La ilegitimidad del juicio puramente formal del tribunal electoral

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Enrique Dussel *
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El acto democrático de sufragarFoto Cristina Rodríguez /Archivo
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stas reflexiones no son las de un abogado o especialista en leyes, sino de un filósofo que considera el acto del tribunal electoral desde el punto de vista de sus fundamentos. Uno de los miembros del tribunal nombró en su exposición a Aristóteles, que en su Ética a Nicómaco escribió: El justo será observante de la ley y de la equidad (tò ísos) (EN V, 1,1129 a 35). El juez, es de esperarse, es ante todo justo, ya que de no serlo no merece ocupar esa función. Hace más de 3 mil 700 años, en el Código de Hammurabi se estipula: He hecho justicia con el pobre, la viuda, el huérfano, el extranjero, expresión crítica ejemplar. El acto justo es más que un acto legal. El acto legal es el que cumple la ley, pero la soberanía del pueblo (tema referido por el tribunal al hacer referencia al artículo constitucional al respecto) es más que la constitucionalidad (aunque la pese a Hans Kelsen). La soberanía del pueblo está antes y por sobre la Constitución, porque el pueblo es el que puede convocar desde su poder soberano a una asamblea constituyente para reformar o darse una nueva Constitución. La soberanía es entonces anterior a la constitucionalidad (contra los formalistas del derecho). De la misma manera, el ciudadano o juez justo es más que el que sólo observa la ley. El acto según la ley es legal. El acto según la justicia debe ser legal (objetivamente) y además legítimo (subjetiva, material y realmente). Hay entonces diferencia entre la pura legalidad formal (del leguleyo, en el lenguaje vulgar), del juez justo que busca también la legitimidad. La diferencia la indicó, de pasada (siendo la intervención más interesante en las horas engorrosas formalistas de las exposiciones de los demás miembros) Constancio Carrasco, cuando mostró el dilema (así lo llamó) entre la problemática del debido proceso y la verdad real o material (indicó con precisión), porque aunque formalmente (según las exigencias legales del debido proceso) a) puedan ser descartadas las pruebas, b) la acumulación razonable de indicios (dijo el miembro del tribunal) configuran la presunción, aunque sea hipotética, de un hecho (por ejemplo, el fraude, agrego yo) que debe tomarse seriamente en cuenta dada la complejidad de la cuestión. Para dar certeza pública al juicio el tribunal debería dar prioridad a la verdad material (continuó acertadamente Carrasco). Y es tal su importancia, que de hecho se aceptó, aun hipotéticamente, la existencia del hecho (el fraude) a ser juzgado, que sin afirmarlo como un acontecimiento objetivo se argumentó en contrario, indicando que los efectos de dicho supuesto acto no cambiaría cuantitativamente el resultado (por la imposibilidad de su evaluación, pero que, de todas maneras, el tribunal decidió que era insignificante, contradiciéndose). Debo decir que sin tocar la esencia de la cuestión el tribunal inauguró una doctrina ética novedosa (!): un acto, aunque injusto o malo éticamente (el fraude), no se lo castiga, porque no se lo juzga como digno de pena (aunque intrínsecamente sea injusto, malo éticamente) si el efecto negativo es pequeño; es decir, en el caso del fraude pareciera (!) que no podía llegar a superar la diferencia entre los dos candidatos. Es como si un campesino robara un pollo (causa por la cual muchos han sufrido cárcel por años) y fuera declarado exento de castigo (inocente formalmente), porque el dueño tiene miles de pollos; es decir, es insignificante proporcionalmente a la riqueza de lo robado. Si alguien roba un millón de dólares al señor Slim, como tiene 64 mil millones procedería la misma sentencia. ¡Doctrina ética que pondría en cuestión la historia mundial de esa disciplina!

Pero abordando la sustancia del asunto, todos los jueces acordaron como estrategia argumentativa elegir un camino formalista y desechar todas las pruebas por no ser acordes con la legislación vigente del debido proceso. Es decir, en verdad material y real no juzgaron nada, sino que nulificaron todas las pruebas de las acusaciones y ni entraron en materia. La verdad real o material, la materia de juicio era la gravedad de un fraude generalizado en el sistema político mexicano –ya tradicional, por desgracia– y que habría que erradicar con un castigo ejemplar, para que se hiciera en el futuro más difícil pensar en el fraude para alcanzar una mayoría en cualquier elección (hasta en la de un concejo municipal). Los jueces sólo se atuvieron a la ponderación de la debilidad formal en la presentación de las pruebas de la existencia del hecho (el fraude) sin considerar la situación trágica concreta del país, en el quién, cuándo, cómo, etcétera, real del hecho, que tanto exigían . Eso se llama en el lenguaje cotidiano escaparse por la tangente, o lavarse las manos, del conocido Poncio Pilatos.

¿Cuál es la diferencia entre la legalidad y la legitimidad?3 El mismo Jürgen Habermas explica claramente la diferencia: la legitimidad se funda en la validez. La validez se alcanza cuando en una comunidad los participantes tienen igualdad (de derechos y posibilidades o medios) e intervienen con razones, sin violencia, llegando a un consenso objetivo (porque es público) que se impone a cada uno y a todos los participantes con la fuerza de la convicción subjetiva. La ley da el marco objetivo institucional de la validez. Por ello en política la validez ética se transforma institucionalmente en la legitimidad que indica que se alcanza el consenso por medio de las instituciones, pero al mismo tiempo con la convicción subjetiva de los participantes. Legal, como hemos dicho, es meramente el cumplimiento de la ley (y puede ser sin convicción subjetiva). El acto justo es legal y legítimo (no sólo legal). Es decir, no sólo se ha aceptado el hecho o la verdad en disputa (no efectuar fraude para ganar una elección), sino que cada miembro ha podido asumir ese hecho como verdadero (real o materialmente, como decía Carrasco), dando igualdad a los oponentes y usando medios legales y éticos (no fraudulentos, que quitan convicción subjetiva, aun a los que los cometen). Si el participante es confundido con artimañas formalistas (que sólo son exigencias formales del debido proceso, pero fetichizado el formalismo del proceso legal a tal punto que no se entra a juzgar por indicios el hecho material en cuestión, y que la población en su mayoría admite que existió el fraude, aunque muchos lo justifican por una cultura tradicional que viene imperando desde el porfiriato), la materia del juicio se torna invisible, pero es más: se torna justificada, fundamentada, porque es ahora legalmente permitida. Me explico.

