, El Salvador, Uruguay, Argentina. Habrá quien ni siquiera esté de acuerdo con considerar a estos gobiernos como expresiones de la izquierda. Tal vez no se equivoque quien así lo vea, pero para la derecha (nacionales, o para el discurso hegemónico de Washington, ese difuso abanico no deja de tener valor de “desafío”. Con esos proyectos populares, con cierta preocupación social (más, al menos, que los gobiernos neoliberales abiertos), las posibilidades de transformaciones profundas, tal como están las cosas y dada la coyuntura con que arribaron a las administraciones estatales, son limitadas, o quizá imposibles. Más aún: son “izquierdas” que, en todo caso, pueden administrar con un rostro más humano situaciones de empobrecimiento y endeudamiento sin salida en el corto tiempo. En modo alguno podría decirse que son “traidores”, “vendidos al capitalismo”, “tibios gatopardistas”. La izquierda constitucional hace lo que puede; y hoy, en los marcos de la post Guerra Fría, con el triunfo de la gran empresa y el unipolarismo vigente -más aún en la región latinoamericana, botín histórico del imperio estadounidense, cada vez más inundada de bases militares lideradas desde el Norte- es poco lo que tiene por delante: si deja de pagar la ominosa deuda externa, si piensa en plataformas de expropiaciones y poder popular y si se atreve a armar a sus pueblos, sus días están contados. Es más: ni siquiera es necesario pensar en tales extremos de radicalización: coquetear con propuestas con sabor a popular ya puede ser motivo de reacción, y en algunos países pequeños, como Honduras, Haití, Guatemala, puede llevar a golpes de Estado, disfrazados hoy por hoy, pero golpes al fin (Manuel Zelaya en Honduras o Jean-Bertrand Aristide en Haití fueron movidos de sus presidencias, y casi se logra lo mismo en un momento determinado con Álvaro Colom en Guatemala).
¿Es mejor, entonces, desechar de una vez la lucha en los espacios de las democracias constitucionales? Es un espacio más, uno de tantos; pero no más que eso, y deberíamos ser muy precavidos respecto a los resultados finales de esas luchas. La experiencia ya ha demostrado con innegable contundencia que cambiar el sistema desde dentro es imposible (los casos de Venezuela, Bolivia o Ecuador son una pregunta abierta al respecto: ¿hasta dónde pueden llegar sus transformaciones reales en tanto se mueven en la lógica delas democracias representativas clásicas?) Los movimientos insurgentes que, desmovilizados, pasaron a la arena partidista, no han logrado grandes transformaciones de base en las estructuras de poder contra las que luchaban con las armas en la mano (piénsese en las guerrillas salvadoreñas o guatemaltecas, por ejemplo, o el M-19 en Colombia). Todo lo cual no debe llevar a desechar de una vez el ámbito de la democracia representativa; debe abrir, en todo caso, la pregunta en torno a los caminos efectivos de las izquierdas. Algo así como la pregunta que se hacía Lenin hace más de un siglo en Rusia zarista: ¿qué hacer?
Las izquierdas que hacen gobierno desde otra perspectiva (Cuba, o Venezuela con su Revolución Bolivariana, una izquierda bastante sui generis po cierto, o procesos como los de Bolivia o Ecuador, interesantes semillas de fermento popular sin dudas) son el blanco de ataque del gran capital privado, expresado fundamentalmente en la actitud belicosa y prepotente de la administración de Washington.
