martes, 3 de julio de 2012

Jorge Gómez Barata (especial para ARGENPRESS.info)

En 1884 José Martí fue lapidario: “…No se funda un pueblo como se manda un campamento…”.

En el siglo XIX, cuando el liberalismo y el capitalismo se consolidaban en Europa y los Estados Unidos, las vanguardias patrióticas latinoamericanas conquistaron la independencia, no mediante plebiscitos sino por medio de la guerra. Antes que líderes políticos, nuestros próceres fueron jefes militares habituados a mandar y a ser obedecidos. Los mariscales, generales y coroneles de la independencia y sus herederos se convirtieron en presidentes, senadores y alcaldes.
El mismo proceso histórico que engendró a la clase criolla y a los patricios dio lugar a las deformaciones estructurales que abrieron espacios a la oligarquía y a los sátrapas que asumieron las repúblicas como botín y fueron precursores de nefastas tradiciones políticas.
De las formas de gobierno
El presidencialismo nació en los Estados Unidos, donde el riesgo de crear un “rey sin corona” fue conjurado por George Washington que trabajó por impedir que la monarquía se trasladara a la república. Eso explica por qué entre la declaración de independencia en 1776 y la adopción de la Constitución en 1789 transcurrieron 13 años, en los cuales se debatió cómo evitar que el gobierno federal y el presidente tuvieran excesivas atribuciones. La solución fue: conceder las mayores prerrogativas al Congreso, separar los poderes del Estado y adoptar el federalismo.
Por su parte en Europa occidental, por temor al radicalismo republicano, se optó por establecer la democracia liberal sin repudiar a las monarquías se introdujeron los sistemas parlamentarios. Aunque ninguna de aquellas experiencias resultó perfecta, ambos modos de encarar el poder y la dirección de la sociedad en sus respectivos entornos han resultado viables.
En América Latina no ocurrió así porque no se adoptó lo uno ni lo otro y si bien siguiendo el modelo estadounidense se estableció el presidencialismo, fórmula ideal para los caudillos y la oligarquía, no concurrió el respeto a las constituciones, la separación de los poderes ni el compromiso del liderazgo con el país. A ello se añade la dependencia al capital extranjero y el sometimiento político a los Estados Unidos.
En otra parte de Europa, primero en Rusia con la Revolución bolchevique y luego en Europa Oriental se trató de evadir las reglas del parlamentarismo y el presidencialismo creándose gobiernos más o menos colegiados que en la Unión Soviética asumieron la forma de “Soviet” y de “Consejo de Estado” en los países del socialismo real.
La idea que prometía avances en el funcionamiento de la democracia fue abortada, entre otros factores por inconsecuencias y por la introducción de elementos en el sistema político que no resultaron eficaces, además de por concepciones equivocadas acerca del carácter del Estado y por el papel atribuido al liderazgo. Un elemento extremadamente perjudicial fue la creencia que para suprimir la democracia burguesa era preciso cuestionar la democracia en su conjunto.
Actualmente mientras en Europa, Estados Unidos y Asia apenas se discute la pertinencia de los sistemas de gobierno establecidos, en América Latina existe una intensa lucha a favor y en defensa de la democracia, que es ahora una bandera de la izquierda frente a los esfuerzos de la derecha oligárquica y pro imperialista por mantener sus privilegios y secuestrar el poder del pueblo.

Los intentos golpistas en Venezuela, Bolivia y Ecuador y los golpes de estado consumados en Honduras y Paraguay han relanzado el debate. Les prometo nuevos comentarios. Allá nos vemos.

Publicado por ARGENPRESS

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