El tribunal, sin proponérselo, ha dado un paso gigantesco hacia atrás. ¡Mejor que no hubiera habido un tal juicio! Que el fraude sea generalizado (hasta con las cotidianas mordidas) es un hecho. Pero dar razones para justificarlo, y esto por parte de un tribunal última instancia, es gravísimo. El tribunal en vez de demostrar su autonomía de los otros poderes (proclamada, pero una vez más conculcada) por medio de la decisión de aplicar un castigo ejemplar, mayor, que sirva de antecedente jurídico y sea un hito en la historia del derecho mexicano (como hubiera sido anular la elección y exigir su repetición, y con ello condenar el fraude como ilícito), simplemente se lavó la mano en la cuestión, en su verdad y materialidad, refutando todas las pruebas que intentaban probarlo (al fraude) desde un formalismo utópico e imposible de cumplimiento en la situación de violencia y peligro para los testimonios y pruebas en el México actual. Con ello no podrán ser atacados los miembros del tribunal legalmente; saben demasiado de las artimañas de la ley. Por esto Aristóteles, ya que fue nombrado, criticaba a los sofistas (formalistas en este caso) por conocer las reglas de la lógica para usarla con injusticia; por el contrario, el recto filósofo ateniense exige al filósofo justo conocer la lógica para descubrir la verdad, y no simplemente para confundir al adversario. Es decir, señores jueces: conocer la ley para usarla en favor de la justicia, es de la mujer y del hombre justo; y en este caso la justicia consiste en convencer subjetivamente a los ciudadanos agraviados que no hubo tal fraude (pero en esto ustedes nunca se ocuparon de demostrar de que no había existido objetivamente: porque destruir las pruebas que se presentaron para demostrar que había fraude no es lo mismo que justificar por parte de ustedes que no lo hubo, en su materialidad de hecho), o de haberlo castigarlo ejemplarmente.

No habiendo creado convicción subjetiva en los ciudadanos (que es objeto de la justa retórica o no del formalismo legalista) de que no hubo fraude, muchos de nosotros juzgamos como ilegítimo ese dictamen, aunque sea formalmente legal; y como consecuencia también juzgamos de ilegítimo al electo.

Sin legitimidad una democracia no tiene fuerza, es formalista. Y el elegido es débil, porque confronta la resistencia de buena parte de la población, que lo juzgará hasta el final de su mandato como ilegítimo. El haiga sido como haiga sido continuará otro sexenio, uno por un fraude electrónico y por maestros adiestrados en el fraude en la base, otro por la iniquidad de la propaganda televisiva bajo el rótulo de noticias de gobierno, por encuestas falseadas (al menos personalmente, hasta el último momento, me llenaban de tristeza al ver en la televisión, en Milenio, por ejemplo, los resultados, y que en muchos con menor convicción les llevó a no votar, ¡total la cosa está decidida! dijo el señor Fox, o simplemente votar por el ganador, así como muchos se hacen partidarios del club Barcelona en el futbol, porque así tendrán al menos la alegría semanal de vencer virtualmente en algo), o simplemente por variadas maneras de fraude por compra de votos. Helmut Köhl, primer ministro de Alemania durante 14 años, desapareció de la política para siempre por haber recibido cientos de miles de marcos para la Democracia Cristiana de un donante ilegal al que él no delató. Aquí se hablan de hecho miles de veces de mayor cuantía y los responsables ni han sido despeinados. Para instaurar una cultura del no-fraude, para instaurar una democracia con la limpieza electoral (que impera ya en la mayor parte de América Latina, con excepciones menores), hubiera sido un acto ejemplar la anulación de la elección y la necesidad de su repetición. En el futuro el riesgo del fraude hubiera sido tan grande que se pensaría dos veces en repetir esa acción fraudulenta, y el Poder Judicial habría procedido como maestro de legalidad y legitimidad, para instaurar en las costumbres un inexistente estado de derecho. Por desgracia, ha sido maestro de la cultura fraudulenta y ha justificado y por ello permitido, por su no condenación y no castigo (que estaba en sus manos material para imponer una pena todavía no explícita en la ley), el poder hacerlo. Es un juicio legal formalista e ilegítimo desde el punto de vista de la verdad material o real del hecho a ser juzgado: la existencia del fraude y la necesidad de extinguirlo definitivamente en la débil democracia mexicana. ¿Y el candidato electo? Corre la misma suerte: es legal formalistamente e ilegítimo, ante las conciencias ético-políticas de aquellos ciudadanos que se sienten agraviados en sus derechos y que no les han sido dados argumentos suficientes y probatorios de que no hubo fraude.

¡Paciencia activa, conciudadanos! ¡Que la virtud de la Esperanza (tan estudiada por Ernst Bloch) nos motive apasionadamente a continuar en la senda de acciones conducentes a una mayor justicia! La historia dura siglos y un sexenio es un instante… claro que no para el que sufre, tiene hambre, sed, está desnudo y sin casa. Por todos ellos habrá que continuar la lucha con convicción insobornable.

* Filósofo

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Interpelaciones del movimiento #YoSoy132

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Enrique Dussel*
En la historia, en la política, hay acontecimientos inesperados por la complejidad casi infinita de la articulación de agentes libres, acontecimientos cuya existencia responden a posibilidades estadísticas mínimas, que por ello se nos presentan sin previsión alguna. El surgimiento del movimiento #YoSoy132 es uno de esos acontecimientos inesperados y felices. ¡Sea bienvenido!