Lo que está claro es que en esta post Guerra Fría, con el papel hegemónico unipolar que ha ido cobrando Estados Unidos y su plan de profundización de poderío global, Latinoamérica es ratificada en su papel de reserva estratégica (léase: patio trasero). Ante la desaceleración de su empuje económico (el imperio no está muriéndose, pero comienza a ver amenazado su lugar de intocable a partir de nuevos actores como China o la Unión Europea), el área latinoamericana es una vez más un reaseguro para la potencia del Norte, apareciendo ahora como obligado mercado integrado donde generar negocios, proveer mano de obra barata y asegurar recursos naturales a buen precio, por supuesto bajo la absoluta supremacía y para conveniencia de Washington. De esa lógica se deriva la nueva estrategia de recolonización dada a través de la firma de los diversos Tratados de Libre Comercio -que, por supuesto, de “libres” no tienen nada-, acompañada por la ultra militarización de la zona, con una cantidad de bases como nunca había tenido durante el siglo XX.
La situación actual puede abrir la interrogante sobre cómo enfrentarse a ese poder hegemónico: ¿unirse como bloque regional quizá? Como dijera Angel Guerra Cabrera: “La victoria no concluye hasta conseguir la integración económica y política de América Latina y el Caribe. Y es que la concreción en los hechos del ideal bolivariano -como lo vienen haciendo Venezuela y Cuba en sus relaciones- es lo único que puede evitar la anexión de nuestra región por Estados Unidos y propiciar que se desenvuelva con independencia y dignidad plena en el ámbito internacional. Lograrlo exige la definición de un programa mínimo que agrupe en cada país a las diferentes luchas sociales en un gran movimiento nacional capaz de impulsar transformaciones antiimperialistas y socialistas”. Seguramente ahí hay una agenda que las fuerzas progresistas no pueden descuidar: una integración real y basada en intereses populares, una posición clara contra mecanismos de ataque a la integridad latinoamericana como el Plan Patriota (ex Plan Colombia) o el Plan Mérida (para México y Centroamérica) y los nuevos demonios que circulan y pueden permitir el desembarco de más tropas: la lucha contra el narcotráfico y contra el terrorismo internacional, coartada perfecta para la geoestrategia del gobierno de Estados Unidos.
Esto nos lleva, entonces, a la reconsideración de las nuevas izquierdas en Latinoamérica, tarea impostergable y vital. La izquierda necesita hacerse un replanteamiento en tanto expresión de un pensamiento alternativo al capitalismo, a la lógica del libre mercado, a la sociedad de clases -crítica que no significa el desechar los ideales de cambio luego del derrumbe del socialismo europeo sino su profundización a partir de las lecciones aprendidas-. Preguntas, en definitiva, que podrán servir para reenfocar las luchas.
Si esa reformulación se hace genuinamente, deberá preguntarse qué es lo que está en juego en una revolución: ¿se trata de mejores condiciones de vida para la población, como se está dando en estos momentos en Venezuela con un reparto más equitativo de la renta petrolera, o hay que profundizar el poder popular y la construcción de una nueva ética? (en el país caribeño, por ejemplo, sigue siendo dominante la idea de los certámenes de belleza femenina, y el gobierno central destina 300 millones de dólares para apoyar a “su” piloto de Fórmula 1. ¿Eso es el socialismo del siglo XXI?) De tal forma, abriendo esos debates, deberá atreverse a buscar a tiempo los antídotos del caso contra los errores que nos enseña la historia; preguntarse qué, cómo y en qué manera puede cambiar lo que se intenta cambiar; hacer efectiva la máxima de “la imaginación al poder” del mítico Mayo Francés de 1968, hoy ya tan lejano y olvidado, como una garantía, quizá la única, de poder lograr cambios sostenibles.
