“Hay que priorizar la construcción de una contrahegemonía cultural”

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En esta entrevista concedida a la revista argentina Debate, Nils Castro, escritor y diplomático panameño, plantea los avances, las limitaciones y los desafíos de la izquierda latinoamericana.

 

Manuel Barrientos / Debate
El escritor panameño Nils Castro
“Mientras el papel de las derechas es reproducir el pasado, el de las izquierdas es producir el futuro”, escribe el escritor y diplomático panameño Nils Castro en su nuevo libro, Las izquierdas latinoamericanas en tiempos de crear, editado por la Universidad de San Martín y que cuenta con prólogos de Marco Aurélio Garcia -asesor especial en política exterior de la presidenta brasileña Dilma Rousseff- y del ex canciller argentino Jorge Taiana.
En su visita a la ciudad de Buenos Aires, Castro recibe a Debate en un hotel céntrico y se brinda a una larga charla en la que traza los rasgos comunes que tienen las presidencias de perfil de centroizquierda o progresista que gobiernan la mayoría de los países latinoamericanos, evalúa sus límites (“llegaron al gobierno pero no al poder”, advierte) y analiza las asignaturas que aún están pendientes, luego de casi tres décadas del retorno de la democracia y de las experiencias neoliberales que atravesaron a toda la región.

América Latina ofrece un panorama impensado en la década del noventa, con mayoría de presidencias de izquierda o progresistas. Más allá de las particularidades de cada caso, ¿qué rasgos comunes pueden encontrarse entre estos gobiernos?
En los ochenta y los noventa padecimos la oleada neoliberal, que tuvo costos altísimos en materia de empleo, de salarios, de seguridad social. Y los ciudadanos votaron en contra de todos los liderazgos y partidos que habían sostenido y administrado ese proceso. Así que estas izquierdas progresistas llegan al gobierno no tanto porque vienen ofreciendo un proyecto nuevo, como sucedía en los sesenta o setenta, sino como una reacción de repudio social a lo existente. Por tanto, son gobiernos que vienen a reparar un desastre producido en los veinte o treinta años anteriores y ofrecen a la sociedad una agenda de reparación de desastres, más que de transformación. Pero este fenómeno provoca distintos efectos.

¿Cuáles serían?
Por un lado, estos gobiernos coinciden en la necesidad de incrementar la solidaridad y la integración latinoamericana, y han fortalecido el Mercosur y crearon la Unasur y la Celac. Se fortaleció el papel de América Latina como bloque en el plano internacional, rescatando cuotas de soberanía y autodeterminación, sacrificadas también durante los años anteriores. Y se dan en coincidencia con el hecho de que ha mermado la soberanía estadounidense, sea en el plano militar, político, económico o estratégico. Ahora el tema es si -más allá de esta primera etapa de reparación de errores y daños pasados-, la izquierda logrará generar un proyecto estratégico que trascienda este período y se oriente hacia las metas históricas de la izquierda. Es decir, una transformación social en favor de la igualdad y del derecho a la ciudadanía. Y esa agenda de más largo plazo hoy no parece existir.

¿Por qué no se ha logrado establecer esa agenda?
En los ochenta no sólo se desplegó la ofensiva neoconservadora de Ronald Reagan y Margaret Thatcher, sino que también se dio el desmoronamiento del llamado bloque del socialismo real y los proyectos guerrilleros no tuvieron éxito en la mayoría de los países latinoamericanos. Así que para los años noventa, teníamos un desastre social, una pérdida de referentes y un estado de desorientación de la izquierda. A partir del actual siglo, se observa una presencia creciente de gobiernos progresistas. Al repudiar lo existente, los electores apelan a elegir a figuras que vienen de la izquierda, pero que ya no tienen esos proyectos rupturistas de alta densidad de los años sesenta y setenta, sino que llegan con proyectos alternativos de baja tensión, dando la seguridad de que se preservarán las normas democráticas, de que serán prudentes, de que no habrá hiperinflación. Y este esquema avanzó bien, pero la preocupación del libro es qué va a pasar después, porque la derecha se va a recomponer, porque no ha sido derrotada, sino que sólo fue vencida en algunas elecciones.

¿Por qué avizora un reposicionamiento de la derecha?
Porque conservan su capital, sus recursos financieros, sus muy poderosos recursos mediáticos. Así que tienen los recursos necesarios para recomponer su imagen y su discurso, para crearse nuevos mitos, como los que generaron Sebastián Piñera en Chile o Ricardo Martinelli en Panamá. Me refiero a esa idea de que no son “políticos”, sino empresarios exitosos; y que, como son ricos, no necesitan robar. Un mito que señala que son buenos administradores de empresas y que, por tanto, van a hacer lo mismo con el Estado. A poco de estar tres años en el gobierno, quedó demostrado que son mitos falsos. Pero la derecha se recompondrá y nosotros, desde las izquierdas, debemos ser capaces de superarla, aunque no tengamos sus mismos recursos mediáticos ni financieros. Debemos hacer ejercicio de nuestra capacidad de innovación, de imaginación, y refrescar nuestros lenguajes y nuestras propuestas.

Usted plantea que estos gobiernos progresistas lograron grandes avances en la lucha contra la pobreza y el hambre, pero que encuentran obstáculos a la hora de generar mecanismos más igualitarios de distribución del ingreso. ¿A qué se debe esta dificultad? ¿Qué nuevos instrumentos se requieren?
Son gobiernos con grandes limitaciones. Y parte de esas limitaciones son que no existe un proyecto estratégico, o de que recién existen atisbos de un proyecto. Pero otro problema es que estos gobiernos fueron electos dentro de un sistema político y electoral ya existente, con una democracia que tiene restricciones importantes. En muchos países, provienen de procesos de negociación con los militares o las oligarquías. Entonces, se llega al gobierno dentro de un marco que está acotado por estas circunstancias. Lula da Silva o Dilma Rousseff, por ejemplo, hicieron elecciones gigantescas, pero no poseen mayoría parlamentaria, tienen a la Corte Suprema en contra y no gobiernan la mayoría de los Estados o los municipios. Por tanto, están sujetos a una perpetua negociación con los partidos del centro y la derecha para ir sacando adelante cada proyecto de ley, que luego quedan mutilados por esa propia negociación. Es decir, llegan al gobierno pero no llegan al poder. De todas formas, hubo diferentes formas de acceder al gobierno y eso ha marcado también los desenvolvimientos posteriores.

¿Qué marcas establecen esas divergencias en el punto de partida?
En algunos casos, la situación social era tan escabrosa y las reacciones populares fueron tan fuertes, que hubo sublevaciones urbanas que derrocaron gobiernos, pero que no necesariamente estaban en condiciones de reponer el régimen existente por otro distinto. Al grito del “Que se vayan todos” se echó a un gobierno, pero no existían los recursos de cultura política adecuados para satisfacer ese clamor popular. Entonces, el sistema sigue siendo el mismo, aunque permitió la llegada de gobiernos de corte progresista. En cambio, en otros lugares, como Venezuela, Bolivia, Ecuador, la convulsión fue tan grande que permitió procesos constituyentes que remataron en una reforma del Estado. Allí esos gobiernos pueden ser más radicales en la reconstrucción social, porque se doblegó el sistema político tradicional. Y en otros países, como Brasil, Uruguay, Chile, el sistema político quedó intacto y deben gobernar dentro de esos márgenes. En ese sentido, se debe analizar cuál es la cultura política vigente en cada país, y no me refiero sólo a qué piensan los intelectuales sobre la política, sino a las emociones y las reacciones de la gente frente a las fuerzas políticas, a sus maneras de votar.

Usted indica que esa “batalla cultural” está aún lejos de ser ganada por esas fuerzas de izquierda.
Hay una cultura política que tiene una fuerza inercial antigua pero muy importante que conduce los comportamientos de los electores. Probablemente, éstos quieran una sociedad más igualitaria, más equitativa, más justa, pero aún conservan mucho temor a los radicalismos, o a ciertos efectos perversos como la hiperinflación, y no quieren volver a pasar sustos o sobresaltos de esa naturaleza. Entonces, eso muestra que hay una batalla cultural que aún se debe dar para poder reformar el sistema político y fijar un nuevo proyecto. Y ésa es una de las tesis del libro: en la etapa que viene hay que priorizar el trabajo de construcción de contrahegemonía cultural, como la denominaba Antonio Gramsci. Para eso, tenemos que discutir e ir abriendo otras opciones de creación de propuestas. Se necesita un proyecto de coherencia, que presente similitudes en los países vecinos para poder seguir actuando en bloque. Pero no se puede avanzar sólo con críticas; hay que avanzar con propuestas que convenzan a la gente y que sean comunicadas de forma persuasiva.

En las últimas décadas surgieron nuevos actores políticos y movimientos sociales que, en algunos casos, han tenido relaciones tensas con estos gobiernos progresistas. ¿Cómo se construyen canales de diálogos entre todos esos sectores?
Nadie construye un nuevo proyecto a solas, desde un panorama de sectarismos. Hay que empezar por tender puentes y comunicarse con las otras corrientes progresistas o de izquierdas. Si hay cosas en las que no nos entendemos, no dependamos de ellas y actuemos en cooperación en aquellos temas en los que sí nos comprendemos. Hay que volver a ampliar el diálogo, porque estos esfuerzos para la construcción de proyectos estratégicos deben ser entre muchas corrientes y no se pueden dar con base en la hegemonía de ninguna de ellas. También hay que empeñarse en el diálogo con las generaciones más jóvenes. Uno de los problemas que arrastramos desde los setenta es que los intelectuales escribimos los unos para los otros, en una especie de circuito cerrado en el que tal vez se producen buenas ideas, pero que resulta críptico para quienes no están iniciados.

Uno de los dilemas en el que están absortos estos gobiernos es que no sólo gobiernan con los sistemas políticos previos sino también bajo los sistemas económicos establecidos por las dictaduras, con industrias extractivas o esquemas de reprimarización. ¿Cómo se resuelva esa paradoja?
Es un problema grande, y está vinculado con la falta de un proyecto alternativo. En el plano académico, el neoliberalismo está desacreditado, tanto por sus propias deficiencias teóricas como por las ostensibles catástrofes ocurridas. Sin embargo, las reglas básicas del comportamiento económico internacional están vigentes, como el extractivismo o los commodities. Es decir, la forma en la que el neoliberalismo organizó la globalización actual. Y de eso no hemos salido. Si bien ahora hay gobiernos progresistas en algunos Estados-nación, la red internacional sigue administrada por las grandes corporaciones transnacionales. Y está intacta. Por tanto, cada gobierno progresista es prisionero de ese contexto global. Todavía falta una acción por desempeñar como bloque para cambiar esas reglas de juego a nivel global. Por eso es importante consolidar la Unasur o crear la Celac, porque hay una gran batalla para dar. Aunque Estados Unidos y Francia estén debilitados, pero no tanto Alemania, siguen dirigiendo el juego. Se trata de un aspecto deficitario, porque hoy no basta con tener éxito en los procesos nacionales, hay que lograr democratizar el sistema de Naciones Unidas, el Consejo de Seguridad. Y estamos lejos de eso.

Uno de los aspectos más valiosos del libro es la recuperación de la idea de futuro para la izquierda. ¿Cómo se avanza en la construcción de ese relato colectivo?
El fracaso de la Unión Soviética y la falta de éxito de los proyectos guerrilleros nos dejaron con la psicología de que el papel de las izquierdas frente a esa ofensiva abrumadora de la derecha era sólo el de la resistencia. Y algún día tenemos que salir de la trinchera y empezar a ganar terreno. Estamos ante esta oportunidad. Hay que restablecer esperanzas y optimismos, porque el rol de la izquierda es cambiar las condiciones existentes, transformar la realidad. Para eso se requiere imaginación, exploración, creación e innovación. Pero es, también, una incursión en un mundo de mucha incertidumbre y de mucho riesgo.

¿Por qué?

Cuando uno propone una manera de cambiar las cosas, está apostando a algo que no existe y que puede o no resultar. Es un mundo plagado de preguntas. En cambio, la derecha maneja todas las respuestas y sabe lo que quiere, porque ya lo tiene. Sólo necesita reproducirlas. Tal vez requiera de aggiornamientos, pero no deja de ser siempre más de lo mismo; son cambios gatopardistas, sin riesgos. Pero ahora sabemos que uno de los problemas graves es dar sustentabilidad a ese proyecto, porque no basta con tomar el cielo por asalto. Hay que lograr que la gente lo quiera sostener y que viva mejor económicamente. Siempre recuerdo que, no hace muchos años, le pregunté a un dirigente chino si lo que estaban haciendo no era, en realidad, una restauración capitalista. Y él me respondió: “En los últimos veinte años, trescientos millones de chinos salieron de la pobreza. ¿No era para eso que queríamos hacer la revolución?”. Es decir, si el proyecto no reivindica la calidad de vida de la gente, aunque logre conservar el poder, no será exitoso. Tiene que realizar los sueños del pueblo, no los sueños de los dirigentes.