Hace poco escribía que la juventud árabe, israelí, española, griega, chilena, estadunidense, era parte de una “revolución política que cubrirá todo el siglo XXI, y que ustedes, y muchos otros (jóvenes) en otras regiones del mundo han comenzado ya” (1). El movimiento de estudiantes universitarios mexicanos, con conocimiento científico suficiente y conciencia crítica, es parte de ese movimiento mundial, y está desempeñando una función política profunda en este momento tan histórico que vive México.

Pienso que el movimiento nos interpela a todos los mexicanos, pero especialmente a las instancias representativas del Estado, a los partidos políticos (atados por sus contradicciones) y a los medios de comunicación monopólicos, antidemocráticos (2), con algunas propuestas que deseo indicar en este corto artículo. Creo que, en resumen, son tres.

La primera interpelación es que el movimiento se define como apartidista, pero sin embargo profundamente político. El partidismo sería la fetichización de un medio considerado como fin. El partido es una organización en vista del ejercicio de la representación: formando políticos, candidatos, programas de gobierno, proyectos de nación, etc. Son necesarios para la democracia. Pero el partidismo es la fetichización del partido. Si se lo constituye como un fin, si se lo instrumentaliza para lograr el interés egoísta y privado de sus miembros se niega el bien común. Su burocratización es su corrupción. Los sueldos de los representantes (desde diputado hasta presidente municipal) son jugosos, y corrompen desgraciadamente a muchos. Pero no optar por algún partido no es dejar de ser profundamente político. Y el movimiento es político porque asume la responsabilidad de limpiar una representación electoralera corrompida.

La segunda interpelación es correlativa de la primera. Porque es profundamente política y no corrompidamente partidista, exige el ejercicio ético de la política por medio de una democracia real, transparente; no cínica, aparente, hipócrita. La democracia no es sólo la elección de representantes. Además, cuando el representante se fetichiza intenta por cualquier medio (aún la guerra sucia por la propaganda calumniosa) ganar una elección haiga sido como haiga sido. Es la corrupción ética extrema de la democracia, porque el cómo (el modo como) alguien es electo constituye la esencia de la legitimidad, porque garantiza la participación simétrica de los electores. Y por ello, los estudiantes de comunicación del movimiento #YoSoy132 fueron a la esencia del proceso de la formación de la opinión pública (momento fundamental de la democracia) que hoy son los medios de comunicación. Si en un país (y es el caso de México) no hay libertad de medios de comunicación (empezando por la televisión que entre nosotros es monopólica, y corrupta por lo tanto) se puede “producir un candidatos” así como se produce por la propaganda la necesidad de una mercancía. Atacando el monopolio de la media el movimiento #YoSoy132 toca la esencia de la democracia en nuestra edad signada por la tecnología electrónica. Oponerse a un candidato producido como una mercancía por la televisión monopólica no es una opción partidista, sino esencialmente política. Los jóvenes intelectuales saben muy bien que apuntan al corazón del cinismo antidemocrático cobijado bajo la palabrería superficial de una aparente democracia.

Hay por último una tercera interpelación. En las asambleas estudiantiles he escuchado que ya se habla seriamente de otro aspecto aparentemente formal, pero que es igualmente esencial. El fraude electrónico de 2006, y lo digo con conciencia ética al leer las conclusiones de científicos como el Dr. Víctor Romero Rochín (del Instituto de Física de la UNAM) y del Dr. Miguel de Icaza-Herrera (del Centro de Física Aplicada de la misma Universidad) (3), no debería repetirse en 2012. Los estudiantes discuten que han recibido información de que de nuevo es posible una interferencia electrónica en el mecanismo de la contabilidad final de la elección. Para dar certeza a la recepción de los datos emanados de las mesas de votación sería necesario que hubiera más de un organismo que recibiera simultáneamente con el IFE toda la información. ¿Qué mejor que instituciones científicas de estadística de la UNAM y el IPN? De esta manera habría certeza de la suma final procedentes de las 130 mil mesas. El IFE no podría sentirse aludido, porque la ciudadanía tiene fundadas dudas acerca de lo acontecido en 2006, ya que en esa ocasión no se quiso contar el total de las boletas de los votantes. Para eliminar dudas habría que obrar ahora con transparente metodología. Los estudiantes tienen todo el derecho de presionar para que la información sea recibida por organismos apartidistas que expresen una participación activa de la ciudadanía por sus instituciones públicas especializadas en matemática y estadística que superan en mucho la inexperiencia del IFE en estas disciplinas, y que por desgracia la confían a entidades desconocidas (¿el caso de Hildebrando?), a las que se les deja la responsabilidad final de un acto transcendental para la vida política del país. Todas las garantías que se han querido dar en los pasos anteriores pueden quedar borradas por el acto final dudoso del computo electrónico, que ha sido probado presentó en 2006 defectos nunca aclarados. Es una cuestión entonces de la que el movimiento #YoSoy132 va tomando conciencia y que es decisivo dentro del proceso democrático cuando se usa una tecnología electrónica.

*Filósofo, participante del #YoSoy132-Académico.

(1) Carta a los indignados, editorial La Jornada, México, 2011, p. 21.

(2) No es accidental que alumnos de la carrera de Comunicación en la Ibero (algunos de los cuales estuvieron presentes eventualmente en una conferencia que pronuncié sobre filosofía política en esa universidad unos días antes) sean dirigentes de ese movimiento.