En esa reconceptualización, sabiendo que nos referimos a Latinoamérica, es necesario retomar agendas olvidadas, o poco valorizadas por la izquierda tradicional. Heredera de una tradición intelectual europea (ahí surgió lo que entendemos por izquierda), los movimientos contestatarios del siglo XX ocurridos en Latinoamérica no terminaron de adecuarse enteramente a la realidad regional. La idea marxista misma de proletariado urbano y desarrollo ligado al triunfo de la industria moderna en cierta forma obnubiló la lectura de la peculiar situación de nuestras tierras. Cuando décadas atrás José Mariátegui, en Perú, o Carlos Guzmán Böckler, en Guatemala, traían la cuestión indígena como un elemento de vital importancia en las dinámicas latinoamericanas, no fueron exactamente comprendidos. Sin caer en infantilismos y visiones románticas de “los pobres pueblos indios” (“Al racismo de los que desprecian al indio porque creen en la superioridad absoluta y permanente de la raza blanca, sería insensato y peligroso oponer el racismo de los que superestiman al indio, con fe mesiánica en su misión como raza en el renacimiento americano”, nos alertaba Mariátegui en 1929), hoy día la izquierda debe revisar sus presupuestos en relación a estos temas.
De hecho, entrado el tercer milenio, vemos que las reivindicaciones indígenas no son “rémoras de un atrasado pasado semifeudal y colonial” sino un factor de la más grande importancia en la lucha que actualmente libran grandes masas latinoamericanas (Bolivia, Perú, Ecuador, México, Guatemala). Sin olvidar que Latinoamérica es una suma de problemas donde el tema del campesinado indígena es un elemento entre otros, pero sin dudas de gran importancia, la actitud de autocrítica es lo que puede iluminar una nueva izquierda.
Pensar que las izquierdas están renaciendo con fuerza imparable, además de erróneo, puede ser irresponsable. Si el “progresimo” actual puede llevar a plantear un “capitalismo serio”, eso no es más que un camino muerto, o sumamente peligro incluso para las grandes mayorías populares. Pero creer que todo está perdido, es más irresponsable aún. En ese sentido, entonces, la utopía de un mundo nuevo no ha muerto porque ni siquiera ha terminado de nacer.
Bibliografía
Betto, Frei. “Desafíos a la nueva izquierda”. Rebelión, 02-02-2005   www.rebelion.org
——–   “Actualidad del ‘¿Qué hacer?’”. Rebelión, 27-12-2004   www.rebelion.org
Caballero, Manuel. “La Internacional Comunista y la revolución latinoamericana”. Editorial Nueva Sociedad. Caracas, 1988.
Diercksens, Wim.  “Los límites de un capitalismo sin ciudadanía”. Editorial Universidad de Costa Rica. San José, 1997.
Dussel, Enrique.  “Praxis latinoamericana y filosofía de la liberación”. Editorial Nueva América. Bogotá, 1994.
Figueroa Ibarra, Carlos. “Notas para una reflexión sobre la izquierda guatemalteca”. Ponencia presentada en el Encuentro Nacional por la Paz y la Democracia. Quetzaltenango, Guatemala, octubre de 2004.
Galeano, Eduardo. “Las venas abiertas de América Latina”. Siglo Veintiuno Editores. México, 1973.
Guzmán Böckler, Carlos. “Donde enmudecen las conciencias. Crepúsculo y aurora en Guatemala”. GSPI. Guatemala, 1991.
Katz, Claudio. “El porvenir del socialismo”. Monte Ávila Editores. Caracas, 2006.
Mariátegui, José. “Siete Ensayos sobre la realidad peruana”. Fundación Biblioteca Ayacucho. Caracas, 2007.
Rodríguez Elizondo, José. “La crisis de las izquierdas en América Latina”. Editorial Nueva Sociedad. Caracas, 1990.
Sánchez Vásquez, Adolfo. “Entre la realidad y la utopía. Ensayo sobre política, moral y socialismo”. UNAM / FCE. México, 1999.

