Pueblos indígenas y comunidades campesinas forestales de Mesoamérica aportan a la reflexión de Rio+20

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Difusión Cencos México D.F., 20 de junio de 2012

Boletín de prensa
Red Mocaf

  • Afirman que la gestión comunitaria de los bosques en Mesoamérica son modelos sostenibles de desarrollo económico rural y local
  • Red MOCAF comparte las propuestas de política pública forestal para la administración 2012-2018
  • Presenta RRI estudio sobre evolución de la tenencia de la tierra 1992-2012

En aras de aportar a la reflexión de RIO+20 la Alianza Mesoamericana de Pueblos y Bosques desarrolló un evento paralelo en el marco oficial de la Conferencia, denominado “Gestión Comunitaria del bosque para asegurar el desarrollo sostenible”.

El evento dio inicio con la intervención del director del Programa Global de La Iniciativa para los Derechos y los Recursos (RRI), Jeff Hatcher, quien presentó un estudio que realiza un nuevo análisis sobre la evolución de la tenencia forestal (y sus impactos) a nivel global desde Rio 1992 a Rio 2012. Durante su intervención Hatcher mencionó que la Forestería comunitaria ha dado evidencias extraordinarias de sus logros sociales y ambientales particularmente en América Latina y que cada vez hay más evidencia de que la conservación realizada por campesinos e indígenas tiene mayor valor ecológico que la realizada por el gobierno. De igual forma hizo mención que las políticas de tenencia forestal a favor de campesinos e indígenas están bajo amenazas en gran parte del mundo y las presiones sobre la tierra se han incrementado.

En la parte medular del evento paralelo la Alianza Mesoamericana de Pueblos y Bosques representada por autoridades y lideres de pueblos indígenas y comunidades forestales de México, Guatemala, Honduras, Nicaragua, Costa Rica y Panamá expusieron la necesidad de incorporar en los resultados de RIO+20 acciones concretas para un verdadero desarrollo sostenible en los territorios, acciones que resuelvan los temas de derechos territoriales, que promuevan la consulta y el consentimiento previo libre e informado, el manejo forestal comunitario y la participación en espacios de decisión sobre temas forestales y sociales.

Durante las intervenciones expresaron la necesidad de incrementar las inversiones en un nuevo enfoque de desarrollo local y rural basado en la gobernanza territorial , como opción real para reducir la deforestación, generar empleos y combatir el cambio climático. De igual forma enfatizaron en la necesidad generar un diálogo con los gobiernos sobre las relaciones del cambio climático con el desarrollo rural y la gestión de recursos naturales desde las experiencias comunitarias de Mesoamérica.

Gustavo Sánchez, Presidente de la Red Mexicana de Organizaciones Campesinas Forestales (Red MOCAF) señaló que el cambio de administración sexenal que está a punto de definirse en México es la oportunidad para reorientar las políticas públicas forestales con un énfasis en la reactivación productiva con los mayores beneficios posibles para la gente; una nueva política de conservación basada en uso productivo sostenible por parte de campesinos e indígenas; la participación efectiva de la población campesina e indígena en la definición de las políticas públicas forestales; la inversión en activos públicos como caminos, electrificación, servicios básicos y educación. Resaltó que la reactivación productiva sostenible generará empleos y alternativas para que los jóvenes en el campo no tengan al crimen organizado como único camino.

Por su parte, el Cacique general de la Comarca Emberá Wounan del Darién, Panamá, Betanio Chiquidama hizo mención de la necesidad de “promover el enfoque de derechos y garantizar la participación de todos los pueblos en el ciclo de las políticas vinculadas a la economía verde y el desarrollo sostenible, y promover el Manejo Forestal Comunitario como una alternativa asociativa comunitaria-empresarial para la generación de empleo y la valoración de los bosques”.

Durante el evento se abordaron también otros temas vinculados al sector forestal como lo es el mecanismo REDD+ sobre el cual se pronunciaron que su implementación debe reconocer y respetar los derechos colectivos sobre los territorios y recursos, y debe estar enfocado a fomentar el acceso a sus medios de vida, así como al fortalecimiento de capacidades locales que incluye la diversidad de formas organizativas y procesos de toma de decisiones de los pueblos indígenas y comunidades locales.

Río de Janeiro, Brasil, junio de 2012.

Para mayor información

Erik Ossiel Torres Mireles
Red Mexicana de Organizaciones Campesinas Forestales, A.C.
Información difundida por el Área de Comunicación y Visibilidad de Cencos
redmocaf@prodigy.net.mx
(55)5661 0021
(55)5662 8458

México D.F., 20 de Junio de 2012

Información difundida por el Área de Comunicación y Visibilidad de Cencos

¿Cómo enfrentarnos a la sexta extinción masiva?

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Necesitamos abandonar el paradigma de dominación que refuerza la extinción masiva y vivir el del cuidado y el respeto, que preserva y prolonga la vida. Sólo así hay esperanza de salvar nuestra civilización y de permitir la continuidad de nuestro planeta vivo.

