miércoles, 1 de agosto de 2012

Pablo Bilsky (REDACCION ROSARIO)

A la hora de votar la realidad se impone; el miedo no siempre resulta suficiente.

Si el terrorismo es la “dominación por el terror”, tal como indica el diccionario de la Real Academia Española como primera acepción, no es exagerado utilizar el término para describir las operaciones de los medios hegemónicos al servicio de los poderes fácticos. Miedo, prejuicios, racismo, odio y discriminación para mantener el statu quo.
En Paraguay, la alianza entre la oligarquía terrateniente, los políticos a su servicio y los medios opositores lograron perpetrar un golpe de Estado. La televisión pública que había creado el destituido presidente Fernando Lugo se convirtió, horas después del golpe, en un espacio de resistencia popular, dejando claro la centralidad de los medios en el proceso. Los fallidos intentos de golpe en Bolivia y Ecuador también contaron con los medios opositores como factores fundamentales de desestabilización.
El gobierno de Rafael Correa viene luchando desde 2009 para que el parlamento apoye una nueva ley de medio que fue ampliamente plebiscitada por la población. En el último intento, el 19 de julio, cuando se pospuso una vez más la votación, los periodistas de los medios opositores acreditados festejaron en el recinto, con algarabía, en consonancia con los conglomerados mediáticos que vienen atacando al gobierno de Correa.
En la Argentina se sancionó una ley de comunicación audiovisual que reemplazó una norma de la dictadura militar, y que está siendo resistida por sectores conservadores. Esta reacción de los grupos corporativos se traduce en la Argentina, al igual que en el resto de América latina, en un permanente acoso al gobierno. Los ciudadanos se ven en serias dificultades para ejercer el derecho humano básico de contar con información. Para acceder a este derecho deben buscar medios alternativos, comunitarios, únicos reaseguros de las instituciones y la vida democrática.
La disputa de las corporaciones contra los gobiernos populares, reformistas y, en general, contra las gestiones no neoliberales de América latina, altera y degrada todo el escenario de la batalla de ideas, de la lucha por el sentido, y lo reduce a una mera disputa maniquea, pueril, de fanatismos ciegos sin fundamentos.
El miedo sigue siendo una herramienta al servicio de la manipulación, la dominación y al confusión del ciudadano. Los medios hegemónicos recurren al terror en forma permanente. Son diarios propaladores de Apocalipsis que nunca llegan.
Descontextualizar, deshistorizar, instalar los hechos en un limbo asocial y sin sentido es otra de las estratagemas que estructuran la estrategia de las corporaciones mediáticas. En la prédica de esos medios, las cosas suceden fuera de toda lógica o sentido, sólo emanadas de la maldad de los demonios de turno, que son los gobernantes elegidos mayoritariamente por la ciudadanía. Pero esto último nunca se dice. Los demonios surgen de la nada, del mismísimo Infierno.
La matriz ideológica, reaccionaria, antidemocrática, antipolítica, se notas no sólo en el contenido explícito de sus discursos, sino también en la actitud ante los lectores, oyentes y televidentes, a quienes tratan como a tontos sin sentido crítico ni capacidad de discernimiento, como a seres manejables y manipulables a los que les venden cualquier mentira, baratijas del sentido, berretas piedritas de colores. La ideología resulta también legible en la utilización sistemática de la mentira, tan pregonada por el Ministro de Propaganda de Hitler, quien pese al cianuro y la incineración todavía sigue dando letra a los sectores más retrógrados.
Los medios de comunicación concentrados al servicio de los intereses económicos más conservadores pretenden lograr lo que los especialistas en análisis de discurso denominan “hegemonía discursiva”, situación que depende de la correlación de fuerzas existente en cada momento.
Este concepto no sólo se refiere a cuestiones cuantitativas, como por ejemplo qué medios tienen más impacto e influencia en el público. Más allá de este hecho obvio, los medios hegemónicos imponen y construyen estructuras ideológicas mucho más difusas, más implícitas y profundas: definen el grado de legitimidad y verdad de los enunciados, crean sus propios esquemas persuasivos y de argumentación, marcan el límite de los pensable-decible en una sociedad, difunden temperamentos, predisposiciones, estados de ánimo, valores, axiomas, visiones del mundo, dogmas, fetiches, tabúes y profecías autocumplidas, otorgan mayor o menos aceptabilidad a las ideas que circulan, crean lugares comunes y, sobre todo, definen “el efecto de evidencia” o “efecto de realidad” propio de todo discurso.
Mediante el poder de sugestión e ilusión, los medios hegemónicos contribuyen a que ciudadanos comunes y trabajadores asalariados se conviertan en propaladores de la ideología dominante, fenómeno que resulta evidente entre algunos sectores medios urbanos.
“Hay cosas que todos dicen porque fueron dichas antes”, escribió Montesquieu haciendo referencia a un fenómeno propio de la hegemonía discursiva.
El analista de discurso Marc Angenot señala que la hegemonía discursiva no sólo impone temas recurrentes, ideas de moda, lugares comunes y efectos de evidencia. También impone reglas generales de lo decible, lo pensable, y lo aceptable discursivo en cada época.
De esta manera, los medios hegemónicos “sobredeterminan lo enunciable”, señala Angenot, y “privan de medios de enunciación a lo impensable y a lo todavía no dicho”.
Por este motivo, hoy en la Argentina y América latina, puede ocurrir que aquellos ciudadanos que no repitan el discurso dominante, y rechacen la prédica falaz de los medios concentrados, queden del lado de lo “indecible”, por lo que sus afirmaciones parecerán insólitas, inauditas, hasta demenciales, sólo porque se alejan de la vulgata hegemónica.
Pero lo “impensable”, y los “indecible” encuentra otros canales de expresión. El voto, nada menos.
Por eso los medios hegemónicos al servicio de los poderes fácticos se tornan cada vez más claramente antidemocráticos. No pueden ya disimular. Los gobiernos de América latina que han superado el paradigma neoliberal, ese paradigma rechazado hoy por las ciudadanías de todo el mundo, cuentan con un apoyo popular que es la envidia de los gobiernos de Europa.
A la hora de votar para elegir gobierno, las mentiras de los medios hegemónicos se muestran paticortas y patitiesas. La realidad se impone. El miedo no siempre resulta suficiente.

Publicado por ARGENPRESS

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