(3) Ellos han demostrado matemáticamente según las técnicas estadísticas cuál fue el mecanismo electrónico del fraude por la interferencia del sistema de cómputo del IFE (¿el famoso Hildebrando?), debido a que el mero azar no podía dar los resultados de la suma de la información de los cómputos que daba a conocer el indicado IFE. La programación electrónica estaba diseñada para que el PAN triunfara al final por el 1 por ciento. Hubo un traspaso sistemático de votos del PRI (de Madrazo) al PAN (a Calderón), y no como pudiera pensarse del PRD (de López Obrador) al PAN, además de un inmenso número de irregularidades en las mismas casillas (a ras del suelo).

La derecha busca la desaparición del Estado para entregarlo a las trasnacionales: Dussel

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Por : Javier Puga Martínez

2012-03-15 04:00:00

El filósofo Enrique Dussel

Con una advertencia sobre la extinción de la humanidad por la aplicación del modelo capitalista basado en la injusticia, la explotación y la violencia, comenzó el Primer Encuentro “El Buen Vivir”, ayer en la Universidad Autónoma de Puebla.

La advertencia fue hecha por el investigador del Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades John Holloway en este ciclo de conferencias y actividades artísticas que continuarán hasta el próximo 17 de marzo en el edificio Carolino.

Ahí también estuvo el filósofo Enrique Dussel quien expuso ante más de 200 estudiantes de las licenciaturas y preparatorias de la UAP, que el avance de la derecha en México y el resto del mundo se observa a través de las empresas y capitales trasnacionales que se apropian de las facultades y derechos que sólo corresponden al Estado.

 

El Estado capitalista

actual, un tsunami de

destrucción y muerte

 

Ayer, durante su participación en este encuentro, el académico de origen irlandés John Holloway planteó que desde su visión el Estado actual basado en el capitalismo está provocando “un tsunami de destrucción y muerte, y esta dinámica está llegando a proporciones que amenazan la existencia de la humanidad”.

En ese sentido, expuso ante los estudiantes que el capitalismo está basado en la injusticia, la violencia y la explotación, lo cual es visible en la destrucción del campesinado, en la destrucción de las ciudades, de las tierras por la actividad minera y en la crisis mundial misma.

Plateó que “si queremos entender a la sociedad y lo que está pasando con ella entonces tenemos que empezar con la categoría del capital, no como una categoría económica, sino como una conceptualización dinámica del asalto en la que nos encontramos. El problema para nosotros no es sólo cómo mejorar los niveles de vida de mucha gente –lo cual es importante–, sino lo fundamental es romper con esta dinámica de muerte. ¿O tal vez ya no podemos? Me resigno a aceptar la destrucción de la humanidad, y supongo que ustedes tampoco lo aceptan, por eso estamos aquí”.

Para Holloway, el Estado capitalista moderno es excluyente y esta exclusión del resto de la sociedad comienza desde las tradiciones, el lenguaje y las formas de comportamiento de quienes forman parte del Estado, con el único fin de controlar la vida social de la población.

Señaló que detener la dinámica de “destrucción y muerte” del capitalismo no puede lograrse a través del propio Estado, pues “no tiene sentido utilizar a una organización basada en nuestra propia exclusión. Esto no canaliza las luchas sociales, pues al final el Estado nos reintegra y nos reconcilia con la reproducción del capitalismo, con esa dinámica que nos está matando a todos”.

Agregó que la existencia del Estado depende de la reproducción del capital y de su acumulación, pues de esto viven los funcionarios los que forman parte del Estado. Subrayó que eso no necesariamente significa que no se pueden lograr cambios desde las instituciones, pero rechazó que el Estado convierta a los sujetos en objetos de la política, a los rebeldes en ciudadanos a quienes aleja de la perspectiva en contra del capitalismo.

“Obviamente eso nos deja con el problema de que si no es a través del Estado, ¿entonces cómo podemos cambiar al mundo? La respuesta es que no lo sabemos. Por eso estamos aquí, por eso discutimos. No tenemos las respuestas pero tenemos las experiencias de la gente que que está creando otra lógica de existir, de vivir y de crear un buen vivir”, afirmó.

Y agregó: “si el capitalismo es el mal vivir, entonces para construir un buen vivir tiene que ser una construcción de que va en contra de este sistema que domina. Partir de las experiencias, respetándolas, pero también criticándolas, es como veremos un mundo que está lleno de grietas, de gente que dice que dice que vamos a caminar en sentido opuesto. Por eso este encuentro y por eso lo hacemos dentro de la universidad”.

 

“¿Es lo mismo

Calderón que Lula?”

 

En su exposición, Enrique Dussel se pronunció en contra de la desaparición del Estado, como claman algunas voces, pues lo único que ocurriría es que pasaría a manos de compañías trasnacionales y los grandes capitales.

Agregó que eso es lo que busca la derecha más extrema en México y el resto del mundo, con planteamientos como eliminar al Ejército o la Policía, pues para eso están los mercenarios o la seguridad privada.

“Pero no sólo la derecha pide eso, sino la izquierda también. Si yo le pido a Evo, a Lula, a Chávez disolver el Estado ¿no sería el caos y vendría la derecha a tomar el poder?”, planteó.

Por ello, afirmó que se requiere de unidad, de un Estado bien organizado y al servicio del pueblo. “No somos individuos, somos comunidad y a partir de ahí ya no es posible aceptar el liberalismo. El liberalismo no acepta la participación”.

En Venezuela, ejemplificó, existe al menos una actitud patriótica y una política nacionalista. En Brasil, Luiz Ignacio Lula Da Silva logró reducor la extrema pobreza de 30 al 17 por ciento.

“¿Es lo mismo Calderón que Lula?”, preguntó Dussel a lo que recibió un contundente “no” del auditorio como respuesta. Y prosiguió: “Lula fue obrero, sudó y se enfrentó a los militares. Quizás no fue como Lenin, pero vean lo que pasó en Rusia y vean qué paso en Brasil. La política es realismo con principios éticos; debe tener filiales y alternativas anticapitalistas”, subrayó el académico quien subrayó que muchos grupos pequeños nunca van a llegar a sumar una fuerza que transforme a México, sino que 15 o 20 grupos “que tengan una idea clara de las cosas entren a la política, se organicen y entonces sí logren una transformación.