Leonardo Boff / Servicios Koinonia

Ya nos hemos referido anteriormente al hecho de que el ser humano, en los últimos tiempos, ha inaugurado una nueva era geológica –el antropoceno–, era en la que él aparece como la gran amenaza para la biosfera y el eventual exterminador de su propia civilización. Desde hace mucho tiempo biólogos y cosmólogos están advirtiendo a la humanidad de que el nivel de nuestra intervención agresiva en los procesos naturales está acelerando enormemente la sexta extinción en masa de especies de seres vivos. Está en curso desde hace algunos miles de años. Estas extinciones pertenecen misteriosamente al proceso cosmogénico de la Tierra. En los últimos 540 millones de años la Tierra conoció cinco grandes extinciones en masa, prácticamente una cada cien millones de años, que exterminaron gran parte de la vida en el mar y la tierra. La última ocurrió hace 65 millones de años cuando fueron aniquilados, entre otros, los dinosaurios.

Hasta ahora todas las extinciones fueron ocasionadas por las fuerzas del propio universo y de la Tierra, como por ejemplo la caída de meteoros rasantes o por convulsiones climáticas. La sexta está siendo acelerada por el ser humano. Sin su presencia, desaparecía una especie cada cinco años.

Ahora, a causa de nuestra agresividad industrialista y consumista, multiplicamos cien mil veces la extinción, nos dice el cosmólogo Brian Swimme en una entrevista reciente al EnlightenNext Magazin, nº 19. Los datos son estremecedores: Paul Ehrlich, profesor de ecología en Standford calcula que son exterminadas 250.000 especies por año, mientras que Edward O. Wilson, de Harvard, da números más bajos, entre 27.000 y 100.000 especies por año (R. Barbault, Ecologia geral, 2011, p. 318).

El ecólogo E. Goldsmith de la Universidad de Georgia afirma que la humanidad, al volver el mundo cada vez más empobrecido, degradado y menos capaz de sustentar la vida, ha revertido el proceso evolutivo en 3 millones de años. Lo peor de todo es que ni nos damos cuenta de esta práctica devastadora ni estamos preparados para evaluar lo que significa una extinción en masa. Significa sencillamente la destrucción de las bases ecológicas de la vida en la Tierra y la eventual interrupción de nuestro ensayo civilizatorio y quizá hasta de nuestra propia especie. Thomas Berry, el padre de la ecología americana, escribió: «nuestras tradiciones éticas saben cómo manejar el suicidio, el homicidio e incluso el genocidio, pero no saben qué hacer con el biocidio y el geocidio» (Our Way into the Future, 1990, p. 104).

¿Podemos desacelerar la sexta extinción en masa ya que somos sus principales causantes? Podemos y debemos. Una buena señal es que estamos despertando la conciencia de nuestros orígenes, hace 13,7 miles de millones de años, y de nuestra responsabilidad por el futuro de la vida. Es el universo quien suscita todo eso en nosotros porque está a favor nuestro y no contra nosotros. Pero pide nuestra cooperación ya que somos los mayores causantes de tantos daños. El momento de despertar es ahora, mientras hay tiempo.

Lo primero que hay que hacer es renovar el pacto natural entre Tierra y humanidad. La Tierra nos da todo lo que necesitamos. En el pacto, nuestra retribución debe ser de cuidado y respeto para con los límites de la Tierra. Pero, ingratos, le devolvemos machetazos, bombas y prácticas ecocidas y biocidas.

Lo segundo es reforzar la reciprocidad o la mutualidad: buscar aquella relación mediante la cual entramos en sintonía con los dinamismos de los ecosistemas, usándolos racionalmente, devolviéndoles la vitalidad y garantizándoles sostenibilidad. Para eso necesitamos reinventarnos como especie que se preocupa de las demás especies y aprender a convivir con toda la comunidad de vida. Debemos ser más cooperativos que competitivos, tener más cuidado que voluntad de someter, y reconocer y respetar el valor intrínseco de cada ser.

Lo tercero es vivir la compasión no sólo entre los humanos sino con todos los seres, compasión como forma de amor y cuidado. A partir de ahora ellos dependen de nosotros, si van a poder seguir viviendo o si estarán condenados a desaparecer. Necesitamos abandonar el paradigma de dominación que refuerza la extinción masiva y vivir el del cuidado y el respeto, que preserva y prolonga la vida. En medio del antropoceno, urge inaugurar la era ecozoica que coloca lo ecológico en el centro. Sólo así hay esperanza de salvar nuestra civilización y de permitir la continuidad de nuestro planeta vivo.

La gran contradicción de Brasil

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Con la obsesión del crecimiento estamos minando la vitalidad de la Tierra. Necesitamos crecimiento pero con una nueva conciencia ecológica que nos libere de la esclavitud del productivismo y del consumismo. Este es el gran desafío al enfrentar la incómoda contradicción brasileña.

Leonardo Boff / Servicios Koinonia

Crece más y más la convicción, incluso entre los economistas sea del establishment sea de la línea neokeynesiana, de que nos acercamos peligrosamente a los límites físicos de la Tierra. Aun utilizando nuevas tecnologías, difícilmente podremos llevar adelante el proyecto del crecimiento sin límites. La Tierra no aguanta más y nos vemos forzados a cambiar de rumbo.