Varios autores. “Fin del capitalismo global. El nuevo proyecto histórico”. Editorial Txalaparta. México, 1999.

USAID y la intervención encubierta en América Latina

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La guerra contra nuestra América, contra sus empeños de unidad, integración y emancipación, no se hace –todavía- con aviones, buques o marines en las fronteras y puertos: pero el caballo de Troya del intervencionismo estadounidense ya está dentro de nuestros países.

 

Andrés Mora Ramírez / AUNA-Costa Rica
Mark Feirstein, funcionario de USAID: la justicia boliviana
denunció sus actuaciones en la “guerra del gas” de 2003
Mark Feirstein, administrador adjunto de la Agencia para el Desarrollo Internacional de los Estados Unidos (USAID, por sus siglas en inglés), es un personaje representativo de una de las formas en que Estados Unidos intenta imponer su dominio en América Latina: con un oscuro expediente que incluye actividades antisandinistas en Nicaragua, a principios de la década de 1990, y de asesoría al presidente Gonzalo Sánchez de Losada -el gran privatizador neoliberal de Bolivia- en el año 2002, la justicia boliviana lo ha denunciado como “uno de los responsables intelectuales de la muerte de 67 personas, y las lesiones de unas 400, en su mayoría civiles, durante la denominada ‘Guerra del gas’, en octubre [del] 2003” (TeleSur, 19/06/2012).
Semejante historial avergonzaría a cualquier gobierno o agencia respetuosa de los Derechos Humanos, que aplique criterios éticos y de elemental decencia en la selección de sus funcionarios; y al menos, debería facilitar los procesos que conduzcan al esclarecimiento de los cargos que se le imputan a Feirstein. Pero no es el caso de la USAID. Ni tampoco del gobierno de los Estados Unidos.
Por el contrario, durante una reciente conferencia en Panamá, Feirstein defendió y calificó de necesaria la “estrecha cooperación” (millonarias partidas presupuestarias, en dólares) que mantiene la USAID con las organizaciones de oposición que, según el funcionario,  “están luchando por los derechos humanos y por la democracia” en los países del ALBA (Cuba, Venezuela, Bolivia, Nicaragua, Ecuador).
Bien vistas las cosas, y teniendo a la mano ese amplio historial de prácticas desestabilizadoras, conspirativas, antidemocráticas, antinacionales y, en no pocos casos, abiertamente progolpistas que caracterizan el quehacer de muchos de estos grupos, una perspectiva más justa de los hechos nos diría que Feirstein, en realidad, hizo apología de un delito: el de la  intervención encubierta -pero sistemática- en asuntos internos, que ejecuta el gobierno de los Estados Unidos contra las naciones latinoamericanas.
Y es que  aunque sufrió reducciones en el último plan de gastos aprobado por el Congreso estadounidense, el presupuesto de la USAID para sus proyectos de intervención y “promoción de la democracia” en América Latina muestra tendencias crecientes en los últimos años -hasta el estallido de la crisis mundial-, en la misma medida en que nuevos gobiernos y fuerzas progresistas cambiaban el mapa político de la región.
En el libro USAID, NED y CIA. La agresión permanente (2009)[1], Jean-Guy Allard y Eva Gollinger explican que tanto la USAID como la National Endowment for Democracy (NED),  “cuadriplicaron los fondos entregados a sus aliados en Venezuela, Bolivia, Ecuador y Cuba del 2002 al 2006. Solo en Venezuela, invirtieron más de 50 millones de dólares en ese tiempo para alimentar a los grupos de oposición, promoviendo actualmente la creación de más de 400 nuevas organizaciones y programas para filtrar y canalizar esos fondos”.  Algo similar se registró en Bolivia: entre 2005 y 2006, la USAID “reorientó más de 75% de sus inversiones” para financiar a los grupos separatistas de la región conocida como la media luna, y en 2007, el presupuesto de esa organización alcanzó la suma de 120 millones de dólares.
Todo esto ocurrió básicamente durante las dos administraciones de George W. Bush, pero no fue distinto tras la llegada al poder de Barack Obama: en 2010,  los prepuestos de la USAID y la NED aumentaron en un 12%, lo que representaba unos 2.2 mil millones de dólares para su trabajo en América Latina. De esa cifra, señalan Allard y Golinger, se destinaron 450 millones de dólares “para el trabajo de subversión directa en la región, clasificada bajo lo que Washington llama la promoción de la democracia”.
Estas formas de intervención encubierta tienen una larga historia en nuestra América, y no solamente en aquellos países que, desde la óptica del gobierno estadounidense, representan una amenaza para sus intereses: la cooperación internacional también ha sido utilizada como instrumento de sujeción a la órbita de poder de Washington y como punta de lanza de las reformas neoliberales.
Sin ir más lejos, en Costa Rica el proceso de ajuste estructural, iniciado en la década de 1980, contó con una importantísima “ayuda” de los Estados Unidos y sus agencias internacionales[2]. Un investigador costarricense, el politólogo Manuel Rojas Bolaños, nos recuerda que “a partir de 1982 comenzaron a fluir abundantes recursos del exterior para apuntalar la economía, fundamentalmente de Estados Unidos. Entre ese año y 1989, el gobierno de ese país otorgó la suma de US$ 1.237 millones por concepto de donaciones y préstamos, cantidad suficiente para alcanzar a corto plazo una relativa estabilidad de la economía, y para iniciar el programa de ajuste sin grandes desgarramientos internos” [3].
Por supuesto, la inyección económica también condicionó otras dimensiones de la política del Estado costarricense, y marcó un derrotero que perdura hasta nuestros días. En palabras de Rojas Bolaños “el país, entonces, pasó a jugar en el tablero regional el papel de escaparate democrático, frente a países donde gobiernos y movimientos revolucionarios buscaban, enfrentando las reacciones internas y la intervención externa, otros rumbos para el mejoramiento social de sus pueblos”.
Lo que hay que entender es que la USAID es un arma más que Washington emplea indistintamente en tiempos de conflicto o de paz contra sus  “enemigos”. La guerra contra nuestra América, contra sus empeños de unidad, integración y emancipación, no se hace –todavía- con aviones, buques o marines en las fronteras y puertos: pero el caballo de Troya del intervencionismo estadounidense ya está dentro de nuestros países, extendiendo sus redes de operación, socavando conquistas sociales y promoviendo los intereses hegemónicos del gobierno y los grandes lobbies políticos, empresariales y militares de la potencia del norte.

