LUNES, 27 DE AGOSTO DE 2012

Jaime Richart (especial para ARGENPRESS.info)

No es la conciencia del hombre la que determina su ser, es el ser social lo que determina su conciencia…

Lo que voy a decir pertenece a la filosofía social, no a la ideología, pues la ideología encierra ideas ocluidas muy cercanas al dogma, y nada más lejos de mi intención que basarme en una ideología para razonar. La filosofía social, en cambio, indaga y es por definición flexible y asertórica. Pues bien, los dos partidos políticos principales españoles comparten la misma ideología que evita una redistribución a fondo de la riqueza. No hay en los políticos que lo componen voluntad alguna de establecer de una vez por todas en las raíces del Estado, en sus leyes y en su acción institucional la justicia distributiva. Por el contrario, su política gubernamental y parlamentaria tienen un propósito negativo: burlar hábil y sistemáticamente la igualdad a que hace referencia la Constitución. Pero es que ni siquiera la ideología parlamentaria más a la izquierda plantea una revisión a fondo de la propiedad de la tierra (o no llega noticia alguna a ese respecto), dando por bueno el reparto ancestralmente existente. Solamente individuos y organizaciones concretos extraparlamentarios a los que la parte más favorecida de la sociedad señala con sarcasmos, tratan de sacudir las conciencias…
Y es que para abordar este asunto debidamente hoy hay que tener una altura de miras, una grandeza de espíritu y una valentía que casi podría decirse son puestas a prueba cuando ronda el hambre. Pero también esta pasividad se comprende hasta cierto punto, pues el aparato represor de los apoltronados y acomodados no va a permitir que quienes claman por la justicia traspasen los límites marcados de antemano como los que marcan las cartas para ganar la partida tramposamente. Para eso están sus policías, para proteger sus propiedades, los derechos que se han atribuido a sí mismos y sus rentas blindadas…
El caso es que el Estado se ideó para hacer una sociedad de ciudadanos felices o, al menos, para evitar que sean desgraciados. Pero la práctica política va por otros derroteros. La llamada realpolitk de los socialmente fuertes hace imposible todo intento que no sea halagar el instinto y colmar las apetencias de los poseedores del dinero y de los latifundios, siendo así que el único modo de salir del marasmo en que el país está sumido sería hacer tabla rasa de todo lo tramado al menos durante un siglo -el tiempo en que el capitalismo industrial ha derivado hacia el financiero-, e impedir las tortuosidades que maneja la simpleza filosófica del capitalismo a secas que viene incitando a la ley de la selva. Actualmente cualquier intento de superar las horrendas huellas dejadas por la herencia franquista ha de superar un pensamiento circular que se retroalimenta de sí mismo en parlamentos, foros y medios, e impide otras fórmulas que conduzcan al objetivo de felicidad o satisfacción para todos que el Estado tiene la obligación de perseguir y conseguir.
En las democracias burguesas, y más aún en la peculiar y falseada democracia española, es descarada la inversión del papel del Estado. En lugar de ponerse el Estado al servicio de la ciudadanía, obliga a la ciudadanía a beneficiar aún más a la porción de sociedad ya beneficiada por sí misma y por la historia de la rapiña social. Privatizar beneficios (del Estado) y socializar pérdidas (del Estado) es la constante en la sociedad española para escarnio del conjunto del país y depauperación de una gran parte de su población. La crisis económica es otro invento diabólico institucional para seguir enriqueciendo a los más ricos y empobrecer más a los más necesitados, sometiéndoles, por si fuera poco, a la incertidumbre, a la zozobra o a la desesperación.
El Estado no cumple su función desde que se transformó la dictadura franquista en otra cosa. Si el Estado no existiese, la sociedad sería una jungla. Pero cuando imaginábamos que el mundo, Europa y España se dirigían hacia una situación global de contento y de satisfacción generalizada, el Estado se pone de pronto al servicio de la Economía y el dinero financiero. Y en lugar de corregir los abusos y el predominio de los poseedores, los refuerza culpando de todo ello a “los mercados”, como si los mercados no estuviesen controlados por seres humanos. La misma y conocida argucia de culpar a la informática de los supuestos errores en sus asientos contables en beneficio del banco, como si las terminales no estuviesen manejadas por sus empleados…
Lo triste es que los políticos y el resto de los supuestos intelectuales y pensantes mediáticos se pasan la vida dando vueltas en carrusel a los efectos de la abdución de la economía por las sinuosidades financieras, sin exigir las soluciones radicales que está pidiendo a gritos una parte de la sociedad española que cada día que pasa es más grande.
Los políticos, los politólogos, los economistas… todo el mundo analiza y lamenta la situación actual económica obviando que el Estado está para los ciudadanos y no al revés, pero los gobiernos que se van sucediendo no hacen absolutamente nada. Y a pesar de que el propósito del pensamiento neoliberal es achicar todo lo posible las funciones del Estado en beneficio de lo particular, lo cierto es que buena parte de lo privado también se reduce considerablemente en favor de lo societario, del clan, del grupo, de la mafia y de los salteadores de la sociedad avalados por el Estado. Multinacionales, transnacionales, corporaciones y sociedades mercantiles gigantescas arrollan al comercio privado, pequeño, familiar y autónomo con la complicidad además de las leyes y del poder político, esté en funciones o en la oposición.
La perversidad del sistema consiste en afirmar que la imaginaria libertad de mercado (todos los mercados están bajo control) crea riqueza, cuando la creación de riqueza está agotada y el Estado es un juguete de la Economía y de los individuos con menos escrúpulos de toda la sociedad.
El estado de cosas que en 1789 hubo en Francia cuando el pueblo francés gritaba que no había pan, así se le expuso María Antonieta y ésta respondió: “que coman bollos”, empieza a parecerse cada día más al estado de cosas que se extiende por España. Y las maniobras de los que invitan hoy a la desobediencia civil son meros escarceos al lado de lo que se puede avecinar si el único recurso que se deja al pueblo son el motín, el levantamiento, la sublevación o la revolución.
En todo caso, la bancarrota que se perfila en el Estado por una serie de concausas a las que está ajeno el pueblo, pero principalmente por el expolio y el despilfarro a que le han sometido los políticos, los bancos y los asociados de ambos nos presenta a un Estado fallido que nos invita al sálvese quien pueda…
Jaime Richart es Antropólogo y Jurista.
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