Crisis capitalista: El huevo de la serpiente

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La aceleración de la globalización y la financiarización fuerza a los países a desmantelar los contratos sociales y los Estados de Bienestar, para bajar salarios y empeorar las condiciones laborales.
La rapiña financiera en el
centro de la crisis global.

 

Rudiger von Arnim / Página12
Hace cuatro años el colapso de Lehman Brothers marcó el inicio de la Gran Recesión. El mundo todavía se está recuperando de las consecuencias de esta crisis financiera que todo lo abarca. ¿Cuáles fueron las causas de la crisis? Mucho se ha dicho sobre los instrumentos derivados, el fracaso de las regulaciones y la codicia. Estos elementos importan, pero aquí me gustaría ofrecer una explicación más simple y más profunda: la globalización fuerza a los países a vaciar sus contratos sociales. La reducción de los salarios reales promete ganancias a través de la inversión y las exportaciones, pero en última instancia socava el crecimiento en todas partes.
Si los salarios reales no sostienen el crecimiento a nivel mundial, ¿qué puede hacerlo? La respuesta es que una burbuja global del crédito –desde California y Florida hasta España e Irlanda– podía hacerlo, hasta que no pudo más. Las tendencias subyacentes finalmente te alcanzan: si los salarios reales no se mantienen en sintonía con el crecimiento de la productividad, la participación de los trabajadores en el ingreso total baja. La burbuja global del crédito se suele manifestar a nivel local, por ejemplo, como un boom inmobiliario en Miami o en la costa mediterránea de España, pero es propulsado por un mercado financiero global liberalizado. Así, podemos identificar tres factores dominantes pero interdependientes en esta historia: la aceleración de la globalización, el aumento de la desigualdad y la financiarización.
Para trazar a grandes rasgos cómo llegamos hasta aquí, dividimos el período de la posguerra en dos: la época dorada del capitalismo inmediatamente después de la Segunda Guerra que terminó con el colapso del sistema de Bretton Woods en la década de 1970, y la segunda era de la globalización que se inició con la revolución conservadora hacia el final de esa década. La edad de oro tuvo un crecimiento global rápido, incluso en las economías en desarrollo. Los vínculos comerciales entre las economías se fortalecieron, pero la integración no fue tan profunda como es hoy. La apertura de la cuenta de capital fue muy limitada. En muchas economías avanzadas, así como en algunos países en desarrollo, los Estados de Bienestar se profundizaron. La expansión de las instituciones laborales protegió los puestos de trabajo y garantizó un rápido crecimiento compartido de la productividad. Generalmente, estos elementos permitieron aumentar la participación del trabajo en el ingreso. Así, el crecimiento mundial fue sostenido por la demanda local.
La segunda era de la globalización, en un marcado contraste, vio la aceleración de la globalización. La integración comercial se profundizó, la producción internacional se desfragmentó en redes de producción trasnacionales flexibles y se liberalizaron los movimientos de capitales. Todas estas tendencias disciplinaron al trabajo a través de la amenaza de la relocalización productiva. De hecho, las negociaciones de contratos laborales que no están sujetas a una amenaza de deslocalización de las fábricas tienden a ser la excepción, en parte debido a la creciente comerciabilidad de los servicios. Como consecuencia, el crecimiento de los salarios reales se ha desfasado del crecimiento de la productividad en muchos países, llevando a la caída de la participación del trabajo en el ingreso y la creciente desigualdad. Por lo tanto, a nivel mundial, la demanda de consumo no puede absorber lo que puede producirse y a la falta de demanda global efectiva le siguen el desempleo y el estancamiento.
La apertura de las cuentas capital ocupa un lugar central en esta etapa. En primer lugar, los países tienen que ofrecer bajos impuestos a las ganancias (si no exenciones), así como bajos salarios para atraer y retener la inversión extranjera directa de las multinacionales. Estas políticas tributarias limitan el espacio fiscal del Estado para sostener las redes de seguridad social, invertir en educación y mantener la infraestructura esencial. En ese sentido, la combinación de financiarización con apertura de la cuenta capital tiende a producir flujos de capitales volátiles y pro-cíclicos que proporcionan un terreno fértil para la expansión insostenible del crédito. Ese crecimiento del crédito a menudo se transforma en burbujas inmobiliarias y de consumo inducidas por el endeudamiento en el camino hacia arriba y en crisis de balanza de pagos en el camino hacia abajo. En los últimos años la financiarización –a través de la presunta innovación en el uso de los derivados– sostuvo una burbuja global del crédito que permitió posponer el día del juicio final: en la medida en que los hogares de clase media y baja en los países avanzados mantienen los niveles de vida a través de la acumulación de la deuda, el crecimiento continúa a pesar de la falta de demanda “real”.

En resumen, la aceleración de la globalización y la financiarización fuerza a los países a desmantelar los contratos sociales y los Estados de Bienestar, para bajar salarios y empeorar las condiciones laborales. En el proceso, aumenta la desigualdad. Hace falta confianza y cooperación para crear políticas que sostengan una clase media pujante. En términos simples, dos países se benefician si ambos llevan adelante esas políticas porque profundiza la extensión del mercado. La globalización hizo muy difícil que un país confíe en que otro no dará exenciones fiscales a las grandes corporaciones, no erosionará los salarios reales y no administrará su tipo de cambio, para aumentar su participación en el mercado global. La economista Joan Robinson llamó a esa estrategia políticas de mendigar al vecino. Muchos países persiguen esas políticas, ya que no existen instituciones económicas o políticas que puedan efectivamente impulsar la cooperación. Pero las economías de mercado deben estar integradas en una red de instituciones sociopolíticas que amortigüen sus efectos perjudiciales. Las democracias sociales del siglo pasado lograron hacer eso, hasta cierto punto, durante la edad de oro. Es evidente que la globalización destruye ese modelo y que los esfuerzos renovados de integración deben llevarse a cabo en una escala global. ¿Será posible?

América Latina y Europa: dos puertas distintas para salir de la crisis neoliberal

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sábado 28 de abril de 2012

La crisis de este capitalismo salvaje, que arrasa con todo a su paso, puede llevarnos a escenarios políticos que nadie se hubiera imaginado hace tan solo 20 años.
Rafael Cuevas Molina /Presidente AUNA-Costa Rica
Las políticas de austeridad y ajuste neoliberal están en el centro de las protestas populares en Europa.
Las nefastas implicaciones del neoliberalismo, es decir, del capitalismo llamado “salvaje” por el Papa Juan Pablo II, llevan a la desesperación del pueblo (perdón, quise decir sociedad civil) que, en la búsqueda de salidas, encuentra puertas distintas y, a veces, encontradas.
Si echamos un vistazo a las derivaciones políticas que han traído los programas de ajuste en Europa y América Latina, las diferencias saltan a la vista.
Como se sabe, en América Latina varios son los países en los que se eligió gobiernos que, abierta y beligerantemente, propusieron salidas que fueron a contramano de las políticas neoliberales que sus antecesores aplicaron a rajatabla en decenios anteriores. El alejamiento de este modelo ha sido difícil, engorroso, dadas las profundas ramificaciones que tiene en todos los ámbitos de la vida contemporánea. En el conjunto de naciones que han optado por este camino hay toda una gama, en la cual se pueden encontrar los más variados matices. Quienes entienden de clasificaciones identifican dos grupos: el de los moderados, por un lado, formado por Brasil, Argentina y Uruguay, y el de los radicales, que comprende a Venezuela, Ecuador, Bolivia y Cuba.
Se discute, claro está, si en verdad existe un alejamiento del modelo neoliberal o si, por el contrario, se trata solo del atemperamiento de sus efectos a través de políticas sociales orientadas hacia los grupos más desfavorecidos.
Se alega también, y con razón, la apuesta que la mayoría de estos países ha hecho por el modelo extractivista que, como bien se sabe, no solo depreda el medio ambiente sino también a la fuerza de trabajo que ocupa, pagando al mismo tiempo míseros dividendos impositivos a los países en los que opera.
Son, evidentemente, contradicciones y limitaciones que poco aportan a la construcción de una alternativa al neoliberalismo. Se trata, sin embargo, de procesos en los que se hacen esfuerzos y se alientan búsquedas de caminos propios para el desarrollo que, en otros contextos políticos, serían inconcebibles.
En este sentido, en América Latina se ha encontrado una salida que podría catalogarse de “hacia la izquierda”, que ha llegado a ser invocada como camino a seguir en otras latitudes, como en la misma Europa, por ejemplo, en donde la crisis provocada por el capitalismo financiero lleva cada día a más personas a la desesperación.
Esa desesperación de los europeos los ha enrumbado por ciertos caminos  que a nosotros, desde este nuestro observatorio tercermundista y marginal, se nos antoja peligroso, y que la reciente primera vuelta de las elecciones francesas nos ha puesto en evidencia: la expansión y afianzamiento de las opciones políticas de derecha. Es decir, el camino o la puerta opuesta a la abierta en nuestro continente latinoamericano.
No estamos diciendo nada nuevo ni iluminando a nuestros lectores, si recordamos que este tipo de opciones políticas tienen una larga carrera en el viejo continente. La más conocida, por las implicaciones mundiales que trajo en la primera mitad del siglo pasado, fue e l fascismo, que arrastró a la guerra y al efervorizamiento de ideas y valores de nacionalismo excluyente y odios raciales.
Desde los años 90 esta derecha política ha venido ganando posiciones en países como la mencionada Francia, en Austria, Noruega, Finlandia y Holanda, en donde han pasado incluso a formar parte de coaliciones gubernamentales.
Hoy, ante la crisis económica que se vive en esa parte del mundo, estas posiciones ganan cada vez más adeptos en sectores de la población que se sienten acorralados. En Francia, vota a la derecha una mezcla de población rural, pequeños productores agrícolas afectados por la crisis y poco favorecidos por las políticas agrícolas de la Unión Europea, que han sido diseñadas para favorecer a las grandes empresas agroindustriales y exportadoras de granos y alimentos, así como pequeños comerciantes arruinados por los supermercados de las grandes empresas comerciales, y una creciente población desplazada de las ciudades por los altos alquileres, que sufre además la precariedad laboral. Como en los años 30 el desmoronamiento del neoliberalismo aumenta el peligro de la tentación fascista.
La crisis de este capitalismo salvaje, que arrasa con todo a su paso, puede llevarnos a escenarios políticos que nadie se hubiera imaginado hace tan solo 20 años.
La daga de Damocles pende sobre nuestras cabezas.
Publicado por Con Nuestra América

Nosotros, el enemigo

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Para los poderosos, nosotros somos el enemigo; es decir, los de abajo, los que sufrimos el peso de las sucesivas crisis en las que cae periódicamente el sistema capitalista; los que soportamos los “ajustes” provocados por la avidez de los especuladores; los que sufrimos el desempleo o el alza de los impuestos o el recorte de nuestras pensiones.