Las redes sociales en el dilema de la hegemonía y la contra hegemonía entre los Estados Unidos y Latinoamérica

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Alejandro L. Perdomo Aguilera (Desde La Habana, Cuba. Colaboración para ARGENPRESS CULTURAL)
Resumen:
El trabajo aborda como las redes sociales en Internet pueden ser articuladas como mecanismos de dominación ideológica de los Estados Unidos hacia Latinoamérica. Se aprecia cómo actúan estas en el proyecto hegemónico hacia la región, particularmente en las acciones dirigidas hacia la sociedad civil para la construcción de consensos en la opinión pública, que consoliden la dominación mediática. Por otra parte, se analiza como las redes sociales en Internet son también un nuevo instrumento para los movimientos contestatarios. Desde esa perspectiva se argumenta como pueden apoyar a los medios alternativos y a los procesos de transformación que se viven en la región, para impulsar las luchas contra-hegemónicas.
Palabras claves: redes sociales, hegemonía, Estados Unidos, Latinoamérica, emancipación.
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Las redes sociales en Internet son, al decir de unos, la nueva arma de las revoluciones, para pena de otros, son también un efectivo mecanismo de dominación ideológica, y un poderoso instrumento del gobierno de los Estados Unidos para extraer información sobre los intereses, las vulnerabilidades y potencialidades existentes en Latinoamérica. El acoplamiento del gobierno estadounidense en las redes sociales en Internet (RSI) denota el marcado interés que adquieren para sus intereses hegemónicos en la región.
La capacidad de las RSI para socializar estados de opinión la convierten en una excelente herramienta de los centros de pensamiento y los medios de comunicación dirigidos por las elites del poder, para hacer llegar a diversos públicos los mensajes de su interés. La rapidez con que fluyen las informaciones en la red, las atractivas formas en que se presentan los mensajes y la concatenación de los estados de opinión con una caracterización ideológica-cultural, socioeconómica y física que se hace de cada internauta, resulta una valiosa información para los entes que controlan los medios de información a nivel global, re-planteando a las redes sociales como un nuevo terreno de combate.
La Administración Obama tomó un interés particular por las redes, vinculándolas al trabajo de los diferentes Departamentos y Agencias gubernamentales, reconociéndolas como unas plataformas de necesario análisis y utilización para la política exterior y de seguridad hacia América Latina, en el contexto actual. En este afán se destinan un número importante de funcionarios y contratistas, lo que revela su importancia estratégica, para el futuro de las relaciones político-diplomáticas a nivel global.
Sin embargo, las declaraciones de la jefa de la diplomacia Hillary Clinton sobre el tema de la Internet y las redes sociales, se destacan divergencias en dependencia de los tópicos que trate. Por una parte, propugna el derecho a la información y a la libertad de expresión, hallando en las RSI un instrumento para impulsar la influencia de las ideas, la cultura y los valores norteamericanos sobre el resto del mundo. Desde estas, se canalizan como referentes las valoraciones políticas e ideológicas del gobierno estadounidense sobre el mundo, y que políticas deben seguirse o no sobre los diferentes temas internacionales.
La utilización que le dan los Estados Unidos a las nuevas tecnologías de la informática y las comunicaciones NTICs limitan la privacidad de los usuarios de la red de redes, al punto que “(…) las propias empresas de los Estados Unidos juegan en la supresión de la libertad en Internet. (…) Narus – una compañía americana ahora propiedad de Boeing – suministra en Egipto la tecnología que le permitía al gobierno espiar a los usuarios de Internet.”
Desde diferentes oficinas del Departamento de Estado, se realiza un seguimiento particular al uso de las redes sociales. Hillary Clinton amenazó en el discurso de Libertad en Internet a otros Estados, al expresar en relación a los sucedido en Egipto y Túnez: “Creemos que los gobiernos que han erigido barreras a la libertad en internet se hallarán finalmente encerrados (…) Enfrentarán el dilema del dictador, y tendrán que elegir entre dejar que caigan los muros o pagar el precio de mantenerlos en pie”
Sin embargo, la libertad a Internet vulnera también la seguridad de los Estados Unidos y con ello se aprecia como la pérdida de privacidad no solamente es para la sociedad civil y los gobiernos foráneos sino también para ese país.
La réplica de estos hechos parece inclinarse hacia Irán, de hecho, el Departamento de Estado dispuso un nuevo feed de Twitter traducido al idioma persa para atraer a los usuarios iraníes, a conciencia de la utilidad de de esta red como mecanismo de manipulación ideológica.
Pero esta práctica aplicada al Medio Oriente, se ha extendido hacia Latinoamérica, comprendiendo su factibilidad para el trabajo con la región en los diferentes temas de interés. Para incentivar esta experiencia, “(…) en la Casa Blanca hicieron pública una circular que se refiere a la utilización de las redes sociales por las agencias de gobierno. Se trata de un memorándum elaborado por Cass R. Sunstein, cuyo tema es: Social Media, Web-Based Interactive Technologies, and the Paperwork Reduction Act.” El mismo, especifica que la Ley federal que regulaba la publicación de documentos federales (la Paperwork Reduction Act) no se ajusta a la dinámica actual de las relaciones político-diplomáticas a través de Internet y las redes sociales, por lo que el memo intenta cubrir esa limitante.
Para la relación con Latinoamérica, las RSI tienen un sentido particular. La incorporación masiva de los internautas a las redes sociales en la región ha sido visibilizada por el gobierno de los Estados Unidos -sin dejar de apreciar sus peligros- como una oportunidad para la construcción de consensos y el fortalecimiento de su hegemonía, en un contexto donde amerita mejorar su credibilidad y articular las relaciones con Latinoamérica, de una forma más consensada y no con la metodología impositiva de antes.
La Cumbre de las Américas en Cartagena de Indias, fue un claro ejemplo de la pujanza que las fuerzas contestatarias a la hegemonía imperial tienen su expresión, también, a nivel gubernamental. Esta realidad denota para ese gobierno, la necesidad de emplear a fondo su poder informacional y mediático. Sin embargo, en esta dinámica los medios tradicionales de comunicación resultan insuficientes, de modo que el trabajo a través de las redes sociales es crucial. Ante la evolución de medios alternativos en la América Latina y el Caribe, y su interacción con las redes sociales, la construcción de matrices de opinión gana nuevos actores y nuevas formas de comunicación. En este escenario convergen actores tradicionales con los nuevos, en una lucha política, diplomática y cultural que se va del campo real al virtual, desarrollando una mayor capacidad diálogo, información y criterios, la cual es más difícil de demonizar.
En este escenario virtual de luchas ideológicas, se articulan movimientos contestatarios, con gobiernos alternativos que manifiestan un impulso a las luchas contra-hegemónicas de Nuestra América. El uso de las redes sociales se ha extendido por la región de forma creciente, vinculando en ellas a varios presidentes latinoamericanos como Chávez, Correa y Dilma, y a otros actores de importancia, que han potenciado nuevas formas de diálogo ciudadano, ante la dominación mediática que lidera el gobierno estadounidense contra los procesos que vive la región.
En un contexto internacional de crisis estructural y multidimensional de la economía mundial, donde crecen los movimientos de indignados, ante el descontento con partidos tradicionales, y la desconfianza de los grandes medios, el escenario de las redes sociales resulta más atractivo y dinámico, en tanto brinda mayores capacidades expresión.
En este aspecto, pudiera enunciarse la entrada en un proceso de transición del desarrollo de la relación entre Estados Unidos y Latinoamérica, donde los parámetros teóricos, políticos e ideológicos de antaño, resultan limitados para valorar una relación tan dinámica. Esta, ya no sólo se comprende por los intereses geoestratégicos hacia la región, los gobiernos de turno o la coyuntura económica, sino que la presencia masiva de latinos en Estados Unidos, también tiene un impacto al interior de ese país.
La influencia de Latinoamérica en Estados Unidos va a tener también su expresión en las RSI y esto va a repercutir hasta en las campañas electorales. Para el caso de las elecciones presidenciales de 2012, Obama ha hecho un serio trabajo en las redes, en aras de atraer a aquellos sectores que normalmente no votan y pueden significar una fortaleza para su campaña, ya que si en algún rol aventaja el actual presidente al resto de los candidatos, es en el trabajo atinado con las RSI.
La relación ciudadana mediante las RSI, estrecha las fronteras regionales y culturales, potenciando un intercambio que ejerce influencias de amabas partes, pero además de la relación que incrementa entre latinos y estadounidenses, también sistematiza la de los latinos en Estados Unidos con sus países de origen. Estas transformaciones, tienen una creciente influencia en las dinámicas políticas, diplomáticas y culturales entre los Estados Unidos y Latinoamérica, donde el dilema hegemonía y contra-hegemonía adquiere nuevos matices.
Con la internacionalización de algunas redes sociales en Internet, desde el orden social, la privacidad adquiere más importancia día a día. Con el auge de la violencia y la inseguridad ciudadana, acentuada por el sicarismo y el pandillerismo que padece la región, las redes sociales ofrecen un nuevo instrumento de potencialidades enormes. Las noticias sobre crímenes y anuncios de contrato para los mismos son un tema bien preocupante. Hace una década atrás resultaba impensable que por una red social en Internet fuera propuesto el contrato para el asesinato de un hombre, cuya vida fue puesta en riesgo al anunciar por Facebook: “Pagaré un ’stack’ (mil dólares, NDR) a quien mate al padre de mi hijo”.
Indudablemente las RSI, cuentan con grandes atractivos, en una interesante combinación de contenidos lúdicos, con los más diversos intereses políticos, sociales, culturales y económicos. En ellas, la comunicación está sujeta a códigos más simples e interpersonales, con un discurso más atractivo para las nuevas generaciones. En esta comunicación el receptor también es emisor, posibilitando una forma de socialización, donde de la noche a la mañana la plataforma virtual saca al internauta del anonimato al mundo de las redes, otorgándole un espacio donde puede ser visibilizado por millones de usuarios, conocer nuevas personas, encontrar ofertas de esparcimiento e, incluso, de trabajo.
Pero además de estos intereses simples de cualquier ser humano, las RSI son un genial instrumento para socializar los discursos mediáticos que les interesa colgar a los Estados Unidos distribuyendo formas de pensamiento, modificando ideologías y culturas, llevados por la hegemonía de un carácter único y diverso, la sociedad en red, el instrumento llamado a crear espacios para todos, pero donde existe un gran “servidor,” encargado de sustraer la información de todos y venderla desde las transnacionales de la moda como a la misma CIA, para que esta haga con ellas lo que más le avenga para sus intereses ideológicos de dominación; digamos que se logra un interesante instrumento por el cual reproducir el dilema hegemónico de Antonio Gramscy, en los tiempos de Internet.
En torno a las redes sociales en Internet (RSI).
La potencialidad de las redes para la reconfiguración de la hegemonía de los Estados Unidos en América Latina y el Caribe, tiene un impacto considerable en la construcción de consensos y en la mediatización de los problemas sociales, buscando la validación de las RSI para la proyección de las estrategias geopolíticas planeadas para nuestra región. Si antes se necesitaba la construcción de los pretextos en el marco de las Naciones Unidas, hoy se canalizan desde las redes para la conducción de las estrategias de dominación hacia el Hemisferio Occidental.
Se desarrollan conceptos como el de ciber-guerra, y algunos movimientos de hackactivistas se adjudican nuevos objetivos a destruir, desde cárteles de la drogas, hasta poder franquear las barreras de seguridad del Pentágono. El fortalecimiento del crimen organizado y la agudización de la violencia al interior de las sociedades latinoamericanas, se ha insertado en la agenda política-electoral de México y Centroamérica, donde independientemente del discurso de derecha o izquierda, sobresalen las promesas de cada candidato para proveer seguridad ciudadana. En esta compleja lucha donde el descontento social reina, y los medios tradicionales se desprestigian, las RSI adquieren una importancia mayor en la construcción de matrices de opinión.
En esa situación el gobierno de los Estados Unidos se expande y atrinchera; se ve a un Secretario de Defensa como Paneta decir que los problemas de seguridad en Internet le quitan el sueño, mientas que “(…) analistas aseguran que el Pentágono ya está en capacidad de aplicar la doctrina de la guerra preventiva en Internet, y que ´las capacidades que se buscan ya permiten a los ciber-guerreros de Estados Unidos engañar, negar, interrumpir, degradar y destruir la información y los ordenadores en todo el mundo.”
Para ello el Pentágono anunció en 2010 la “(…) creación del Comando Cibernético, presentado por el Pentágono, puede suponer un antes y un después (…) Con la creación de este comando militar Estados Unidos crea el primer ejército reconocido para este nuevo conflicto.”
En este interesante choque de intereses en el marco de Internet, un grupo de hackers como Anonymous declara la lucha contra redes sociales como Facebook y cárteles de la droga como los Zeta. Anonymous Iberoamérica dice representar a la gente, retomando la operación cártel (#OpCartel), mediante la cual revela datos acerca de organizaciones criminales.
En el complejo escenario que vive la región, el potencial contestatario que pueden desarrollar algunos movimientos definidos como hackactivistas, no tiene precedentes. Quizás pudiera pensarse en un sobredimensionamiento del poder de las redes sociales, pero si se aprecian sus estadísticas sobre el 2004 y la actualidad, el crecimiento ha sido enorme, en menos de una década.
Por otra parte, la concurrencia de denuncias de ciudadanos y periodistas en las mismas, ha descolocado a gobiernos y organizaciones criminales, provocando en algunos caos la muerte de los emisores. El asesinato de la periodista de 39 años, María Elizabeth Macías, jefa de redacción del diario Primera Hora de Nuevo Laredo, por denunciar a criminales en las redes sociales, es una prueba de ello.
Los presidentes con proyectos de cambio en Latinoamérica acogen a las redes sociales
La capacidad que han manifestado líderes latinoamericanos como Hugo Chávez, Rafael Correa y Dilma Rouseff, entre otros, para utilizar Twitter como un instrumento de apoyo a sus programas gubernamentales, refleja la asunción por las figuras más relevantes de la región, de la necesidad de utilizar las RSI como generadoras de matrices de opinión y como elemento de retroalimentación de sus mandatos.
La potencialidad que tienen las RSI de llegar a los ciudadanos de una forma más humanizada, desarrolla en los pueblos un mayor incentivo hacia la participación política. Como los perfiles en las RSI se supone que sean personales, dan un sentido de temporalidad y cercanía con figuras públicas que tradicionalmente se veían como muy alejadas de los ciudadanos.
En este sentido, las formas de comunicación entre los políticos y sus conciudadanos se transforman, provocando un incremento de la confiabilidad entre los ciudadanos, que auguran mayores cuotas de liderazgo político. La actividad que los líderes latinoamericanos han llegado a desarrollar con sectores populares que normalmente no son los que acuden a las urnas, ha extendido la capacidad de maniobra política a tal punto que los opositores de Chávez han tratado de censurarlo, de cara a las elecciones, indicando que es un presidente que dirige desde Twitter.
Indudablemente, la capacidad que tienen las RSI de anunciar los acontecimientos que se producen en tiempo real, y la credibilidad y valía que logran con los internautas, hace al ciudadano sentir que puede intercambiar a través de un dispositivo móvil, con el propio presidente de su país. Esta dinámica impacta en las relaciones ciudadanas y traslada el diálogo político a sectores tachados como vulnerables o apolíticos. Con ello, el individuo desarrolla valores de autoexpresión, revalorando la importancia de su participación. Bajo estas circunstancias, los gobiernos latinoamericanos se posicionan en un terreno donde usualmente no han llevado la delantera los países del sur, pero que a la luz del nuevo milenio, se replantean nuevas formas de comunicación política, donde la interactividad y la integralidad de las figuras políticas se hace cada vez más exigente.
