El mayor acto terrorista de la historia

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Sergio Rodríguez Gelfenstein (BARÓMETRO INTERNACIONAL, especial para ARGENPRESS.info)

En agosto de 1945, Japón estaba militarmente derrotado, la guerra en Europa había terminado 3 meses antes con la derrota de los aliados del Imperio del Sol Naciente, los fascistas italianos y los nazis alemanes habían sido desplazados del poder ante el empuje de las fuerzas del Ejército Rojo soviético y las tropas de Occidente que habían irrumpido en el continente europeo por Normandía en Francia y por el sur de la bota italiana. La resistencia heroica de los pueblos europeos recibió desde el este, el oeste y el sur el apoyo necesario para su liberación.

Años antes, en 1941, Japón había subestimado la reacción de Estados Unidos ante un ataque a su territorio. El 7 de diciembre había lanzado una gigantesca ofensiva aérea contra la flota estadounidense del Pacífico basificada en Pearl Harbor, en la isla Oahu de Hawai. Aunque algunos historiadores han afirmado que el objetivo de la acción era liberar al imperio nipón del bloqueo económico a que era sometido y crear condiciones para una negociación en mejores condiciones, es difícil suponer eso en el año 1941. Parece más acertado suponer que con la destrucción de la flota estadounidense pretendía reasumir el control y la consiguiente hegemonía sobre el Océano Pacífico y ocupar los territorios coloniales de Estados Unidos y Europa en ese vasto territorio, estratégico para un país insular como Japón.
Desde la otra cara de la moneda, lo que Estados Unidos ha querido presentar como una sorpresa, no lo fue tanto. Desde 1932, había estado preparado para un ataque sorpresa contra Pearl Harbor y había entrenado a sus tropas para esa eventualidad que consideraba como la “mejor manera” de atacar la isla.
En 1939 la Oficina de Inteligencia Naval (ONI) había redactado un informe secreto que contenía ocho medidas para inducir a Japón a atacar a Estados Unidos. El presidente Roosevelt puso en marcha las ocho medidas propuestas por la ONI en su informe. La primera de ellas consistía en situar a la flota en Hawai como cebo dentro del radio de alcance de los portaviones nipones. La implementación de estas medidas produjo resistencias y opiniones contrarias de diversos funcionarios, incluso entre algunos miembros de las Fuerzas Armadas. Todos ellos fueron oportunamente removidos de sus cargos y desplazados a otros sin relación con el tema.
A partir de ese momento se comenzó a montar una de las operaciones de inteligencia mejor implementadas de la historia. Una de los argumentos que se ha utilizado es que las fuerzas atacantes mantuvieron un estricto silencio de radio, lo cierto es que desde agosto de 1940 la inteligencia naval de Estados Unidos interceptaba y descifraba los mensajes de los diplomáticos y militares nipones. Estudiosos del tema afirman que “entre el 16 de noviembre y el 7 de diciembre de 1941 Estados Unidos interceptó 663 mensajes por radio entre Tokio y la fuerza de ataque, o sea, aproximadamente uno cada hora, entre ellos uno del almirante Yamamoto, Comandante en Jefe de la Flota Combinada de la Armada Imperial Japonesa, no dejaba ninguna duda de que Pearl Harbor sería el blanco del ataque japonés.
El 27 y 28 de noviembre de 1941, Roosevelt ordenó expresamente al almirante Kimmel y al general Short, los más altos mandos militares de Estados Unidos en Hawái permanecer a la defensiva pues “Estados Unidos desea que Japón cometa el primer acto abierto”.
Inmediatamente después del ataque, Roosevelt anunció que Estados Unidos se lanzaría a la guerra: “Nuestro pueblo, nuestro territorio y nuestros intereses están en grave peligro… He pedido que el Congreso declare que desde que Japón lanzó este cobarde ataque sin provocación alguna el domingo 7 de diciembre, Estados Unidos y el Imperio japonés están en estado de guerra”.
El secretario de Guerra escribió en su diario: “Cuando recibimos la noticia del ataque japonés, mi reacción inicial fue alivio porque la indecisión había terminado y ocurrió de tal manera que podría unificar a todo nuestro pueblo. Ese sentimiento persistió a pesar de las noticias de catástrofes. Este país, si está unido, no tiene nada que temer. Por otro lado, la apatía y las divisiones que fomentaban personas antipatrióticas eran muy desalentadoras”.