Rafael Cuevas Molina/Presidente AUNA-Costa Rica

rafaelcuevasmolina@hotmail.com

(Fotografía: “Somos el pueblo, no el enemigo”, el grito de protesta en Valencia, España, contra la represión a los estudiantes y trabajadores).

Casi simultáneamente, dos noticias de lugares distantes entre sí nos recordaron esta semana cuál es el lugar que ocupan, en la mente de los poderosos, todos los que no están dentro del estrecho círculo de los adinerados y sus servidores (“ejecutivos”, suelen llamarles a estos últimos).

La primera nos llega de Guatemala, en Centroamérica, en donde campesinos de una pequeña comunidad llamada El Regadío, ubicada en el departamento del Quiché, mismo en donde hace 30 años el ejército de ese país arrasó con cuanto se le puso al frente bajo la consigna de eliminar a una población civil “aliada” con la guerrilla y el comunismo.

En El Regadío, terratenientes locales han agredido a dirigentes comunales y miembros de la comunidad que se oponen a ser desalojados de sus tierras. Sucede que la familia Brol, que cuenta con su propia horda de matones a los que llama “seguridad privada”, pretende adueñarse de una naciente de agua para utilizarla en la hidroeléctrica Palo Viejo II operada por la transnacional ENEL.

Como era de esperarse según el orden “natural” de las cosas, el viceministro de Gobernación y el Jefe del Estado Mayor del Ejército, con cientos de efectivos militares, carros y helicópteros, se han hecho presentes en el lugar para “restablecer el orden” y han lanzado acusaciones y amenazas contra los pobladores.

A los dirigentes comunales, que denuncian que más de 50 manzanas de sembradíos de frijol les han sido arrasadas, los señores del gobierno guatemalteco los catalogan de “líderes negativos”, y declaran abiertamente que, de seguro, están penetrados y, por lo tanto, son manipulados por el narcotráfico.

Hace 30 años, las tierras de las que fueron desplazados los pobres del Quiché pasaron a engrosar los haberes de terratenientes y militares que veían en ellas potencial para la exploración petrolera y otras granjerías. En ese entonces, la excusa fue la lucha contra la penetración comunista. Hoy, persiguiendo los mismos objetivos espurios, echan mano del narcotráfico como excusa.

Vapuleados y arrinconados, los campesinos indígenas quichés del altiplano occidental guatemalteco constituyen “el enemigo” al que se enfrenta el ejército. Es el “enemigo interno” de los poderosos, el único al que este valiente ejército se atreve a enfrentar.

Mientras tanto, al otro lado del océano, los estudiantes españoles protestan en Valencia por los recortes que está sufriendo la educación en el marco del ajuste neoliberal al que está sometida España.

La Policía Nacional española arremete contra ellos de manera especialmente violenta: vapulea adolescentes con bastones de goma; arrastra por los suelos a muchachos de 16 y 17 años; no distingue género y le da garrote también a muchachas que, como lo muestra claramente la televisión, protestaban, con todo su derecho, pacíficamente.

Las autoridades locales salen a dar declaraciones a la prensa ante la indignación general. El jefe de la policía local cataloga a los estudiantes de “el enemigo” y, lógicamente, los ánimos se caldean aún más. Aunque luego se trate de sacar la pata (se dice que fue un lapsus linguae) no cabe duda que en al apresuramiento y la presión del momento, ha salido a relucir la verdad monda y lironda: los estudiantes son el enemigo, así como en Guatemala el enemigo son los campesinos indígenas.

En otras palabras, amigos y amigas, nosotros somos el enemigo; es decir, los de abajo, los que sufrimos el peso de las sucesivas crisis en las que cae periódicamente el sistema capitalista; los que soportamos los “ajustes” provocados por la avidez de los especuladores; los que sufrimos el desempleo o el alza de los impuestos o el recorte de nuestras pensiones.

Nosotros: los campesinos guatemaltecos; los estudiantes valencianos o chilenos; los griegos indignados. Nosotros, a los que por ser los últimos se nos prometió que, algún día, seríamos los primeros.

Hoy, sin ser haber llegado aún a ser los primeros, somos el enemigo.

Democracias falseadas y tiranía financiera

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La tiranía financiera estrecha el cerco a la movilización social y coloca entre la espada y la pared a gobiernos que simplemente administran unas “democracias falseadas”, cada vez más incapaces de representar los intereses populares y de invocar, siquiera como estrategia retórica, los viejos principios emancipadores de los que dice nutrirse: igualdad, justicia social, libertad.

Andrés Mora Ramírez / AUNA-Costa Rica

(Fotografía: la policía griega reprime a los manifestantes en las calles de Atenas)

Una fotografía de la brutal represión contra las manifestaciones populares en Grecia, del pasado fin de semana, retrata lo que ha llegado a ser la democracia liberal representativa –occidental y burguesa, para más señas- en nuestro tiempo: un ciudadano griego, expresión del pueblosoberano opuesto a las reformas neoliberales que exige la UE para “rescatar” la economía de su país, yace en el suelo, impotente, mientras dos policías, guardianes de un orden injusto y opresor, lo agraden sin contemplaciones.

La imagen, difundida por las agencias de prensa internacionales, es la metáfora perfecta de la crisis civilizatoria y de las formas que emplea la máquina del poder planteario, y sus subsidiarias locales, para convertir a la democracia y sus instituciones en aceite para sus engranajes. Es el sacrificio que reclama el dios Mercado en sus altares.

Para los latinoamericanos, lo que hoy vive Grecia es la puesta en escena de nuestra propia historia a lo largo de la década de 1990 y una parte de los primeros años del siglo XXI: el ajuste estructural, los recortes en presupuestos públicos, las privatizaciones forzadas, el ataque contra los derechos sociales y laborales, y la violencia de Estado desplegada sin misericordia contra los ciudadanos, para resguardar los intereses de los organismos financieros internacionales, los acreedores extranjeros y los grupos de poder “nacionales”.

Sin embargo, se trata de una historia cuyo último capítulo aún no se ha escrito. Allí donde la hegemonía neoliberal persiste en su dominación, como ocurre sobre todo en el norte de nuestra América, en México y Centroamérica, específicamente, la tiranía financiera estrecha el cerco a la movilización social y las luchas por una auténtica democratización, al tiempo que coloca entre la espada y la pared a gobiernos que simplemente administran unas “democracias falseadas” cada vez más incapaces de representar los intereses populares y de invocar, siquiera como estrategia retórica, los viejos principios emancipadores de los que dice nutrirse: igualdad, justicia social, libertad.

Eso es lo que, por ejemplo, presenciamos en Costa Rica en los últimos meses: crece el descontento social y aumentan en intensidad y frecuencia las protestas contra la política económica, de salarios y empleo público (el último aumento del sector fue aprobado por medio de un decretazo del Poder Ejecutivo, y representa apenas un 3.3% del aumento que se auto-aprobaron los diputados) y en materia fiscal (un regresivo paquete de impuestos se discute en el Congreso) del gobierno “socialdemócrata” de Laura Chinchilla. La población, en general, percibe que su administración carece de rumbo. Es un malestar generalizado, que parece alcanzar niveles inéditos en los últimos cinco años (por lo menos, desde las manifestaciones contra el Tratado de Libre Comercio con los Estados Unidos en 2007).

Y mientras tanto, la clase gobernante, incapaz de comprender las hondas raíces de las crisis capitalista y de pensar más allá de lo que el establishment global dicta como correcto, se aferra torpemente a las soluciones neoliberales. Prueba de esto es que durante la última reunión de la Internacional Socialista, celebrada en San José a mediados de enero, la presidenta Chinchilla salió a la caza de apoyo público para su antipopular reforma fiscal (el 75% de la población la rechaza) y lo encontró, nada más y nada menos, que en el exprimer ministro griego Giorgios Papandreou, uno de los responsables del colapso de la economía helénica y su rendición ante los organismos financieros internacionales.

Como si no bastara esa velada proclama de intenciones -o macabra profecía, según se quiera ver- para descubrir hasta qué punto Costa Rica está imbuida en las redes de poder de la tiranía financiera global, esta semana, justamente en víspera de la huelga de trabajadores del sector público que logró reunir a más de 25 mil personas en las calles de la capital San José, la agencia calificadora Standard & Poors emitió un nuevo informe del “riesgo país” para Costa Rica. El documento, rápidamente respaldado por la intelectualidad neoliberal y los principales medios de comunicación hegemónicos, amenaza con una baja en la calificación de la deuda costarricense –que ahuyentaría las inversiones de capital extranjero sobre las que se asienta el modelo de desarrollo neoliberal- si no se aprueban, en los próximos meses, los ajustes necesarios para reducir el déficit fiscal del país (un poco más del 5% del PIB) .

A través de este tipo de maniobras y el asedio con las bombas incendiarias del riesgo país, las agencias y organismos financieros, ayudados por los sacerdotes de la falsa religión del mercado, instalan en el debate público la claudicación ante las realidades del orden económico como dogma de fe. Grecia, Italia y España dan testimonio de la capacidad de influencia que pueden tener esos poderes sobre los sistemas políticos, los procesos de toma de decisiones y el futuro inmediato de los países objetivo.

Este es el fin último de la ideología neoliberal: acabar con el poder popular, socavar lo que quede de aliento emancipador en la democracia, e instaurar el reino de la resignación y la desesperanza en las sociedades. Es decir, democracia en las formas y procedimientos, pero plutocracia -gobierno de los ricos- en sus entrañas.

En su libro Ensayo sobre la lucidez, José Saramago, en tono de interrogación y sutil sugerencia, formuló una crítica profunda al contrato social que sostiene a esas democracias falseadas, manejadas a control remoto desde los centros del poder global. Dijo el escritor portugués: “Puede llegar el día en que nos preguntemos: ¿quién ha firmado esto por mí?”

Hay signos que sugieren que los pueblos podrían levantarse para buscar respuestas a esa pregunta de Saramago. Ya lo han hecho en América del Sur y África del Norte. Y lo insinúan en Europa y Estados Unidos. Quizás todavía no sea suficiente para llevar adelante un cambio civilizatorio, pero sí van abriendo los caminos de un futuro que, necesariamente, debe ser distinto a nuestro caótico presente.

EE.UU: El insomnio americano

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Es un año más de insomnio y pesadilla para el 99 por ciento en Estados Unidos. Pero a veces las pesadillas provocan gritos y despiertan la demanda de soñar.

David Brooks / LA JORNADA

El sueño americano –tanto su mito como su realidad– ha sido anulado aquí y sólo los ricos pueden dormir. Esto no es simbólico; de hecho, está al centro de todo el debate político y social de Estados Unidos. La promesa de este país fue que todos, sin importar dónde y cómo nacieron, en la pobreza o en una mansión, si en este u otro país, de una raza u otra, tenían a su alcance la oportunidad de mejorar sus condiciones de vida para que fueran superiores a las de la generación anterior.