 


NOTAS
[1] Allard, Jean-Guy y Gollinger, Eva (2009). USAID, NED y CIA. La agresión permanente. Caracas: Ministerio del Poder Popular para la Comunicación y la Información.
[2] En su artículo “De cómo EE.UU. hizo más ricos a los ricos de Costa Rica”, María Florez-Estrada presenta una valiosa síntesis en la que muestra la manera en que la “ayuda” de la AID (como se conocía a la agencia de cooperación estadounidense para el desarrollo en el país) terminó por fortalecer a los grupos económicos más cercanos al hoy gobernante Partido Liberación Nacional. El texto está disponible en el sitio web de Rebelion: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=149302
[3] Rojas Bolaños, Manuel (1992). “Costa Rica. Una sociedad en transición”. en Nueva Sociedad, nº 119, mayo-junio. Buenos Aires: Fundación Foro Nueva Sociedad. Pp. 16-21. Disponible en:

http://biblioteca.ues.edu.sv/revistas/10701644N119-2.pdf

Paraguay: ¿otra Honduras?

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Paso a paso, utilizando todo todos los métodos que están a su alcance mientras se llenan la boca con palabras altisonantes pero huecas de defensa de la democracia, la derecha latinoamericana intenta recuperar posiciones en cualquier lugar en donde vea un flanco débil o desguarnecido. El golpe en Honduras, hace tres años, y ahora en Paraguay, así lo confirman.

 

Rafael Cuevas Molina/ Presidente AUNA-Costa Rica
Paraguay: un guión similar al de Honduras.
Desde hace tres años, con el golpe de Estado en Honduras, la derecha latinoamericana, en connivencia con los Estados Unidos de América, dio un paso al frente y pasó de la defensiva a la ofensiva.
En efecto, hasta los infaustos acontecimientos acaecidos en ese país centroamericano, las fuerzas progresistas del subcontinente avanzaban firmemente ganando posiciones, que se expresaban en la cada vez mayor simpatía que despertaba el ALBA y algunas de sus programas, proyectos e instituciones asociadas, como Petrocaribe. En esos años, Guatemala y Costa Rica, dos países con gobiernos que nadie podría tildar de izquierda, mostraban interés en el ingreso a esa última organización; se avecinaban las elecciones en El Salvador en donde el FMLN se perfilaba como el mejor posicionado para ganar, y había recién pasado la reunión de la OEA en donde el tema de Cuba y su expulsión de dicho organismo había dado un vuelco espectacular, inconcebible en otras circunstancias que no fueran las que en ese momento se vivían.
El golpe hondureño puso coto a ese proceso de avance y sacó de su apabullamiento a la derecha latinoamericana. Fue, además, un golpe sobre la mesa de los Estados Unidos de América, que mostraron cuan falaces eran las posiciones que especulaban sobre la pérdida de interés de la gran potencia del norte en esta parte del continente.
El golpe de Estado en el país centroamericano también puso a la orden del día la nueva modalidad que asumiría este tipo de acciones, que ahora utilizan diferentes instancias del aparato del Estado en el que la derecha mantiene aún posiciones muchas veces estratégicas.
En el caso hondureño, el presidente depuesto, Manuel Zelaya, provenía de las filas del Partido Liberal, uno de los dos partidos tradicionales de los sectores dominantes de ese país. El acercamiento del presidente hacia las posiciones de los sectores populares no fue seguido por su partido que, a la postre, fue un factor determinante para derrocarlo. Seguramente un factor que precipitó los acontecimientos fue las simpatías que MEL Zelaya había despertado en el pueblo, lo cual se tornaba peligroso en un momento en el que se aproximaban las elecciones presidenciales.
En Paraguay, aún con todas sus especificidades, las circunstancias son parecidas: el Partido Liberal Radical Auténtico, quen integraba la coalición de partidos que originalmente apoyaron a Fernando Lugo para la presidencia, no soportó mucho un papel político alejado de lo que es su verdadera naturaleza y se pasó a la oposición. Lo que intentan ahora en el Congreso y el Senado no dista mucho de lo que hicieron los congresistas hondureños hace tres años, y las consecuencias no serán tampoco muy diferentes.
Paso a paso, utilizando todo todos los métodos que están a su alcance mientras se llenan la boca con palabras altisonantes pero huecas de defensa de la democracia, la derecha latinoamericana intenta recuperar posiciones en cualquier lugar en donde vea un flanco débil o desguarnecido.