El llamado populismo que copó de críticas la pujanza de líderes regionales se ha internacionalizado. En estos momentos, resulta impensable que un líder poco carismático y sin una acertada labor de apoyo de los medios y las RSI, pueda contar con una buena popularidad en su mandato.
Una simple mirada al gasto que ha realizado el actual presidente de los Estados Unidos en la labor de las RSI, denota la estima que le tienen a su impacto sobre las matrices de opinión pública. Obama ha sido calificado como el presidente 2.0 y ha desarrollado varios intercambios con los ciudadanos a partir de las RSI, para lo cual gastó en sus inicios medio millón de dólares en anuncios en Facebook “(…) se han creado distintas etiquetas en Twitter como: #askobama, para enviar tus preguntas o la hashtag # SOTU, para seguir todo lo relativo a esta propuesta o #Obama2012 para todo lo relativo a la nueva campaña. Las redes sociales parecen seguir aumentando su presencia en la nueva campaña de Obama”
La emergencia de procesos de cambio en la región, tuvo la “agradable” noticia de contar con un presidente estadounidense como W. Bush que no percibió acertadamente los cambios que se venía dando en Latinoamérica. La Administración Obama, si bien no se ha mostrado particularmente interesada por la región, el sector de las NTICs lo ha utilizado muy bien a su favor, de modo que demonizar a los procesos progresistas por estas prácticas resultaría un fiasco. Ante esa situación, se han intentado colmar la red de redes y la los medios masivos de comunicación, con campañas mediáticas que intentan formar estados de opinión, mediante los centros de pensamientos, los medios de comunicación y las RSI.
El trabajo para la dominación ideológica de la región en busca de una mayor aceptación que consolide al hegemón, se crean programas a partir de agencias como la CIA y los USAID con un tratamiento particular respecto a las RSI. En el caso de esta última, en los objetivos establecidos para el período 2011-2015, se hace hincapié en unas reformas, orientadas a un trabajo más acertado sobre la innovación y el mayor uso de las nuevas tecnologías, de aumento de la conectividad. En este asunto, las RSI juegan un rol crucial por la factibilidad para el trabajo con los sectores señalados como los más vulnerables de la sociedad. Todos aquellos elementos de una sociedad que consideren con potencialidades para fracturar la unidad nacional, se hace un trabajo particularizado en aras de demonizar los procesos de cambio de se tejen en la región.
La atracción que ha logrado Chávez a través de su cuenta en Twitter, es una prueba de la participación política que se puede generar a través de las RSI, abriéndose como un nuevo campo de acción política, que, por su gratuidad e inmenso poder de convocatoria, resurge como un novedoso e inverosímil escenario de acción política.
Respecto al nuevo escenario de combate, los Tweet o Twitter, en apenas un quinquenio de existencia, desde el primer Twitter, publicado el 21 de marzo de 2006, ya sobrepasan los 177 millones de tweets por día. Su publicación, fue prospectiva desde el primer día, vaticinando: “Esto será adictivo”, fue lo primero que se publicó.
Las redes sociales de mayor participación social e importancia para las relaciones políticas internacionales, como Facebook y Twitter, poseen una capacidad de convocatoria y multiplicidad de funciones, para ser utilizadas tanto como red social o como microblogging. Está última función le permite describir lo que sucede en tiempo real, tanto de aspectos personales como sociales.
Las facilidades de Twitter radican en la simplicidad de su funcionamiento, su fragilidad para adecuarse a los propósitos del Twitter. El hecho de registrarse los mensajes o Tweets, a 140 caracteres es parte del éxito, deformando textos, remitiendo las ideas en resúmenes, que en un mundo que circula cada día más rápido, donde la industria del entretenimiento socava el placer de una lectura integral, los Tweet, vienen a ser los amos de la aclamada síntesis, que abrevia los cuestionamientos y dirige la intencionalidad de los mensajes con efusividad, efectividad y ligereza, puesto que no hay tiempo para un debate minucioso. En este sentido, el Twitter responde a la exigencia de la velocidad del nuevo siglo, digamos que es la herramienta de la síntesis del siglo XXI, hecha para los medios, con rapidez de lectura y mayor de difusión, en tanto se hace presencial en las diversas formas y dispositivos por donde circula la comunicación en la actualidad.
La competitividad es otra de las grandes facultades de las redes sociales. Tanto los gobiernos como la instituciones, requiriendo un mayor impacto social, comprenden como primicia ideal, el dar la primera noticia en una red social en vez de en un sitio oficial como era lo tradicional. Desde esta óptica, lo tradicional pierde impacto, en una lógica de mercadotecnia muy propia de los medios de comunicación, y la plataforma digital se convierte en herramienta político-diplomática para anunciar viajes presidenciales, muertes de grandes figuras, entrevistas relevantes, accidentes, victorias y hasta la hora de acostarse o de cenar de alguien someramente prestigioso.
El otro valor agregado en cuanto a competitividad, es el bajo nivel de empleados que requiere para una alta disponibilidad de funciones. Para que se tenga una idea en enero de 2008, la empresa tenía sólo ocho trabajadores. Desde este punto de vista juega con la dinámica del capitalismo más posmoderno, neoliberal y mundializador. La red de microblogging incorpora alrededor 460 mil nuevos usuarios por día, y esta cifra posiblemente ya esté desfasada.
El gran reto que surge es cómo instrumentar las RSI, de la forma más adecuada para articular los movimientos contestatarios; cómo desprenderlas de los intereses clientelares del imperialismo; cómo hacer de ella una herramienta de contra-hegemonía, cada día más útil en manos de los jóvenes que se levantan en Chile, de los indignados de Wall Street, de los países latinoamericanos envueltos en proyectos progresistas. La llamada sociedad en red, al decir de Manuel Castell, es el nuevo escenario del dilema, entre el discurso hegemónico imperial y el contra-hegemónico que levanta su voz, como salvaguarda de la emancipación, la soberanía, la autodeterminación, la paz y la seguridad de los pueblos latinoamericanos.
Sobre la emergencia de este fenómeno consideró Mosnseñor Carlos Manuel de Céspedes: “las luchas sociales se desplazan hacia las webs y los medios de comunicación, y afloran los debates ideológicos en páginas digitales, los niveles de persuasión, la legitimidad de los discursos, el atractivo de las verdades. La estética es la ética, pudiéramos decir.”
Las redes sociales informatizadas se han introducido en la sociedad virtual como un actor fundamental en los procesos tecnológicos que ha superado las dimensiones virtuales. Para las relaciones políticas internacionales constituye un elemento imprescindible, si se quiere realizar un análisis integral de los procesos políticos que se viven y se vivirán en el mediano y largo plazo.
Potencialidades, retos y oportunidades de los movimientos contestatarios a partir de las RSI
Un buen ejemplo de lo que se puede hacer con las redes se realizó el pasado mes de mayo, cuando se realizó en la ciudad de Porto Alegre un encuentro de blogueros y Twiteros, quienes refirieron al concluir el debate sobre redes sociales y blog que: “Las Redes no son más, para los marxistas, que una nueva herramienta de trabajo… La historia de la humanidad se puede resumir en la historia de las herramientas que el hombre ha necesitado, creado para cubrir sus necesidades, aprendido a usar de la tal forma que se optimice día a día, para dar paso a algo que lo supere.”
Ello refuta la posibilidad y necesidad de estudiar más a fondo un instrumento, que si bien tiene diversas aristas, en el poder del hegemón pudiera conspirar contra la emancipación de los pueblos latinoamericanos, pero, también puede ser muy valiosa para los movimientos con aspiraciones contestatarias.
No obstante, no debe olvidarse que “(…) los objetivos de las Redes Sociales son variadísimos y fueron creados por el Imperio para desestabilizar, intervenir, ocultar verdades, tergiversar hechos concretos, limitar la capacidad de análisis de la realidad, evadir las notorias y casi infantiles contradicciones y, sobre todo, procurar ir por recursos naturales, bajo cualquier argumento, a cualquier parte del mundo.”
Otro argumento a favor del crecimiento acelerado de Facebook en Latinoamérica se fundamenta en la personalidad más cálida y sociable de los ciudadanos latinos y la facilidad para aumentar su red de contactos. Facebook pudiera constituir para Latinoamérica, la plataforma ideal para conversar de todo y con todos. En esa dinámica, la acelerada incorporación de latinos en los Estados Unidos acentúa este acercamiento, que ya no sólo se da desde el Latinoamérica, sino también al interior de ese país. La efervescencia de migrantes latinos en Estados Unidos y el uso extendido de las RSI en el continente, hace de redes como Facebook, estratégicas para la comunicación.
Las redes sociales se están convirtiendo en uno de los instrumentos de comunicación masiva más importantes a nivel global. La globalidad y temporalidad de su despliegue las convierten en un instrumento cuyo potencial, tanto para la reproducción de los mecanismos de dominación como para la movilización social anti-sistémica, es incalculable. El estudio de estos procesos, dinámicos y cambiantes a ritmos excepcionales, se torna fundamental para conocer el verdadero alcance de los instrumentos de dominación de los Estados Unidos
Las redes sociales presentan un potencial enorme en el futuro de las relaciones políticas internacionales. Su estudio como instrumento del sistema de dominación ideológica de los Estados Unidos posibilita definir aquellos elementos que constituyen oportunidades para los movimientos de izquierda y procesos de cambio que se produzcan a nivel global.
Por otra parte, permite constatar la capacidad de las mismas para la construcción de consensos y ser utilizadas tanto por los movimientos contestatarios como por los neoconservadores o que, simplemente, se limitan a la salvaguarda del sistema y, con ese objetivo acoge a las RSI como una herramienta para legitimar su sistema, en tanto funge a la vez, para deslegitimar aquellos procesos que resulten contrarios a sus intereses. Resulta por tanto, un factor que puede fragmentar la hegemonía del sistema de dominación ideológica o fortalecerla, de cualquier manera, su estudio y problematización resulta una necesidad para la compresión del futuro de las relaciones político-diplomáticas y culturales en los Estados Unidos y Latinoamérica.
Las redes sociales son un nuevo actor en la comunicación, que logra un lenguaje digital universal, el cual integra globalmente la producción y distribución de palabras, sonidos e imágenes de disímiles culturas e identidades. Estas -las redes informáticas interactivas- han demostrado un crecimiento superior a los medios de comunicación tradicionales. Tienen la capacidad de incluir en una misma red personas de diferentes intereses políticos, ideológicos y culturales.
Los acelerados adelantos crean un complejo panorama para diagnosticar que será de los mismos en el futuro, sin embargo, la tendencia denota una creciente utilización de las redes por la población mundial, de lo cual son consientes los grandes trasnacionales de la informática y las comunicaciones, y los intereses políticos cada vez se ven más representados en estas, colgando mensajes, imágenes y videos, que tienen un potencial enorme para mediatizar los procesos políticos, y girarlos a favor de los intereses de dominación de los Estados Unidos
Independientemente de las funcionalidades que tengas las RSI en sí, son un instrumento de comunicación social, usada para todos los que pueden tener acceso a internet, sin distinción de raza, credo, género o edad. Ello significa en sí, un valioso aporte para el desarrollo de las relaciones sociales internacionales, de modo que hay que estudiarlas fuera de tabúes, con el objetivo claro de que es lo que interesa investigar de las mismas, y que lo que las puede convertir, en determinado momento, en un factor positivo o negativo para las fuerzas de derecha e izquierda, es el sentido que se quiera dar, el mensaje que desee transmitir y los disímiles usos que se puedan brindar.
Dada la crítica situación en que se halla el mundo en la actualidad, la criminalización de la protesta social, resulta la frecuente salida de los gobiernos de derecha aliados a los Estados Unidos para debilitar la credibilidad de los movimientos contestatarios de la región. Las redes sociales pueden fungir en dos dimensiones en este proceso. Por una parte pueden ser utilizadas por dichos gobiernos y el capital de los intereses que representa para demeritarlo pero, por otra, pueden convertirse en un valioso mecanismo de defensa de los intereses ciudadanos más humanos y liberales.
EE.UU ante la emergencia de las RSI
Obviamente el panóptico de Foucault ha llegado al imperio estadounidense y el sentimiento de persecución constante se expande a través de las RSI. Estados Unidos crea sofisticados medios de persecución, violando cada día más la privacidad y mediatizando la libertad de información. En esa ambigua dinámica de censurar lo que no conviene a los intereses hegemónicos estadounidenses, han creado un sistema de seguimiento y monitoreo contra los usuarios en la red.
La tecnología llega a delinquir tanto en la rivalidad de los usuarios de las nuevas tecnología que, según revela el diario Washinton Post, les posibilita “(…) exploración Web y análisis de texto en móviles y su contenido en tiempo real. Con la vigilancia de escaneo se puede detectar posibles mensajes terroristas o criminales en SMS, mensajería instantánea, Twitter, correos electrónicos, Facebook, blogs, fórums (…)”
Para ello se amparan en leyes como la Patriot Act, que otorga al gobierno de los Estados Unidos el poder de vigilancia, seguimiento, obtención de datos o detenciones amparados en la supuesta amenaza del terrorismo. Ahora bien, el éxito de la comunicación alternativa y las redes sociales para Latinoamérica, radica en que se ha acudido, apreciándolas como un camino a la prosperidad en las relaciones sociales desde la red de redes. Resulta un caudal para el desarrollo de una comunicación alternativa ante la hegemonía de Estados Unidos sobre los grandes medios de difusión. Pero para penetrar en ella con éxito, debe hacerse con mensajes de contenido, que vayan más allá de la banalidad y las frases preconcebidas, que no tenga tabúes en despolitizar algunos elementos para hacerlos más comprensibles, en considerar los procesos políticos que se viven en la actualidad sin apartarnos del conocimiento teórico y no tildándolos como anti-sistémicos cuando apenas empiezan a nacer.
Otorgar propiedades radicales a movimientos contestatarios tempranamente puede brindarle de antemano una herramienta Estados Unidos para luego “disertar” sobre las limitantes de algo que si bien no tiene grandes propuestas ni exquisitos programas, pudiera ser muy progresista en el contexto actual y alentar posibilidades de cambios. Las revoluciones empiezan por reformas y las reformas por protestas. La potencialidad contestataria de las redes sociales es enorme, pero debe tenerse sumo cuidado con él sobre-dimensionamiento, tanto teórico como sociopolítico de las mismas.
En un intento por luchar en medio de la sociedad en red por una comunicación alternativa y proactiva Pascual Serrano precisó: “(…) la reflexión sobre internet y periodismo debe ir más allá. En primer lugar porque el objetivo no es que una persona pueda publicar sino algo mucho más ambicioso, en segundo lugar porque además de luces hay sombras que debemos identificar, en tercer lugar porque están apareciendo elementos novedosos que debemos diseccionar como son las redes sociales. Y, por último, porque debemos intentar prever los escenarios futuros.”
El elemento articulador de las redes sociales es otra de sus potencialidades, la capacidad para hallar mayores espacios de tolerancia, encontrando una sinergia entre los elementos de convergencia y los de divergencia, es otro de los retos que debe aceptar la izquierda. En esa dinámica se exige un mayor uso de las redes sociales, llenando de contenidos los mensajes políticos, articulando las otredades, en busca del logro mayor: la unidad, aquella por la cual tanto soñara el Apóstol y sobredimensionar la república de Martí en una América Nuestra con todos y para el bien de todos, para que el gigante de las Siete Leguas no avance más sobre nuestros pueblos.
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The Wall Street Journal revela tecnologías utilizadas por EEUU para la vigilancia
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Teorías de la sucesión hegemónica

