sábado, 4 de agosto de 2012

En países como los latinoamericanos, privilegiar el financiamiento  privado ahonda más lo que ya estamos observando: campañas multimillonarias de fuentes oscuras y hasta ilícitas, poderes ocultos que resultan determinantes, corrupción incontrolable, anulación de lo público ante lo privado, grandes medios de comunicación enriquecidos por una política televisiva y radiofónica que privilegia las guerras de lodo.
Carlos Figueroa Ibarra / Especial para Con Nuestra América
Desde Puebla, México
En un contexto  en el cual  el sector  más desprestigiado desde hace muchos años en América latina son los partidos políticos y la clase política, el tema del financiamiento de los primeros  ha cobrado importancia. El argumento que escucho frecuentemente en los medios de comunicación electrónicos y escritos, es que los partidos políticos no deben recibir  subsidios estatales para  realizar sus funciones porque los contribuyentes no debemos  estarles pagando a una bola de zánganos. Y hay que reconocer que el argumento tiene consistencia: los partidos en mi experiencia se han convertido en grupos de interés cada vez más alejados de los intereses de los ciudadanos. Sus dirigencias tienen su principal interés en conservar cotos de poder, influencias y dinero. Los partidos han dejado de ser lo que eran antaño: agrupaciones  articuladas ciertamente en torno a intereses económicos y sociales  y por ello mismo articulados en torno a intereses políticos e ideológicos. Comparemos a los grandes partidos de la Guatemala de hace 50-60 años con los actuales y veremos claramente la diferencia. La ultraderecha anticomunista contaba con el Movimiento de Liberación Nacional, el pensamiento social cristiano tenía a la Democracia Cristiana, la socialdemocracia tenía una vertiente de derecha en el Partido Revolucionario y una de centro izquierda en la Unidad Revolucionaria Democrática y sus siglas sucesoras. Finalmente en la clandestinidad y fuertemente reprimido, el comunismo se agrupaba en el partido Guatemalteco del Trabajo.
¿Cuál es la ideología de los partidos políticos  en la Guatemala de la primera década del siglo XXI? Más allá  de los lugares comunes del neoliberalismo, los partidos políticos son grupos de interés que tienen por fin llegar a gozar cuatro años de las arcas nacionales, los grandes negocios y después disolverse. Es el caso guatemalteco uno paradigmático de la debilidad del sistema de partidos políticos con casos extremos de volatilidad partidaria y transfuguismo parlamentario: en el mejor de los casos los partidos crecen, se desarrollan, gobiernan, son derrotados y después se disuelven. He allí el ejemplo de  la Unión Nacional de la Esperanza  quien  en las elecciones de 2012 obtuvo 48 escaños y ahora tiene solamente siete. El oportunismo que nace de las identidades partidarias débiles se muestra en Guatemala de una manera patética: de 158 diputados electos, 64 se han cambiado de bancada en los últimos 6 meses. Estos diputados son verdaderos impostores que traicionan el voto que los eligió.
La pregunta entonces es ¿vale la pena que el Estado financie a este grupo de oportunistas y a menudo corruptos políticos? ¿No sería mejor que el dinero de los contribuyentes se fuera para otro lado y que los partidos se rascaran con sus propias uñas? Pese a mi pobre opinión sobre la clase política y sus partidos, creo que el financiamiento privado vuelve más calamitosa esta situación. Un ejemplo prístino de esto se puede ver en lo que hoy está sucediendo en Estados Unidos de América con dos grandes partidos enormemente consolidados. Después de la decisión de la Corte Suprema de Justicia del 10 de enero de 2010 de declarar inconstitucional la prohibición de que grandes corporaciones privadas financiaran campañas políticas, han surgido los “super PAC’S” (Super Political Action Comittes) que son organizaciones privadas que financian campañas electorales principalmente presidenciales. Estos Súper Comités de Acción Política que ya existían antes de que se los declararan constitucionales, ahora prácticamente dominan  la vida de los partidos Demócrata y Republicano porque en un contexto en el que la política es cada vez más cara, quien pone el dinero es el que manda. En 2000 los “super PAC’S” metieron en las campaña presidencial casi 115 millones de dólares; en 2004 más de 192 millones de dólares; en 2008, poco más de 1,208 millones de dólares. Ahora con la decisión de la Corte Suprema de Justicia en marcha, en los siete meses transcurridos de 2012, la cifra asciende a casi mil millones de dólares y se calcula que en noviembre de 2012 cuando se celebren las elecciones presidenciales, la inversión habrá llegado a 2 mil millones de dólares (Salvador Capote, “La democracia en USA se fue a bolina”, Alai-Amlatina, 20/7/2012).
Aún partidos tan sólidos como los dos grandes partidos estadounidenses están perdiendo su autonomía ante la enorme cantidad de dinero que  les está llegando. Las grandes corporaciones hacen multimillonarias inversiones que cobrarán después con políticas públicas, concesiones, licitaciones a modo, etc. En países como los latinoamericanos, privilegiar el financiamiento  privado ahonda más lo que ya estamos observando: campañas multimillonarias de fuentes oscuras y hasta ilícitas, poderes ocultos que resultan determinantes, corrupción incontrolable, anulación de lo público ante lo privado, grandes medios de comunicación enriquecidos por una política televisiva y radiofónica que privilegia las guerras de lodo.
Y sobre todo que las elecciones son ganadas no por las mejores propuestas y los mejores candidatos, sino por aquellos que tienen más dinero. En conclusión, privilegiar el financiamiento privado de los partidos políticos es prostituir a la democracia.

Publicado por Con Nuestra América

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