No se trata, sin embargo, del mismo desvalimiento en el que se en encontraban países como Guatemala en 1954 o Chile en 1973. Hoy hay más acompañamiento, más gobiernos progresistas que apoyan a Fernando Lugo, unos Estados Unidos que debe buscar más subterfugios para implantar su voluntad. En Honduras pudieron hacerlo aunque hoy su pueblo siga siendo acallado a sangre y fuego. Veremos qué sucede en Paraguay.

Resoluciones del G20 en Los Cabos, México

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Julio C. Gambina (especial para ARGENPRESS.info)

La principal decisión asumida en Los Cabos, México por el cónclave de los presidentes del G20 es la capitalización del FMI por 456.000 millones de dólares.

Como parte de ese monto, la zona del euro le aportará al organismo 200.000 millones, de los cuales, los españoles se comprometieron con 18.800 millones. Es sabido que Europa y el euro estuvieron en el centro de los debates, por la crisis y el ajuste que ella supone. Así y todo, los gobernantes de la eurozona transferirán nada menos que 200 mil millones de dólares al FMI…, para prestarle a los “países en problemas”. Suena increíble pero es verdad.
La crisis se manifiesta en crecimiento del desempleo, la marginación, el empobrecimiento, y dificultades de la población de menores ingresos; y la solución es acrecentar la capacidad de préstamos del FMI. Si hay un organismo responsable de la crisis en curso es precisamente el FMI.
Sorprende que países como Brasil e India, con inmensos bolsones de pobreza y atraso, cada uno aportará 10.000 millones de la moneda estadounidense al Fondo; igual que Rusia con una cifra similar. China, otro que concentra inmensa población empobrecida contribuirá con 43.000 millones; y Sudáfrica con 2.000 millones. Imaginemos esos fondos aplicados a políticas alternativas en beneficio de los más necesitados entre los pueblos de esos mismos países.
Todos ellos son los países BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica), los “emergentes” que están de moda; los que se supone disputan la hegemonía mundial desde su lugar ascendente en la economía; que obviamente incluye el financiamiento de la crisis.
Alguna vez mencionamos que la categoría “emergente” supone una calificación funcional a las necesidades de inversión del capital global. Se es emergente ante la vista del inversor que busca niveles adecuados de rentabilidad. En la crisis “emergen” ciertos países, donde conviene invertir.
Son emergentes para los inversores. No es una calificación que destaca virtudes sobre las condiciones de vida de la población, sino que apuntan a virtudes requeridas por los capitales en búsqueda de ganancias, precisamente en momentos de crisis, donde el eje es la dificultad para valorizar a los capitales.
Otros emergentes también aportan, tal el caso de Corea del Sur, que aportará 15.000 millones de dólares; México lo hará con 10.000 millones; Turquía con 5.000 millones; y Colombia con 1.500 millones.
Por su parte, Japón se anotó con 60.000 millones, y EEUU se abstuvo de aportar en la ocasión, en un claro acto de transferencia de los costos de la crisis mundial al resto del mundo.
El G20 recapitaliza al FMI, tal como ya hizo en ocasiones anteriores, ahora con 456.000 millones de dólares. ¿Para qué? Para prestarle a los países endeudados (“países con problemas”), para que puedan cancelar sus deudas con los bancos y aportar al salvataje del sistema bancario en crisis.
La voz de los “20”, más allá de altisonantes declaraciones a favor del “crecimiento y del empleo”, volvieron a salvar a los bancos en problemas, y lo hicieron con recursos públicos.
El Estado salió nuevamente a resolver los problemas del capitalismo en crisis. ¿No era que había que evitar la participación del Estado en la Economía? ¿Dónde quedó el credo liberal, o neoliberal? ¿Son todos keynesianos? Keynes era un neoclásico, que pensó en la renovación del pensamiento hegemónico ante la crisis para salvar al capitalismo en la década del 30 del Siglo XX; que ahora se manifiesta como un modo de pensar “pragmático” en la coyuntura de la recidiva crisis del capitalismo.
Todas las fichas al crecimiento
Lo que hay que salvar es el funcionamiento del capitalismo, y por eso las llamadas a la salida de la recesión o desaceleración económica. El G20 se pronuncia por aplicar “políticas de crecimiento”, como si cualquier crecimiento fuera bueno en sí mismo.