Economistas como Ladislao Dowbor entre nosotros, Ignace Sachs, Joan Alier, Herman Daly, Tim Jack y Peter Victor y mucho antes Georgescu-Roegen, incorporan orgánicamente el momento ecológico en el proceso productivo. Especialmente el inglés T. Jack se ha dado a conocer por el libro Prosperidad sin crecimiento (2009) y el canadiense P. Victor por Managing sin crecimiento (2008). Ambos mostraron que el aumento de la deuda para financiar el consumo privado y público (es el caso actual en los países ricos), exigiendo más energía y un mayor uso de bienes y servicios naturales, no es en modo alguno sostenible.

Los premios Nobel P. Krugman y J. Stiglitz, por no incluir el explícitamente en sus análisis los límites de la Tierra, caen en la trampa de proponer como salida para la crisis actual un mayor gasto público, en el supuesto de que éste producirá crecimiento económico y mayor consumo con los cuales se pagarán más adelante las astronómicas deudas privadas y públicas. Ya hemos dicho hasta la saciedad que un planeta finito no soporta un proyecto de esta naturaleza, que presupone la infinitud de los bienes y servicios. Este es un dato ya asegurado.

Lo que Jack y Victor proponen es una «prosperidad sin crecimiento». En los países desarrollados el crecimiento alcanzado ya es suficiente para permitir el desarrollo de las potencialidades humanas, dentro de los límites posibles del planeta. Entonces, basta de crecimiento. Lo que se puede pretender es la «prosperidad» que significa más calidad de vida, de educación, salud, cultura ecológica, espiritualidad, etc. Esta solución es racional pero puede provocar un gran desempleo, problema que ellos resuelven mal, apelando a una renta universal básica y una disminución de las horas de trabajo. No habrá ninguna solución sin un previo acuerdo sobre cómo vamos a relacionarnos con la Tierra, amigablemente, y sin definir los modelos de consumo para que todos tengan lo suficiente y lo decente.

Para los países pobres y emergentes se invierte la relación. Se necesita «crecimiento con prosperidad». El crecimiento es necesario para atender las demandas mínimas de los que están en la pobreza, en la miseria y en la exclusión social. Es una cuestión de justicia asegurar la cantidad de bienes y servicios indispensables. Pero simultáneamente se debe buscar la prosperidad, que tiene que ver con la calidad del crecimiento.

Existe el peligro real de que sean víctimas de la lógica del sistema que incita a consumir más y más, especialmente bienes superfluos. Entonces acabarían agravando los límites de la Tierra, que es justamente lo que se quiere evitar. Estamos ante un angustiante círculo vicioso que no sabemos cómo hacer virtuoso sin perjudicar la sostenibilidad de la Tierra viva.

La contradicción vivida por Brasil es ésta: urge crecer para realizar lo que el gobierno petista hizo, a saber, garantizar los mínimos para que millones puedan comer y, mediante políticas sociales, ser incorporados a la sociedad. Para las clases ya atendidas, se necesita menos crecimiento y más prosperidad: mejorar la calidad del vivir bien, la educación, las relaciones sociales menos desiguales ,y más solidaridad a partir de los últimos. ¿Pero quién va a convencerlos si están violentamente mediatizados por la propaganda que los incita al consumo?

Sucede que hasta ahora los gobiernos solamente han hecho políticas distributivas: repartieron desigualmente los recursos públicos. Primero se garantizaron 140.000 millones de reales para el sistema financiero a fin de pagar la deuda pública, después para los grandes proyectos, y solamente cerca de 60.000 millones para las inmensas mayorías que sólo ahora están ascendiendo. Todos ganan pero de forma desigual. Tratar de forma desigual a iguales es una gran injusticia. Nunca ha habido políticas redistributivas: tomar de los ricos (por medios legales) y pasarlo a los que más lo necesitan. Habría equidad.

Lo más grave es que con la obsesión del crecimiento estamos minando la vitalidad de la Tierra. Necesitamos crecimiento pero con una nueva conciencia ecológica que nos libere de la esclavitud del productivismo y del consumismo. Este es el gran desafío al enfrentar la incómoda contradicción brasileña.

Brasil: De empresa internacionalizada a sociedad biocentrada

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Brasil podrá ser un nicho generador de nuevos sueños y de la posibilidad real de realizarlos en armonía con la Madre Tierra y abierto a todos los pueblos.

Leonardo Boff / Servicios Koinonia

Hay interpretaciones clásicas sobre la formación del Brasil como nación, pero ésta del analista político Luiz de Souza Lima es seguramente singular y adecuada para entender a Brasil en el actual proceso mundial de globalización: La refundación de Brasil: rumbo a una sociedad biocentrada (Rima, São Carlos 2011). Su punto de partida es el hecho brutal de la invasión y expropiación de las tierras brasileñas por los «colonizadores» a base de esclavitud y de la sobreexplotación de la naturaleza. No vinieron para fundar aquí una sociedad sino para montar una gran empresa internacional privada, una verdadera agroindustria, destinada a abastecer el mercado mundial. Ello resultó de la articulación entre reinos, iglesias y grandes compañías privadas como la de las Indias Occidentales, la de las Orientales, la holandesa de Mauricio de Nassau, con navegantes, mercaderes, banqueros, sin olvidar a las vanguardias modernas, dotadas de nuevos sueños, en busca de un enriquecimiento rápido.