Era la guerra que el gobierno de Estados Unidos quería. Como siempre necesitaban argumentos para mostrarse ante su pueblo como víctima de una agresión extranjera. De esa manera, se justificaba su respuesta “en defensa de la integridad de América”. Así se fraguó la entrada de Estados Unidos en la guerra en contra de lo que expresaba su propia opinión pública, adversa a tal decisión. Así, también se comenzó a diseñar la manera en que debía concretarse la peor venganza de la historia. Con ello, el imperio estadounidense quiso sentar las bases de una hegemonía sustentada en el horror y el terror que produce el uso indiscriminado de la fuerza.
Fue el propio Emperador Hirohito quien el 22 de junio de 1945 en una sesión del Consejo Supremo de Guerra, declaró lo que otros altos dignatarios no querían o no se atrevían a insinuar: “el Japón debía hallar un medio para terminar la guerra, porque no hay forma de continuar con este estado de cosas. Oleadas tras oleadas de bombarderos estadounidenses reducen a cenizas las principales ciudades del Japón. El bloqueo se hace sentir en todos los aspectos de la vida. Acecha el hambre y las enfermedades, no hay combustibles, la distribución de agua es intermitente, no hay energía eléctrica, la distribución de alimentos está llegando a niveles trágicos y los servicios de salud atienden sólo casos de gravedad”. No era esta la situación de una potencia fortalecida y desafiante.
Por el contrario, buscaba desesperadamente negociar. Ya lo habían comenzado a hacer con la Unión Soviética. Mientras tanto, se incrementaban los bombardeos de Estados Unidos contra el inerme territorio japonés, destruyendo lo poco que quedaba de su poderío militar y naval. Se trataba de “ablandarlo” antes del golpe decisivo, que nadie imaginaba de tal magnitud. En otro orden, Estados Unidos recelaba de las conversaciones y acuerdos a los que pudiera llegar Japón con la Unión Soviética, los que le podrían hacer quedar en una situación complicada en la región del Pacífico de cara a un escenario mundial distinto en la posguerra.
En este contexto, los triunfadores se reunieron en Potsdam, Alemania, en una reunión cumbre de los mandatarios de las potencias vencedoras en la guerra. El tema de Japón estaba presente como punto sobresaliente de la agenda. Estados Unidos, Gran Bretaña y China (aún no había triunfado la revolución de 1949) proclamaron que la única alternativa era la “rendición incondicional”. Además de ello, se exigía privar a Japón de todas sus ganancias territoriales y posesiones fuera de las islas metropolitanas, y que se ocuparían ciudades del Japón hasta que se hubiese establecido “un gobierno responsable e inclinado a la paz” de acuerdo con los deseos expresados por el pueblo en elecciones libres. Dos días después de publicada la Proclama de Potsdam, Japón rechazó los términos de rendición incondicional.
Aunque existían muchos puntos a resolver, había uno sobre el que los aliados no se habían manifestado y que para Japón era de honor: el status de su Emperador, por el cual los japoneses estaban dispuestos a las últimas consecuencias. El asunto no era difícil de resolver toda vez que ninguna de las potencias se había manifestado reacia a una decisión favorable a la continuidad de la monarquía. La única línea de comunicación de Japón con los aliados era la Unión Soviética, que aunque tenía información de inteligencia acerca de la posesión por Estados unidos del arma atómica, se encontraba al margen de los preparativos bélicos de sus aliados occidentales. Por su parte, Estados Unidos dudaba de las negociaciones soviéticas e incluso suponía que la URSS -en realidad- estaba ganando tiempo para una acción bélica propia que les diera el control futuro sobre Japón. En ese contexto, el nuevo presidente estadounidense Harry Truman ordenó el lanzamiento de las bombas atómicas.
El resto de la historia es conocida, el 6 de agosto la aviación estadounidense dejó caer la bomba en la indefensa Hiroshima y el 9 del mismo mes se repitió la acción contra Nagasaki. El Emperador japonés se vio obligado a aceptar la rendición incondicional ante la visión apocalíptica de 220 mil muertos en ambas ciudades. Se iniciaba la era nuclear, la era del terror nuclear. El mayor acto terrorista de la historia de la humanidad se había consumado.
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El mayor acto terrorista de la historia