Claro que en su forma más simplista –cualquiera podría llegar a ser presidente o millonario si se portaba bien, estudiaba mucho y trabajaba más– siempre fue un mito, como también eso de que ésta era una sociedad sin clases económicas. Pero en cierto grado, por ser la economía más rica del mundo, con una serie de conquistas logradas por movimientos sociales (derechos y normas laborales, derechos civiles, educación pública, seguro social, etcétera), Estados Unidos sí ofreció elementos de ese sueño, y durante décadas cada generación gozó de mejores condiciones que su antecesora. Hasta que ya no.

El sueño aquí fue cancelado con las mismas políticas neoliberales aplicadas a países del “tercer mundo”, ahora implementadas en el “primer mundo”. Los resultados, en el contexto de cada país, son los mismos: desmantelamiento del estado de bienestar, privatización de funciones públicas (incluidas las guerras), ataque frontal para destruir organizaciones sociales, sobre todo sindicatos, intentos por revertir conquistas sociales (derechos laborales, de mujeres, de minorías, de educación, etcétera), mayor represión (este país ha enjaulado a más de 2 millones de sus habitantes –más que cualquier otro en el mundo– en sus prisiones), y concentración extrema de la riqueza.

Durante los últimos meses se ha documentado tanto el fin de ese sueño como las pesadillas que lo han sustituido. Entre éstas: uno de cada dos estadunidenses está en la pobreza o al borde de ésta; dos tercios del caudal neto de los latinos y la mitad del de los afroestadunidenses se esfumó al perder su posesión más valiosa: sus casas, en la crisis hipotecaria; la desigualdad económica ha llegado a extremos sin precedente desde la gran depresión; el ingreso promedio de los trabajadores se ha estancado durante más de tres décadas; uno de cada siete hogares estadunidenses padece o enfrenta la amenaza del hambre (el nivel más alto jamás registrado).

Más recientemente se detectó algo que anula en lo fundamental el sueño americano. La educación siempre ha sido considerada el factor clave en promover la igualdad de oportunidades en una sociedad, en particular en Estados Unidos. Pero recientes y amplias investigaciones descubrieron que la brecha educativa entre estudiantes de familias ricas y pobres se ha ampliado de manera significativa. En una se registró que la distancia en calificaciones de exámenes estandarizados entre los estudiantes prósperos y los de bajos ingresos se amplió 40 por ciento desde los años sesenta hasta ahora. En otra, la brecha entre pobres y ricos que completan sus estudios universitarios se amplió 50 por ciento desde finales de los ochenta, reporta el New York Times. La conclusión es que el ingreso familiar ahora determina más que nunca el “éxito” de un joven en el ámbito de la educación.

Anteriormente se reportó otra investigación de expertos que reveló que Estados Unidos se distingue entre los países avanzados por ser donde hay menos “movilidad social”, o sea, donde más se hereda la posición socioeconómica de sus ciudadanos. Eso contradice toda la esencia del llamado sueño americano, y confirma que hoy es casi todo mito y poca realidad.

De hecho, para los varones con preparatoria o menos –los que antes lograban obtener vidas de clase media con buenos empleos manufactureros, o sea, participar en el sueño– las cosas van de mal en peor: los salarios se han desplomado 23 por ciento desde 1973, y mientras 65 por ciento de ellos en 1980 tenían seguro de salud como prestación de su empleo, en 2009 sólo 29 por ciento gozaban de él, reportó el economista premio Nobel Paul Krugman.

Hasta los multimillonarios más honestos confiesan que algo está muy mal entre lo que debería ser y lo que existe en este país. “La marea alta eleva a todos los barcos”, decía el refrán, recuerda el segundo hombre más rico de Estados Unidos, Warren Buffett, en una entrevista para la cadena de televisión CBS. Pero lo que ha ocurrido es que “esa marea alta sólo ha elevado a los yates”, dijo, y agregó que “los muy ricos de este país no han sacrificado ni una onza” para mejorar las condiciones económicas de todos los habitantes del país. El financiero George Soros recientemente alertó, en entrevista con Newsweek, que “estamos enfrentando un tiempo extremadamente difícil, comparable en muchas maneras a los treintas, la gran depresión”, y que con ello pueden surgir “mayores conflictos de clase, disturbios en las calles y, con ello, mayor represión estatal, mucho en torno a la desigualdad económica”.

De hecho, en encuestas recientes del Centro de Investigación Pew, el conflicto de clases se agrava: 66 por ciento (dos de cada tres) creen que existen conflictos fuertes o muy fuertes entre la élite y los empobrecidos en Estados Unidos.

Hace unas semanas, otro multimillonario, Richard Branson (Virgin Airways, Virgin Records y otras empresas), opinó que el movimiento Ocupa Wall Street debería ser “un muy necesario despertador” para los empresarios ricos. En entrevista con The New Yorker, Branson estimó que Ocupa es “un movimiento admirable, un movimiento pacífico. La única cosa que no ha sido pacífica es la manera en que la policía en algunos estados lo ha enfrentado, lo cual creo que está absolutamente mal”.

El grito de Ocupa Wall Street, de que el 99 por ciento padece el secuestro del sueño americano por el 1 por ciento, logró enmarcar el contexto básico en el cual se realizan las elecciones nacionales este año en Estados Unidos.

Es un año más de insomnio y pesadilla para el 99 por ciento en Estados Unidos. Pero a veces las pesadillas provocan gritos y despiertan la demanda de soñar.

El ajedrez global de la crisis

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jueves 22 de diciembre de 2011

 

Claudio Katz (especial para ARGENPRESS.info)
Resumen

Se vislumbra una nueva fase recesiva con impactos regionales muy diferenciados. En Estados Unidos se expande el empobrecimiento con ajustes e inacción del gobierno. Pero la primera potencia interviene activamente a escala global a través del dólar, la reforma bancaria y el FMI, tanteando una opción inflacionaria.

En Europa se destruyen conquistas sociales históricas bajo el comando de Alemania, que amplió su dominio exportador pero gestó un bloque inacabado. El pacto fiscal intenta una centralización ultra-liberal, para amoldar la periferia del Viejo Continente a la competitividad germana. Los derechistas ya no prometen prosperidad, sino tan sólo supervivencia. Su reorganización regional abre grandes fisuras e introduce políticas autoritarias.

El crecimiento de China limita la recesión global, pero fractura el ciclo mundial e ilustra las transformaciones del período neoliberal. Múltiples desequilibrios obstruyen la internacionalización del yuan y el esperado viraje hacia el mercado interno. Es erróneo clasificar a China junto a economías semiperiféricas de incierta evolución. Las diferencias de status geopolítico y el sustento industrial o rentista determinan enormes diferencias dentro de los BRICS. El encarecimiento de los alimentos que agobia a la periferia empobrecida persiste en la recesión, por maniobras financieras y desequilibrios acentuados por la especialización exportadora.

Las tendencias a la multipolaridad alteran las relaciones entre las potencias al interior de la mundialización neoliberal. Las burguesías ascendentes carecen de propósitos antiimperialistas y los cambios de hegemonía no implican atenuación del militarismo norteamericano. Los socialdemócratas gestionan los atropellos demostrando la reducción del espacio para políticas reformistas. Los keynesianos soslayan la confrontación requerida para frenar la agresión social y generalizan en forma abusiva la experiencia argentina.