“Lo digo fuertemente porque en México la política es un problema: los movimientos más buenos no están dispuestos a entrar a la política y si entregan sus ideales van a ser responsables ante la historia”, subrayó el filósofo quien resaltó la importancia de la participación en las próximas elecciones federales.

“Es un momento clave del país; si fuera sólo un problema teórico, ni vengo, pero se trata de un momento político grave, y la población busca resolver sus necesidades de pavimentación, alumbrado, calles y seguridad. En Venezuela, al poder electoral lo elige el pueblo. Aquí, el IFE decide ¿pero a este quién lo eligió?, ¿cómo se van a nombrar jueces si el mismo poder los nombra? La revocación del mandato es una primera parte del ejercicio del poder y este va para el presidente, los diputados, el propio presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación. Necesitamos un Estado distinto, que sea incluyente y para ello hay que tener imaginación”.

El académico de origen argentino, nacionalizado mexicano hace 36 años, señaló que el “buen vivir” es un concepto fundamental de los pueblos originarios de América, y rompe con el pensamiento moderno, incluidos el capitalismo y el marxismo. Además, incluye una revaloración de la cultura, pero esta no limitada a las artes, sino en un sentido integral que abarque a toda la actividad humana: desde las actividades agropecuarias, la política, las relaciones sociales hasta la economía. Un ejemplo de esta “revolución cultural” es la bolivariana de Hugo Chávez en Venezuela.

“El poder no se tiene, se ejerce y este es del pueblo, por lo tanto no se toma”, expuso Dussel en una crítica a lo que los políticos actuales entienden por el ejercicio del poder, como en el caso mexicano y los candidatos a la presidencia de la República. En ese sentido, agregó que el papel del Estado es delegarlo a través de las instituciones, que son las que se fortalecen o se debilitan.

También expuso la dificultad que han tenido los gobiernos de izquierda para comenzar a ejecercer el poder, pues no es lo mismo criticar que pasar a ejercerlo. Por ello, si bien Hugo Chávez, Evo Morales o Lula no son el tipo de revolucionario que fue Lenin, estos presidentes han comenzado a delegarlo en nombre del pueblo.

La labor de los intelectuales en esta tarea ha sido relevante, agregó, como el caso de Álvaro Garcia Linera quien fomó parte de la guerrilla y hoy es el vicepresidente del Estado Plurinacional de Bolivia, “y ha mostrado no sólo la importancia de la mística y los símbolos del Estado, sino del mando del pueblo”.

Participación democrática y estado de rebelión

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sábado 28 de mayo de 2011

La humanidad, las grandes masas de los países periféricos y centrales, comienzan a tomar conciencia de que la democracia representativa (no la democracia sin más) y los organismos internacionales (en especial del capital financiero) no son dignos de confianza por el alto grado de corrupción de sus burocracias (como lo manifiesta el FMI) y por su opción capitalista.

Enrique Dussel / LA JORNADA

La Plaza del Sol de Madrid se llena de jóvenes y ciudadanos indignados; así como llenaban por mayores motivos la Plaza Tahrir (de la Liberación) en El Cairo, y el 21 de diciembre de 2001 la Plaza de Mayo en Buenos para derrotar al gobierno de F. de la Rúa y su estado de excepción. Hemos ya indicado en otra colaboración de La Jornada que estos movimientos nos recuerdan un hecho fundamental en la vida política de los pueblos: el estado de rebelión: la Comuna de participación directa en primera persona plural: nosotros. Recuerda al Estado que no es principalmente un gobierno representativo, sino una comunidad participativa. Marx propuso esa experiencia límite de la Comuna como un postulado político (aquello que es pensable lógicamente o por un cierto tiempo, pero imposible en el largo plazo). Hoy, sin embargo, es políticamente posible. Lea el artículo completo aquí…

El horizonte emancipador

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sábado 19 de febrero de 2011

Que en los países árabes ondeen las banderas del Che Guevara en medio de policías y barricadas; que su pensamiento –síntesis del ideal libertador latinoamericano-, su utopía y el inquebrantable ejemplo de consecuencia que fue su vida, todavía tenga algo que decirle a los pueblos, en estos tiempos de crisis y desencantos, es un hermoso signo de esperanza para los pobres y condenados de la tierra.

Andrés Mora Ramírez / AUNA-Costa Rica

(Fotografía: Manifestantes libaneses frente a la embajada de Egipto, en apoyo a la insurrección popular).

Mientras las rebeliones populares cambian dramáticamente el panorama estratégico del Medio Oriente, y conmueven el orden hegemónico de las potencias occidentales imperante allí desde hace al menos medio siglo, a este lado del mundo, con menos difusión mediática, los Estados Unidos refuerzan el eje de seguridad nacional –control geopolítico y económico- de su política exterior hacia América Latina.

En México y Centroamérica esto ha sido evidente en las últimas semanas, en particular, con el aumento del tono de la retórica injerencista de los funcionarios de la Casa Blanca –zapadores de la intervención real- y el entusiasmo bélico de las élites políticas regionales, que recibieron efusivamente el anuncio del Plan Centroamérica contra el narcotráfico –sombrero del Plan Colombia y la Iniciativa Mérida-.

Para Washington, se trata de la reafirmación imperial en su zona de influencia; para los gobiernos centroamericanos, es la apuesta por la seguridad para sostener un modelo de sociedad excluyente e injusto.

En un escenario como este, en el que la resignación ciudadana se convierte en estandarte de los eternizadores del status quo, tiene más sentido que nunca preguntarse por el futuro de América Latina y los peligros que enfrenta nuestra región, y pensar en sus alternativas desde un horizonte emancipador.

