Fuente: La Voz de Michocán

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Agencias/ La Voz de Michoacán.

Por la relevancia que conlleva el cargo, el puesto de embajador en Estados Unidos es uno de los más importantes –y estratégicos– que puede haber en la administración de cualquier presidente mexicano. Es el equivalente a una Secretaría de Estado que no sólo debe tener en sus manos los hilos de temas vitales y de seguridad nacional, sino cargar sobre sus hombros la dificultad de conducir una relación sumamente compleja, repleta de potenciales precipicios.
El trabajo viene con un presupuesto multimillonario muy superior al de cualquier otra embajada mexicana pero también con una altísima exigencia profesional. Quien conduce los destinos de la casona del 1911 de la Avenida Pennsylvania, a unas cuadras de la Casa Blanca, debe ser de día hombre de todas las confianzas del presidente de México y por la noche anfitrión socialité de algunos de los hombres más poderosos del planeta, incluidos militares que comandan ejércitos en otros continentes, espías con oídos en cada esquina y empresarios cuyos bolsillos calan hondo, muy hondo, al sur del Río Bravo.
No son las únicas artes que se esperan de un buen embajador mexicano en el corazón de Estados Unidos. El chef de mission debe asumirse especialista en comercio, armador de intrigas de alto vuelo, analista internacional, imán de capitales, defensor de la soberanía, y promotor turístico, además de protector de migrantes, mecenas cultural, cruzado antinarcóticos, portavoz nacional y exportador agrícola. Más lo que demande el servicio.
Ese, con todos sus riesgos y ventajas, es el paquete que le ha caído en las manos a Eduardo Medina Mora, confirmado ayer como el embajador número 63 en representar a México ante Washington desde la Independencia mexicana, encargo que primero tuvo Manuel Zozaya y Bermudez en 1821 en los tiempos del Imperio Mexicano y en el que ahora reemplaza a Arturo Sarukhán, uno de los pocos funcionarios que en dos siglos ha logrado ocupar la silla diplomática durante seis años consecutivos.
Sin igual en el mundo del Servicio Exterior Mexicano, la oficina a la que llega Medina Mora es un centro neurálgico que más bien parece cuarto de guerra: en ella convergen y a ella reportan funcionarios de las secretarías de Gobernación, Defensa Nacional, Marina, PGR y Hacienda, así como medio centenar de cónsules repartidos desde Arizona y Florida hasta Alaska y Minnesota.
Exiliado durante la segunda parte del sexenio calderonista en Gran Bretaña, Medina Mora volverá, en cierta medida, al loop de la relevancia y la información sensible, una tarea a la que se encuentra bien habituado, después de su paso por el Centro de Investigación y Seguridad Nacional y la Procuraduría General de la República.
Luego del aislamiento en Londres, por sus manos circularán de nueva cuenta informaciones de naturaleza altamente sensible sobre los más distintos ámbitos de la relación entre México y Estados Unidos. Por ejemplo, tendrá acceso total a algunas de las bases de datos más preciadas y secretas del Estado Mexicano, entre las que se incluyen las fichas de filias y fobias de congresistas, compilada por la sección de Relaciones con el Congreso; la de alfiles hispanos en la lucha migratoria, confeccionada por la Sección de Asuntos Regionales e Hispanos; y la de narcotraficantes y crimen organizado en la Unión Americana.