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El 6 de agosto de 1945 la aviación estadounidense dejó caer la bomba en la indefensa Hiroshima y el 9 del mismo mes se repitió la acción contra Nagasaki. El Emperador japonés se vio obligado a aceptar la rendición incondicional ante la visión apocalíptica de 220 mil muertos en ambas ciudades. Se iniciaba la era nuclear, la era del terror nuclear. El mayor acto terrorista de la historia de la humanidad se había consumado.

 

Sergio Rodríguez Gelfenstein / Especial para Con Nuestra América
Desde Caracas, Venezuela
Hiroshima: la devastación después de la bomba atómica
En agosto de 1945, Japón estaba militarmente derrotado, la guerra en Europa había terminado 3 meses antes con la derrota de los aliados del Imperio del Sol Naciente, los  fascistas italianos y los nazis alemanes habían sido desplazados del poder ante el empuje de las fuerzas del Ejército Rojo soviético y las tropas de Occidente que habían irrumpido en el continente europeo por Normandía en  Francia y por el sur de la bota italiana. La resistencia heroica de los  pueblos europeos recibió desde el este, el oeste y el sur  el apoyo necesario para su liberación.
Años antes, en  1941, Japón había subestimado la reacción de Estados Unidos ante un ataque a su territorio. El 7 de diciembre  había lanzado una gigantesca ofensiva aérea contra la flota estadounidense del Pacífico basificada en  Pearl Harbor, en la isla Oahu de Hawái. Aunque algunos historiadores han afirmado que el objetivo de la acción era liberar al imperio nipón del bloqueo económico a que era sometido y crear condiciones para una negociación en mejores condiciones, es difícil suponer eso en el año 1941. Parece más acertado suponer que con la destrucción de la flota estadounidense  pretendía reasumir el control y la consiguiente hegemonía sobre  el Océano Pacífico  y ocupar los territorios coloniales de Estados Unidos y Europa en ese vasto territorio, estratégico para un país insular como Japón.
Desde la otra cara de la moneda, lo que Estados Unidos ha querido presentar como una sorpresa, no lo fue tanto. Desde 1932, había estado preparado para un ataque sorpresa contra Pearl Harbor y  había entrenado a sus tropas para esa eventualidad   que consideraba como la “mejor manera” de atacar la isla.
En 1939 la Oficina de Inteligencia Naval (ONI) había redactado un informe secreto que contenía ocho medidas para inducir a Japón a atacar a Estados Unidos. El presidente Roosevelt puso en marcha las ocho medidas propuestas por la ONI en su informe. La primera de ellas consistía en situar a la flota en Hawái como cebo dentro del radio de alcance de los portaviones nipones. La implementación de estas medidas produjo resistencias y opiniones contrarias de diversos funcionarios, incluso entre algunos miembros de las Fuerzas Armadas. Todos ellos fueron oportunamente removidos de sus cargos y desplazados a otros sin relación con el tema.
A partir de ese momento se comenzó a montar una de las operaciones de inteligencia mejor implementadas de la historia. Una de los argumentos que se ha utilizado es que las fuerzas atacantes mantuvieron un estricto  silencio de radio, lo cierto es que desde agosto de 1940 la inteligencia naval de Estados Unidos interceptaba y descifraba los mensajes de los diplomáticos y militares nipones. Estudiosos del tema afirman que “entre el 16 de noviembre y el 7 de diciembre de 1941 Estados Unidos interceptó 663 mensajes por radio entre Tokio y la fuerza de ataque, o sea, aproximadamente uno cada hora, entre ellos uno del almirante Yamamoto, Comandante en Jefe de la Flota Combinada de la Armada Imperial Japonesa, no dejaba ninguna duda de que Pearl Harbor sería el blanco del ataque japonés.
El 27 y 28 de noviembre de 1941, Roosevelt ordenó expresamente al almirante Kimmel y al general Short, los más altos mandos militares de Estados Unidos en Hawái permanecer a la defensiva pues “Estados Unidos desea que Japón cometa el primer acto abierto”.
Inmediatamente después del ataque, Roosevelt anunció que Estados Unidos se lanzaría a la guerra: “Nuestro pueblo, nuestro territorio y nuestros intereses están en grave peligro… He pedido que el Congreso declare que desde que Japón lanzó este cobarde ataque sin provocación alguna el domingo 7 de diciembre, Estados Unidos y el Imperio japonés están en estado guerra”.