Es algo a interrogar a los ambientalistas reunidos en Río de Janeiro a propósito de la contaminación de la “cidade maravilhosa”, con la Bahía de Guanabara “poluída” (altamente contaminada), situación similar a lo que ocurre en las grandes ciudades de nuestramérica (de la crónica de María Elena Saludas, participante de la cumbre popular en Río+20).
Vale la crónica ya que una de las propuestas del G20 se concentra en la inversión para infraestructura, que suena muy bien a los oídos “keynesianos, desarrollistas, o neo desarrollistas”, que asocian “inversión” con “crecimiento” y “bienestar”.
Así se justifica la inversión en infraestructura para saquear las riquezas naturales de nuestramérica, para lo que vale recordar la vieja “conquista”, y por qué no, la nueva aventura por la mega minería a cielo abierto, o la sojización de los países del Mercosur, proceso que entre otras cuestiones, desestabiliza al presidente paraguayo, tal como denuncia Idilio Méndez en su artículo: “Monsanto golpea en Paraguay: Los muertos de Curuguaty y el juicio político a Lugo”.
Es Monsanto la misma empresa que enorgulleció a la presidente de la Argentina en la reciente reunión en Nueva York con los empresarios estadounidenses, donde se conocieron las inversiones de la transnacional por 150 millones de dólares en las provincias de Córdoba y Tucumán.
¿Estamos contra el crecimiento y las inversiones? No. El problema es que no se trata de cualquier crecimiento, ni de cualquier inversión. Si la inversión capitalista se define por la obtención de ganancia del inversor, resulta conveniente discutir bajo qué circunstancias se define la inversión capitalista, especialmente cuando se alude al capital global.
El G20 apunta a la búsqueda de nuevas fuentes de rentabilidad del capital, y no necesariamente a satisfacer necesidades de la población.
En los medios de comunicación y en la sociedad se instaló un debate donde los “buenos” son los que recomiendan políticas de crecimiento, entre los que estaría EEUU (Obama necesita un repunte económico para ganar un segundo periodo en las próximas elecciones de renovación presidencial en noviembre) y los países emergentes (recordar el significado de emergente); y los “malos” los que sostienen políticas de austeridad y ajuste, especialmente Europa, y más precisamente Alemania.
Entre los primeros están los críticos de las políticas neoliberales, aunque no tengan reparos a la hora de otorgarle 456.000 millones de dólares al FMI para facilitar créditos condicionados a los países en problemas. Son condicionamientos que incluyen la campaña electoral, como en Grecia, donde el FMI chantajeó para que la Izquierda Radical no triunfara en las elecciones recientes, claro que fue una gestión en la que estuvo acompañado por el Banco Central Europeo y las autoridades de la Eurozona.
No hay buenos y malos en la consideración de la crisis; solo matices sobre como “resolver la crisis capitalista”, y por eso el “crecimiento”, para restablecer el consumo, sí, pero especialmente la valorización, esencia del desarrollo de la sociedad capitalista. Es necesario que aparezca una voz diferenciada, con críticas al capitalismo en crisis, y que proponga superar, no solo la crisis, sino el capitalismo.
Restaurar la confianza
Junto al crecimiento buscado, se puede leer en las Declaraciones finales del G20 que superar la recesión y desaceleración, restablecerá la “confianza”.
Es bueno interrogarse ¿confianza en que qué, para qué, en quiénes?
Entre las medidas sustentadas en la Declaración del G20 se puede leer el estímulo a la búsqueda de acuerdos para una unión bancaria en Europa, para “examinar medidas concretas en vista a una arquitectura financiera más integrada, que incluya la supervisión, la reestructuración y la recapitalización bancarias, así como el aseguramiento de los depósitos”, todo a junto a promover “empleo de calidad”. Confianza en el sistema bancario.
El discurso de la regulación bancaria y la arquitectura financiera está dicho luego del salvataje de la banca española por 100.000 millones de euros; de la estafa de banqueros y ejecutivos de cuantiosos ingresos pese a la crisis, al desempleo y a la miseria. Claro, todo para salvaguardar el sistema, los depósitos y los “empleos de calidad”.
Resulta poco creíble pensar en las resoluciones del G20 como “medidas necesarias para reforzar el crecimiento mundial y restaurar la confianza”, como si en ello fuera el buen vivir de la población vulnerable. ¿Cuántos recursos públicos han sido ya canalizados al salvataje de bancos y empresas quebradas?
Parte de la búsqueda de la confianza se concentra en el llamado a una “tregua” en las acciones proteccionistas sobre el comercio mundial, por lo menos hasta el 2014. Es el eufemismo para instalar el discurso hegemónico del capital transnacional por la liberalización de la economía mundial.