Ocupada la tierra, se trajeron aquí caña de azúcar y después café, tecnologías modernas para la época, capitales y esclavos africanos. Éstos eran considerados «piezas» a ser comprados en el mercado y carbón a ser consumido en los ingenios azucareros. Con razón afirma Souza Lima: el resultado fue la aparición de una configuración social original y desconocida por la humanidad hasta aquel momento, creada únicamente para servir a la economía; en Brasil nació lo que se puede llamar la «formación social empresarial».

La modernidad en el sentido de utilización de la razón productivista, de voluntad de acumulación ilimitada y de explotación sistemática de la naturaleza, de creación de vastas poblaciones excluidas, nació en Brasil y en América Latina. Brasil, en este sentido, es nuevo y moderno desde sus orígenes.

Europa pudo hacer su revolución, llamada modernidad, con su derecho y sus instituciones democráticas, solamente porque fue sustentada por la rapiña brutal hecha en las colonias. Con la independencia política de Brasil, la formación social empresarial no cambió su naturaleza. Todos los impulsos de desarrollo producidos, no consiguieron diluir el carácter dependiente y asociado que resulta de la naturaleza empresarial de nuestra conformación social. La tendencia del capital mundial global todavía hoy es intentar transformar nuestro eventual futuro en nuestro conocido pasado. A Brasil le cabe ser el gran suministrador de materias primas, con poco valor añadido, para el mercado mundial.

La empresa Brasil es la categoría clave, según Souza Lima, para entender la formación histórica de Brasil y el lugar que le ha sido asignado en el actual proceso de globalización desigual. El desafío consiste en gestar otro que nos sea adecuado y que nos dibuje un futuro diferente. La inspiración viene de algo muy nuestro: la cultura brasileña. Ésta fue elaborada por los esclavos y sus descendientes, por los indígenas que quedaron, por los mamelucos, por los hijos e hijas de la pobreza y del mestizaje. Gestaron algo singular, no deseado por los dueños del poder que siempre los despreciaron y nunca los reconocieron como sujetos e hijos e hijas de Dios.De lo que se trata ahora es de refundar Brasil, «construir por primera vez una sociedad humana en este territorio inmenso y bello, lo que nunca ocurrió en toda la era moderna desde que Brasil fue fundado como empresa; fundar una sociedad es el único objetivo capaz de salvar a nuestro pueblo». Se trata de pasar de un Brasil como estado económicamente internacionalizado a un Brasil como sociedad biocentrada.

Como sociedad humana biocentrada, el pueblo brasilero dejará atrás la modernidad, corrompida por la injusticia y por el lucro, que está conduciendo a la humanidad a un abismo. No obstante, la modernidad entre nosotros, para bien o para mal, nos ayudó a forjar una infraestructura material que puede permitir la construcción de una biocivilización que ama la vida en todas sus formas, que convive pacíficamente con las diferencias y con la capacidad de sintetizar los más distintos factores.

En este contexto Souza Lima asocia la refundación de Brasil a las promesas de un mundo nuevo que debe suceder a este agonizante, incapaz de proyectar cualquier horizonte de esperanza para la humanidad. Brasil podrá ser un nicho generador de nuevos sueños y de la posibilidad real de realizarlos en armonía con la Madre Tierra y abierto a todos los pueblos.

Desarrollo sostenible: crítica al modelo estándar

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sábado 4 de febrero de 2012

El “desarrollo sostenible” de los documentos de la ONU y el borrador de Río+20 es una trampa del sistema imperante: asume los términos de la ecología (sostenibilidad) para vaciarlos. Asume el ideal de la economía (crecimiento) enmascarando la pobreza que el mismo produce.

Leonardo Boff / Servicios Koinonia

Los documentos oficiales de la ONU así como el borrador actual de Río+20 dedican gran espacio al modelo de desarrollo sostenible: debe ser económicamente viable, socialmente justo y ambientalmente correcto. Es la famosa tripleta llamada Triple Botton Line (la línea de los tres pilares) , creada en 1990 por el británico John Elkington, fundador de la ONG SustainAbility. Pero este modelo no resiste una crítica seria.

Desarrollo económicamente viable: En el lenguaje político de los gobiernos de las empresas, desarrollo equivale al producto interior bruto (PIB). ¡Ay de la empresa y del país que no tengan índices positivos de crecimiento anual! Entran en crisis o en recesión con la consiguiente disminución del consumo y generación de desempleo: en el mundo de los negocios, éste consiste en ganar dinero, con la menor inversión posible, con la máxima rentabilidad posible, con la competencia más fuerte y en el menor tiempo posible.

Cuando hablamos aquí de desarrollo no hablamos de cualquier desarrollo sino del que existe realmente, que es el industrialista/capitalista/ consumista. Éste es antropocéntrico, contradictorio y equivocado. Me explico.

Es antropocéntrico porque está centrado solamente en el ser humano, como si no existiese la comunidad de vida (flora y fauna
y otros organismos vivos), que también necesitan de la biosfera e igualmente demandan sostenibilidad.