El secretario de Guerra escribió en su diario: “Cuando recibimos la noticia del ataque japonés, mi reacción inicial fue alivio porque la indecisión había terminado y ocurrió de tal manera que podría unificar a todo nuestro pueblo. Ese sentimiento persistió a pesar de las noticias de catástrofes. Este país, si está unido, no tiene nada que temer. Por otro lado, la apatía y las divisiones que fomentaban personas antipatrióticas eran muy desalentadoras”.
Era la guerra que el gobierno de Estados Unidos quería. Como siempre necesitaban argumentos para mostrarse ante su pueblo como víctima de una agresión extranjera.  De esa manera, se justificaba su respuesta “en defensa de la integridad de América”. Así se fraguó la entrada de Estados Unidos en la guerra en contra de lo que expresaba su propia opinión pública, adversa a tal decisión. Así, también se comenzó a diseñar la manera en que debía concretarse la peor venganza de la historia. Con ello, el imperio estadounidense quiso sentar las bases de una hegemonía sustentada en el horror y el terror que produce el eso indiscriminado de la fuerza.
Fue el propio Emperador Hirohito quien el 22 de junio de 1945 en una sesión del Consejo Supremo de Guerra, declaró lo que otros altos dignatarios no querían o no se atrevían a insinuar: “el Japón debía hallar un medio para terminar la guerra, porque no hay forma de continuar con este estado de cosas. Oleadas tras oleadas de bombarderos estadounidenses reducen a cenizas las principales ciudades del Japón. El bloqueo se hace sentir en todos los aspectos de la vida. Acecha el hambre y las enfermedades, no hay combustibles, la distribución de agua es intermitente, no hay energía eléctrica, la distribución de alimentos está llegando a niveles trágicos y los servicios de salud atienden sólo casos de gravedad”. No era esta la situación de una potencia fortalecida y desafiante.
Por el contrario, buscaba desesperadamente negociar. Ya lo habían comenzado a hacer con la Unión Soviética. Mientras tanto, se incrementaban los bombardeos de Estados Unidos contra el inerme territorio japonés, destruyendo lo poco que quedaba de su poderío militar y naval. Se trataba de “ablandarlo” antes del golpe decisivo, que nadie imaginaba de tal magnitud. En otro orden, Estados Unidos recelaba de las conversaciones y acuerdos a los que pudiera llegar Japón con la Unión Soviética, los que le podrían hacer quedar en una situación complicada en la región del Pacífico de cara a un escenario mundial distinto en la posguerra.
En este contexto, los triunfadores se reunieron en Potsdam, Alemania, en una reunión cumbre de los mandatarios de las potencias vencedoras en la guerra. El tema de Japón estaba presente como punto sobresaliente de la agenda. Estados Unidos, Gran Bretaña y China (aún no había triunfado la revolución de 1949) proclamaron que la única alternativa era la  “rendición incondicional”. Además de ello, se exigía privar  a Japón de todas sus ganancias territoriales y posesiones fuera de las islas metropolitanas, y que se ocuparían ciudades del Japón hasta que se hubiese establecido “un gobierno responsable e inclinado a la paz” de acuerdo con los deseos expresados por el pueblo en elecciones libres. Dos días después de publicada la Proclama de Potsdam, Japón rechazó los términos de rendición incondicional.
Aunque existían muchos puntos a resolver, había uno sobre el que los aliados no se habían manifestado y que para Japón era de honor: el status de su Emperador, por el cual los japoneses estaban dispuestos a las últimas consecuencias. El asunto no era difícil de resolver toda vez que ninguna de las potencias se había manifestado reacia a una decisión favorable a la continuidad de la monarquía. La única línea de comunicación de Japón con los aliados era la Unión Soviética, que aunque tenía información de inteligencia acerca de la posesión por Estados unidos del arma atómica, se encontraba al margen de los preparativos bélicos de sus aliados occidentales. Por su parte, Estados Unidos dudaba de las negociaciones soviéticas e incluso suponía que la URSS, -en realidad- estaba ganando tiempo para una acción bélica propia que les diera el control futuro sobre Japón. En ese contexto, el nuevo presidente estadounidense Harry Truman  ordenó el lanzamiento de las bombas atómicas.