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viernes 5 de agosto de 2011

Claudio Katz (especial para ARGENPRESS.info)
Resumen

Los pronósticos de reemplazo estadounidense por Europa, omiten la subordinación político-militar del Viejo Continente. No registran las inconsistencias de la estrategia comunitaria y la escasa aptitud de las antiguas potencias coloniales para comandar el imperialismo contemporáneo. Las previsiones de liderazgo hegemónico asiático basadas en Japón fallaron por omitir la dependencia del custodio norteamericano. Las nuevas situaciones de multipolaridad no anulan la subsistencia de un ordenador del capitalismo global.

La sucesión de liderazgos ha sido un elemento de la dinámica histórica, pero no una pauta inexorable de la evolución social. La atención excluyente a ese elemento diluye las diferencias que separaron a los distintos modos de producción. Jerarquiza la “historia por arriba” y presta escasa atención a las confrontaciones sociales. La dialéctica entre condicionantes estructurales y circunstancias azarosas no es compatible con un presupuesto de invariable reemplazo hegemónico.

Es incorrecto remontar el origen del capitalismo al siglo XVI, olvidando la compatibilidad del capital comercial con distintos regímenes sociales. El capitalismo no tuvo origen mundial y se asentó en procesos de expropiación social. Es un sistema basado en el imperativo de la competencia, la maximización de la ganancia y la explotación de los asalariados.