Es contradictorio, pues desarrollo y sostenibilidad obedecen a lógicas contrapuestas. El desarrollo realmente existente es lineal, creciente, explota la naturaleza y privilegia la acumulación privada. Es la economía política de corte capitalista. La categoría sostenibilidad, por el contrario, proviene de las ciencias de la vida y de la ecología, cuya lógica es circular e incluyente. Representa la tendencia de los ecosistemas al equilibrio dinámico, a la interdependencia y a la cooperación de todos con todos. Como se deduce, son lógicas antagónicas: una privilegia al individuo, la otra al colectivo; una promueve la competición, la otra la cooperación; una la evolución del más apto, la otra la evolución de todos interconectados.

Está equivocado, porque alega que la pobreza es la causa de la degradación ecológica. Por tanto, cuanto menos pobreza, más desarrollo sostenible habría y menos degradación, lo cual es una equivocación. Analizando, sin embargo, críticamente las causas reales de la pobreza y de la degradación de la naturaleza, se ve que resultan, no exclusiva, pero principalmente, del tipo de desarrollo practicado. Él es el que produce degradación, porque dilapida la naturaleza, paga bajos salarios y genera así pobreza.

Este desarrollo sostenible es una trampa del sistema imperante: asume los términos de la ecología (sostenibilidad) para vaciarlos. Asume el ideal de la economía (crecimiento) enmascarando la pobreza que el mismo produce.

Socialmente justo: si hay una cosa que el actual desarrollo industrial/capitalista no puede decir de sí mismo es que es
socialmente justo. Si lo fuera, no habría 1, 4 miles de millones de hambrientos en el mundo y la mayoría de las naciones en la pobreza. Detengámonos solamente en el caso de Brasil. El Atlas Social de Brasil de 2010 (IPEA) refiere que 5000 familias controlan el 46% del PIB. El gobierno destina anualmente 125.000 millones de reales al sistema financiero para pagar con intereses los préstamos hechos y destina solamente 40.000 millones de reales a los programas sociales que benefician a las grandes mayorías pobres. Todo esto denuncia la falsedad de la retórica de un desarrollo socialmente justo, imposible dentro del actual paradigma económico.

Ambientalmente correcto: el actual tipo de desarrollo se hace llevando a cabo una guerra imparable contra Gaia, arrancando de ella todo lo que le es útil y objeto de lucro, especialmente para aquellas minorías que controlan el proceso. Según el índice Planeta vivo de la ONU (2010) en menos de 40 años la biodiversidad global sufrió una caída del 30%. Solamente desde 1998 hasta ahora ha habido un salto del 35% en las emisiones de gases de efecto invernadero. En vez de hablar de los límites del crecimiento, mejor haríamos en hablar de los límites de agresión a la Tierra.

En conclusión, el modelo patrón de desarrollo que se quiere sostenible es retórico. En él se verifican avances en la producción de bajo carbono, en la utilización de energías alternativas, en el reforzamiento de regiones degradadas y en la creación de mejores eliminaciones de residuos. Pero fijémonos bien: todo esto se hace siempre que no se perjudiquen los lucros ni se debilite la competición. La utilización de la expresión «desarrollo sostenible» tiene un significado político importante: el cambio necesario de paradigma económico, si es que queremos una sostenibilidad real. Dentro del actual, la sostenibilidad es o localizada o inexistente.

Sostenibilidad: intento de definición. Leonardo Boff

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sábado 28 de enero de 2012

Hacer sostenibles a todos los seres: aquí se trata de superar radicalmente el antropocentrismo. Todos los seres emergen del proceso evolutivo y gozan de valor intrínseco, independientemente del uso humano. 



Leonardo Boff / Servicios Koinonia

Hoy en día hay un conflicto entre las distintas maneras de entender la sostenibilidad. Es clásica la definición del Informe Brundland de la ONU (1987): Desarrollo sostenible es el que atiende las necesidades de las generaciones actuales sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras para atender a sus necesidades y aspiraciones. Este concepto es correcto pero tiene dos limitaciones: es antropocéntrico (sólo considera al ser humano) y no dice nada sobre la comunidad de vida (otros seres vivos que también necesitan biosfera y sostenibilidad). Voy a tratar de hacer una formulación lo más integradora posible:

Sostenibilidad es toda acción destinada a mantener las condiciones energéticas, informacionales, físico-químicas que hacen sostenibles a todos los seres, especialmente a la Tierra viva, a la comunidad de vida y a la vida humana, buscando su continuidad, y atender también las necesidades de la generación presente y de las generaciones futuras, de tal forma que el capital natural se mantenga y se enriquezca su capacidad de regeneración, reproducción y ecoevolución.

Expliquemos, rápidamente, los términos de esta visión holística.

Hacer sostenibles todas las condiciones necesarias para la generación de los seres: estos sólo existen a partir de la conjugación de las energías, de los elementos físico-químicos e informacionales que, combinados entre sí, dan origen a todo.

Hacer sostenibles a todos los seres: aquí se trata de superar radicalmente el antropocentrismo. Todos los seres emergen del proceso evolutivo y gozan de valor intrínseco, independientemente del uso humano.