Es el programa de la OMC, de los Organismos financieros internacionales, y el legado principal de lo que se llamó el Consenso de Washington: la promoción del libre comercio, del libre cambio, de la apertura de los mercados para la penetración de los capitales más concentrados.
Cada G20 termina siempre con evocación al programa de máxima: la liberalización de la economía mundial, base de sustentación del programa de salida de la crisis de los 70´, y que en la región americana se manifestara a través del ALCA, y luego en los tratados regionales o bilaterales por el libre comercio. No en vano una de las noticias que presentó Obama a los anfitriones, fue la invitación a México para ser parte del Acuerdo de Asociación Transpacífica, una negociación comercial plurilateral que involucra además del país azteca, a Nueva Zelanda, Australia, Brunei, Malasia, Singapur, Viet Nam, Chile, Perú y EEUU.
Este es un proyecto que involucra a 500 millones de habitantes; un 26% del PBI mundial; un 15% de las exportaciones mundiales y un 18% de las importaciones globales. Es un acuerdo que EEUU utiliza para su proyección sobre el Pacífico en competencia con China.
La confianza buscada es para relanzar el proyecto capitalista y superar la crisis. En el próximo tramo brasileño de los debates, “Río+20”, se incorporarán los mensajes de un “capitalismo verde”, con “empleos verdes”. Es un mensaje que busca consenso social ante la conciencia ecologista vigente. Pero ese proyecto verde, de ensoñación de los ideólogos del capitalismo contemporáneo, se asocia a la explotación depredadora de los recursos naturales.
¡Ojo con la confianza a restaurar! La confianza puede hacernos cambiar nuestras riquezas naturales por espejitos de color, verde, por supuesto.
La propuesta es por otro modelo productivo y de desarrollo
En variados debates me señalan mi pesimismo en las “soluciones” que se ensayan, incluso en “gobiernos progresistas” (que no dejan de ser capitalistas).
Son los mismos que me endilgan mi optimismo por la creciente “indignación” de un movimiento social que no tiene claridad sobre el rumbo a seguir, y solo se afirma en el NO a la realidad que les toca vivir, la del ajuste y la austeridad (Grecia, Italia, Europa en general, ahora, y de Nuestramérica en las últimas dos décadas del Siglo XX).
No es menor afirmarse en el NO. A veces es un grito de dignidad, aunque no se conozcan los SI, y que sin embargo se abren paso entre nuevos desafíos que instala el constitucionalismo renovado en Bolivia, Ecuador, o Venezuela; la propia renovación socialista en Cuba, e incluso las búsquedas de expresiones organizadas del movimiento popular por un movimiento de constituyentes sociales, que emergen en Argentina, Chile, Colombia, entre otras experiencias de organización popular en la construcción de un proyecto emancipador. En ese camino se inscribe la lucha por la soberanía alimentaria, energética, financiera, ambiental.
Los NO son el modelo productivo y de desarrollo capitalista contemporáneo, sustentado a la superexplotación de la fuerza de trabajo y la depredación de los recursos naturales. Los SI apuntan a nuevas formas de relación económica, social, política y cultural para reproducir la vida cotidiana en armonía con el conjunto social y los bienes comunes.
En definitiva, ni pesimismo, ni optimismo, sino reivindicación del NO y emergencia y difusión de nuevos SI. ¿Resulta simple? Claro que no. Es parte de la búsqueda por una nueva sociedad. El fantasma de los indignados recorre el planeta, y no se trata de “jóvenes interconectados” mediante nuevas tecnologías de comunicación y redes sociales, sino de trabajadores sin empleo, flexibilizados, precarizados, súper explotados, mayoritariamente jóvenes que rechazan el presente sin futuro y reescriben su propia historia emancipadora, liberadora.
Si el ciclo inaugurado por el Manifiesto hizo evidente el surgimiento de la práctica y teoría revolucionaria que inspiró históricas luchas de clases entre 1848 y la ruptura de la bipolaridad; el presente es un momento de imaginación creativa en la emergencia de renovadas perspectivas para la teoría y práctica de la revolución.

Julio C. Gambina es Doctor en Ciencias Sociales de la UBA. Profesor de Economía Política en la U.N. de Rosario. Profesor de posgrado en Universidades de Nuestramérica. Presidente de la FISYP. Integrante del Comité Directivo de CLACSO.

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