El resto de la historia es conocida, el 6 de agosto la aviación estadounidense dejó caer la bomba en la indefensa Hiroshima y el 9 del mismo mes se repitió la acción contra Nagasaki. El Emperador japonés se vio obligado a aceptar la rendición incondicional ante la visión apocalíptica de 220 mil muertos en ambas ciudades. Se iniciaba la era nuclear, la era del terror nuclear. El mayor acto terrorista de la historia de la humanidad se había consumado.

Se conmemora el bicentenario de las primeras cartas magnas en América Latina y el Caribe: 1812-2012

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Del 11 al 15 de diciembre, se realizará en La Habana el Coloquio Internacional Bicentenario de las primeras constituciones latinoamericanas, que organiza la Sección Cubana de la ADHILAC, y cuyo objetivo es reflexionar sobre las constituciones y su papel en la historia posterior de América Latina.

 

Raquel Marreno Yanes / Granma
Sergio Guerra Vilaboy, historiador cubano
Este año conmemoramos el aniversario 200 de las primeras constituciones de los países latinoamericanos. Fue en 1812 cuando se aprobaron las cartas magnas fundacionales de las actuales repúblicas de Ecuador (Quito), el 15 de febrero; Colombia (Cartagena), el 15 de junio; y Chile el 27 de octubre. Ello abrió el proceso de consolidación institucional de los nuevos estados como parte de la lucha por la independencia.
A propósito de estos acontecimientos, Granma conversó con el doctor Sergio Guerra Vilaboy, presidente de la Asociación de Historiadores Latinoamericanos y del Caribe (ADHILAC), quien, además, es el secretario ejecutivo del Grupo Nacional del Bicentenario de la Independencia de América Latina.
En Buenos Aires —explica—, el 8 de octubre de 1812, las tropas de José de San Martín derrocaron al gobierno moderado exigiendo “Independencia y Constitución”. Este proceso se inició en Caracas, el 21 de diciembre de 1811, con la aprobación de la Constitución de la República de Venezuela, la primera en establecer un estado independiente.
Según precisa este historiador, la Constitución de Cádiz (España), proclamada el 8 de junio de 1812 con la presencia de diputados hispanoamericanos, tuvo gran impacto en el proceso emancipador y constitucional de Nuestra América.
La constitución de Cádiz tuvo gran impacto en el proceso emancipador de Ámerica y especial significado para Cuba. No obstante —aclara—, el proceso constitucional desarrollado en los territorios hispanoamericanos a partir de entonces, estuvo precedido por la puesta en vigor de las constituciones de Haití, que recogían, entre otras avanzadas disposiciones revolucionarias, el fin de la esclavitud.
Refiere Guerra Vilaboy que la del 8 de julio de 1801 consagró a Toussaint Louverture como la principal figura de la Revolución Haitiana, y la del 20 de mayo de 1805, que bajo la dirección de Jean Jacques Dessalines creó el primer estado independiente de Nuestra América y le permitió a Bolívar calificar a Haití como la “nación más democrática del mundo”.
Estos son algunos de los motivos que explican la realización del Coloquio Internacional Bicentenario de las primeras constituciones latinoamericanas, que organiza la Sección Cubana de la ADHILAC de conjunto con el Grupo Nacional Cubano del Bicentenario, adscripto al Ministerio de Cultura, y con el coauspicio de la Unión Nacional de Juristas y la Oficina del Historiador de la ciudad de La Habana, entre otras instituciones.
El historiador puntualiza que el evento, previsto del 11 al 14 de diciembre próximo, en la capital, tiene entre sus objetivos reflexionar sobre las constituciones y su papel en la historia posterior de América Latina.

