LUNES, 27 DE AGOSTO DE 2012

Jorge Gómez Barata (especial para ARGENPRESS.info)

No me parece valido que se invoquen la cultura o las tradiciones para legitimar comportamientos sociales o individuales incivilizados, absurdos o discriminatorios. Si alguna costumbre o precepto ampara la discriminación de la mujer, el racismo, la intolerancia religiosa o de género o la violencia, impide el disfrute de placeres legítimos, mutila el cuerpo, tolera castigos físicos u obliga a prácticas obviamente absurdas, no debe ser preservada ni honrada, sino rechazada como anacronismo o aberración.

Así reacciono ante el argumento de que la libertad para poseer, portar, comprar y vender y eventualmente usar armas de fuego es un elemento de la cultura norteamericana que debe ser respetado.
Por otra parte comprendo las razones de los fundadores de los Estados Unidos que, por medio de la Segunda Enmienda, convirtieron en precepto constitucional el derecho a poseer y portar armas de cualquier tipo: ARTICULO II Siendo necesaria para la seguridad de un Estado libre una milicia bien organizada, no se coartará el derecho del pueblo a tener y portar armas.
Obviamente las sucesivas oleadas de intrépidos y laboriosos colonos que en los siglos XVII, XVIII y XIX se establecieron en los territorios que hoy forman los Estados Unidos y con audacia impar e inmensos sacrificios, corriendo riesgos extraordinarios levantaron el país, no podían prescindir de las armas de fuego para su subsistencia y defensa. Entonces no existían leyes, policías y otros cuerpos de seguridad que los protegieran y muchos ni siquiera vivían en comunidades. No es criticable que poseyeran armas y que incluso las mujeres y los niños fueran entrenados en su utilización.
Por otra parte, cuando en 1789, mediante el Acta de Derechos fueron introducidas las 10 primeras Enmiendas, las armas de fuego existentes poseían alcance y efectividad limitados y eran poco letales. La forma en que Hollywood ha contado la Conquista del Oeste es inexacta, entre otras cosas por la efectividad que atribuye a las armas de fuego.
Más adelante, en la medida en que se llevó a cabo la guerra de liberación, se formaron las instituciones militares, se auspició la insaciable conquista de territorios arrebatados a los pueblos originales y a México y se libró la Guerra Civil y más tarde se auspiciaron políticas imperialistas que requirieron un enorme potencial militar, la producción y el comercio de armas se transformó en una de las ramas más lucrativas de la economía estadunidense.
Las armas de fuego que por decenas de millones poseen los ciudadanos norteamericanos, no aportan nada a las capacidades militares del país y no contribuyen a la seguridad ciudadana, sino todo lo contrario. No existe ningún argumento cultural e histórico válido que ampare la posesión por parte de la ciudadanía de armas extraordinariamente poderosas, precisas y letales.
Los norteamericanos que han reformado su Constitución en 27 ocasiones, nunca se han decidido, ni siquiera a establecer regulaciones mínimas que contextualicen el derecho a poseer armas. Según una opinión muy extendida y probablemente atinada, ello no se debe a fenómenos culturales o a tradiciones legitimas sino a intereses económicos que trafican con la muerte.
Los índices de criminalidad, suicidios, accidentes, actos terroristas y matanzas que en número creciente y cada vez más frecuente ocurren en los Estados Unidos con armas de fuego hacen urgente regulaciones respecto al comercio y la tenencia de armas. Lo que un día fue justificado y legítimo es ahora un rasgo que desmiente el nivel de cultura y civilización alcanzado por el pueblo norteamericano que no es intrínsecamente violento. Allá nos vemos.
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