Es necesario reconocer las diferencias que separan a los imperios que antecedieron y sucedieron al surgimiento del capitalismo. La coerción extra-económica, la conquista de territorios y el establecimiento de colonias, difieren de las formas de opresión capitalistas. El imperio pleno del capital sólo irrumpió durante el siglo XX. Recordar esta cronología es vital desarrollar comparaciones adecuadas.
Algunos teóricos del declive norteamericano asocian cada etapa de la historia contemporánea con la preeminencia de una potencia hegemónica. Estiman que los candidatos a ejercer el futuro liderazgo emergerán de un eje europeo o de un centro asiático. Pero los indicios de este recambio son muy controvertibles.
¿Reemplazo europeo?
Los autores que vislumbran al Viejo Continente como la nueva región hegemónica estiman que la formación de la Unión, la consolidación del euro y las alianzas con Rusia afianzarán esa primacía. Consideran que este escenario podría cobrar forma antes del año 2025. (1)
Otra previsión destaca que Alemania abandonará su obediencia a Washington e impondrá un perfil dominante en Europa. Afianzará su capacidad para sortear las crisis, con productividad creciente y ausencia de derroches bélicos. También señala que Estados Unidos intentará frenar este ascenso, aunque sólo ha conseguido alineamientos ocasionales y pérdida de autoridad, en un marco de escasa influencia de su aliado británico. (2)
Un diagnóstico semejante es más cauteloso. Estima que Europa saldrá airosa si logra consolidar un mercado continental, gestionando su moneda, rivalizando con el dólar, recuperando preeminencia tecnológica y reactivando su presencia militar. (3)
Pero la corroboración de estas caracterizaciones choca con la sistemática debilidad que exhibe la Unión Europea. Mantiene un persistente sometimiento a la OTAN y acompaña todas las agresiones que resuelve el Pentágono. La crisis reciente puso de relieve, además, la fragilidad económica y heterogeneidad de la Unión. Cada estado privilegió la defensa de sus propios capitalistas a costa del vecino, mediante aumentos del gasto público que deterioraron las finanzas comunitarias. Algunos países privilegiaron la continuidad de sus negocios con el Este, otros apuntalaron su actividad en África y ciertos estados jerarquizaron los acuerdos con América Latina. Esta falta de cohesión volvió a ilustrar la ausencia de un capital plenamente europeo. El grueso de las firmas se ha internacionalizado con más operaciones a nivel global que a escala continental.
El euro debió testear por primera vez su consistencia ante una gran convulsión y su sostenimiento obliga a un fuerte ajuste de las economías más frágiles. El anclaje que impuso el Banco Central con tasas de interés superiores a Estados Unidos obstaculizó la salida de la recesión.
La Unión Europea continúa una evolución imprevista. Se expande hacia el Este sin estrategias claras y busca un perfil institucional que no logra definir. Los criterios geográficos, históricos y culturales utilizados para legitimar la Comunidad, tampoco obtienen gran consenso. En comparación a la agenda imperial norteamericana, las propuestas europeas son inconsistentes. Estas limitaciones no son definitivas, pero indican una tendencia que se ratifica en cada conflicto internacional.
Probablemente esas carencias obedezcan al legado localista de una construcción continental basada en pequeños estados-naciones, que comparten cierta cultura pero no logran forjar una identidad común. Se ha creado una moneda y un área de libre-comercio, pero sin coherencia productiva y mercados de trabajo unificados.
Por estas razones el paradigma estadounidense continúa gravitando dentro de la propia Unión. Europa tuvo aptitudes para comandar el viejo colonialismo y el naciente imperialismo, pero no reúne por sí misma condiciones para liderar un estadio más global del capitalismo.
Las ventajas que mantiene Estados Unidos no provienen de la ética protestante, ni de la desregulación laboral. Esos rasgos no determinan la primacía imperial. Lo definitorio no es la superioridad militar que subrayan muchos comentaristas, sino la presencia de un estado acabadamente imperialista junto a la internacionalización de una clase dominante, más adaptada al contexto creado por la mundialización neoliberal.
Un período de mayores posibilidades de ascenso europeo quedó bloqueado con el fracaso del proyecto francés autónomo del gaullismo. Esa frustración fue seguida por consolidación del atlantismo, que generó el ingreso a la Unión del socio británico de Washington. Este desenlace reforzó a su vez la aplicación de políticas neoliberales, que tienden a destruir una arraigada cultura democrática. Ese legado mantuvo distante durante cierto período a Europa de las pautas político-sociales dictadas por Estados Unidos al resto del mundo. Pero en la actualidad esa tradición tiende a diluirse.
Las limitaciones del Viejo Continente para reemplazar la supremacía norteamericana se expresan, además, en la fragilidad de la política exterior europea y en las inconsistencias internas de la estrategia comunitaria. Hay dificultades para forjar un estado federal a escala continental y para erigir una clase dominante cohesionada, a partir de la unificación monetaria.
¿Sustitución asiática?
Los autores que localizan los desafiantes del poder norteamericano en la región asiática se apoyan en un dato incuestionable: el creciente desplazamiento económico del Atlántico hacia el Pacífico. Deducen de este viraje el surgimiento de un nuevo liderazgo imperial. Sus voceros estimaron durante la década pasada que Japón conduciría ese ascenso.
Esta evaluación se basaba en el comando nipón de un sistema de subcontratación manufacturero, compuesto por empresas integradas que externalizan sus actividades, aprovechando la baratura zonal de la fuerza de trabajo. Forjaron un modelo centrado en la exportación, la reducción de costos y la capacidad organizativo-empresaria. Se suponía que Japón transmitiría al resto de la región su esquema de productividad toyotista, inspirado en moldes patriarcales, rotaciones de equipos de trabajo y altísima disciplina laboral. (4)
Pero el predicamento que tuvo ese diagnóstico durante los años 90 decayó abruptamente al comienzo del siglo XXI. El giro hacia una localización industrial en Oriente ha quedado confirmado. Sin embargo, el nuevo desenvolvimiento asiático incluye la presencia de grandes transnacionales norteamericanas (y europeas), depende de mercados de consumo ubicados en la tríada y ha perdido el liderazgo inicial de Japón. Este último retroceso es un elemento decisivo en todos los debates sobre la sustitución hegemónica de Estados Unidos.
La incapacidad nipona para continuar su despliegue obedeció a la continuidad de un modelo exportador, que no logró complementarse con mayor centralidad del mercado interno. A lo hora de consumar un giro hacia esta nueva prioridad, salieron a flote los límites de un desarrollo históricamente asentado en la austeridad, la estrechez del poder adquisitivo y el escaso peso del gasto familiar.
El fallido viraje hacia el consumo local condujo a un largo período de estancamiento, deflación y burbujas inmobiliarias, que persiste hasta la actualidad. Las corporaciones niponas tampoco pudieron consolidar su incipiente penetración en Estados Unidos. La oleada de adquisiciones empresarias que desató tantos escándalos en los años 90 concluyó sin pena, ni gloria y confirmó las dificultades del modelo nipón para la inversión foránea en gran escala.
Todas las expectativas de sustitución del modelo norteamericano por un esquema japonés quedaron desmentidas. Cuando la potencia asiática se transformó en la segunda economía del planeta y debió batallar con Estados Unidos, no encontró ningún camino parar batir a su rival. Al cabo de varias reyertas, Japón sostuvo el dólar, revaluó el yen, limitó las exportaciones y aceptó la reorganización financiera sugerida por Washington. Los excedentes nipones solventaron incluso gran parte de la reestructuración industrial y el gasto militar norteamericano.
Este desenlace obedece a causas políticas. El viejo imperio del sol naciente emergió de la Segunda Guerra como un país ocupado, carente de personal dirigente autónomo y sometido al mandato estadounidense. Esta situación inicial de protectorado se disipó con el tiempo, pero el país nunca recuperó una gestión política totalmente propia. (5)
Japón representa un caso extremo de sometimiento a la protección militar del Pentágono. Carece de un ejército acorde a su desenvolvimiento económico y esta limitación explica la enorme debilidad del país frente a las presiones de su custodio. Es evidente que una potencia emergente no puede reemplazar el liderazgo establecido, renunciando al uso de la fuerza militar.
Este antecedente es importante a la hora de juzgar la actual irrupción de China, que es vista por los teóricos del ascenso japonés, como la nueva posibilidad de reemplazo norteamericano. (6)
Pero esa eventualidad debería superar los escollos que no logró atravesar Japón. El nuevo emergente tendría que asegurar la continuidad de un crecimiento regional coordinado, no sólo en terreno monetario, financiero e industrial, sino también en el plano político-militar. China debería sortear muchos obstáculos, antes de convertirse en la cabeza de un conjunto de potencias (Japón) y economías (Corea del Sur, Taiwán), que han dependido mucho más que Europa de la protección norteamericana. El futuro de China como hegemonista mundial depende a su vez de la compleja variedad de procesos que acompañan al ascenso de las economías intermedias.
Muchos autores reconocen estas limitaciones y postulan diagnósticos más ambiguos. Estiman que la crisis del liderazgo estadounidense coexiste con la ausencia de un reemplazante a la vista. Consideran que esta situación abre un período de creciente desobediencia y multiplicación de las fuerzas centrífugas. (7)
Pero este retrato conduce a evaluaciones contradictorias, que relativizan todas las tendencias en juego. Supone una declinación norteamericana sin reemplazante en un escenario puramente caótico, que no es compatible con el ejercicio de alguna autoridad internacional.
El problema de esta indefinición radica en olvidar que la vigencia del imperialismo presupone la subsistencia de fuerzas capaces de asegurar la reproducción global del capitalismo. Si la expansión de este sistema continúa es porque hay una estructura de dominación, que tiene un mando y despliega acciones bajo los órdenes de Estados Unidos.
Una controvertible recurrencia
Algunos teóricos de la declinación norteamericana presentan un esquema historiográfico de auges y ocasos de las potencias. Destacan que estos liderazgos emergieron al cabo de sangrientas guerras y desenlaces entre dos aspirantes a reemplazar al dominador. Al perder la batalla, ese conductor concluyó aceptando un rol de asociado menor.
Este enfoque considera que los candidatos actuales a la sucesión (de Europa o Asia) repiten la disputa que opuso en el pasado a Gran Bretaña con Francia (para sustituir a Holanda) y a Estados Unidos con Alemania (para reemplazar a Inglaterra). Esta pugna debería durar tres décadas y culminar con el desplazamiento norteamericano. Aunque también cabe la posibilidad que Washington posponga con acciones agresivas, la larga agonía que sufre desde los años sesenta. (8)
Otro argumento semejante considera que los ascensos y las declinaciones concuerdan con fases de prosperidad material y expansión financiera. Ambos procesos conformaron ciclos sistémicos de acumulación, bajo hegemonía genovesa (siglo XV-XVII), liderazgo holandés (XVI- XVIII), supremacía británica (XVIII-XIX) y conducción americana (XX). (9)
Estas teorías aportan un fundamento para el pronóstico de caída estadounidense, pero no explican por qué razón la sucesión de liderazgos constituye una pauta tan inexorable. Indican un elemento cierto de la dinámica histórica, pero que no opera como regulador de la evolución social.
El principal problema de las analogías expuestas es la omisión de las diferencias cualitativas que distinguen a cada hegemonía. Suponer que Estados Unidos seguirá la trayectoria previa de Holanda o Inglaterra requiere también postular la repetición de las confrontaciones que precedieron al surgimiento de esos imperios. Esas batallas no se han repetido desde la mitad del siglo XX. Los candidatos europeos o asiáticos al reemplazo norteamericano deberían adoptar, además, la actitud desafiante de sus antecesores y no la inclinación contemporánea a la asociación imperial.
Frente a estas dificultades, algunos autores optan por una versión atenuada de la tesis del declive. Estiman que Estados Unidos ha demostrado mayor capacidad de resistencia y ha creado una situación análoga a la larga declinación que sufrió España. Esa decadencia insumió siglos y podría repetirse, puesto que el gigante norteamericano apela también a los recursos que utilizaron Gran Bretaña, Turquía y Austria para posponer su declive. (10)
Pero la presentación de procesos tan prolongados de regresión impide cualquier análisis concreto. Si el declive se consumará en el siglo XXIII: ¿qué sentido exacto tiene su caracterización actual? Es totalmente imposible analizar el significado de cualquier fenómeno en esos términos meta-históricos. Las magnitudes cronológicas en juego desbordan cualquier posibilidad de reflexión.
Un error metodológico más significativo proviene del tratamiento indiscriminado que se le brinda a modos de producción muy diferenciados. Para comparar el rol jugado por Roma, Holanda, Gran Bretaña y Estados Unidos, hay que reconocer la distancia que separa a los regímenes esclavistas, feudales y capitalistas. La atención excluyente en el auge y la declinación de estos imperios, suele omitir la brecha abismal que mantuvieron esos regímenes sociales.
Presuponer un destino predeterminado de sucesiones hegemónicas conduce a indagar todos los acontecimientos, en clave de auge y ascenso del comando mundial. En lugar de analizar el curso real del proceso histórico, se intenta registrar el cumplimiento de una ley pendular de la inexorable pérdida de gravitación del imperialismo norteamericano. En algunos casos este diagnóstico es postulado a partir de resultados coyunturales adversos para la dominación estadounidense. Pero se olvida que estos fracasos no revirtieron el continuado liderazgo de Washington.
El ascenso y declive de las potencias no es un proceso deductivo a priori. Tampoco puede evaluarse con estimaciones de los costos y los beneficios, que una u otra situación ocasiona a cada potencia. La perdurabilidad de una hegemonía global depende de condiciones políticas y sociales cambiantes, que no siguen pautas de liderazgos sustitutos. Presuponer esa secuencia implica vislumbrar todo el proceso histórico como un eterno retorno hacia lo mismo. Esta mirada es más afín a las filosofías fatalistas, que a los análisis materialistas de las causas que conducen a cierto liderazgo imperial.
Las hegemonías de las potencias han cumplido efectivamente un importante papel geopolítico, pero siempre presentaron un carácter limitado y dependiente de las relaciones sociales de fuerza. Por esta razón, el futuro papel de Estados Unidos no puede ser deducido de un destino de ocaso. Está directamente atado a la forma en que se mantendrá o no el sostén coercitivo del capitalismo.
La controvertida noción de auge y decadencia de las potencias está concebida en función del grado de adaptabilidad, que logra cada actor a cierto contexto geopolítico. Pero esta caracterización se torna muy unilateral cuando se observa sólo el comportamiento de las clases dominantes. Lo acertado es prestar especial atención al desenvolvimiento de la lucha de clases, en un marco de cambiantes condiciones objetivas.
El enfoque de las sucesiones propone muchas evaluaciones de la “historia por arriba”, que protagonizan las potencias rivales y aporta pocas observaciones de “la historia por abajo”, que procesan los sujetos populares. Esa mirada impide notar que la simple reproducción norteamericana de la declinación genovesa, holandesa o británica choca en la actualidad con la mayor gravitación contemporánea de las resistencias sociales.
Si se jerarquiza esta última dimensión, lo más importante es el análisis de la derrota del imperialismo estadounidense y no de su declinación. Ese primer resultado no surge de un devenir intrínseco de la historia, sino que emerge de la acción política popular. Lo que pone en peligro al intervencionismo norteamericano actual es justamente ese combate, cuyo estudio debe ser privilegiado al momento de evaluar el devenir de la primera potencia.
La teoría del declive contiene ingredientes de un determinismo muy extremo. En la discusión que suscita esa metodología frecuentemente se subrayan, también, los elementos de contingencia que incluye esa concepción. Se remarca que la transición de un liderazgo a otro está signada por un período de caos, con múltiples posibilidades de desenlace. El reemplazo de Gran Bretaña por Estados Unidos a fines del siglo XIX es presentado justamente como un ejemplo de influencias aleatorias, que pospusieron una secuencia de sustitución. (11)
Pero una acertada dialéctica entre condicionantes estructurales y circunstancias azarosas no es compatible con el presupuesto del reemplazo hegemónico inexorable. La supremacía norteamericana atraviesa actualmente por una crisis, cuyo desemboque final es desconocido. No está escrito en ningún lado que concluirá con el ascenso de un contrincante o con el reciclaje del propio liderazgo, en otro contexto de asociación imperial.
Debates historiográficos
La teoría de las sucesiones hegemónicas postula que las primeras conducciones se remontan a la formación del capitalismo como un sistema internacional en el siglo XVI. Algunos autores consideran que el imperialismo acumula también cinco centurias de existencia. Transitó por una etapa inicial de pillaje, un período posterior de supremacía comercial y una fase subsiguiente de liderazgo industrial-financiero. La reproducción global del capital no es vista como un estadio, sino un dato permanente del sistema desde sus orígenes. (12)
Otras interpretaciones atribuyen las hegemonías imperiales inauguradas en esa época, a distintas combinaciones de lógica territorial (supremacía militar y control geopolítico) y lógica económica (manejo de los recursos escasos). El predominio de las ciudades italianas (Venecia, Florencia, Génova y Milán entre 1340 y1560) es explicado por el comercio de larga distancia, en complementariedad con el territorialismo ibérico. El liderazgo holandés (1560-1780) es presentado como una primacía de redes financiero-comerciales cosmopolitas actuando con sustento militar propio. El ciclo británico (1740-1930) es caracterizado por la implantación de colonos y un control de mares, que permitió imponer la primacía del libre-comercio y el patrón oro.
Finalmente el largo período americano (1870-2000?) es evaluado como una forma de territorialismo doméstico (expulsión de los indios e incorporación de inmigrantes), en una economía auto-céntrica que alcanzó status mundial hegemónico con la supremacía del dólar y Wall Street. Se supone que esta variedad de hegemonías operaron dentro de un mismo sistema de acumulación mundializado, que estuvo comandado por sucesivas instancias de ciudades estado (Génova), estados proto-nacionales (Holanda), estados multinacionales (Gran Bretaña) y estados continentales (Estados Unidos). (13)
Con este mismo razonamiento, la teoría del sistema-mundo inscribe los distintos liderazgos imperiales (Holanda 1625-1672, Gran Bretaña 1815-1873 y Estados Unidos 1945-67), en un mismo soporte de economías capitalistas vigentes desde fin del Medioevo. Esta concepción define implícitamente al capitalismo por el predominio del comercio. Siguiendo a Pirenne y Braudel, ubica el nacimiento del sistema en el siglo XVI y le asigna un alcance mundial desde esa fecha. (14)
Pero, en realidad, el capital mercantil sólo constituyó una precondición del desarrollo capitalista. Posteriormente esa modalidad aseguró los intercambios que reprodujeron al sistema y complementaron la extracción de plusvalía. El capitalismo se forjó nacionalmente en torno a este cimiento y desenvolvió paulatinamente un mercado mundial, articulando relaciones capitalistas, semi-capitalistas y pre-capitalistas. Un abismo histórico separa a los industriales que explotan a los asalariados de los comerciantes que intercambiaban productos en el siglo XVI.
Al identificar al capitalismo con el comercio se olvida que esa actividad es compatible con distintos modos de producción y no define la singularidad de un sistema basado en tres rasgos: imperativo de la competencia, maximización de la ganancia y explotación de los asalariados.
El capitalismo se constituyó mediante un proceso de proletarización, centrado en la evolución del mercado laboral y no en los avatares del comercio mundial. Su origen nacional justamente obedece a un basamento social en la expropiación de los productores directos. El sistema sólo adoptó formas internacionales en la madurez de la acumulación.
Las miradas centradas en el comercio privilegian los procesos de circulación en desmedro de la dinámica productiva y difunden una imagen de pan-capitalismo vigente desde siglo XVI. Estos enfoques conducen a observar los excedentes como simples resultados del intercambio y omiten su basamento en la plusvalía confiscada a los trabajadores.
La teoría del capitalismo mundial atribuye la supremacía lograda por cada potencia, a su aptitud para amoldarse a la combinación de lógica económica y territorial vigente en cada etapa. Pero en realidad el primer criterio ha prevalecido sobre el segundo, a medida que maduró el capitalismo. Ambos parámetros no son equivalentes, puesto que el peso de la coerción económica aumenta al expandirse la acumulación.
A partir de la supremacía norteamericana, el capitalismo se ha expandido sin necesidad de capturas territoriales equivalentes, ni imposiciones coloniales. Desde la mitad del siglo XX ya no rige el viejo paralelismo entre expansión económica y predominio geopolítico-militar. Comprender esta modificación es vital para caracterizar al imperialismo contemporáneo.
El imperio del capital
Es necesario reconocer las contundentes diferencias que separan a los imperios que antecedieron y sucedieron al surgimiento del capitalismo. En las primeras variantes prevalecía la coerción extra-económica, la conquista de territorios y el establecimiento de colonias. En las segundas predomina una modalidad de dominación opaca, impersonal y poco transparente. Las formas de opresión tampoco pueden subsistir en este caso sin acciones político-militares, pero su cimiento son las relaciones capitalistas.
Esta distinción permite retomar la separación establecida por Lenin entre variedades imperiales pre y pro capitalistas. Esta diferencia evita las comparaciones que ignoran la brecha existente entre formas de opresión económicas y extraeconómicas.
Los antiguos imperios de la propiedad como Roma, eran muy distintos a sus equivalentes actuales. Estaban asentados en el dominio de una aristocracia latifundista, que absorbía las elites de las regiones conquistadas. Mediante esa red se administraron los nuevos territorios reforzando la esclavitud, hasta que las invasiones bárbaras provocaron la fragmentación feudal, el colonato y la subdivisión de la propiedad. Otro imperio del mismo tipo rigió en China, pero en este caso sostenido en una burocracia jerárquica y centralizada, que bloqueaba el surgimiento de los señores locales.
España constituyó un tercer caso del mismo modelo, basado en la ampliación de la propiedad. El otorgamiento de tierra a cambio de servicios militares permitió la Reconquista frente a los moros y brindó una pauta para gestar el imperio hispanoamericano. Ese sistema de encomiendas para utilizar la fuerza de trabajo de los indígenas perduró, hasta que las elites americanas socavaron la autoridad de la inmensa burocracia colonial en un contexto de grandes rebeliones indígenas.
En ninguno de estos casos rigió la dinámica capitalista de la competencia por beneficios surgidos de explotación. Predominaron formas de captura territorial afines al gigantismo de Roma, pero totalmente alejadas de las formas de dominación del capitalismo contemporáneo. Las frecuentes analogías entre ambas situaciones olvidan esas divergencias cualitativas.
Estas asimetrías se verifican también en el análisis de todos los imperios comerciales del Medioevo. El entramado gestado en torno al mundo árabe-musulmán vinculó a comunidades dispersas, que sustituyeron la cohesión política por pautas religiosas. Estas normas aportaron un código de acción comercial y cultural para las elites urbanas (Bagdad, Cairo), pero ese nexo no implicaba imperativos capitalistas, en sociedades mayoritariamente agrarias y gobernadas por la lógica coercitiva de los impuestos.
En este mismo cimiento se asentaron las ciudades-estado italianas (Génova, Venecia, Florencia), controladas por aristocracias acreedoras de los monarcas, que operaban en el Mediterráneo mediante mercenarios y monopolios comerciales. Ese fundamento nutrió también a la enorme población urbana de la república de Holanda, que manejó las rutas marítimas con compañías comerciales, en desmedro de los tributos y la dominación territorial.
Ninguno de estos tres imperios comerciales alcanzó un status capitalista. Se regían por el principio de comprar barato y vender caro, es decir por mecanismos diferentes a la competencia de precios por reducir costos, aumentando la productividad y explotando el trabajo asalariado.
Este tipo de imperios pre-capitalistas fue sucedido por las distintas modalidades del colonialismo, que emergieron junto a las nacientes potencias europeas. Estos modelos contribuyeron a consumar la acumulación primitiva de capital, mediante la expoliación de América, la esclavitud de África y el saqueo de ultramar. Recurrieron a la disputa militar por territorios y al exterminio de la población local, para consumar esa depredación. El imperialismo contemporáneo incluye también brutalidades del mismo alcance, pero persigue objetivos de lucro basados en la explotación y no en el genocidio. Se desenvuelve apuntalando más la acumulación que el pillaje.
El colonialismo posterior asumió formas más próximas al capitalismo, especialmente en el modelo británico de establecimiento de poblaciones en las tierras apropiadas. Este esquema de asentamientos fue inaugurado en el laboratorio irlandés, junto a la introducción de novedosas reglas de beneficio, productividad e inversión en la agricultura. Esta forma de expansión alcanzó gran desarrollo en las colonias norteamericanas, donde una población huida de las guerras religiosas desarrolló prósperos farmers en conflicto con la metrópoli.
Esas modalidades pro-capitalistas sólo fueron instauradas por el colonialismo inglés en ciertas regiones. En el grueso del imperio se reconstituyó la esclavitud (Sur de Estados Unidos, Caribe) o se impuso la tributación colonial (India) para los asegurar mercados a la exportación manufacturera. (15)
El colonialismo constituyó un eslabón intermedio en el proceso de surgimiento del imperialismo clásico, que alcanzó dimensión mundial entre 1880 y 1914. Pero incluso en ese período ya capitalista, existían todavía regiones divorciadas de la norma de la acumulación y por esta razón, la conquista territorial gravitaba frente a los imperativos económicos. El imperio pleno del capital irrumpió solamente durante el siglo XX. Recordar esta cronología es vital para ubicar todas las comparaciones en un terreno conceptual acertado.
Claudio Katz es economista, Investigador, Profesor. Miembro del EDI (Economistas de Izquierda).
Ver también:
– Discusiones sobre el declive de Estados Unidos
– Los cambios en la rivalidad interimperial
– ¿Etapa final o temprana del imperialismo?
– Replanteos marxistas del imperialismo
– Interpretaciones convencionales del imperio
– Las áreas estratégicas del imperio
– Adversarios y aliados del imperio
– Gestión colectiva y asociación económica imperial
– El papel imperial de Estados Unidos
– El imperialismo contemporáneo
– “El imperialismo del siglo XXI” (Capítulo I – Parte IV): La teoría clásica del imperialismo
Notas:
1) Wallerstein Immanuel Capitalismo histórico y movimientos anti-sistémicos: un análisis de sistemas – mundo, 2004, Akal, Madrid. (cap 28). Wallerstein Immanuel. “El tigre acorralado”. Página 12 14-9-06.
2) Todd Emmanuel “El ilusorio poder ilimitado de EEUU”- La Hoja Latinoamericana rodelu.net 5-1-2004.
3) Carchedi Guglielmo, “The EMU, monetary crisis and the single european currency”, Capital and class, n 63, autumn 1997.
4) Esta tesis en: Freeman Christopher, Clark John, Soete Luc, De¬sem¬pleo e innovación tecnológica (cap 9), Ministe¬rio Segu¬ridad Social, Madrid, 1985. Castells Manuel, La era de la información, vol 1, La sociedad red, (cap 3), Alianza Editorial, Madrid, 1996. Coriat, Benjamín, Pensar al revés, Siglo XXI, 1992, México (cap 1).
5) Ver: Murphy Taggart, “A loyal retainer, Japan, capitalism and the perpetuation of America hegemony”, Socialist Register 2011 The Crisis This Time Sep 2010.
6) Es el enfoque de: Arrighi Giovanni. El largo siglo XX. Akal, 1999 (Introducción, Epílogo)
7) Yunes Marcelo, “Imperialismo y teoría marxista en América Latina”, Socialismo o Barbarie, n 23-24, diciembre 2009.
8) Wallerstein Immanuel Capitalismo histórico y movimientos anti-sistémicos: un análisis de sistemas – mundo, 2004, Akal, Madrid. (cap 13, 16, 26, 28).
9) Arrighi Giovanni. El largo siglo XX, Akal, 1999 (introducción).
10) Kennedy Paul. “Ningún estado es inmortal” Clarín, 20-6-07. Ver tesis general en: Kennedy Paul, Auge y caída de las grandes potencias, Ediciones de Bolsillo, Barcelona 2004.
11) Arrighi Giovanni, “The winding paths of capital”, New Left Review 56, Mars-April 2009, London
12) Taab William. Imperialism: In tribute to Harry Magdoff, Monthly Review vol 58, n 10, march 2007.
13) Arrighi Giovanni. El largo siglo XX. Akal, 1999 (Introducción, cap 1, 2, 3, 4)
14) Wallerstein Immanuel Capitalismo histórico y movimientos anti-sistémicos: un análisis de sistemas – mundo, 2004, Akal, Madrid. (cap 5, 7, 14,16, 32)
15) Una detallada comparación entre los distintos tipos de imperios presenta: Wood Ellen Meiskins, Empire of Capital, Verso 2003, (cap 3 ,2,4, 5).
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-Wood Meisksins Ellen, “A reply to critics” Historical Materialism vol 15, Issue 3, 2007.