Una salida progresista exige concebir horizontes anticapitalistas. La resistencia social ha comenzado después del estupor creado por un estallido en el Primer Mundo. Las rebeliones árabes impulsaron esta reacción, que afronta presiones de los dominadores para oponer a los trabajadores de las distintas nacionalidades.
Una nueva fase recesiva de la crisis iniciada en el 2007 se vislumbra en las economías desarrolladas. El rebote logrado con desembolsos estatales se está agotando y la próxima recaída incluirá un alto piso de desempleo. Sólo para retomar el nivel de ocupación vigente al comienzo del temblor se necesitarían crear en el mundo 17 millones de puestos de trabajo y las tesorerías están exhaustas por el socorro brindado a los bancos.
En el debut de la convulsión hubo dos interpretaciones económicas predominantes. Los neoliberales subrayaron la culpabilidad de los deudores, que tomaron préstamos sin capacidad de repago y la irresponsabilidad de los estados, que asumieron pasivos inmanejables. Los keynesianos remarcaron, en cambio, la falta de regulación financiera y los excesos de especulación. También subrayaron el deterioro de la demanda solvente por el estancamiento de los salarios y la polarización social. Ambas corrientes enfatizaron distintos desaciertos de la política económica que condujo al colapso actual.
Pero esta atención inicial en el origen de la crisis se ha desplazado posteriormente hacia otro problema: el impacto regional diferenciado de la convulsión y los consiguientes cambios en el tablero geopolítico. Esta mirada realza el viraje hacia la multipolaridad, la pérdida de hegemonía estadounidense, al ascenso de China y la gravitación de las economías emergentes.
¿Cómo se desenvuelve la crisis económica en cada región? ¿Cuáles son las estrategias en juego de las clases dominantes? ¿Qué tipo escenarios están despuntando a nivel global?
Fractura de la economía estadounidense
El desplome inmobiliario desató la crisis en Estados Unidos, cuando los deudores insolventes (subprime) no pudieron afrontar el pago de sus cuotas. Los bancos afrontaron un gran bache de cobranza frente a 11 millones de viviendas valuadas por debajo de sus hipotecas y un quinto de los propietarios asfixiados por créditos impagables.
Posteriormente salió a flote el mismo endeudamiento en otros terrenos. Las familias soportan pasivos equivalentes al 112% de sus ingresos y obligaciones financieras 37% superiores a la década pasada. Toda la cadena de financiación está afectada por una morosidad que induce a los bancos a retacear los préstamos y a crear un círculo vicioso de recesión y mayor fragilidad financiera.
Los economistas ortodoxos acusan a los deudores y sus adversarios a los bancos. Pero ambos olvidan que la bola de nieve de consumos financiados sin respaldo se arrastra desde hace varias décadas, como consecuencia de la reorganización capitalista que impuso la mundialización neoliberal. Esta transformación introdujo un deterioro en las condiciones laborales (precarización, estancamiento de los salarios, segmentación de las calificaciones), que retrajo los ingresos populares e impulsó a mantener el consumo con el auxilio crediticio.
Con grandes préstamos a las familias se sostuvo la demanda frente a un desempleo que ya bordea los dos dígitos, una pobreza que afecta al 15% de la población, sueldos retraídos al nivel vigente hace 15 años y una concentración escandalosa de la riqueza .
La reestructuración neoliberal también incluyó una significativa deslocalización de las firmas, que lucran en el exterior con menores costos salariales acentuando la pérdida de puestos de trabajo. Las empresas estadounidenses crean fuera del país, los empleos que destruyen internamente y por esta razón, la recesión local coexiste con el aumento de las utilidades foráneas que obtienen las principales 500 firmas
En las últimas décadas el enorme consumo norteamericano persistió sobre endebles cimientos de endeudamiento, en un contexto de regresión industrial interna, aumento de la explotación, déficit comercial y emigración de firmas. Este crítico escenario fue un resultado de la presión competitiva que impuso el neoliberalismo.
Los desequilibrios generados por esta remodelación salieron a flote con el estallido de la deuda hipotecaria. Pero la magnitud de los desajustes se tornó visible a partir de la bancarrota de Lehman Brothers (2008) y la erosión de todo el sistema financiero (2009).
El socorro posterior ha creado finalmente la actual pesadilla de insolvencia fiscal y bancaria, que hace temblar a los mercados. Las entidades permanecen en terapia intensiva y la deuda estatal se elevó del 62 % (2007) al 100% del PBI (2011)
El gobierno gestiona el agujero fiscal sin ninguna coherencia. Un día acepta la presión de los republicanos para recortar el gasto y a la jornada siguiente lanza un programa de inversión con grandes recortes fiscales. Obama está paralizado entre la presión de la derecha que copó el Congreso y un electorado que sigue esperando el cumplimiento de sus promesas.
Reaccion externa norteamericana
Estados Unidos ha intentado ordenar la gestión global de la crisis, mediante la organización del G 20 y la intervención conjunta de los Bancos Centrales. Pero desenvuelve, además, varias estrategias utilizando sus principales instrumentos económicos.
El primer recurso es el dólar que concentra el 85% de las transacciones en divisas, el 65% del comercio global y un porcentaje semejante de las reservas mundiales. Este signo nomina la mitad de la deuda internacional y el grueso de las operaciones con petróleo o materias primas.
El dólar ha perdido el reinado indiscutible que tenía en la posguerra, pero mantiene su primacía ante la ausencia de reemplazo. El euro no logró la influencia requerida para actuar como moneda global, el yen ha perdido influencia y el yuan no se ha internacionalizado como signo convertible.
Esta carencia de sustituto le permite al dólar mantener una intervención predominante, que podría anticipar la futura convivencia de tres monedas (dólar, euro, yuan), el retorno a los tipos de cambio fijo o la negociación de una nueva canasta de varios signos .
En cualquiera de estas alternativas el dólar podría mantener la incidencia que ha conservado desde su in-convertibilidad, en sucesivas etapas de revalorización y desvalorización de su cotización. El margen para administrar tipos de cambios altos (que atraigan capitales) y bajos (que fomenten las exportaciones) se ha estrechado, pero no ha desaparecido.
La influencia norteamericana es también significativa en la reforma del sistema financiero mundial (Basilea III). Este cambio se tramita para incrementar el patrimonio de los bancos, mediante negociaciones sobre el monto que deberían aportar las entidades. También se discute como regular los nuevos mecanismos de especulación (derivados, CDS, Hedge Funds) y las operaciones financieras que las empresas desenvuelven en forma directa.
La internacionalización de las finanzas y la interconexión de las Bolsas tornan imperioso este ajuste normativo, que se procesa a través de una reorganización previa de las entidades norteamericanas. Un reconocido jefe del clan bancario (Paul Volcker) está comandando esa remodelación.
Wall Street actúa en este terreno en estrecha sociedad con la City Londinense. Ambas comparten el manejo de las cúspides financieras y pretenden restringir todas las regulaciones al mínimo compatible con sus negocios.
Los próceres del neoliberalismo (Greenspan y Bernanke) se encuentran a la defensiva para comandar esta reorganización. Ya no ponderan en público la eficiencia suprema de los mercados para auto-contener las burbujas. Pero sus oponentes keynesianos (como William Dudley), tampoco logran apoyo para implementar un mayor control previo de las oleadas especulativas. En ambas variantes la dirección de los cambios se define en Estados Unidos .
La influencia norteamericana es también decisiva dentro del FMI. A pesar de las crecientes atribuciones obtenidas por los nuevos participantes del Fondo, Washington marca la pauta del organismo. En los últimos cónclaves del G 20 logró duplicar los fondos de la entidad, otorgarle mayores facultades como auditora y asignarle crecientes potestades de intervención nacional.
El FMI define actualmente en Europa las sanciones contra cualquier obstrucción del apriete. Suspendió créditos a Ucrania cuando se dispusieron aumentos del salario mínimo, impuso la reducción de los sueldos en Letonia, exigió privatizaciones en Grecia y objetó el referéndum de Islandia contra los acreedores. Ya no actúa sólo en las economías menores, sino que supervisa el rescate de Italia .
Partiendo de estas acciones el establishment norteamericano evalúa estrategias de salida de la crisis, tanteando las opciones inflacionistas. Desde el 2008 la Reserva Federal (FED) inyectó 2 billones de dólares, mediante políticas ultra-expansivas (conocidas como “relajamiento cuantitativo”). Instrumentó emisiones monetarias que inundan de dólares el planeta y facilitan la exportación de los desequilibrios estadounidenses. Esta política apunta a licuar la deuda pública con inflación, repitiendo un mecanismo ya utilizado por Estados Unidos para achicar sus pasivos estatales, empapelando al resto del mundo.
Pero esta reiteración presenta mayores dificultades, no sólo por la resistencia que oponen los economistas ortodoxos. La reducción inflacionaria de la deuda se consumó en el pasado en contextos de alto crecimiento, que permitían achicar la proporción total de esa carga en comparación al PBI. Nadie avizora esos escenarios de prosperidad en los próximos años .
El descalabro europeo
Muchos analistas europeos caracterizaron inicialmente la crisis del Viejo Continente como un simple eco del temblor norteamericano. Pero esa visión quedó desmentida por la impresionante dimensión del tsunami europeo .
La magnitud de ese desplome se explica por los desequilibrios específicos que generó la formación de la Unión Europea (27 países) y la Eurozona (17 naciones). Ambas iniciativas buscaron amoldar la región a las reglas neoliberales de la competitividad global, sustituyendo la antigua diversidad de economías por un bloque liderado por la locomotora alemana y la diplomacia francesa.
El comando económico germano se consolidó con la anexión del territorio oriental (ex RDA). Las clases dominantes utilizaron el poderío tecnológico y la alta productividad de la industria, para reforzar la disciplina salarial y transformar al país en la gran potencia exportadora de la zona euro.
Pero la crisis actual ha demostrado el carácter inacabado de ese bloque. La moneda común fue introducida para asegurar la colocación de los excedentes germanos, mientras se posponía la organización del presupuesto y la fiscalidad compartida. Esa carencia ha sido letal. La ausencia de instituciones estatales comunes para respaldar el signo monetario socavó la cohesión del proyecto y potenció la heterogeneidad de la comunidad. En lugar de consolidar la estructura en gestación acrecentó la distancia que separa a las economías pujantes de los países rezagados.
Inicialmente se esperaba acortar esas brechas mediante el desarrollo de un mercado compartido y la instrumentación de transferencias hacia las zonas relegadas. Pero terminó prevaleciendo un proceso inverso, de sistemática pérdida de posiciones de los países con mayores tasas inflación y menores índices de productividad. Esta fractura condujo a desequilibrios comerciales que fueron compensados con endeudamiento. Al final, sobrevino el pase de facturas de las economías excedentarias (Alemania, Holanda, Austria) a los países deficitarios (Grecia, Portugal, Irlanda)
El endeudamiento público y el quebranto de los bancos acentuaron esta brecha entre el centro y la periferia de la Eurozona. Primero colapsaron las pequeñas economías agobiadas por el desbalance comercial (Grecia), la inversión extranjera sesgada (Irlanda) y la financiación foránea especulativa (Islandia, Chipre). Luego el desplome fiscal se expandió a Italia (tercer país la zona) y ahora amenaza a España (que afronta una enorme morosidad hipotecaria).
Todos los bancos tienen repletas sus carteras de títulos públicos insolventes. Las frágiles entidades de Grecia, Irlanda o Islandia ya colapsaron y hay pavor por la situación de grandes instituciones de Francia, Alemania, Austria o Italia. Las transacciones inter-bancarias se han encogido, crece el temor por la toxicidad de los balances y hay salidas de fondos hacia lugares más seguros .
La estrategia germana
Alemania no puede intentar las respuestas globales que tantea Estados Unidos. Carece de los recursos imperiales que conserva la primera potencia y ha optado por una estrategia deflacionaria defensiva, que ese ubica en las antípodas de la opción inflacionaria norteamericana. Mientras que la FED ha impulsado reducciones sistemáticas de las tasas de interés, el Banco Central Europeo (BCE) ha encarecido el costo del dinero.
Frecuentemente se explica esta diferencia por un cruce de tradiciones. La memoria de Weimar es contrastada con el recuerdo del New Deal. Este contrapunto entre temores europeos a la hiperinflación y recuerdos norteamericanos de la Gran Depresión ilustra la brecha de influencia que existe entre ambos países, en la gestión internacional de la crisis .
Alemania actúa a nivel europeo con una política de atropello para descargar sobre los trabajadores el costo de la crisis. Esta embestida no implica un ajuste más. Supone demoler el estado de bienestar construido desde la posguerra y barrer con conquistas sociales nunca alcanzadas por los asalariados de otros continentes. Las tasas de desempleo europeo ya promedian el 20 % y bajo el impacto de la precarización laboral, la pobreza se ha extendido a un cuarto de la población .