Hacer sostenible especialmente a la Tierra viva: la Tierra es más que una «cosa» (res extensa), sin inteligencia, o un mero medio de producción. Ella no contiene vida, sino que está viva, se autorregula, se regenera y evoluciona. Si no garantizamos la sostenibilidad de la Tierra viva, llamada Gaia, quitamos la base para todas las demás formas de sostenibilidad.

Hacer sostenible también la comunidad de vida: no existe el medio ambiente, como algo secundario y periférico. Nosotros no existimos: coexistimos y somos todos interdependientes. Todos los seres vivos son portadores del mismo alfabeto genético básico. Formamos la red de vida, incluyendo los microorganismos. Esta red crea la biomasa y la biodiversidad y es necesaria para la subsistencia de nuestra vida en este planeta.

Hacer sostenible la vida humana: somos un eslabón singular de la red de vida, el ser más complejo de nuestro sistema solar y la punta avanzada del proceso evolutivo por nosotros conocido, pues somos portadores de conciencia, de sensibilidad y de inteligencia. Sentimos que estamos llamados a cuidar y guardar a la Madre Tierra, garantizar la continuidad de la civilización y vigilar también nuestra capacidad destructiva.

Hacer sostenible la continuidad del proceso evolutivo: los seres son conservados y soportados por la Energía de Fondo o la Fuente Originaria de todo Ser. El universo posee un fin en sí mismo, por el simple hecho de existir, de continuar expandiéndose y autocreándose.

Hacer sostenible la atención a las necesidades humanas: lo hacemos a través del uso racional y cuidadoso de los bienes y servicios que el cosmos y la Tierra nos ofrecen sin el cual sucumbiríamos. Hacer sostenible nuestra generación y a aquellas que seguirán a la nuestra: la Tierra es suficiente para cada generación siempre que ésta establezca una relación de sinergia y de cooperación con ella y distribuya los bienes y servicios con equidad. El uso de esos bienes debe regirse por la solidaridad generacional. Las futuras generaciones tienen el derecho de heredar una Tierra y una naturaleza preservadas.

La sostenibilidad se mide por la capacidad de conservar el capital natural, permitir que se rehaga y que, incluso a través del genio humano, pueda ser enriquecido para las futuras generaciones. Este concepto ampliado e integrador de sostenibilidad debe servir de criterio para evaluar cuánto hemos progresado o no en el camino de la sostenibilidad y nos debe igualmente servir de inspiración o de idea-generadora para hacer realidad la sostenibilidad en los diferentes campos de la actividad humana. Sin esto, la sostenibilidad es pura retórica sin consecuencias.

Panamá: minería y desarrollo sostenible

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sábado 26 de noviembre de 2011

 

Nuestro problema de fondo consiste en cómo garantizar una buena gestión ambiental y social en la extracción y transformación de los recursos naturales, especialmente cuando se trata de procesos que promuevan grandes cambios en el orden ambiental, social y territorial, bajo la égida de un Estado débil y corrupto como el que nos asiste, un Estado en crisis terminal.

Manuel Zárate / Para Con Nuestra América

Desde Ciudad Panamá

Intervención en el conversatorio sobre la minería en Panamá, convocado por el Movimiento de Renovación Universitaria.

Deseo expresar en primer término mi reconocimiento al esfuerzo que está realizando este nuevo Movimiento de Renovación Universitaria (MRU), formado de estudiantes, profesores y trabajadores de la Universidad de Panamá. Esta iniciativa, proveniente de las bases de nuestra máxima casa de estudios, demuestra que existen importantes destacamentos que expresan un verdadero interés en discutir los problemas de fondo que hoy encara nuestro país. Es una manera sin duda legítima, de integrar la universidad a la sociedad como factor avanzado del conocimiento. Este esfuerzo, además, se ubica en un momento de crisis estructural, de carácter local y global a un tiempo, que involucra al más amplio espectro político, social, económico y ambiental. Esta dimensión ambiental, en particular, expresa un nuevo antagonismo entre un medio natural de recursos y capacidades finitas, y un incremento acentuado de la población, con crecientes necesidades, en el marco de un el sistema económico y social que no funciona en la escala de la racionalidad que reclama nuestro tiempo.

¿Es necesaria la minería?

Para hablar de la minería, hay que preguntarse primero por su necesidad. A medida que avanza la espiral del desarrollo, surgen nuevas carencias en la sociedad, que si no son atendidas pueden derivar en una pobreza relativa generalizada. Así, somos millones en el mundo los que usamos el celular sin sentirnos pecadores por su consumo en metales, porque de hecho se ha transformado en una necesidad de las relaciones sociales y del conocimiento. ¿Y cuántos nos sentimos cómodos por tener un auto que nos permite lograr eficiencia en nuestras tareas diarias, o un horno de microondas que nos permite calentar rápidamente nuestras comidas cuando llegamos cansados del trabajo en las noches? ¿Cuántos nos felicitamos por disponer de los medios técnicos necesarios para crear redes de comunicación que nos permiten ampliar nuestra vida social en este mundo global?