Teorías en debate “Teorías sin disciplina “

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“HEGEMONÍA Y DOMINIO:
SUBALTERNIDAD, UN SIGNIFICADO FLOTANTE”

Ileana Rodríguez

Una de las primeras demandas que se le hizo al grupo fundador de los Estudios Latinoamericanos del Subalterno fue una precisión conceptual: ¿qué entendíamos nosotros por “subalterno” y dónde se encontraban los bordes del concepto? Esta agenda de discusión distinguía dos puntos: uno remitía a repensar la relación centro/periferia (dentro/fuera, local/global), desde las teorías de la subalternidad; el otro era una interpelación directa, cuyo aspecto más serio era el debate sobre la relación intelectual/Estado (poder). Éstos fueron los dos temas de la primera sesión en que nos presentamos, por decirlo de alguna manera, “en sociedad,” durante la reunión de LASA (Latin American Studies Association) de Marzo de 1994 en Atlanta (1). En aquel momento, aun cuando nos habíamos reunido los dos años anteriores, una vez en la universidad George Mason y otra en la de Ohio, para discutir el por qué y las agendas del grupo, sólo teníamos a mano las definiciones de Ranajit Guha, quien reconociendo su deuda con Antonio Gramsci definía la subalternidad como una condición de subordinación, entendida en términos de “clase, casta, género, oficio, o de cualquier otra manera” (Guha / Spivak 1988). A nosotros nos parecía que esta definición era bastante amplia para incorporar en ella cualquier noción de subordinación, pero la respuesta fue insatisfactoria.

A partir de ese momento nos dedicamos a afinar temas y a reflexionar sobre la localización de una oposición que todavía se presenta como febrilmente agraviada por el uso del término “subalterno” y de su historiografía. Conscientes de que vivimos y pensamos dentro de un solo modo de producción, empezamos a discutir el tema de la “cultura” como ese continuo simbólico donde, en la lucha por la significación, se hace menester relocalizar los sitios dispersos de la subalternidad entendida como límite. Se podría argumentar que este debate se halla relacionado con los conceptos de transculturación, sincretismo y creolización (términos de la discusión del Caribe) y con los de heterogeneidad e hibridez (en el área continental), que nosotros discutimos luego como gobernabilidades y ciudadanías dentro de la relación hegemonía/dominio (cf. Mazzoti / Zevallos 1996). Pero, ¿son estos conceptos adecuados para localizar la subalternidad?

En este trabajo identificaré algunos lugares teóricos de esta elucidación y entrelazaré la discusión de la subalternidad con la de la creolización, en el sentido en que Edward Kamau Brathwaite habla de este término. Para él, creolización es un proceso de formación cultural tendiente hacia una “normativización” u “homogeneidad”, cuyo interruptus viene a marcar un hito en la construcción de contra-hegemonías. Lo que está en juego es la relocalización de la subalternidad en los procesos de generación de conocimiento dentro del paradigma de la globalización, tal y como ésta se representa dentro del universo disciplinario creado en y por las academias. Nuestra relación con la tematización de la subalternidad es quizás lo que más propiamente define nuestra posición como subalternistas.

1. ¿Cuáles son los lugares del subalterno?

Hablar de los “lugares del subalterno” presupone, desde luego, que ya sabemos qué o quién es el subalterno y que éste o ésta ya tiene un lugar asignado. Pero el concepto mismo de subalterno o subalternidad es tan resbaladizo como controversial. En la teoría marxista, particularmente en Gramsci, la subalternidad se construye a partir de la relación del sujeto con su circunstancia histórica, inscrita dentro de los medios de producción. Esta constitución suscribe entonces los principios de la “determinación económica” y de la economía como “instancia última”. La subalternidad es pensada como una condición ontológica en relación a contextos históricos pre-determinados. “El hombre piensa como vive”, dicen en Cuba. Para Gramsci, el sujeto también se piensa como vive. Y dado que el sujeto subalterno es un sujeto dominado, el pensamiento sobre y desde él aparece primariamente como una negación, como un límite. Esta negación invoca agendas intelectuales que abarcan todo el campo cultural, desde la escolaridad hasta las representaciones disciplinarias. La dinámica entre estas determinaciones y condiciones viene a constituirse en agencias.

La teoría marxista intentó darle a esta negatividad o límite un estatuto gnoseológico privilegiado. Para George Lukacs, la condición subalterna era facilitadora de saberes y se traducía en la posibilidad de diferenciar entre conciencias “falsas” o “verdaderas,” las mismas que vendrían a determinar criterios de verdad tanto en la esfera pública como en la producción cultural. Su discusión sobre los géneros literarios (la novela histórica, el realismo, el realismo socialista) puede ser leída como un ejemplo de esta pretensión. De ahí que la historia fuera la historia de la conciencia de clase. No es mi propósito volver a debatir estas cuestiones dentro de un campo ya saturado pero sí recordarlas para introducir la variante del debate producido por el Grupo de Estudios Subalternos de la India.

Este Grupo tuvo su origen en una discrepancia epistemológica con el partido comunista en torno a la determinación ontológica del sujeto histórico. Tal desacuerdo teórico discutía nociones de agencia que vendrían a determinar estrategias políticas. Como en la discusión latinoamericana, el término en discordia era el de proletariado, término inconmensurable con el tipo de constitución socio-cultural de la India, que se ajustaba más a nociones maoistas de campesinado. Pensar la población india requería un ajuste teórico y por eso el grupo acudió a la noción de subalternidad, un término genérico que abarcaba clase, género, casta, oficio, etnia, nacionalidad, edad, cultura y orientación sexual. Es decir, todo lo comprendido dentro de la dominación, que ellos estudiaron ya directamente en el campo de las representaciones culturales, constituidas en disciplinas. Desde ya se puede notar aquí el cambio hacia la inmanencia y el comienzo de una reflexión que se vuelve hacia sí misma, hacia nociones de campo y que, por ende, implica un examen de las condiciones mismas de producción cultural, esto es, de la relación entre cultura, intelectuales y Estado. Los intelectuales situados en las colonias (o neo-coloniales, según la nomenclatura anterior) fueron discutidos por el grupo dentro de la categoría de las “élites”.

Aquí he de acotar dos asuntos: primero, la multi-localización de la subalternidad, que ocurre al desplazar el concepto único y ordenador de “clase social” para sustituirlo por conceptos alternos, como todos los indicados arriba; y segundo, la globalización de las bibliografías, que conduce a la idea de las “teorías viajeras”, término que a veces se usa a la inversa de lo significado por Edward Said, quien señalaba con ello el uso de teorías europeas para representar al Oriente, y que hoy se refiere, paradójicamente, a teorías cuya procedencia no es europea y que inciden en el esclarecimiento de las dinámicas de las historias eurocéntricas, proponiendo, en algunos casos, como el de Edward Glissant, una historia unificada de la dominación (2).

El primer punto lo voy a discutir más adelante. Respecto al segundo, quisiera hacer un par de anotaciones. Hablar de “teorías viajeras” es una manera de tocar el tema álgido de la relación intelectual-Estado y de discutir el concepto de élite. En este contexto, “élite” refiere, sobre todo, a una localización teórica: denota complicidad disciplinaria eurocentrista, localizada en la centralización del concepto de Estado como protagonista de la modernidad. De aquí los deslindes con el trabajo de Angel Rama sobre la transculturación, con la puesta en escena de la discusión sobre la heterogeneidad en Antonio Cornejo Polar y con el concepto de “hibridez” en Nestor García Canclini, elevado como paradigma cultural de una nueva noción de campo entendida como “Estudios Culturales”. Pero el concepto de élite remite también a asuntos nunca discutidos: áreas de competencias y competitividades, mercados culturales, relaciones entre intelectuales provenientes de o localizados en diferentes regiones —quién emplea, lee, cita e invita a quién cuándo y dónde. De manera más mediatizada pero no menos importante, la dicotomía élite/subalterno intersecta también el debate institucional sobre la corporatización de la enseñanza y su reducción a técnicas de lectura y escritura; su tendencia a homogeneizar “lo cultural”, a enseñar desde puestos de transmisión cuya ubicación es determinada por la rentabilidad, factores todos que tensionan una dinámica profesional ya de por sí muy estresada. Toda esta discusión ha promovido, sin embargo, una disposición a la transdisciplinariedad, que favorece la mejor localización de las élites y los subalternos, así como de sus patrones dentro de la representación. Parte de la agenda de los Estudios Subalternos, y quizás lo que establece la diferencia entre éstos y los Estudios Culturales, es precisamente que los primeros no queremos perder de vista esos lugares, sino, más bien, subrayar las agencias subalternas dentro de ellos.

Ese es el punto de partida de los Subalternistas indios. Ellos cambian el lugar de reflexión y sus categorías. Su agenda consiste en discernir los modos de producción de hegemonías y subordinaciones estatales en el campo cultural, entendido como fábrica de lo simbólico. Gayatri Spivak lo dice muy elegantemente: la subalternidad es “el límite absoluto o lugar donde la historia se narrativiza como lógica” (Guha / Spivak: 1988: 16). Su interés reside en el examen de las narrativas históricas, de la historiografía, de la configuración de documentos y documentaciones. En el libro editado por Gayatri Spivak y Ranajit Guha, varios artículos presentan esta orientación, y el de Guha realiza una arqueología de la construcción de documentos, traza la relación entre la historia, la historiografía y el Estado, y demuestra que la historia es una narrativa del poder estatal, configuradora de ciudadanías o subalternidades, hegemonías o dominios (Guha 1995: 37-44).