El otro cimiento de la política germana es el apriete fiscal para sostener el euro. En los últimos meses la continuidad de este signo quedó en la cornisa y se ha especulado con su reorganización, fractura o desaparición. Pero esa moneda ha sido la llave de un dominio exportador alemán basado en la unificación de los mercados y la eliminación de las barreras proteccionistas.
Para preservar el euro se impuso la suscripción del reciente pacto fiscal. Se fija un plazo para restaurar reglas de déficit y deuda pública, con sanciones automáticas para los países que violen esos límites. Tendrán que incorporar ese principio presupuestario como una norma constitucional y someterse al control de cortes supra-nacionales. Estos poderes supervisarán el gasto, imponiendo recortes en cualquier momento del año y colocando a los pueblos entre la espada y la pared. Quienes incumplan el cronograma serán automáticamente excluidos de la Eurozona.
Este endurecimiento es congruente con la estrategia alemana de reforzar su patrón exportador sin emitir dinero. Busca afianzar el rol de la periferia europea como proveedora de insumos a costos decrecientes. La poda de los salarios griegos, la pulverización de la seguridad social irlandesa y el generalizado aumento de la edad de jubilación anticipan las consecuencias de esta reorganización .
Alemania impone esta estrategia deflacionaria, vetando todas las iniciativas financieras que amenazan su competitividad. Bloqueó la creación de los Eurobonos y la mutualización de las deudas. Obstruyó la ampliación del fondo de rescate bancario (FEEF- MEE), impidió la compra de bonos en los mercados secundarios y reforzó las prohibiciones de financiamiento directo del BCE a los estados.
Este rigor no implica abandonar a los bancos en quiebra. Alemania aprueba el auxilio, pero buscando preservar su potencial industrial. No renuncia a la financiación futura de la Eurozona con los mecanismos federales que rigen en Estados Unidos, pero quiere garantizar su control fiscal previo. Aceleró esta supervisión ante la vulnerabilidad de los bancos y la imposibilidad de de repetir la paulatina absorción de acreencias, que implementó por ejemplo Estados Unidos hace dos décadas, frente a las acreencias latinoamericanas .
Pero el nuevo cuadro fiscal abre otra gama de conflictos en las cúpulas de la Unión Europea (UE). Gran Bretaña rechazó el pacto franco-alemán y decidió mantenerse al margen para proteger la autonomía de la City. Objetó someter sus bancos a la supervisión de Bruselas y no consiguió el poder de veto para resguardar sus negocios. A los capitalistas ingleses les interesa participar en el mercado continental, pero preservando la internacionalización de sus finanzas.
La alianza Merkel-Sarkozy emergió como ganadora del reciente round, pero sólo el tiempo permitirá evaluar la consistencia de esa victoria. La crisis devora los liderazgos políticos y cada elección consagra algún castigo al gobernante de turno. Esta sanción afecta por igual a los socialdemócratas (Irlanda, Portugal, España) y a los conservadores (Francia, Italia, Alemania) .
Interrogantes sobre China
El continuado crecimiento de China a tasas del 9-10% anual constituye una importante novedad de la crisis en curso. En la última década las exportaciones del gigante oriental se multiplicaron a un ritmo desenfrenado. China captura recursos naturales en África, afianza los intercambios comerciales con América Latina y ya destronó a Japón como segunda economía del mundo.
Este avance confirma la profundidad de los cambios registrados durante la etapa neoliberal. China se integró a la mundialización utilizando la baratura de su fuerza de trabajo, sin repetir la vieja trayectoria de debut proteccionista, gestación de una burguesía nacional y despliegue de rivalidades internacionales. Se insertó directamente en la acumulación global del capitalismo.
Al comienzo de la crisis muchos economistas suponían que el crecimiento chino contrarrestaría la retracción de las economías avanzadas. En los hechos se registró tan sólo un contrapeso parcial. El gigante asiático ha sostenido financieramente a Estados Unidos y a Europa en los picos de la crisis, para asegurar la continuidad de sus ventas externas, preservando la demanda interna y motorizando la adquisición internacional de materias primas. Con estas acciones frenó la depresión general y acotó el alcance geográfico de la recesión, aunque sin reemplazar a las locomotoras del mundo desarrollado. ¿Mantendrá este rol?
Quiénes apuestan a esa continuidad esperan un fuerte auxilio del yuan al Viejo Continente, mediante enormes adquisiciones de títulos públicos nominados en euros. Pero China ya compró grandes sumas de la deuda italiana, española o portuguesa y tiene un cuarto de sus reservas en esa moneda. El incremento de esas adquisiciones suscita divergencias en la dirigencia oriental.
El sector más asociado con negocios globales (“elite de la costa”) acepta participar en el nuevo rescate, a cambio de fuertes contrapartidas. Busca aminorar las sanciones por dumping, obtener el status de “economía de mercado” e ingresar en la inversión de la infraestructura europea.
Esta fracción también intenta posicionar a China en el futuro diseño de una moneda mundial. Por eso reclama que una porción de cualquier auxilio quede nominado en yuanes. Pero esa inserción monetaria también valorizaría el tipo de cambio y deterioraría el modelo exportador. China ha resistido numerosas presiones para revaluar el yuan y no aceptó las exigencias, que en la década pasada Estados Unidos le impuso a Japón. Sin embargo, la propia internacionalización del yuan podría generar ese debilitamiento de la autonomía que mantiene la principal economía asiática .
Los fondos de inversión chinos han participado activamente en el sostén del dólar y los bonos del tesoro. Compraron acciones de General Motors y porciones del banco Morgan Stanley. Pero otra escala de estas adquisiciones (especialmente en Europa) introduciría al país en una riesgosa política imperial. Para defender lo obtenido en el extranjero se necesita una presencia geopolítica que la dirigencia china rehúye.
Por esta razón muchos sectores de la conducción (“elite del interior”). Cuestionan el desmedido aumento de las inversiones foráneas y destacan la necesidad de incrementar primero la bajísima proporción del consumo interno en el producto total. La oleada de internautas que objetó el reciente financiamiento del Viejo Continente refleja esta preocupación. Conviene recordar que el ingreso per capita de los chinos es aún 10 veces inferior al promedio de los europeos.
El dilema de sostener el modelo exportador o procesar un giro hacia el consumo interno persiste sin resolución. Existe una fuerte presión para apuntalar el segundo curso, pero sin resultados significativos. Este giro no se consuma, ante la magnitud de los desequilibrios que podría desatar.
Para aumentar sustancialmente el poder adquisitivo interno habría que subir el salario e introducir prestaciones sociales generalizadas. Estas medidas chocarían con el costo laboral reducido que permitió el ascenso capitalista del país. Un anticipo de este problema se observa en las corrientes de inversión, que fluyen hacia las economías asiáticas con sueldos inferiores a China.
El curso económico a seguir está sujeto a múltiples tensiones. La burbuja inmobiliaria es el desequilibrio más inmediato. En las 30 principales ciudades los precios de las viviendas subieron 50% en los últimos dos años, repitiendo el ciclo de endeudamiento dudoso que afectó a Estados Unidos y España. Como el 25% de la economía está vinculada a la construcción, una brusca reversión de esa valorización podría afectar al PBI.
También existen graves problemas financieros. Aunque el estado mantiene el control del crédito se ha gestado un enorme mercado de préstanos clandestinos, que solventa el consumo de la clase media y la oscura administración de los gobiernos locales. Estos desajustes explican la inflación, que durante la década pasada osciló en torno al 2% anual y actualmente ha trepado al 6,2%.
La inestabilidad de los negocios también obedece a la magnitud de los beneficios acumulados por los segmentos privilegiados. Los ingresos del 10% más rico de la población son 23 veces más elevados que el 10% más pobre y la crema de los ejecutivos percibe salarios 128 veces superiores al promedio general .
Esta fractura social coexiste con problemas estructurales de sobre-inversión, que ya alcanzó una tasa anual del 45% del PBI. Este ritmo de actividad exige abrir nuevos mercados en un escenario internacional recesivo, mientras se acrecientan los peligros de un descontrol ecológico.
Nadie sabe como impactará la recaída de la economía global sobre China. Algunos economistas estiman que ese efecto será digerible (Stiglitz) y otros pronostican duras consecuencias (Roubini). Pero todos coinciden en la centralidad de este dato para el devenir inmediato de la coyuntura mundial .
BRICS, EAGLES y emergentes
No sólo China ha podido sustraerse de la crisis global. También un grupo de economías intermedias (denominadas emergentes, ascendentes o BRICS) ha logrado capear el temporal. Este núcleo de países conforma el conglomerado semiperiférico actual de la estratificación mundial.
Este sector mantuvo su crecimiento el año pasado, incrementó significativamente la tasa de inversión y aumentó su participación en el PBI global. Si estas tendencias perduran, la localización de la producción y el empleo sufrirá un importante desplazamiento en el próximo período. Estos cambios son congruentes con la nueva división internacional del trabajo que privilegia la región asiática.
Las economías ascendentes son las niñas mimadas del capitalismo. Reciben elogios del FMI y fueron las estrellas de los últimos foros empresarios de Davos. Los nuevos multimillonarios de China, Rusia o India se integran rápidamente al club de los poderosos.
Otro indicador de las modificaciones en curso es la distribución de las reservas mundiales. Estos reaseguros suman 6,5 billones dólares en las economías ascendentes y sólo 3,2 billones de los países del Norte. El endeudamiento externo del primer grupo ha caído y algunos integrantes de esa membrecía ya son acreedores. En el otro polo ha irrumpido la nueva categoría de “Países Ricos Altamente Endeudados”.
Pero es muy frecuente extraer conclusiones engañosas de estas mutaciones. La principal confusión surge de la indiscriminada clasificación de todo el grupo ascendente, en un mismo rubro de BRIC. Esta denominación (Brasil, Rusia, India, China) fue primero extendida a BRICS (con Sudáfrica) y luego a BRIIC-K (con Indonesia y Corea). Otra ampliación reciente habla de EAGLES (con México, Egipto, Taiwán y Turquía) .
Los creadores de estas marcas son operadores bancarios (Goldman Sachs, BBVA) que incluyen o excluyen a los países de su lista, en función de las oportunidades de inversión financiera. El carácter coyuntural de esta evaluación salta a la vista. Pero su principal inconveniente radica en equiparar bajo una misma sombrilla, a un país que avanza hacia un status de potencia central (China), con economías intermedias de incierta evolución.
La distancia que mantiene el gigante asiático con cualquiera de sus seguidores es abismal en cualquier terreno de la producción, las exportaciones o las reservas. Esta brecha es particularmente visible frente a otra economía de gran crecimiento reciente (India) o en comparación a un vecino que precedió al avance chino y se estancó frente a esa irrupción (Corea del Sur) .
Al ubicar a todo el grupo en la misma canasta se olvida que muchos países del pelotón han ascendido como proveedores de los insumos básicos demandados por China. Más que impulsar el crecimiento global, estas economías han sido arrastradas por ese avance. Es importante también notar la línea divisoria que separa a los protagonistas de un desarrollo industrial de los actores que se expanden por el repunte de la renta petrolera (Rusia) o agrícola (Brasil). Estas diferencias definen grados de consistencia muy disímiles del crecimiento.
Las distinciones entre los emergentes presentan contornos más categóricos en el plano geopolítico. La autonomía de las políticas imperiales que tienen Rusia o China, no se extiende a la India, Brasil o Sudáfrica. Estos países mantienen estrechos vínculos de asociación o dependencia con las potencias que regulan el orden mundial. Por esta razón, el propio funcionamiento de los BRICS no ha incluido la adopción de estrategias comunes.
Es cierto que la mayor estabilidad política de todo el grupo contrasta coyunturalmente con el generalizado desarreglo que impera en las potencias centrales. Pero tampoco este rasgo determina patrones de acción internacional conjunta.
Las nuevas alianzas Sur-Sur en desmedro de las viejas conexiones con los centros metropolitanos presentan un alcance limitado y no anticipan la “segunda globalización” comandada por los emergentes que pronostican algunos analistas. Hasta ahora el dato más relevante ha sido la integración de los emergentes al G 20, para ampliar el sostén del capitalismo en crisis .
Los padecimientos de la periferia
El alivio de los países intermedios no se extiende al resto de la periferia. La crisis golpea nuevamente con mayor virulencia a las economías más empobrecidas, reiterando una norma de las convulsiones capitalistas. Este impacto se verifica en cualquier terreno del empleo o los ingresos. Los emigrantes enfrentan mayores obstáculos para ingresar al Primer Mundo, las remesas se recortan y las oleadas de refugiados se multiplican.