Además, pretende no solo analizar el significado de las cartas magnas primigenias de nuestros pueblos, sino también valorar las que entraron en vigor después, incluyendo las que hoy sostienen los procesos de cambio en varios países de Nuestra América.

Bolivia antes y después de Evo

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Ángel Guerra Cabrera (especial para ARGENPRESS.info)

En Bolivia una exigua minoría opulenta oprimía y negaba sus derechos humanos básicos a aimaras, quechuas, guaraníes y otros pueblos originarios que forman la mayor parte de la población. Mucho menos les reconocía sus derechos colectivos a la identidad cultural, la autonomía y el territorio. 90 por ciento de la población rural vivía en la pobreza y el país disputaba a Haití y Honduras el peor desempeño en la región por su índice de desarrollo humano.

Las empresas públicas creadas por la revolución de 1952 fueron privatizadas a precio de remate en cumplimiento de las directivas del Consenso de Washington mediante disposiciones anticonstitucionales y escandalosos negocios armados entre la oligarquía y las transnacionales. Valga este ejemplo para ilustrar el saqueo: sólo el presidente neoliberal Gonzalo Sánchez de Lozada(1993-97; 2002-03) hizo una fortuna superior a los 250 millones de dólares a expensas de las privatizaciones, del desempleo ocasionado por estas a decenas de miles de trabajadores, de la entrega de los recursos naturales y la soberanía nacional y la sangrienta represión contra los movimientos que rechazaban estas políticas.
Sánchez de Lozada y su sucesor fueron derrocados por rebeliones de los pueblos indios e interculturales, que en 2005 lograron alzar a la presidencia a uno de los suyos, el aimara Evo Morales, con un alud de votos. Entonces se inició la profunda trasformación social que vive hoy Bolivia. ¿Quién podía imaginar entonces los extraordinarios logros conseguidos en los siete años trascurridos hasta la actualidad?
Los pueblos de Bolivia, ya con el timón del gobierno en sus manos, iniciaron el rescate de la independencia, la soberanía y el desarrollo de una política exterior independiente, de unidad e integración latinocaribeña y de solidaridad con los pueblos de la región y con todos los que bregan por un mundo mejor. Desafiando los ataques de la oligarquía y del imperialismo Evo luchó a brazo partido por convertir en realidad las demandas de los movimientos indígenas y populares. Convocó a la Asamblea Constituyente, reclamo muy sentido de los pueblos originarios que permitió proclamar la nueva Constitución y el nacimiento del Estado Plurinacional de Bolivia, enterrar la República oligárquica y con aquella arma jurídica acometer el rescate de los recursos naturales, las empresas privatizadas y redoblar la larga lucha por la descolonización y la trasformación de las conciencias en lo que ha sido calificado acertadamente por el líder boliviano como la Revolución Democrática y Cultural.
En siete años Bolivia erradicó el analfabetismo, su economía ha crecido a un promedio de 4.7 por ciento anual, casi sextuplicó sus reservas internacionales de divisas, duplicó el PIB por habitante y dejó de ser aquel Estado mendicante, calificado de fallido, que dependía de la ayuda internacional hasta para pagar a sus empleados públicos, conquistas de las que no pueden presumir muchos países en medio de la megacrisis económica internacional. Extendió considerablemente los servicios de salud a millones que no los recibían y abrió miles de escuelas. Es un prestigioso miembro de la Alba y Unasur y seguramente pronto ingresará al Mercosur, un paso que añadirá fortaleza geopolítica a la aportada por Venezuela a ese bloque de formidable proyección internacional pues Bolivia, sin contar sus recursos energéticos, mineros y de biodiversidad, goza de una ubicación geográfica crucial en el área.

