Carlos Angulo Rivas (especial para ARGENPRESS.info)

Ollanta Humala no tenía por qué ser diferente. El Perú desde 1990 vive la fantasía del cambio económico, político y social. Cada elección presidencial ha sido desde entonces una frustración de confiadas ilusiones. El país no se sacude de la putrefacción política, la corrupción y el libertinaje de los representantes elegidos; deshonestidad e indignidad acrecentadas a través del desastroso primer gobierno de Alan García 1985-1990.

En 1990 con los votos de la izquierda, Alberto Fujimori se hizo del poder derrotando a la derecha oligárquica representada por el candidato Mario Vargas Llosa. Fujimori se transformó e inició una dictadura neoliberal de proporciones inimaginables, violatoria de todos los derechos ciudadanos. Alejandro Toledo, luego de la marcha de los cuatro suyos, enfrentó a la dictadura fujimorista y ganó las elecciones con los votos de la izquierda, pero gobernó para Estados Unidos con la oligarquía y para la oligarquía. Alan García el año 2006 mediante el fraude del “cambio responsable” volvió a palacio de gobierno y gobernó aplicando un programa neoliberal extremista al servicio de las empresas multinacionales, el imperialismo, la oligarquía y los sectores de la mafia narco-política.
En este contexto, Ollanta Humala inicia una carrera política motejada de “chavista” a través de los medios de comunicación parametrados por los grupos de poder. Sin embargo, ayudado por las ONGs de la intelectualidad progresista se desprende de la línea divisoria latinoamericana del presidente Hugo Chávez y el ALBA y tímidamente, para parecer de izquierda, se acerca al presidente Lula de Brasil. Los intelectuales de las ONGs le preparan el manifiesto de la “Gran Transformación” y hacen alianza con el bisoño aunque calculador comandante Humala. Desde un punto de vista revolucionario la “Gran Transformación” fue un programa neoliberal moderado sin ninguna reforma estructural de cambio político, económico y social, no obstante, sirvió a los propósitos de aglutinar a la cola de Ollanta Humala a los sectores populares, sindicales y campesinos: el voto de la izquierda en el Perú. Una vez más la izquierda electoral colocó en palacio al presidente de la república, pero el proclamado Ollanta Humala sacó su verdadero rostro de inmediato y entregó los sectores productivos, el ministerio de Economía y el Banco Central de Reserva a los grupos mafiosos y de poder oligárquico derrotados en las elecciones. Y a continuación para contentar a las ONGs nombró de primer ministro a su financista Salomón Lerner Ghitis, íntimo de la banca judía y del gobierno norteamericano, que incorporó a contados intelectuales progresistas en el gabinete ministerial y en su cuerpo de asesores. Hasta ahí todos contentos, aun cuando el abandono a la “Gran Transformación” y a la “hoja de ruta” ya estaba consumado.
En los primeros meses de gobierno los acomodos de Lerner con la oligarquía en CADE donde llamó a construir un “capitalismo democrático” y con la gran minería multinacional para sus “contribuciones” voluntarias en vez crear el impuesto a las sobre ganancias fueron notorios; y luego las “consultas previas” con el empresariado antes de actuar o empezar a dialogar con los pobladores, así como la debilidad frente a la lucha anticorrupción, mostraron la exacta dirección del gobierno de Ollanta Humala. No habría cambio alguno sino continuidad del régimen de Alan García sin Alan García. Precisamente, se cayó la careta del engaño cuando Lerner anunció el controvertido proyecto minero Conga de Yanacocha-Newmont, empresa depredadora y nociva ambiental; y Ollanta Humala lo ratificó con la sentencia “Conga Va” en antagonismo a los pobladores afectados de tres provincias del la región Cajamarca. Con la declaratoria del estado de emergencia y la caída del primer ministro Lerner, se levantó el manto encubridor de la verdad. Apareció el verdadero Ollanta Humala en el rostro militar represivo del nuevo primer ministro Oscar Valdés. Del diálogo de los hechos consumados, engaña muchachos, de Salomón Lerner Ghitis se pasó a la confrontación abierta y violenta. Se cambió el estilo mas no la política entreguista corrupta y vende patria.
Los millones de votos que obtuvo Ollanta Humala para triunfar sobre la mafia de Pedro Pablo Kuczynski, Luis Castañeda y el apro-fujimorismo, han sido vendidos en exclusiva a los derrotados. Y hoy se gobierna de espaldas a los sectores sociales de las ciudades, los sindicatos y el campesinado, conglomerado de donde Humala sacó la presidencia de la república. Sin embargo, la disculpa de los intelectuales progresistas de las ONGs es que Ollanta Humala ha sido capturado por la derecha y los grupos de poder, cuando la verdad, por trayectoria y formación, es que nos metieron un Caballo de Troya en la izquierda. No debe olvidarse al militar que pasó por la Escuela de las Américas, ni al capitán represor de la base de Madre Mía, ni al asesor militar del general fujimorista Cano Angulo de Arequipa que le facilitó la aventura de Locumba, menos los privilegios de agregado militar en Francia y Corea otorgados por Alejandro Toledo; tampoco la lavada de manos en el alzamiento de Andahuaylas donde dejó en la estacada a su hermano Antauro. Un hombre de principios por más novato que sea difícilmente falta a su palabra y a los compromisos públicos contraídos con el país. El resto son pamplinas.
Con catorce muertos en su haber y centenares de heridos, debido a las órdenes de disparar a mansalva en las movilizaciones populares de protesta contra la imposición de proyectos usurpadores de tierras comunales y además contaminantes, Ollanta Humala, en diez meses de gobierno, se muestra similar a ese indigno militar ecuatoriano, Lucio Gutiérrez, que apoyado por el campesinado de su país llegó a la presidencia de la república y que por faltar a sus compromisos fue destituido por quienes lo eligieron. En el Perú la paciencia está agotada. En política los hechos son los que cuentan y en Ollanta Humala ahora más son las sospechas que las certidumbres, más las mentiras que las certezas. El
pueblo peruano luego de luchar contra la mafia de ultraderecha representada por Keiko Fujimori esperaba un alivio y cuando menos mínimos cambios económicos y sociales, empero hoy en día todo el país censura la estafa de la que es objeto. Ollanta Humala habla de agitación radical y subversiva en los conflictos sociales y olvida con premeditación y alevosía los discursos reivindicativos de su campaña electoral para llegar a la presidencia de la república. Con esta actitud ligada a los grupos de poder multinacionales y nacionales y la prensa parametrada que sirve a esos intereses, Humala está de espaldas a sus congresistas, al pueblo que votó por él, y a los militantes
nacionalistas.
La deserción de Ollanta Humala confirma el itinerario establecido hace un cuarto de siglo. Confirma el ciclo “sui generis” de gobernar, pues administran el país quienes pierden las elecciones y ello ocurre gracias a la corrupción y a la clamorosa ausencia de principios morales básicos en los gobernantes transformados en tránsfugas políticos. El pueblo seguirá sufriendo mientras se deje y no se dé cuenta que en la espera de renovadas promesas electorales está su derrota.
Carlos Angulo Rivas es poeta y escritor peruano.
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