Mientras la prensa sólo habla de economías centrales y emergentes, la inmensa mayoría de los países se encuentra fuera del G 20, soportando el drama cotidiano de la miseria. Allí se localizan los 2050 millones de personas sin acceso a la sanidad básica y los 884 millones carentes de servicios de agua potable.
Pero lo más novedoso del tsunami actual es la convergencia de estos sufrimientos con una tragedia de hambre. El aumento de los precios de los alimentos que precedió a la crisis no fue revertido por la recesión y en muchas zonas se acentúa el drama de la desnutrición. En Somalia, por ejemplo, ya se observan todos los síntomas de una catástrofe alimentaria.
La cifra total de hambrientos se ubica en torno a los 1020 millones de personas, pero la amenaza se extiende a los 2.500 millones que subsisten en condiciones de pobreza. Este flagelo aumenta al compás del encarecimiento de los cereales, que obedece a la consolidación de un esquema neoliberal de agricultura exportadora, que destruye la pequeña propiedad, aniquila el abastecimiento local tradicional, generaliza la desposesión de los campesinos y multiplica la emigración rural.
Esta reorganización capitalista del agro determina la falta de comida que agobia a una sexta parte de la humanidad, cuando la producción total alcanzaría para satisfacer esa nutrición. El reinado de la rentabilidad y el manejo oligopólico del comercio agrícola por parte de un puñado de transnacionales (ADM, Bunge, Cargill y Dreyfus) potencian la tragedia del hambre.
Las expectativas de atenuar el problema por el efecto deflacionario de la desaceleración económica global no se están cumpliendo. El ascenso de los precios alimenticios que comenzó en 2003 persiste sin grandes modificaciones.
Muchos autores estiman que ese comportamiento alcista obedece a la formación otra burbuja. Especular con los precios a futuro de los cereales se ha convertido en una operación muy redituable. Permite canalizar los excedentes de liquidez que genera la pérdida de oportunidades de inversión en los países desarrollados .
Otros analistas consideran que el encarecimiento de los alimentos es un problema más estructural y derivado de la creciente demanda ejercida por los nuevos consumidores asiáticos. También destacan la presencia de costos crecientes de producción y productividades declinantes en el sector agrícola .
Ambos enfoques subrayan explicaciones complementarias (de corto y largo plazo) del mismo fenómeno. Pero en cualquier caso, las maniobras financieras y las brechas estructurales entre la oferta y la demanda presagian el agravamiento de la crisis alimentaria, que auguran todos los expertos de la FAO.
Este padecimiento se intensificará además por las presiones del agro-negocio, que bloquea en los cónclaves del G 20 cualquier regulación internacional de los precios. En ese ámbito actúan los países que producen el 77% de los cereales y manejan el 80% del comercio agrícola. El hambre de los desamparados aporta un buen negocio para varios integrantes de esa asociación.
Multipolaridad y hegemonía
La diversidad de situaciones regionales que rodea a la crisis actual ha generalizado las predicciones de un viraje hacia la multipolaridad. Este contexto es diferenciado de la bipolaridad de posguerra (Estados Unidos versus la URSS) y de la unipolaridad de los años 90 (supremacía norteamericana). La declinación estadounidense es asociada al avance de China y los emergentes. Algunos enfoques también resaltan el agotamiento del neoliberalismo y pronostican un crecimiento desarrollista de la periferia, asentado en la intervención estatal y el intercambio entre las economías del Sur .
Pero estas miradas omiten las significativas continuidades que vinculan al actual período con su precedente. La multipolaridad podría modificar las relaciones de poder entre las potencias, pero no altera los pilares de la mundialización neoliberal. El protagonismo de las empresas transnacionales persiste, junto a la competencia global por lucrar con la explotación de la fuerza de trabajo.
Esta internacionalización del capital determina, además, la continuidad del libre comercio y los flujos financieros transfronterizos. A diferencia de lo ocurrido durante la entre-guerra, la multipolaridad actual no anticipa el surgimiento de bloques proteccionistas, dispuestos a batallar por la conquista de los mercados a través de la guerra.
El estancamiento del centro determina efectivamente una mayor interacción entre las economías intermedias. Pero estos enlaces se desenvuelven en estrecha asociación con empresas del Primer Mundo. Esta colaboración no es un imperativo tecnológico, ni obedece a necesidades de financiación. Las burguesías emergentes ampliaron su radio de acción junto al capital extranjero y continúan reforzando esos vínculos.
Sus estrategias no incluyen propósitos antiimperialistas o iniciativas de “No Alineados”. Tampoco incentivan planificaciones para-mercantiles del comercio (Comecon) o proyectos de solidaridad (Bandung). Actúan siguiendo criterios de rentabilidad, que tienden a recrear los viejos desniveles de la relación centro-periferia- semi-periferia.
La mundialización ha modificado los patrones geográficos de esos lazos. Ya no se requiere cercanía territorial entre las economías dominantes y sus abastecedores de insumos. Las relaciones de dependencia comienzan a desbordar su radio tradicional.
Resulta imposible predecir el ordenamiento final de esta mutación, pero es evidente que no saldrán airosos todos los jugadores. La acumulación exige equilibrar los avances de un polo con las pérdidas del segmento opuesto. Si una región prospera otra debe decaer, para que el enriquecimiento de los capitalistas ganadores sea solventado por la población de las zonas perdedoras.
La multipolaridad no altera este principio selectivo del desarrollo burgués. El capitalismo excluye crecimientos compartidos en el largo plazo o eliminaciones progresivas de todas las desigualdades socio-regionales. Los admiradores del nuevo escenario ignoran esta extensión de brechas de distinto signo.
Frecuentemente visualizan a la multipolaridad como un cambio de hegemonía política a favor de China y en desmedro de Estados Unidos. Pero nunca aclaran qué significado le asignan al concepto de hegemonía. Esta noción puede ser identificada con la supremacía imperial o con formas de gestión consensuadas opuestas a la coerción bélica. En el primer caso se sugiere que el expansionismo chino reemplazaría al dominador estadounidense. En la segunda variante se supone que esa sustitución será pacífica y resultante de una avasalladora primacía económica. Los desaciertos de ambas hipótesis saltan a la vista
Desde la posguerra Estados Unidos ha ejercido una explícita dirección imperialista. Actúa como garante militar de la reproducción de capital y brinda protección a todas las clases dominantes, frente a la insurgencia popular y la inestabilidad del sistema. Los dirigentes chinos no se imaginan a sí mismos cumpliendo ese rol, en ningún momento del futuro.
Quiénes suponen que la sustitución coercitiva será innecesaria por el simple efecto de la pujanza económica oriental, no explican cómo funcionaría el capitalismo global sin garantes militares de ninguna especie. Esta visión olvida que un sistema de competencia por beneficios surgidos de la explotación, no puede desenvolverse sin el uso de la fuerza.
La identificación de la multipolaridad con el repliegue bélico de Estados Unidos o sus socios europeos es una hipótesis ingenua. En cualquier “des-occidentalización” de la economía mundial, el gendarme norteamericano continuará supervisando invasiones, ocupaciones y matanzas. Ciertamente la primera potencia ya no actúa con la omnipotencia de los años 90, pero dirige la OTAN, concentra la mitad del gasto bélico mundial y mantiene una estrecha asociación con todos los países que alineó durante la guerra fría.
Los principales integrantes de esa alianza no suelen quebrantar esta familiaridad cuando expanden su poder económico. La invariable lealtad de las burguesías petroleras del Golfo al liderazgo norteamericano es un ejemplo de esa actitud. El sometimiento de Japón es más sintomático, puesto que no ha buscado caminos de autonomía político-militar para contrarrestar su estancamiento. La regresión económica nipona se profundiza con el endeudamiento público más elevado del mundo desarrollado y con el fracaso de los planes pos-terremoto de reactivación .
El rol central de Estados Unidos se ha verificado nuevamente en la ampliación del G 7, la cooptación de los países intermedios y el resurgimiento de FMI para preservar el orden imperial vigente. El gendarme global utilizará también su poder para intentar la recuperación del terreno que ha perdido. Ya insinúa formas de presión sobre su rival chino con maniobras navales en Corea del Sur, ejercicios en Mongolia e instalaciones bélicas en Australia. Incluso tantea la reacción de su oponente en los litigios con Taiwán, las disputas con la India y la resolución del status de Tíbet. Pero estas tensiones no quebrantaron hasta ahora el marco asociativo vigente con China desde hace varias décadas.
También el gigante asiático ha jerarquizado la solidaridad capitalista. En lugar de propiciar la caída de los bancos occidentales socorrió a los quebrados. En el reciente desplome europeo reforzó incluso su convergencia con el FMI y ha condicionado los préstamos futuros a las auditorias del Fondo. Esta integración refuerza la hostilidad de los dirigentes chinos frente a cualquier protesta local o internacional contra el neoliberalismo .
Neoliberales y keynesianos
El debate económico sobre la crisis continúa centrado en la oposición entre visiones ortodoxas y heterodoxas. Los neoliberales atribuyen la crisis a la “irresponsabilidad fiscal” y despotrican contra los gobiernos que despilfarraron dinero en gastos improductivos. Pero omiten recordar que estos desembolsos sostuvieron inicialmente la expansión de las economías industrializadas y que el descontrol posterior obedeció al rescate de los bancos. Antes del 2007 había, por ejemplo, en Europa superávit fiscal en la mayoría de los países.
El discurso neoliberal oculta este auxilio y atribuye el descalabro actual a “los pueblos que vivieron por encima de sus posibilidades”, como si fuera un pecado mejorar el nivel de vida. Tampoco explica por qué razón se exime a los acaudalados de cualquier sacrificio. El carácter duradero de la crisis es incluso utilizado para justificar los atropellos. Ya nadie presenta la flexibilización laboral como un pasaporte a la prosperidad. Hay que apretarse el cinturón como una necesidad de supervivencia .
En Estados Unidos los mismos argumentos son esgrimidos por los republicanos para exigir mayores reducciones del gasto social, manteniendo los privilegios de los banqueros, el gasto militar y las rebajas impositivas a los ricos. Reclaman fijar un estricto techo al endeudamiento supervisado por los popes del establishment y eluden mencionar que el socorro otorgado a los financistas contradice todos los principios del libre-mercado.
Los keynesianos estiman, en cambio, que la crisis obedece a la persistencia de la desregulación financiera y a la contracción de la demanda. Por eso Krugman propone gravar a los acaudalados, relanzar la inversión pública y recomponer los ingresos. En la misma sintonía, Stiglitz convoca a condonar las hipotecas y a penalizar a los bancos .
Estos autores ilustran acertadamente como el descontrol del riesgo, los malabarismos contables, los títulos empaquetados y las operaciones con derivados desencadenaron el tsunami actual. Pero omiten registrar que ese des-manejo irrumpió por la propia competencia que impone el capitalismo en la gestión del crédito. Lo mismo ocurre con el endeudamiento familiar y la exclusión social, que no irrumpieron sólo como consecuencia de errores en la política económica.
Los teóricos heterodoxos olvidan que la propia acumulación genera divorcios entre el consumo y la producción, junto a incrementos de la productividad desgajados del poder compra. Estas contradicciones fueron exacerbadas por la rivalidad que introdujo a escala global la mundialización neoliberal.
Los economistas keynesianos estiman que resulta igualmente factible atenuar estos desequilibrios, a través de un reparto equitativo de la crisis. Proponen una distribución pareja de las pérdidas financieras entre deudores y acreedores. Pero basta observar la reacción que tuvieron los banqueros ante una quita de las acreencias griegas, para notar cuán dura sería esa batalla. Ese anuncio desató una tormenta entre las calificadoras de riesgo y precipitó el ajuste fiscal de la Unión Europea. La misma virulencia tuvo la reacción precedente de los financistas, ante iniciativas de suprimir los paraísos bancarios, o anular las bonificaciones de los ejecutivos.
Neutralizar esa resistencia de los banqueros requeriría la adopción de medidas más contundentes, como la suspensión del pago de la deuda, la auditoría de los pasivos y la nacionalización del sistema bancario. Lo mismo ocurre con el relanzamiento del crecimiento y la creación de empleos. El logro de estas metas exige cerrar la canilla de pagos a los acreedores, controlar los movimientos de capital e introducir drásticos impuestos progresivos .
En la coyuntura actual se ha estrechado el espacio para ejecutar reformas sociales sin acciones anti-capitalistas. Hay un clima de sálvese quien pueda, con escaso margen para políticas de “capitalismo humanitario”. Prevalece la presión para procesar las quiebras bancarias, depurar las empresas y desvalorizar la fuerza de trabajo.