El consumo de metales está unido a la producción industrial. Y si bien es cierto que tiene muchos usos suntuarios, también lo es que la gran demanda se origina en las exigencias de la conectividad y los ajustes sociales al complejo sistema mundo de hoy. Si bien la fibra óptica eliminó el cable metálico, también aumentó su consumo en los terminales como parte de la infraestructura tecnológica de procesamiento de los grandes volúmenes de información. Por otro lado, el uso doméstico de tecnologías electrónicas ha ampliado el uso de metales. Las mejores instalaciones sanitarias han aumentado las redes eléctricas domiciliarias, e incluso elementos como el cobre descubren propiedades antibacterianas mediante la ciencia, que lo incorpora a la industria médica.

Hoy somos 7,000 millones de habitantes en el planeta. Y si bien nuestro consumo es desigual, todos estamos insertos en un mismo sistema de producción de bienes para ese consumo. Así, si bien cabe cuestionar a China por ser uno de los mayores promotores del extractivismo mundial en metales, habría que considerar también que si China tuviera el consumo per capita de hierro de Bélgica no habría inventarios de hierro en el mundo para garantizar su suministro al presente.

En la práctica, el problema consiste en que el ser humano, ya sea como ente natural o social, es y será siempre consumidor de la naturaleza. Por ello, no podremos renunciar al extractivismo, entendido como actividad directa de extracción de los recursos naturales. Pero aun así, como ser social, o sea como la conciencia de la naturaleza que somos, bien podríamos entrar en la escala de la juiciosa racionalidad del recurso, para mantener la entropía ambiental (inevitable) dentro de los parámetros que se ajustan a la capacidad de reorganización del sistema.

Dos posiciones se enfrentan en este campo.

Dos posiciones se enfrentan en este campo. Por un lado, la tendencia del conservacionismo abstracto, que considera al medio natural como prácticamente prohibido a la tecnología y maquinaria industrial, sin considerar que aun la roza y quema, un método artesanal agrícola, crea muchas veces más daño al suelo que una aplicación de tecnología industrial de intensidad.

Esta posición pasa a menudo por alto que somos parte del reino animal y que, como tales, somos parte de una cadena trófica que consume materia y energía y genera residuos. Por lo mismo, si el proceso ha llegado a un nivel de crisis, es por las características que reviste bajo la formación socioeconómica actual en la que interviene. El conservacionismo abstracto, sin embargo, tratar de eludir este aspecto del problema, al ubicar la discusión fundamental del conflicto en el seno de un ecologismo natural, marginado de la sociedad, que asume la sostenibilidad como un ciclo mecanicista infinito de la naturaleza dentro del sistema cerrado terráqueo.

Del otro lado están quienes consideran que la naturaleza está llena de elementos de existencia infinita en cantidad y calidad, que pueden extraerse en la forma y dimensión que lo mueva un instrumento llamado “mercado” ‒ en su doble dimensión contemporánea de economía real y de economía virtual, en contradicción entre sí ‒, sin considerar que todos esos elementos forman un sistema complejo, llamado natural, del cual somos parte nosotros mismos, y que tiene sus propias reglas del juego, muy alejadas de las que gobiernan las bolsas de Londres, Hong Kong o Wall Street.

La primera posición lleva a considerar, así, que la naturaleza no es de por sí entrópica, y que la conciencia y el trabajo no son capaces de balancear tales procesos y reorganizar el sistema. En otros términos, de entender que la existencia humana sea un factor de entropía negativa, aunque no siempre encuentre las condiciones propicias para ejercer esa función. La segunda postura, en cambio, asume que un simple instrumental económico utilitario como el “mercado” – que sólo garantiza flujos y fija destinos a la transferencia de materia y energía en la sociedad -, puede apropiarse de la naturaleza y de la propia sociedad, para organizarla a su manera y semejanza. Entre ambas posturas nace el neologismo del “Desarrollo Sostenible”, aún escrito mitad en sánscrito y mitad en mandarín, con tantos significados como posiciones haya.

La minería como motor del cambio social.

Resulta evidente, así, que hay dos maneras enfrentadas de entender tanto la minería como de otros proyectos vinculados al sector primario de la economía, como las hidroeléctricas, el riego y la maricultura, por mencionar algunos. En lo más general, el conservacionismo abstracto se limita a rechazar todo proyecto con infraestructuras de envergadura, y encerrarse en una acción de resistencia, a veces hasta cómoda, porque no encuentra salidas para una opción propositiva.

Cabe considerar, sin embargo, que muchos de los problemas que hoy valoramos como ambientales en Panamá son justamente el resultado de un desarrollo histórico nacional que no ha alcanzado nunca la categoría de “industrializado”. Así, este conservacionismo debe ser entendido en el contexto del desarrollo del ambientalismo nacional, que está en proceso de maduración y que partió de bases plantadas por un conservacionismo que giró siempre alrededor de los recursos naturales renovables.