En La Habana, con motivo de la Feria Internacional del Libro, muchos intelectuales latinoamericanos, hombres y mujeres, han discutido sobre este tema y señalado vías para emprender este necesario ejercicio de imaginación política: unos insistieron en hacer de la cultura una guía para la liberación del individuo y de los pueblos; otros, apuntaron a la importancia de recuperar el protagonismo de los movimientos sociales, que hace una década empezaron a cambiar el rostro de una región hasta entonces condenada a la vocación de felpudo, como dice Eduardo Galeano; algunos más, centraron sus reflexiones en la necesidad de profundizar los procesos de cambio en América del Sur, y al mismo tiempo, acelerar la unidad y la integración latinoamericana. Y Fidel Castro, el histórico líder de la Revolución Cubana, en una nueva aparición pública alzó su voz para instar a una misión mayor: salvar a la humanidad de la doble amenaza de la guerra nuclear y el cambio climático. Son valiosos puntos de partida.

Desde nuestra perspectiva, pensar en los caminos posibles de la segunda emancipación de nuestra América supone reconocer que la tarea iniciada en 1810, solamente desató las fuerzas que aún hoy, en el siglo XXI, requieren ser encauzadas hacia la construcción de naciones socialmente justas, democráticas, capaces de trascender el egoísmo, la lógica de la exclusion, la compulsión consumista y los destructivos modos de producción del capitalismo depredador.

Tal búsqueda, como sostiene el filósofo Enrique Dussel, debería concretarse en una política y una cultura de la liberación, nutrida de la trayectoria descolonizadora latinoamericana: esa que entronca las corrientes de pensamiento y acción política de, por ejemplo, José Martí con José Carlos Mariategui, y del “farabundismo” de los años 1930 con la Revolución Cubana de 1959; que se proyecta en la experiencia de la Unidad Popular de Salvador Allende, en la Revolución Sandinista (que supo interpretar positivamente “la cultura popular y su religiosidad”), en el zapatismo y el EZLN (“con una nueva concepción de las culturas ancestrales del continente”), y que encuentra una de sus últimas expresiones en la reacción contra el neoliberalismo desde la que germinan la Revolución Bolivariana, las rebeliones populares y los nuevos liderazgos políticos de la última década, “experimentando cada vez más la complejidad cultural de los de abajo[1].

Es decir, se trata de una política y una cultura de la liberación cuyo protagonista sea, una vez más, el “pueblo concreto, histórico, oprimido y excluido”, y que comprenda el sentido profundo de lo popular: “la medula histórica del pensamiento radical en nuestro continente político cultural”[2].

Que en los países árabes ondeen las banderas del Che Guevara en medio de policías y barricadas; que su pensamiento –síntesis del ideal libertador latinoamericano-, su utopía y el inquebrantable ejemplo de consecuencia que fue su vida, todavía tenga algo que decirle a los pueblos, en estos tiempos de crisis y desencantos, es un hermoso signo de esperanza para los pobres y condenados de la tierra. Un signo que lleva la tradición de lucha y liberación a todos los rincones del mundo: especialmente allí donde, como en nuestra América, la emancipación permanence como un proyecto de futuro abierto.


NOTAS:

[1] Dussel, Enrique (2007). Política de la liberación. Historia mundial y crítica. Madrid: Editorial Trotta. Pp. 483-485.

[2] Idem, pp. 483.

Samuel Ruiz (1924-2011), el profeta mexicano del siglo XX

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sábado 29 de enero de 2011

Don Samuel es, junto a don Sergio Méndez Arceo, el símbolo más profético de la Iglesia mexicana del siglo XX, y uno de los pastores más importantes de la pastoral indígena en nuestro continente y el mundo.

Enrique Dussel* / LA JORNADA

(Fotografía: Don Samuel Ruiz junto al Subcomandante Marcos, en 1995)

Ha muerto el 24 de enero el santo profeta de Chiapas, digno sucesor de Bartolomé de las Casas. Este último comenzó su lucha en favor de los pueblos originarios de América en el ya lejano 1514 en el pueblito de Sancti Espíritu de Cuba. Fue obispo de Chiapas desde 1544 hasta 1547, en que fue expulsado por la oligarquía de los conquistadores que ya dominaban esa tierra maya, por su lucha en favor de los pueblos originarios. Algo más de cuatro siglos después, y como continuando la labor de Bartolomé, fue nombrado en 1959 don Samuel Ruiz, a la edad de 35 años, obispo de Chiapas (siendo el más joven del episcopado mexicano de esos años).

Había nacido el 3 de noviembre de 1924 en Irapuato. Estudió primero en León; obtuvo su doctorado en hermenéutica bíblica en la Gregoriana de Roma. Era un hombre letrado, director del seminario de León (como Miguel Hidalgo lo fue del de Valladolid). Asistió al II Concilio Vaticano, participando todavía dentro de las filas del episcopado conservador. Le tocaron tiempos de profunda renovación de la Iglesia y las convulsiones políticas del 68. En ese tiempo cambiará drásticamente su posición teórica y práctica. Será su comunidad indígena maya la que lo confrontará con la miseria, la opresión, la dominación política, económica, cultural y religiosa que la oligarquía chiapaneca había orquestado como herencia de los conquistadores y de los terratenientes contra ese pueblo originario. El joven obispo sufre una conversión radical.