Estas tendencias no obedecen sólo a la ideología derechista imperante o a la influencia preeminente de los financistas. Todas las clases dominantes sostienen el ajuste junto a los banqueros. Esta coincidencia se refleja también en el comportamiento de los socialdemócratas europeos. A la hora de aplicar el torniquete no se han diferenciado de sus adversarios derechistas y aceptan la verticalidad autoritaria que imponen Merkel y Sarkozy. Esta cúpula dispuso, por ejemplo, el desplazamiento de Papendreu ante su atrevimiento de solicitar una consulta popular y envió un contundente mensaje de intervención neocolonial a Grecia .
La misma tendencia se verifica en la indiferencia del gobierno estadounidense ante a las peticiones de los liberales. Esta actitud contrasta con la permeabilidad reformista que imperaba en los años 30 bajo el mandato de Roosvelt.
Muchos keynesianos reconocen la adversidad de estos escenarios. Pero consideran viable generalizar a escala internacional, las soluciones intermedias que aplicó Argentina a partir del default y los canjes de la deuda .
Pero omiten registrar las causas específicas que permitieron esa experiencia. Argentina pudo permanecer relativamente desconectada de la financiación internacional, porque está inserta en el comercio mundial como gran exportadora de alimentos. Ha gozado de altos precios internacionales y se convirtió en proveedora privilegiada de las ascendentes economías asiáticas. Utilizó, además, las enormes rentas de exportación para reanimar la demanda interna, luego de una brutal devaluación que depuró capitales, abarató salarios y facilitó la recomposición cíclica de la tasa de ganancia.
Es evidente que el grueso de las economías dependientes afectadas por la crisis no cuenta con los recursos y las condiciones que permitieron esa recuperación. Podrían efectivamente adoptar ciertas iniciativas de Argentina, pero sólo como punto de partida de medidas más radicales y audaces .
La intensidad de la crisis exige asumir un horizonte anticapitalista, alejado de la atadura actual a distintas variantes del mismo régimen social. El pensamiento dominante impone esta restricción, obligando a optar entre el modelo anglosajón, el esquema alemán o la opción china .
Ese enfoque niega las raíces intrínsecamente capitalistas de la crisis actual y oculta las contradicciones, que el proceso de acumulación genera en forma periódica y extiende de manera itinerante. Un sistema basado en la rivalidad por la apropiación de beneficios surgidos de la explotación necesariamente produce el tipo de conmociones, que se observa en la actualidad.
Si se reconoce que el capitalismo no es el único, ni el mejor sistema posible resulta factible concebir otra gama de alternativas para resolver la crisis. Esta apertura permite superar la resignación, consolidar la voluntad de lucha e imaginar salidas provechosas para la mayoría de la población.
Resistencias sociales
El devenir de la crisis puede ser abruptamente transformado por las acciones populares que cobraron impulso en los últimos meses. Los análisis que omiten esta reacción razonan los procesos económicos en un vacío social, que a lo sumo es ocupado por funcionarios y financistas.
El debut de la crisis provocó inicialmente un gran desconcierto, entre poblaciones acostumbradas a identificar los desastres económicos con el Tercer Mundo. Ese estupor estuvo también signado por el temor al desempleo. Pero a fin del 2010 los levantamientos del mundo árabe introdujeron una bisagra en esta conducta. Ilustraron como se pueden conquistar grandes victorias democráticas.
Este impulso profundizó la resistencia en Grecia, que se ha transformado el principal bastión de la respuesta popular. Hay un estado de sublevación entre los manifestantes que ocupan plazas y cercan el Parlamento. Estas protestas alentaron a su vez a los indignados españoles, que cuestionan el socorro a los banqueros y demandan “democracia de verdad”. Este movimiento ya conquistó legitimidad, acompañamiento y presencia nacional.
Otro tipo de reacciones sociales se verifican en Inglaterra, tanto entre los jóvenes desempleados y hostigados por la policía, como entre los trabajadores sindicalizados. En Italia despuntan las huelgas y en Portugal hay movilizaciones. Estas luchas comienzan a extenderse junto al desmoronamiento de la imagen benevolente que tenía la Unión Europea. Una victoria impuesta desde abajo permitiría actualizar el gran legado de rebeliones que acumula el Viejo Continente
Pero el dato más llamativo del año se registró al otro costado del Atlántico, con el surgimiento del movimiento “Ocupar Wall Street”. Esta organización ya tiene alcance nacional, simpatía popular, solidaridad intelectual y sostén sindical. Por primera vez en décadas ha reintroducido las manifestaciones masivas en el corazón del capitalismo.
Menor difusión internacional han logrado los movimientos de lucha que conmueven a China. El año pasado se registraron 180.000 protestas, en su mayoría inspiradas en demandas contra la explotación fabril. Una nueva generación de obreros –ya emancipada de la migración rural- recuperó confianza y obtiene conquistas en enfrentamientos directos con los patrones .
En todos los continentes se verifica el mismo protagonismo juvenil, en movimientos que utilizan las redes sociales para informarse y organizarse. El primer embrión de un empalme internacional se produjo el 15 de octubre pasado, en la marcha global que congregó multitudes en 950 ciudades de 80 países. Una acción coordinada de esta magnitud no se registraba desde las movilizaciones contra la guerra en Irak (2003).
Si la convergencia regional e internacional de estas resistencias se afianza, podría gestarse una respuesta al intento burgués de enfrentar a los trabajadores de distintas nacionalidades. Los dominadores de Alemania encabezan esa estrategia, divulgando la creencia que los obreros germanos “ya hicieron su sacrificio” y no deben pagar la cuenta de los ociosos del sur. Este mensaje busca oponer a un asalariado contra otro, ocultando los beneficios que obtienen los capitalistas de esa división. El mismo propósito persiguen las campañas de la derecha contra los inmigrantes .
Una salida progresista de la crisis exige contrarrestar esta fractura entre hermanos de clase. Las tensiones entre asalariados alemanes y griegos, estadounidense y chinos o españoles y marroquíes conducen a descargar todas las consecuencias del desastre actual sobre los pueblos. Las respuestas internacionalistas neutralizarían esa amenaza y permitirían un reencuentro de la juventud con los sectores de la clase obrera, que no se han recompuesto de la andanada neoliberal. El año 2012 ofrece la oportunidad de cambiar el escenario de la crisis a favor de los trabajadores.
Claudio Katz es economista, investigador, profesor. Miembro del EDI (Economistas de Izquierda).
Notas:
1) El 1% más rico 1979 percibía el 9% de la renta nacional en 1979 y actualmente obtiene el 24%. Cuando los ocupantes de Wall Street afirman que “somos el 99% de la ciudadanía”, saben muy bien de que están hablando. Roberts Paul Craig, “Las pérdidas de puestos de trabajo en Estados Unidos son permanentes”, Rebelión, 9-10- 20.
2) Wall Street Journal, “La recuperación de EEUU es una de las más decepcionantes”, La Nación, 31-12-10.
3) Aunque alguno bancos mejoraron últimamente su patrimonio y liquidez, el reciente desplome de la octava firma de inversión (MF Global) es muy ilustrativo de los peligros en ciernes. Se derrumbó por su exposición con bonos de la deuda europea, que se encuentran asegurados en grandes proporciones por financistas norteamericanos. Montero Alberto, “Cuando la democracia entra por la puerta”, Rebelión, 2-11-11.
4) Kennedy Paul, “Un mundo de tres monedas”, Clarín, 8-6-11, Robert Mundell, “El futuro de las monedas de reserva luego de la crisis”, El País, 18-1-10, Michel Crittenden, “Puede el dólar ser destronado”, online.wsj, 1.3-11. Ver también: Wallerstein Inmanuel “Guerra de divisas, La Jornada, 6-11-10, Eichengreen Barry, “El reinado del dólar llega a su fin”, La Nación, 2-3-11
5) Ocampo Emilio, “Brujas y burbujas”, Ámbito Financiero, 2-9-10. También La Nación, 13-9-10 y 30-8-10 y Financial Times, 20-9-10.
6) Estados Unidos también apostó muy fuerte para neutralizar la crisis de legitimidad que afectaba al Fondo y todavía se desconoce su rol en el escándalo montado contra el ex directivo Dominique Strauss Kahn. CADTM, “El FMI lamentable símbolo de un sistema”, http://www.cadtm.org/ 18-5-11.
7) Fiori José Luis, “Muy lejos del equilibrio”, Sin Permiso, 19-12-10, Cantelmi Marcelo, “El G 20 en las puertas”, Clarín, 23-10-10.
8) La mirada inicial en Pasquino Gianfranco, “La UE aún representa el progreso”, Clarín, 31-8-10.
9) Husson Michel, “Euro: en sortir ou pas”, Inprecor 575-576, 7-8-9-2011. Samary Catherine, “The Eastern periphery”, http://www.attac, 31-10-11.
10) Desde la caída de la principal entidad belga (Deixa) sobrevuelan muchas hipótesis de repetición de lo ocurrido con Lehman Brothers. Las “pruebas de resistencia” realizadas a los bancos europeos dejaron muy intranquilos a los expertos, cuando las entidades necesitan recapitalizarse y recaudar dinero. Esta exigencia contrae, a su vez. el crédito y agrava la recesión.
11) Llach Juan, “Pulseadas en el palacio global”, La Nación, 30-6-10.
12) La Nación, 16-1-10.
13) Husson Michel, “Una crisis sin fondo”, http://www.vientosur, 19-7-11 Louca Franciso, “La izquierda contra la dictadura de la deuda”, http://www.sinpermiso, 17-10-11
14) No hay tiempo suficiente para transferir los títulos a los tenedores marginales, limpiar los balances o crear mercados paralelos para los papeles incobrables. La crisis actual golpea en una coyuntura muy turbulenta, a economías entrelazadas y localizadas en el centro del capitalismo. Arceo Enrique, Página 12, 9-12. Toussaint Eric, “Crash do Deixa”, http://www.CDTM, 7-10-11
15) La reorganización de la eurozona prepara la introducción de formas federativas en la UE, que someterían las atribuciones locales a una mayor centralización estatal. Este cambio introduce enormes fisuras y puede potenciar el secesionismo en los países con fracciones separatistas influyentes (Bélgica, España o Italia). Estos sectores podrían reforzar sus demandas de integración directa a la Eurozona, puenteando las estructuras estatales existentes para desembarazarse de las regiones empobrecidas.
16) Shujie Yao, “Los límites del modelo China”, Cash-Pagina 12, 7-8-11. También Wall Street Journal, La Nación,17-11-11)
17) La Nación, 5-6-10.
18) Roubini, Nouriel, “El boom de China tiene fecha de vencimiento”, La Nación, 24-4-11. Stigtiz Joseph, http://www.elperiodico.com, 9-8-11
19) Bocco Arnaldo, “De los Brics a las Eagles” Página 12, 10-1-11. Abeledo Anahí, “El desafío para los emergentes es tener crecimiento”, Clarín, 10-7-11
20) Beckett Paul, “Pese al crecimiento, aumentan las dudas sobre el milagro indio”, La Nación, 30-3-11. Nye Jospeh, “La carrera de fondo, Clarín, 2-2-11, Ramstad Evan, “El milagro coreano”, La Nación, 8-11-10.
21) Un cuestionable enfoque en: Kateb Alexander, “Los países BRICS dan una lección”, Página 12, 20-9-11
22) Halevi Jospeh “Se avecina una nueva crisis”, Il Manifesto 8-6-11.
23) Krugman Paul, “Las limitaciones que nos impone un mundo finito”, La Nación, 29-12-10. Blejer Mario, “Argentina y la seguridad alimentaria” La Nación, 4-12-11.
24) Distintas visiones en De La Balze Felipe, “La crisis acelera el curso de la historia”, Clarín 27-11-11 Turzi Mariano, “La nueva divisoria global: emergentes y declinantes”, 18-8-11. Tokatlian Gabriel, “El año de la encrucijada”, La Nación, 11-1-11. Cufré David, “Con la vieja receta”, Pagina 12, 26-6-10.
25) Belson K, Onishi N, “Una falta de liderazgo que agudiza la crisis”, La Nación, 17-2-11.
26) Hemos desarrollado los temas de este capítulo en nuestro reciente libro, Katz Claudio, Bajo el imperio del capital, Espacio Crítico Ediciones, Bogotá 2011. Próxima edición Luxemburg, Buenos Aires.
27) Estas visiones en: Gros Daniel, Eco “En defensa de la austeridad para Europa”, Clarín, 4-12-11, Pagni Carlos, “La crisis del estatismo”, La Nación, 19-7-10, Schauble Wolfang y MacFadden Daniel, Página 12, 28-8-2011.
28) Krugman Paul, Clarín, (11-7-10, 13-7-10, 22.5-10, 10-8-10, 6-11-2010, 28-8-2010, 14-8-10). Stigliz Joseph, “Qué puede salvar el Euro”, El País, 8-12-11, “El mercado hipotecario”, Clarín, 6-11-201, “La austeridad es camino suicida”, Página 12, 7-12-11, “Un contagio de malas ideas”, Sin Permiso, 14-8-11. También, Skidlesky Robert, “El mundo para volver a leer a Keynes”, Página 12, 2-8-11, Mitchell. William, “Entrevista”, Página 12, 10-10-11.
29) Wolff Rick “Krugman frustrado”, Monthly Review 10-3-10. Onaran Ozlem, “An internationalist transitional program towards an anti-capitalist Europe”, April 2011. http://www.internationalviewpoint. Lapavitsas Costas “A Left Strategy for Europe”, April 2011, http://www.internationalviewpoint. Albarracín Daniel, “Sobre el debate del euro. Una estrategia”, http://www.economiacritica.net, 10-10-11
30) Esta reacción fue coronada con la instalación de un gobierno directo de los banqueros (Papademos). La misma sustitución se impuso en Italia (Berlusconi por Monti) con tecnócratas que postulan una ideología derechista para sortear al parlamento, impugnando a los políticos y menospreciando a los partidos. Stathis Kuvelakis, “Golpe de Estado europeo frente al levantamiento popular”, http://www.vientosur 11-11-1. John Brown, “El capital financiero castiga a sus devotos partidarios”, http://www.rebelion 23-11-11.
31) Stiglitz Joseph, “Europa no aprendió la lección de Argentina” Página 12. 10-12-11.
32) Nuestra visión en: Claudio Katz, “Lecciones de Argentina para Grecia” http://www.cadtm.org, 25-10-2011.
33) Es la visión de Rogoff Kenneth, “El capitalismo está lejos de encontrar su sucesor”, La Nación, 11-12-11.
34) Li Minqi, “El ascenso de la clase obrera y el futuro de la revolución en China”, http://www.rebelión, 14-7-11. Bello Waldem, “O capital e um amante caprichoso” http://www.outroladodanoticia.com.br, 22-7-11

