martes, 12 de junio de 2012

Manuel Justo Gaggero (especial para ARGENPRESS.info)

Como el título de esta novela de Osvaldo Soriano el desenlace de la primera experiencia guerrillera en la Argentina, denostada e ignorada por la izquierda tradicional, y que tuvo el apoyo total de la dirigencia revolucionaria cubana, fue muy doloroso.

No nos adelantemos a los acontecimientos.
Corrían los primeros meses del año 1964.La Confederación General del Trabajo -CGT- conducida por la burocracia sindical liderada por el dirigente metalúrgico Augusto Timoteo Vandor que calificaba al gobierno del radical Illia como fraudulento y mantenía fluidas relaciones con la cúpula militar. anunció un nuevo plan de lucha.
Al mismo tiempo crece el reclamo por el retorno del General Juan Domingo Perón al país y, las columnas del Ejército Guerrillero del Pueblo encabezadas por Jorge Ricardo Masetti, comienzan su marcha en la selva salteña.
Nosotros, en el movimiento estudiantil, impulsábamos movilizaciones por un mayor presupuesto universitario, aceitábamos lo contactos con Andres Framini y Amado Olmos, que lideraban la corriente sindical combativa, levantábamos el programa votado en el Congreso de la Juventud Peronista y, difundíamos la proclama de los compañeros del EGP.
Desde el triunfo de la Revolución Cubana, la intensificación de las actividades guerrilleras en todo el Continente habían alertado a los Estados Unidos y a las clases dirigentes de nuestros países que comenzaron a preparar a sus fuerzas armadas en la llamadas técnicas de contrainsurgencia.
Si bien los movimientos revolucionarios no habían logrado triunfos de envergadura, en algunos sitios habían comenzado a afianzarse -Venezuela- y en otros impulsaron la organización de los campesinos -Perú-.
La clase dominante en la Argentina y el “partido militar”, inmediatamente, se dispusieron a cumplimentar las orientaciones de Washington, para contrarrestar los movimientos guerrilleros surgidos al calor de la revolución cubana.
La primera respuesta fue la preparación de los oficiales de las tres armas y de los organismos de seguridad en las técnicas de contrainsurgencia que utilizaban Francia y los Estados Unidos en Argelia y Vietnam, respectivamente, para luego ir sentando las bases de una legislación represiva.
Algunos sectores políticos y militares, ante la confirmación de la existencia de los compañeros del Ejército Guerrillero del Pueblo en el norte, presionaban al gobierno radical para que enviara al Congreso proyectos de normas legales tendientes a enfrentar al “enemigo interno”.
En esa dirección los diarios “La Prensa” y “Clarín” denunciaban la existencia de una avanzada castro comunista, que tenía como escenario el paraje “La Toma” en Salta.
A esta campaña se sumó Primera Plana, una publicación vinculada a la corriente desarrollista liderada por Arturo Frondizi, que insistía en que “las fuerzas armadas y los organismos de seguridad debían contar con mayor libertad para combatir a la guerrilla”.
En ese contexto asume la tarea de la represión la Gendarmería, bajo la conducción del General Julio Alzogaray, hermano del ex ministro de Economía que, durante la gestión del presidente de facto Guido, arrasó con los derechos de los trabajadores con la consigna “hay que pasar el invierno”.
Esta fuerza, adscripta al Estado Mayor de las Fuerzas Armadas desde fines de la década del 50 había introducido en sus planes de estudio los conceptos de “guerra subversiva”, “guerra revolucionaria” y “contrainsurgencia”, y venía recibiendo instrucción militar en Panamá y los Estados Unidos, y en nuestro país, por medio de especialistas franceses.
El flamante gobierno radical, jaqueado por la cúpula militar por su decisión de levantar la proscripción del peronismo y deterioradas sus relaciones con la Casa Blanca por la anulación de los contratos petroleros suscriptos por el gobierno de Frondizi, tenía una conducta contradictoria frente a la aparición de los compañeros del EGP.
Por un lado el Ministro de Relaciones Exteriores Miguel Zavala Ortiz, ratificaba la política de la Organización de Estados Americanos de aislar a Cuba y consideraba que esta nación era un “foco de perturbación dentro de la sociedad americana”.
Por su parte el Presidente Illía insistía en que en la represión se respetaran los derechos humanos.
Frente a esta situación y a la necesidad de elaborar los mecanismos para apoyar a los compañeros que encabezados por Jorge Ricardo Masetti habían comenzado a operar en el Norte, tomamos contacto con Ciro Bustos que estaba organizando las redes urbanas de apoyo.
Estas se estaban ampliando con la incorporación de los disidentes del Partido Comunista liderados por Juan Carlos Portantiero y Oscar del Barco.
Nuestra situación era compleja, el peronismo “oficial” y, fundamentalmente, la dirigencia sindical, estaba firmemente decidido a desestabilizar al gobierno radical, y nosotros tratábamos de estar dentro del Movimiento, sin suscribir esta postura.
Alicia Eguren y John William Cooke, rescataban la honestidad personal del Presidente, y consideraban que sus anuncios preelectorales se estaban concretando, pese a la oposición de la cúpula castrense y de sectores del gran capital, en particular los vinculados a los Laboratorios, por la ley de medicamentos, denominada “ley Oñativia”.
Entendían, además, que si bien el ejercicio de la lucha armada era el único camino para terminar con la dependencia y construir una sociedad socialista, como lo demostraban Cuba y todos los países que combatían al colonialismo -Vietnam, las colonias en Africa y los países árabes no- parecía oportuno el momento en que empezaba su actividad el EGP.
En esos días tuvimos conocimiento de que se habían producido algunos enfrentamientos armados y que ya había compañeros de la organización guerrillera abatidos y otros que estaban prisioneros.
En una reunión que realizamos en el departamento de Alicia y John, participó Gustavo Roca, un abogado cordobés hijo de Deodoro Roca, firmante del Manifiesto Reformista de 1918, amigo del Che y al cuál este la había pedido que asumiera le defensa de los encarcelados.
La información que él poseía era confusa y estaba claro que la represión estaba decidida a aplicar las técnicas de interrogatorio aprendidas en la “Escuela de las Americas”, con el uso, sin límite, de la tortura.
Además en su paso por la zona de operaciones un habitante del lugar le dijo que una de las bajas era un cubano.
Posteriormente un compañero de la red de apoyo nos confirmó que una de los primeros caídos era Hermes Peña un capitán que encabezaba la custodia del Che.
Todo aparecía como un triste y doloroso final, ya que los que quedaban, entre los que estaba el Comandante Segundo, estaban aislados, desabastecidos, y en una difícil retirada acosados por los gendarmes e infiltrados por dos agentes de la Policía Federal.
En la próxima nota reconstruiremos aquél momento e iremos analizando como se empezaba a preparar una nuevo golpe militar.

Manuel Justo Gaggero es abogado. Ex Director del diario “El Mundo” y de las revistas “Nuevo Hombre y Diciembre 20”.

Publicado por ARGENPRESS

Anuncios