Ya en 1968 fue uno de los cuatro oradores (sobre el tema de la pastoral indígena) en la Conferencia de Medellín del Celam, donde manifestó su calibre latinoamericano. Brillará en América Latina como miembro de una camada de obispos que optaron por los pobres del continente, junto a Helder Camara, en Brasil; Leónidas Proaño, en Ecuador, y Óscar Romero, en El Salvador. Será uno de los reformadores de la Iglesia, fundamentando bíblicamente la revolucionaria teología de la liberación que estaba naciendo. Pero aún más, la llevó a la práctica con su pueblo indígena chiapaneco. Aprendió dos lenguas mayas y se transformó en el profeta de su pueblo. Esto le traerá grandes enemistades, persecuciones, aun de aquellos que hoy, después de su muerte, lo ensalzan. Decía de él, y de don Samuel, el obispo de Cuernavaca don Sergio Méndez Arceo: “Nosotros unificamos al episcopado mexicano. ¡Todos están contra nosotros!” Perseguido por los potentados, los terratenientes, los políticos y hasta por algunos de sus sacerdotes, con indomable brío, con paciencia de indígena, con sacrificio titánico, recorriendo innúmeras veces su diócesis en camioneta, avioneta o a caballo, estaba presente consolando, alentando y dirigiendo a las “comunidades” mayas.

Todas lo tenían por tatik (como el tata de los tarascos que fue Vasco de Quiroga); nombrado por ellos mismos “Protector del pueblo indígena”. Contra viento y marea, y contra la opinión de muchos en el Vaticano (que como decía San Juan de la Cruz a un hermano observante estricto: “¡Cuídate de ir a Roma, partirás descalzo (reformado) y volverás calzado (corrompido)!”), transformó la Iglesia y la sociedad chiapaneca, educó a los líderes indígenas, que de catequistas llegaron a ser diáconos. ¿Qué fueron muchas y muchos comandantes zapatistas sino catequistas de don Samuel Ruiz? Don Samuel creó proféticamente la conciencia de lucha de su pueblo, del cual, por otra parte, aprendió todo.

Por ello, en la celebración de su muerte (no es contradictorio que el pueblo reunido junto a su cadáver exultara un cierto espíritu de profundo regocijo), se gritaba, en algunos casos machete en mano: “¡Samuel vive, la lucha sigue!”; o aquella crítica a la Iglesia de tantas traiciones: “¡Queremos obispos al lado de los pobres!” Esa Iglesia ocupada en la beatificación de su burocracia (cuyo miembro supremo se le vio fotografiado junto a R. Reagan, o a A. Pinochet, y que se encolerizó ante la presencia de un humilde Ernesto Cardenal de rodillas, y sin embargo ministro de Estado de la revolución sandinista, junto al gran cartel en el que se leía en la Plaza de la Revolución: “¡Entre cristianismo y revolución no hay contradicción!”

Don Samuel no fue sólo una figura mexicana. Era una personalidad profética latinoamericana, defensor de los derechos humanos de los humildes, de los inmigrantes en toda Centroamérica. Era una figura mundial, recibiendo premios internacionales y doctorados honoris causa en las más diversas y encumbradas universidades en reconocimiento a su pensamiento y a su acción.

Don Samuel es, junto a don Sergio Méndez Arceo, el símbolo más profético de la Iglesia mexicana del siglo XX, y uno de los pastores más importantes de la pastoral indígena en nuestro continente y el mundo. No queda sino alegrarse con el pueblo cuando exclamaba: “¡Samuel vive, la lucha sigue!” Como Walter Benjamin escribía, se trata de un “mesianismo materialista” (si por “materialista” se entiende cumplir responsablemente con los deberes para con la vida de los pobres y explotados, como los indígenas chiapanecos). Samuel fue heroicamente consecuente con aquél: “¡Tuve hambre y me dieron de comer!” (que del Osiris egipcio pasó a Isaías y al fundador del cristianismo, del cual Samuel fue un digno testimonio).

*Filósofo, emérito de la Universidad Autónoma Metropolitana

Enrique Dussel: Absurdo, plantear la disolución del Estado

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sábado 8 de enero de 2011

“Este es un momento esencial para la construcción de la teoría en toda América Latina. Hay categorías que ya no nos alcanzan para una realidad compleja, hay que renovar todo. Se necesita una nueva teoría, pero que no sea pura imitación de lo que se dijo ya hace siglo y medio”, sostiene en esta entrevista el filósofo argentino.
Blanche Petrich / LA JORNADA (México)
El filósofo Enrique Dussel, profesor de la Universidad Nacional Autónoma de México e investigador de la Universidad Autónoma Metropolitana, considera que para el momento de maduración en el que se encuentran los procesos latinoamericanos, con una mayoría de gobiernos electos de centro-izquierda, es esencial la construcción de una teoría para la realidad actual. Teoría de liberación, innovadora, crítica, creativa, que elabore no sobre la destrucción del Estado, como lo pensaron los marxistas clásicos, sino que dote de contenidos de democracia participativa a los poderes políticos que hoy gobiernan.
Sostiene, a contracorriente de otros influyentes pensadores, como el irlandés John Holloway, de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (Cambiar el mundo sin tomar el poder) o el italiano Antonio Negri, de la teoría de la resistencia, que el asunto, actualmente, no es criticar al Estado, sino hacer un Estado que sea útil a la gente.
Dussel se define como filósofo de la liberación “que es –explica– una tradición filosófica latinoamericana, no es escuela de ninguna otra”, un cuerpo de ideas y obras que un grupo de filósofos vienen pensando desde los años 70. Aunque hay intelectuales que encuentran esto pretencioso. Con los decenios se irá viendo si tuvimos razón o no.
Dussel (Mendoza, Argentina, 1934) recibió recientemente en Caracas el Premio Libertador al Pensamiento Crítico, que otorga el gobierno de Venezuela a las obras de creación de teoría para la realidad latinoamericana actual. Es el galardón más importante de América Latina, tanto por las obras y los pensadores reconocidos como por su monto económico. Se premió un trabajo publicado ya en dos tomos, Política de la liberación. Un tercer capítulo viene en camino.