35) Vicens Navarro, “Habermas y la sabiduría”, http://www.sinpermiso, 13-6-10.

El lado oscuro de la democracia

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LUNES 19 DE DICIEMBRE DE 2011

Antonio Peredo Leigue

El diccionario de la Real Academia de la Lengua Española -lo de Real, viene porque España sigue siendo un reino- tiene dos acepciones coincidentes respecto a la palabra democracia. La primera dice: Doctrina política favorable a la intervención del pueblo en el gobierno. La segunda afirma: Predominio del pueblo en el gobierno político de un Estado. En otros términos: no hay democracia si el pueblo no interviene en las decisiones fundamentales del Estado.

No voy a hablar de algún ejemplo de Nuestra América, donde todos se sienten con agudo sentido crítico para desmenuzar lo que ocurre en cada uno de nuestros países. Mi intención es referirme a lo que está ocurriendo en la Unión Europea, donde dicen que la democracia nació y se fabricaron sus modelos hasta la actualidad. Aquel pueblo que no siga sus sacramentos, será condenado porque no vive en democracia. Es lo que nos enseñaron y, lastimosamente, siguen enseñando en las escuelas de Bolivia y, seguramente, de muchos otros países de esta región.

El primer país donde se mostró que no hay democracia, es Grecia; la Grecia de Sócrates y de Platón. El derroche, aviesamente incitado por los mercaderes, provocó la bancarrota. Presurosos, los jerarcas de la Unión acudieron con montos impresionantes de dinero prestado, bajo la recomendación de reducir el gasto público y constreñir el desarrollo económico. Algo hizo el gobierno pero el desajuste se mantuvo. Los mandatarios de la Unión, el dúo Merkel-Sarkozy, tomaron la sartén por el mango y retuvieron la última entrega del préstamo. Reclamaron e impusieron recortes extremos y paralización de obras como condición para cubrir la cuota. El dinero que entregaron no estaba destinado a las necesidades del pueblo que no fue consultado, sino a pagar las deudas miles de veces millonarias, causadas por el derroche impuesto como forma de vida. Por supuesto, todo el gobierno cambió y, el parlamento griego sometido a los jerarcas de la Unión, confirmó un gabinete tecnócrata encabezado por el señor Lukas Papademos quien, como carta de presentación, declaró: “No hay comida gratis para los deudores, ni soluciones fáciles para los acreedores”; es decir, estamos aquí para pagar las deudas, no para solucionar los problemas del pueblo. ¿Esto es democracia?

Tomemos otro ejemplo en la vieja Europa. Una cumbre de la Unión deliberó la semana pasada sobre las medidas extremas que deben tomarse para evitar el colapso del euro, la moneda de la UE. El primer ministro británico, Cameron, se negó a firmar el acuerdo que aprobaron los mandatarios de los otros 26 países miembros. Al llegar a Londres, Cameron recibió una andanada de acusaciones de la oposición, como era de esperar, pero también de los liberales demócratas, que forman parte de su gobierno. Éstos y los laboristas, que se supone son la izquierda del esquema político británico, acusan al conservador Cameron de haber dejado a Gran Bretaña fuera de la Unión Europea. Cameron se defiende diciendo que el Reino Unido sigue en la UE en razón del mercado común, pero no puede estar de acuerdo con restricciones que pueden perjudicarlos. En toda esta discusión, no tiene nada que ver el pueblo que ya está soportando restricciones. Si Cameron se mantiene, habrá más restricciones. Si cambia el gobierno, las restricciones serán mayores. ¿Hay democracia en todo esto?

La conclusión es manifiesta: la democracia al estilo europeo, es el predominio de los mercaderes en el gobierno político. El pueblo está para trabajar, para votar eligiendo a un gobierno más derechista o menos derechista, para gastar a un ritmo cada vez más enloquecido y para pagar las consecuencias de este perverso manejo mercantil.

La Declaración Universal de los Derechos Humanos establece, con claridad y puntualmente, el derecho a la vida y al trabajo digno de todas las personas en todos los países del mundo. En eso se basa la democracia. En unos países es más problemático que en otros el cumplimiento de esa declaración. Pero, ¿en Europa, cuáles son las dificultades?, ¿quién o quiénes coartan esos derechos?, ¿los gobiernos elegidos por voto popular, no responden al pueblo?

Un país, un pequeño país, dio la lección: Islandia. Los medios de comunicación se encargan de no difundir el ejemplo. Las reuniones de la señora Merkel con el señor Sarkozy se conocen en toda su extensión. Por supuesto, lo que se difunde es la versión oficial; de ninguna manera los entretelones. Y, la versión oficial, es tan dura, tan cruel, que salen sobrando los entretelones. La democracia, al estilo europeo, es el derecho de los ricos a exprimir al pueblo y, luego, hacerle pagar las consecuencias. Eso es todo

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