La subalternidad se constituye así en un lugar epistemológico presentado como límite, negación, enigma. En el Caribe, Sylvia Wynter lo piensa como el nec-plus-ultra (el más allá epistemológico que Foucault llama umbral), el propter-nos (identifición “altruista” y principio de solidaridades basadas en la apariencia física y, por tanto, ligada al concepto de “raza”) y el “entendimiento subjetivo” que elimina toda posibilidad de comunicación (Wynter 1995: 5-57). Edward Glissant habla del “no” como sitio de la negación absoluta constituida por la modernidad occidental (Glissant 1989). Stephen Greenblat lo propone como cesura, como espacio en el cual el ojo que ve y el oído que oye se disocian, produciendo el vacío como presencia de la subalternidad (Greenblatt 1992). Peter Hulme lo describe como el “lindero de lo humano con lo bestial” (Hulme 1986) y Walter Mignolo como “el lado oscuro del renacimiento” (Mignolo 1995). “Límite” es el lugar donde la historia deja de ser tematizada como acontecimiento (lugar de las épicas desarrollistas agenciadas por los ciudadanos, la modernización y el Estado hegemónico) y empieza a ser ontos : “ser” y “estar” como lugares filosóficos, lugares culturales.

Este es un paso decisivo, porque la definición del lugar de las subalternidades no se concibe ya en términos de las narrativas del poder (modos de producción y teorías de la conciencia) sino a contrapelo, en una lectura en reversa de todo el aparato cultural ilustrado, que viene a ser particularizado como “occidental”. El lugar de la subalternidad empieza a ser desplazado hacia una teoría de la recepción, de la lectura, de la interpretación, que subraya los modos de construcción en la sintaxis, los hitos, las cesuras y los silencios. Las lógicas productivistas son desplazadas por las lógicas del consumo y la circulación (volviendo a reciclar los problemas de la Escuela de Frankfurt), que vendrán a florecer en los trabajos de los teóricos de la comunicación en los Estudios Culturales. En el envés de la trama de la dominación, entendida ya como avanzada cultural, se localizan las teorías de la resistencia, de la convergencia o de la insurgencia. De este modo, se toma de Gramsci la definición de la subalternidad como articulación Estado-sociedad civil y se subraya la dimensión cultural.

2. Aprender a leer en reversa, saber escuchar

Además de la localización conceptual de la subalternidad en el campo de las representaciones culturales, algunas de las propuestas metodológicas y de las categorías de análisis de Guha, nos parecieron útiles al Grupo Latinoamericano de Estudios Subalternos. Entre ellas se encuentra en primer plano la idea de la “lectura en reversa”. En uno de sus trabajos más instructivos titulado “La muerte de Chandra”, Guha tematiza una historia de amor: el simple caso de la pasión que Chandra siente por un hombre, la historia de su entrega, el rechazo que sufre a manos de él y su embarazo. Leída en el contexto de la India, donde la ley de la costumbre prohibe la agencia femenina en asuntos amorosos, Chandra ha cometido una grave transgresión (Guha 199?). Para ocultar su error, busca la ayuda de su familia y la encuentra en las mujeres que se solidarizan con ella y le ayudan a abortar; pero la dosis administrada es demasiada y como resultado, Chandra muere. Las mujeres que le ayudaron se ven enredadas en un crimen. El artículo ilustra primero el cambio de posiciones de todos los objetos simbólicos: el acto de amor se torna violencia; la poesía lírica que habla de él, en narrativa de la criminalidad; la solidaridad femenina, en casuística legal; la complicidad masculina, en solidaridad. El método de “lectura en reversa” hace posible el cambio de sentido de los patrones canonizados por la cultura ilustrada o por la historia estatal, y pone al descubierto una nueva sensibilidad.

El caso de Chandra ilustra cómo la mera presencia del subalterno tiene la virtud de cambiar los signos y sus significados culturales; cómo, en el momento en que el subalterno transgrede su lugar asignado, empieza a ejercer su poder epistemológico; y cómo sólo las narrativas contra-estatales reconocen su agencia. Así se muestra también que mientras la subalteridad es tematizada dentro de las narrativas de la criminalidad, la ciudadanía lo es dentro de las narrativas históricas. En su artículo “La pequeña voz de la historia,” Guha vuelve sobre el tema, ésta vez para postular la tesis de que distinguir el lugar del subalterno presume saber escuchar (Guha 1996: 1-12). Escuchar es constitutivo del discurso. Escuchar significa estar abierto a y existencialmente dispuesto hacia: uno se inclina un poco hacia un lado para escuchar. Por eso es que hablar y escuchar entre las generaciones de mujeres es una condición de la solidaridad que sirve, a su vez, como base para criticar (Ibid. 9).

Este artículo presenta dos instancias auditivas: una ocurre dentro de las prácticas de gobierno de la administración colonial, y el otro dentro de las organizaciones políticas de la social-democracia liberal. Se trata en un caso de la salud corporal, y en el otro de la instrumentalización de las agencias femeninas. Para discutirlos, Guha introduce la noción de hegemonía. “Hegemonía” es aquel consenso construido por la disciplina de la Historia, cuya función es narrar la unidad de la gente alrededor del concepto del Estado. Hegemonía es así un acuerdo con y dentro del estado, es decir, una concesión de la sociedad civil al Estado. Para Guha, la historia construye “hegemonías” en los países centrales y “dominios” en los periféricos. En los ejemplos en cuestión, Guha hace una presentación de la resistencia. En el primer caso, el enfermo prefiere acudir a la tradición e interpretar su malestar en términos religiosos. Con esto pone en evidencia la falta de consenso que tienen los programas de salud e higiene en la India; en el segundo, las mujeres se unen a la insurgencia política para constituirse en agentes y son, luego de logrados los objetivos, desplazadas a sus lugares domésticos. Con esto se demuestra la hegemonía del dominio patriarcal. La simbiosis estatismo/historiografía explica cómo la política se constituye en la materia prima de la historia, y deja al margen las voces pequeñas (las del enfermo, de las mujeres) manifestadas en lamentos, fragmentos, pigmentos, anécdotas y suplementos. Por eso es que “si la pequeña voz de la historia tiene audiencia, lo hará interrumpiendo el cuento de la versión dominante, quebrando su línea del relato y enredando el argumento” (Ibid. 12).

Tanto el “escuchar la pequeña voz” como la “lectura en reversa” son metodologías que encuentran en los lugares del subalterno sus patrones de presencia, mismos que causan el cruce de epistemologías, todas las cuales convocan la presencia del Estado. Anverso y reverso se constituyen así en posicionalidades: élite/subalterno, cultura ilustrada/dominio. Los lugares del subalterno puntualizan las convergencias entre los patrones históricos, culturales y del poder. Los patrones de representación del subalterno llevan el liberalismo a sus bordes, hacia sitios donde éste se constituye en prohibiciones, ilegalidades y sin razones. En un artículo dominado “Disciplina y Movilización”, Guha estudia la alta tensión entre aquella “cultura” que se ha denominado antropológica – y que tiene que ver con lo que Ferdinand Braudel llamase “historia de larga duración” y Pierre Bourdieu “hábito” – y la cultura estatal. En las formas de caminar, de saludar, de relacionarse con los demás, en la higiene y la salud del cuerpo, y ya no digamos en la desobediencia que produce el ejercicio de la disciplina como gobierno, se hace palpable la presencia de la subalternidad como límite.

Así concebidos, el lugar del subalterno o de la subalternidad conduce hoy al estudio de la historia en términos de formación de legalidades. La subalternidad se discute ahora a través de los significados de los conceptos de ciudadanías, hegemonías, subordinaciones, sociedad civil, espacio público y gobernabilidades. A mi modo de ver, ese es uno de los propósitos de los Estudios Subalternos: reconocer el protagonismo del Estado moderno europeo como principio ordenador y normatizador de la historia; estudiar la Historia como escuela política, es decir, como disciplina institucionalizada curricularmente dentro del sistema de enseñanza que cumple la función de organizar “hegemonías” (homogeneidades) en la esfera pública de los países centrales, y “dominios” (heterogeneidades) a través de las élites en los países o espacios periféricos. Estos espacios son concebidos primeramente como “afuera” (regiones no habitables, terra nulis, colonias, neo-colonias, modernidades periféricas, neo- y post-territorialidades) y, una vez reconocidos los fenómenos de dispersión de poblaciones —diásporas, migraciones, enmontañamientos, nomadismos, exilios—, como una localización ubicua de las esferas civiles y los espacios públicos “afuera”, “adentro” y en todas partes. Así vista, la historia de la modernidad es, por un lado, la historia de la hegemonía estatal europea sobre sus propios territorios, y por el otro, la historia de la dominación de Europa sobre las colonias. Pero en el envés de la trama, esta historia también fue leída a contrapelo como una historia de resistencia. Los Estudios Subalternos intentan documentar los lugares de esta subordinación como resistencia. En palabras de Dipesh Chakravarty, lograr la provincialización de la historia Europea no quiere decir negarla, sino mostrar los mecanismos que la articulan (Chakravarti 1995: 383-390).

El lugar del subalterno, constituido a partir de una multiplicidad de referentes, y, en palabras de Edward Kamau Brathwaite, bajo el constante ataque de “la cultura,” “elige” (proceso de reconversión en García Canclini) aquellos ingredientes que mejor expresan su condición subalterna. Pero eso no obvia, según Carlos Vilas, la tensión entre el ciudadano y la gente dentro de las dos dimensiones de la democracia. Siguiendo la misma línea discursiva de Guha, pero trayendo el problema hacia Latinoamérica, Vilas sostiene que

ciudadano se refiere a un grupo de individuos libres e independientes que gozan de derechos de participación que compensan y, al mismo tiempo, ocultan las desigualdades socio-económicas, [mientras que] las relaciones de opresión, pobreza y explotación restringen el efectivo ejercicio de estos derechos ciudadanos. La fragmentación de la sociedad en diferentes tipos de comunidades es indicativa del carácter incompleto del proceso de individuación social…, uno de los prerrequisitos de la existencia de la sociedad civil… Así, no toda sociedad es una sociedad civil. De manera similar, la ciudadanía no es simplemente el reconocimiento de los derechos formales sino más bien el resultado del proceso de una condición política, económica y cultural particular, históricamente constituida (Chalmers / Vilas / Hite / Martin / Piester / Segarra 1997: 7-8).

Por un lado, la hegemonía sirve, como dice Ernesto Laclau, “para pensar el carácter político de las relaciones sociales en una arena teórica que había visto el colapso de la concepción de “clase dominante”, concebida por el marxismo clásico como un efecto necesario e inmanente de una estructura completamente constituida” (Laclau 1996).Y por el otro, como afirma Stuart Hall, para “contrarrestar la noción de incorporación. La hegemonía no es la desaparición o destrucción de la diferencia. Es la construcción de la voluntad común por medio de la diferencia” (Hall 1991: 58).

3. Creole: la norma tentativa

En 1974, Edward Kamau Brathwaite publicó un ensayo bajo el título Contraditory Omens. Cultural Diversity and Integration in the Caribbean (Brathwaite 1985). El título mismo llama la atención sobre las ambigüedades sociales de la diversidad cultural, entendidas como subalternidades, en donde los presagios acerca de la integración son, por lo menos, contradictorios. En este mismo trabajo, Brathwaite hace la distinción entre conceptos de diversidad, según sea su localización cultural. Su modelo de las sociedades creoles caribes puede servir para repensar los lugares de la subalternidad, entendida como heterogeneidad cultural en los países latinoamericanos, en relación a la formación o ausencia de consensos, a la división entre ciudadano y gente, y en general, a la localización de la subalternidad dentro de la sociedad civil.

El breve estudio empieza por una definición del término “creole” (un significado flotante) y sus diferentes acepciones, según se use en el mundo hispano (donde equivale a criollo), en Brasil (donde significa esclavo negro nacido en la localidad), en Sierra Leona (donde significa descendiente de esclavos del nuevo mundo) o en Gran Bretaña, donde se refiere a cimarrones y negros pobres. En sus diferentes acepciones, “creole” significa todo eso y mucho más. “Supone una situación en la cual la sociedad en cuestión está atrapada en `algún tipo de arreglo colonial’ con un poder metropolitano, por un lado, y un arreglo de plantación (tropical) por el otro, y donde la sociedad es multi-racial pero organizada para el beneficio de una minoría de origen europeo” (Ibid. 10). De aquí los términos de melange y montage, que no caben “dentro las nociones de diversidad e integración cultural africana o norteamericana” (Ibid. 5). La “diversidad” viene a ser sinónimo de subalternización -marcadora de dominios-, y lo creole es su expresión Caribe. Este melange (que no es lo “híbrido” en Canclini y tampoco es lo “transculturado” de Ortiz ya que, de alguna manera, presupone pactos sociales o algún tipo de consenso) se da en un continuum espacio-temporal. Esto significa que la creolización no es un producto sino un proceso; no tiene período de finalización, pero si de recambio.

El concepto creole, como lugar de la subalternidad, tiene dos aspectos: uno está designado por el término “aculturación” (absorción), también pensado como un proceso (fragmentado, ambivalente, incierto de sí, sujeto a presiones y visiones cambiantes) mediante el cual se ayuntan dos culturas por la fuerza del prestigio y el ejemplo que se deriva del poder/prestigio; y el otro designado por el término de inter/culturación, que es un proceso más recíproco, no es planeado ni estructurado sino osmótico y resulta de este ayuntamiento. O sea que la inter/culturación no es un proceso voluntario. No es la transculturación, el contrapunteo (Ortiz) o el ritmo (Antonio Benítez-Rojo), sino un proceso que sucede por la fuerza y el azar, sin mediar la voluntad ni el diseño racional. Y hasta se diría que va contra la idea de planificación, artificio o política. El resultado viene a ser la “norma tentativa”, una especie de ambiente ligado a las formas del trabajo y las socialidades que crea. La creolización como inter/culturación presume también una lucha por la ascendencia, una tensión, una competencia tenaz en la cual entran todas las nuevas olas. En el modelo caribe de Brathwaite —e incluso en el modelo norteamericano—, estas olas son las constantes migraciones de gentes (asiáticos, indios) y el modo en que se inter/culturan; en otros modelos podría estar marcada por las migraciones internas del campo a la ciudad, que recuerdan las desigualdades productoras de heterogeneidades y subalternidades. Para Brathwaite, la idea es “tratar de ver los fragmentos/todo” (Ibid. 7).