Poder obedencial

Apenas inicia la entrevista, el maestro aborda, entusiasta, el tema que ha ocupado en semanas recientes, por derecho propio, las primeras planas de los diarios: las filtraciones de Wikileaks. “Es un fenómeno histórico mundial. Las trasnacionales que controlan el movimiento del dinero –Visa y Mastercard– clausuran las cuentas a la organización Wikileaks en represalia. Y al día siguiente más de 40 mil ciudadanos de buena voluntad también las bloquean a ellas. ¡En menos de 24 horas organizaron una acción que puede paralizarlas completamente! Esta es una expresión de participación política en los medios de la revolución tecnológica. Son cosas muy nuevas que todavía no se han procesado en filosofía política. Lo veo como una muestra de lo que Evo Morales llamó la democracia obedencial”.
Es, insiste, todo un salto: La revolución de los medios electrónicos equivale al momento en que apareció la máquina de vapor y detonó la revolución industrial. Esta es una revolución política, porque este medio va a cambiar el proceso de la producción de decisiones políticas. Ahora la gente puede ponerse en contacto y participar en la toma de decisiones de una manera increíble e instantánea. Eso nunca había pasado.
En el primer tomo de su Política de liberación, historia mundial y crítica, Dussel parte del origen de la filosofía que no es eurocéntrica ni helenocéntrica, sino que nace en Mesopotamia, India, China, Egipto y concluye con unas reflexiones sobre “el sentido que le ha dado Evo Morales al poder, poder obedencial”.

–¿Porqué obedencial?

–Mirando hacia lo que significan los gobiernos de Evo Morales, Hugo Chávez, Rafael Correa o Luiz Inacio Lula da Silva, es absurdo plantearles la disolución del Estado. Hay que tener una visión completamente distinta de la política, aun revolucionaria.

Tiempo de gobernar desde la izquierda

–¿Hacia dónde debe dirigirse la crítica, entonces?

–Tradicionalmente la izquierda hizo crítica al poder político como dominación. Yo digo: el poder político no es de dominación, reside en el pueblo, consiste en el consenso del pueblo. Las instituciones no son el lugar del ejercicio del poder, se les ha delegado. Cuando las instituciones creen que son la sede, ese es el fetichismo. Cuando un presidente dice, como dijo Felipe Calderón, tengo el monopolio del poder, se equivoca, se ve que no tiene mucha instrucción. El Estado tiene el uso de la violencia legítima, pero el único que tiene el monopolio del poder es el pueblo. Toda institución del Estado tiene el ejercicio delegado y eso Evo Morales, siguiendo en la línea de los zapatistas de Chiapas, le llamó el poder obedencial.

–Esta referencia cruza algunas contradicciones: recuerda la brecha que hay hoy en Ecuador entre el presidente Rafael Correa y el movimiento indígena. O el caso del movimiento zapatista, que cuando llegó a la presidencia el primer gobernante indígena en Bolivia, ellos no se vieron reflejados en él.

–Yo lo que he diferenciado es el poder, que reside en el pueblo y las instituciones. Por eso el Movimiento de los Sin Tierra, en Brasil, que es crítico, dice: miren, Lula no fue lo ideal, pero lo apoyamos. Y cuando traicione lo vamos a criticar, pero es el mal menor. Otros dicen: es el mal, y se oponen frontalmente. Pero hay cierta oposición de la extrema izquierda que se toca con la extrema derecha.
Lo que yo digo es que en la actual coyuntura latinoamericana, la izquierda tiene la responsabilidad de ejercer el poder en favor de un pueblo. Las instituciones pueden intentar servir al pueblo o pueden ser represivas. No es un hecho a priori que las instituciones son dominación siempre.
La democracia representativa y el poder obedencial deben ser fiscalizados. La representación es necesaria, porque no puede hacerse todo por democracia directa; los 112 millones de mexicanos no podemos estar en asamblea permanente. Hay que tener representación. Pero la representación finalmente se corrompe si no es fiscalizada.
Ahora, gracias a los medios electrónicos, tenemos por primera vez en la historia humana un instrumento de redes que permite la organización de esa participación fiscalizadora. Hay movimientos sociales, como el zapatismo, que tienen gran sensibilidad sobre la participación. Porque ahí es donde se expresa la voz del pueblo. Pero hay que repensar la representación en un momento creativo. No hay que confundir los tiempos, hay un tiempo para criticar y un tiempo para gobernar. Y estamos en el tiempo del gobierno en América Latina.

Urgen nuevas teorías para el siglo XXI

–El problema es cuando la corrupción llega demasiado pronto.

–Pero esa es la condición humana. Eso no va a desaparecer nunca. El que ejerce el poder tiene muchas tentaciones de aprovecharse. Para eso hay que crear organismos de participación para fiscalizar.

–¿Qué teorías le dan cuerpo a lo que Chávez llama el socialismo del siglo XXI?
–Este es un momento esencial para la construcción de la teoría en toda América Latina. Hay categorías que ya no nos alcanzan para una realidad compleja, hay que renovar todo. Se necesita una nueva teoría, pero que no sea pura imitación de lo que se dijo ya hace siglo y medio.
Dussel cita algunas fuentes importantes para la construcción del pensamiento latinoamericano actual: Theotonio dos Santos, Immanuel Wallerstein, Franz Hinkelammert, Boaventura de Souza, Hugo Zemelman, el húngaro István Mészáros. Y añade el pensamiento aymara y el zapatismo, que no forman parte de las teorías clásicas.
“Tenemos mucho que recuperar de esos pueblos, que antes la izquierda no supo considerar. En 1994 el zapatismo fue una conmoción para muchos intelectuales. El asunto es tener una visión de pueblo que no sea populista, que suponga articular la clase y las etnias indígenas dentro del pueblo. Y eso es una explosión teórica, porque ¿qué hacer con el imaginario de los pueblos, que son relatos religiosos míticos? La izquierda era tradicionalmente atea y veía como retrógrado ese imaginario. O decir, dentro del imaginario, como señala Ernst Bloch, que en el Principio esperanza toma los mitos, que llama como el sueño despierto de la humanidad, y dice: hay unos que son de dominación y otros que son de liberación.

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