Para la segunda posición, es evidente que si los recursos naturales son elementos libres, de vida ilimitada, nunca existirán impactos ambientales que rompan la medida de la cantidad y calidad que los identifica. Para ésta, la externalidad ambiental es simplemente una nueva forma de hacer capital, produciendo otra externalidad. A sus defensores los veremos siempre decir, frente a la explotación de una mina o de un complejo hidráulico: aquí no hay impactos ambientales de magnitud señores; todo lo contrario, estamos ayudando a los ecosistemas y por supuesto, a los pobres y desempleados del mundo a mejorar su “calidad de vida” (término que manejan con una calibrada semántica bancaria). Lo que no dicen es que la pobreza no la creó la naturaleza sino las enfermedades del sistema socioeconómico, de las cuales ellos son causa y lo quieran o no, efecto a la vez…

De impactos en la minería podríamos escribir mucho. En tal sentido importa más reconocer que, cuando hablamos del Panamá concreto y especialmente de los proyectos mineros que más preocupan, se está hablando de la minería multimetálica para producir sobre todo oro, plata o cobre. Se trata de tres metales cuyo proceso de explotación a cielo abierto conduce a serios impactos sobre el medio natural, social, cultural y económico local, dos de ellos de ellos con un papel fundamental en la vida monetaria mundial.

Es bien conocido que tanto los procesos de lixiviación como de flotación utilizados en la decantación del metal presentan grandes riesgos e impactos al ambiente aún con las tecnologías más modernas. Y esto no es de ahora; nuestras comunidades indígenas, en su explotación de metales contaminaron; y contaminan hoy aguas y suelos, al incorporar mal algunas tecnologías más contemporáneas. Podemos imaginar, así, el riesgo y el impacto de una explotación de escala.

Hay grandes alteraciones, y todas generan tantos impactos ‒en su gran mayoría irreversibles‒: atributos naturales fuertemente afectados son los acuíferos (obstrucción de flujos), aguas superficiales (contaminación), suelos (erosión), los ecosistemas (fragmentación de hábitat), así como el aire (ruidos, emisiones de gases y partículas) y el paisajismo (rompimiento del patrón). También se verá afectada la sociedad misma, pues sus estructuras de relación, sus relaciones de propiedad y sus culturales locales son seriamente afectadas.

Estos ejemplos permiten alertar sobre los significados que tienen en el Panamá concreto: un país estrecho y largo de apenas 75,500 km2 de extensión, con dos grandes vertientes conformadas por 52 Cuencas Hidrográficas y un corredor terrestre biológico que conecta de Este a Oeste, el Norte y el Sur del continente. Se trata pues, de un país con condiciones muy particulares, en el que la fragmentación de los ecosistemas, por ejemplo, puede tener implicaciones que van más allá de sus fronteras. Pero es también un país con ventajas comparativas y competitivas, como las de tener cerca a la extracción de minerales el puerto de embarque de la mercancía o de desembarque de equipos, o tener recursos hídricos que configuran un alto potencial energético, todo lo cual permite un manejo a muy bajo costo.

Aquí, cabe preguntar: estas ventajas que da el país, que se traducen en ahorros para cualquier empresa de explotación minera, ¿son debidamente retribuidos a la localidad y la nación en forma de sostenibilidad ambiental y desarrollo social?

El problema central es de ecología política, no de ecología natural.

En realidad, el problema fundamental presente en estos proyectos es de ecología política. Las tecnologías y la ciencia pueden ajustar con creatividad tanto la planificación de territorio a sus vocaciones ambientales, como los sistemas de procesos productivos a las opciones de explotación sostenibles, marcando siempre lo mejor para el desarrollo socio-ambiental de nuestra sociedad. Aquí no vale afirmar que porque en Perú o Chile se aplicó con éxito tal o cual tecnología podemos aplicarla acá. No y absolutamente no. Parafraseando al difunto General Omar Torrijos diría: “hay que buscar la aspirina para nuestro propio dolor de cabeza”, y para eso se necesita creatividad e innovación, además de inversión en la ciencia y la tecnología.

Nuestro problema de fondo consiste en cómo garantizar una buena gestión ambiental y social en la extracción y transformación de los recursos naturales, especialmente cuando se trata de procesos que promuevan grandes cambios en el orden ambiental, social y territorial (como son los de minerales o hídricos), bajo la égida de un Estado débil y corrupto como el que nos asiste, un Estado en crisis terminal.

Todas las normativas nacionales están hechas para el desarrollo de una economía de servicios, que ha devenido históricamente en el pivote de la riqueza de pocos y la pobreza de muchos; están hechas para el proteccionismo de los grandes capitales industriales y financieros, manifestando una presión permanente sobre el capital social y natural con el propósito de abaratar costos. Esto es lo que hay que discutir y cambiar.

Pero cuando además dirigimos la atención sobre la institucionalidad de carne y hueso, sobre la institucionalidad del Estado, sobre la ineficiencia y la corrupción que lo aquejan, vemos que hay que cambiar antes las relaciones políticas y sociales actualmente vigentes, si queremos cambiar las relaciones entre la naturaleza y nuestra sociedad para hacernos más sostenibles. Eh aquí el problema y la solución desde nuestro punto de vista. Es solamente en el marco de un gran cambio nacional, que podremos encontrar las condiciones materiales, políticas y culturales de fomentar el capital natural mediante el fomento del capital social.

Panamá, 17 de noviembre de 2011.

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