En efecto, lo fundamental en una situación de colonización no es para Brathwaite lo importado, ya sea en términos de prestigios culturales o administraciones locales, sino la acción/interacción de las socialidades, esto es, la inter/culturación de los grupos étnicos como unidades discretas en relación mutua. Así entendida, la creolización es la habituación de diferentes grupos a un paisaje compartido, en donde unos se articulan como dominantes y los otros como legalmente subordinados. El proceso es así una fuerza actuante en toda la sociedad, que induce a la gente a reproducir ciertos comportamientos que luego asume como propios y en los cuales cree. Coco Fusco lo dice muy bien: actuar como si uno fuese otro (Fusco 1995). Lo importante del concepto, sin embargo, es que el proceso de creolización puede entenderse como una tendencia hacia la homogeneización y hacia la construcción de consensos culturales. Pero éstos se hallan obstaculizados porque presuponen la aceptación (valorización) de los aportes subalternos y su transformación en norma. En este caso, el problema que Brathwaite señala como real es el desconocimiento. Su prognosis teórica es que entre menos restricciones tenga la inter/culturación más grande será la libertad de creación -y este es el sentido que Ortiz y Benítez-Rojo dan a la transculturación. Pero, añade Brathwaite, como libertad implica libertad para todos, se elimina el riesgo de esa “homogeneización desde abajo” constituyendo en norma lo que él llama un “metropolitanismo bastardo” (quizás lo híbrido grotesco) (22). El proceso hacia la homogeneización es siempre un interruptus cuya consecuencia es que con cada crisis política se abre más la cesura.

En este proceso de cohabitación de grupos étnicos importados/transmigrados, Brathwaite singulariza la imitación como primer paso hacia la trans o aculturación; entre mayor sea el contacto con los otros, más mímesis y entre mayor mímesis y mímica (performance), más trans o aculturación. Estos dos prefijos van definiendo hegemonías y dominaciones, lugares y posiciones. Así es como se producen la mímica, los mimos y el mimetismo, que es la ratificación de lo aceptable y que conduce hacia lo que Sylvia Wynter llama “asimilación falsa” frente a lo que ella entiende como “indigenización” (creación), y que Brathwaite ve como los dos lados de una misma situación ambivalente, como síndrome de aceptación y rechazo, imitación y creatividad.

En este sentido se puede entender también la idea de la “reconversión cultural” como hibridez, propuesta por Canclini. En ella habría una convergencia temporal entre culturalistas y subalternistas, entre Estudios Culturales y Estudios Subalternos. El punto de intersección teórica ocurre en el momento en que ambos conceptos, hibridez y creolización, pretenden dar cuenta de la comunidad humana en su totalidad, incluyendo por supuesto al subalterno. Pero tan pronto se unen vuelven a distanciarse, porque los espacios de reflexión son dispares, aunque ambos utilicen la mímica y la teatralización para articular su idea de comunidad total. Mientras Brathwaite privilegia la vida cotidiana —que en Canclini sería folklore antropológico— como ejemplo de las aclimataciones culturales, Canclini privilegia los consumos culturales. Inter/culturación en Brathwaite es lengua y oficio, rutinas de trabajo, identificación con el grupo y comunalización, parte de la cual es voluntaria, parte inconsciente y “natural” (lo espontáneo subalterno en Gramsci). Canclini, por su parte, prefiere discutir esta relación dentro de las “grandes tradiciones” para señalar los límites de la modernidad. El poder de la reconversión, de la unión de términos aparentemente opuestos (tradición, modernidad) que puedan complementarse, interpenetrarse y confundirse mutuamente, son para él los nuevos protocolos artísticos que reconcilian entre sí a las clases sociales. La diferencia fundamental es que, para Brathwaite, la imitación/conversión se inscribe dentro de relaciones de hegemonía y dominio y que, por tanto, la única imitación posible es la hegemónica. Brathwaite subraya igualmente que la contribución blanca, hegemónica, al proceso de creolización (o hibridización) es la noción de dicotomía y diferencia, que construye barreras físicas y psicológicas irrebasables. La contribución occidental es la mitosis automatizada, que reaparece donde quiera que exista un espacio social y cuya característica principal es la reproducción de subalternidades y diferencias.

Para ilustrar este punto, Brathwaite introduce la idea del censor, cuya función es canalizar, filtrar y/o cortar las ideas que vienen de los intelectuales o de las masas y que son retransmitidas a ellas mismas en un estilo/tipo/formato aceptable a los conceptos de “nación” y de “bienestar público” (Ibid. 16). A la idea del censor añade la de la auto-censura. Uno de los ejemplos más interesantes que ofrece es el de las “madres sumergidas”, las sirvientas o esclavas que enseñan comportamientos subalternos a los niños blancos: su propia habla, su sexualidad. De este modo el intento de apartheid se vuelve disfuncional en el microespacio doméstico, que luego se recupera en la esfera pública por medio de la censura impuesta por la educación. La educación “endereza” las desviaciones e interrumpe la tendencia homogeneizadora. Las nuevas migraciones también vienen a reforzar el principio de la diferencia y refuerzan la tensión entre lo homogéneo y lo heterogéneo.

En Brathwaite, la localización de las subalternidades dentro del proceso de creolización se puede leer como una preocupación por lo que Vilas llama la ciudadanía, aquélla que puede generar consensos y reconocer representaciones. En el caso de los análisis etnoculturales, la constante es la perpetua desestabilización de la norma debida a las nuevas migraciones, gentes que aunque se presumen homogéneas vienen a reforzar el carácter heterogéneo de las socialidades. La prueba de esta carencia ocurre para Brathwaite en la respuesta pública a los mensajes públicos y ofrece el siguiente ejemplo:

La prueba más grande de homogeneidad se da en la respuesta pública al mensaje. Digamos, para propósitos ilustrativos, que el mensaje del Príncipe tiene que ver con la belleza. El hace una afirmación sobre la mujer más linda del mundo, o acerca de la belleza ideal. Se espera normalmente que declare que su ideal (norma somática) es mas o menos griego, más o menos nórdico, ineluctablemente Británico. Pero digamos que no dice esto, sino que la mujer más bella del mundo es Nina Simone, o mejor todavía, una Hotentote. Este mensaje, recuérdese, es eficientemente transmitido por la más alta autoridad de la tierra. ¿Pueden imaginar su efecto? Habrá casi total desacuerdo (posiblemente repulsión), tanto más por su fuente. Si no se lleva a cabo una explicación satisfactoria, tendiente a retractarse, puede haber una crisis constitucional; el mismo símbolo del poder puede ser puesto en cuestión… La autoridad y la homogeneidad dependen de la continua intercomunicación entre símbolo y masa acerca de lo que son las normas/ideales” (23).

La homogeneidad es aquella sensibilidad popular que no discute lo esencial y que presume identidad y transparencia entre signo y referente. Subalterno es todo lo que lo mortifica. La homogeneidad cultural demanda una norma y una correspondencia entre las tradiciones “grandes” y “pequeñas.” En las sociedades coloniales convergen las tradiciones, pero una de ellas se empequeñece y subalterniza hasta convertir en minorías a las mayorías que la portan, al mismo tiempo que pone cortapisas a la construcción de la “norma”. Pero, aun si falta la capacidad o la voluntad de absorber la pequeña tradición de la mayoría, o de ser absorbida por ella, el resultado es la dicotomía, las sociedades plurales, esto es, tensadas. El espíritu crítico, el debate permanente, la discrepancia y la oposición constante al interior de estas sociedades, se explica mediante esa falta de homogeneización. El problema que Brathwaite señala una y otra vez no es el de la integración, sino el de la aceptación, el de la incorporación de la masa negra (indígena) de la población al orden político; el aceptar la cultura de las mayorías como paradigma y norma de la sociedad. La inter/culturación es, entonces, lo que Stuart Hall llama “hegemonía”, esto es, el consenso en la heterogeneidad. Pero Brathwaite asume que esta dinámica está organizada de acuerdo a la oposición superior/inferior y que, en el caso del caribe (también en el de Norteamérica), la etnia deviene clase, heterogeneidad, estilo, cultura.

En ambos casos, tanto en Canclini como en Brathwaite, está en juego un concepto de tradición, ya sea como permanencia del pasado en términos económico-culturales, o en términos de fusión. Pero lo que Brathwaite no deja de lado es la articulación etnia/clase. Para él, las identidades culturales se hallan mediadas por el trabajo, por ejemplo en el caso de inmigrantes que devienen campesinos, proletarios o desempleados, y luego, la estamentación de estos sectores. Los negros venden hielo y sus productos inmediatos: raspados, bolas de nieve. Los hindúes venden paletas de hielo. Ésta es una división del trabajo pero, al mismo tiempo, el espacio que Brathwaite usa para articular las identidades en los procesos de creolización. Por tanto, es dado concluir que el proceso de creolización se articula en el ámbito del trabajo, mientras que la hibridez se hace manifiesta en la esfera del consumo cultural. Pero ambos, creolización e hibridez, se autodefinen como procesos culturales integrados dentro del imaginario social.

Lo que Canclini discute es precisamente el concepto de lo “pequeño”. Para él lo pequeño se ha disuelto o fusionado en lo electrónico masivo; para Brathwaite, en cambio, la “pequeña tradición” está articulada dentro de una “gran tradición” estática. ¿Qué es lo que induce a un inmigrante a copiar lo que él no es? Y en esta relación, ¿qué es lo que él aporta?, ¿qué es lo que puede adquirir? En ambos casos, el intercambio está relacionado, por un lado, con una tensión, y por el otro con una autorización, es decir, con aquello que puede ser convertido porque tiene prestigio/poder, como es el caso de los medios en Canclini. Para Brathwaite, en la práctica los medios conducen

a poco menos que proporcionar lo “internacional” popular (esto es, lo Norteamericano) a través de [la] festivalización y/o el seleccionamiento de lo satinado y comercial: casa en los suburbios, cultura turística del supermercado. De tal manera que aunque hay una cierta medida de estabilidad, pocos creen en ella y la aparente homogeneidad que alienta es un precio pobre a pagar por la inercia, la falta de aventura y pensamiento, la falta de descubrimiento y experimentación (52).

En conclusión, las dinámicas de inter/culturación como localizaciones de subalternidades son ambiguas y presuponen la noción de jerarquía. En el Caribe, la noción de inter/culturación presume que los grupos portadores de “grandes tradiciones” (hegemonías culturales) se sienten rebajados en medio de las “pequeñas tradiciones” (dominadas culturalmente) y tienden a rechazarlas (es decir, la situación exactamente opuesta a la presentada en el modelo de Canclini). La dinámica de la creolización presume negociaciones entre lo que tiene o se le da valor y lo que no. La cultura de la gente encuentra el factor unificador en la mímesis de lo blanco/occidental/desarrollado que genera nomenclaturas como Afro-Sajón, Indo-Caribeño, Asio-Creole, Euro-asiático, y todas las otras variables continentales: Indo-español, Euro-indígena, Afro-indígena, etc. La noción implícita de inferioridad funciona como censura. Así, mientras unos grupos se sienten co-existiendo con las “grandes tradiciones” occidentales (tal el caso hindú/musulmán en el Caribe, o el argentino/alemán en el Cono Sur), otros se sienten doblemente alejados y experimentan la necesidad de rebelarse. La inter/culturación también depende de lo cercenado y lo prohibido: quién puede hablar su propia lengua y quien no, como es el caso de los latinos en Estados Unidos. De esto dependen las creolizaciones selectivas, la idea de una cultura normativa desde la cual es posible negociar con las otras, y la diferencia en la actitud de “manejar” la cultura o de modernizarse. A Brathwaite le preocupa la imagen personal que resulta de la imagen cultural y la construcción de consensos en los procesos simbólicos, o sea, la homogeneización.

En este sentido, la creolización revela tendencias hacia lo completo, pero también sentidos de lo incompleto: la negatividad de la subalternidad. Por tanto debe ponerse una moratoria a la imitación y un énfasis a la aceptación de la heterogeneidad: ser quienes somos, pero ¿en qué consiste eso? La visión de Gómez Peña, muy adecuada para esta melange, es la de “una generación entera que cae hacia un futuro sin fronteras, mezclas increíbles más allá de toda ciencia ficción: cholo-punks, pachuco-krishnas, concheros irlandeses, raperos butoh, ciberaztecas, gringofarians, rockeros hopi y demás” (Gómez-Peña 1996: 1). En la definición de estas diferencias entra la discusión sobre los universales, las formas de pertenecer a la especie y ser como la otra gente. La pregunta es cómo construir la identidad a partir de las localizaciones de la subalternidad sin elaborar el sentido de la diferencia, y en ausencia de los parámetros de culturas homogéneas o nacionales. De ahí vienen para Brathwaite las diferentes proposiciones del ser: sociedades plurales (segmentos en conflicto); sociedades creoles (que presuponen el concepto de inter/culturación); sociedades nacionales (que buscan reemplazar la dicotomía colonial/fragmentos por módulos políticos en los que se mezclan raza y cultura); sociedades sincréticas (predicadas en la emergencia de un nuevo tipo racial); o sociedades cimarronas (predicadas en el hecho de que una raíz o visión cultural puede ser reconocida como modelo para el todo) (58). Quiero terminar con una cita de Brathwaite que dice:

Iría más allá y diría que cualquier intento de cualquier segmento no-establecido con recursos culturales suficientes sería un desafío (revelación/revolución) a nuestro falso orden heredado. Por eso es que la oposición a estos segmentos ha sido tan implacable. Pero lo contrario de la oposición es el inter-entendimiento: la erosión de las distinciones sub/ y super/ordenadas (61).

Notas

  • Algunos trabajos de esta sesión fueron recogidos en Dispositio/n 46 (1996).

  • En la actualidad, el proyecto dirigido por Mario Valdés, Dejar Kalil y Linda Hutcheon, titulado “Culturas Literarias Latinoamericanas: Historia Comparada de las Formaciones Culturales”, en el cual participamos algunos de los subalternistas, tiene una visión parecida al espíritu con que Glissant propuso esta historia unificada.

BIBLIOGRAFÍA

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[Fuente: Santiago Castro-Gómez y Eduardo Mendieta, editores. Teorías sin disciplina (latinoamericanismo, poscolonialidad y globalización en debate). México: Miguel Ángel Porrúa, 1998.]

© José Luis Gómez-Martínez
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