No es fortuito que el gobierno de Bush hiciera todo lo posible por impedir la llegada de Evo a la presidencia ni que Washington, también con Obama, haya mantenido una persistente política subversiva para derrocarlo al extremo de que el estado mayor de la contrarrevolución radique en la representación diplomática yanqui en La Paz. Estados Unidos ha ido modificando sus tácticas subversivas en la medida que le fracasan una tras otra. Últimamente ha recurrido a estimular y hacer ruido mediático con demandas de sectores populares, entre ellos el tema del Tipnis, cuyos dirigentes defienden intereses particulares y ahora se oponen al referendo que decidirá sobre la carretera propuesta por el gobierno ya que saben que la abrumadora mayoría de la población del territorio indígena en cuestión la apoyará. Bolivia brilla con el liderazgo de Evo antes los pueblos indios y no indios como un faro de dignidad y construcción nacional en armonía con la naturaleza, tema en el cual es líder mundial.

El rostro de Bolívar en el siglo XXI

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La divulgación del rostro de Bolívar tiene la intencionalidad clara de mostrarlo en su condición humana. Se trata de desmitificar al Bolívar que la historiografía venezolana muestra inalcanzable, inaccesible y por lo tanto, incapaz de calar en el significado de sus ideas para el ciudadano común.

 

Juan E. Romero / Rebelion
Reconstrucción del rostro de Bolívar
Los actos de un nuevo aniversario del Natalicio de Simón Bolívar, vinieron rodeados de un gran simbolismo histórico y cultural. En primer lugar, debe resaltarse el trabajo científico de antropología forense y antropometría que realizaron los equipos nombrados y direccionados desde la Comisión de la Vice-presidencia de la república. El trabajo que permitió definir a partir de estudios antropométricos las verdaderas características de la fisionomía de Bolívar muestra un esfuerzo sistemático que desmiente manipulaciones y alteraciones. Es sorprendente como la comunidad científica venezolana ha mantenido un mutis asombroso que señala una ausencia total de sentido patrio. Y no se trata de una exaltación personalista de la historia y del personaje, al contrario se trata de un esfuerzo por humanizar la condición histórica de Bolívar que históricamente ha sido manipulada y utilizada por las elites privilegiadas en Venezuela y Nuestra América.
El rostro de Bolívar en el siglo XXI, su divulgación, indica un esfuerzo por la democratización de la memoria, una preocupación por el sentido histórico de la veracidad y la rigurosidad que tan alejado se ha mantenido del tema historiográfico. Cuando Chávez anunció en 2009 la conformación de la Comisión del Bicentenario y cuando en 2010 se procedió a iniciar las investigaciones con los restos del Libertador que reposaban desde finales del siglo XIX en el Panteón Nacional, fueron muchas las voces agoreras y burlonas que surgieron desde la Academia Nacional de la Historia y la Universidades sobre el esfuerzo ahí iniciado. Ese esfuerzo buscaba – y creo que lo logró- develar una realidad que se mantenía oculta y que puede generar un cambio en la iconografía del Libertador. Como bien es sabido, había pocos cuadros que realmente mostraran – con veracidad- el rostro de Bolívar. Con excepción de un cuadro pintado para el Libertador en Lima, en los años de la campaña del Sur (1818-1821) las representaciones iconográficas de Bolívar entraban en una especie de espacio creativo de los pintores y ese proceso forma parte de una dinámica cultural de exaltación, de hedonización del Libertador, cuyo objetivo final era desprenderlo de su condición humana y con ello alejarlo de los colectivos populares sobre los cuales basó todo su accionar político.
En segundo lugar, la develación de este trabajo en este momento tiene un contenido simbólico significativo. Se hace en plena campaña electoral en Venezuela y con ello se acrecienta la identidad histórica – de ideales y práctica política- de Chávez con los supuestos teóricos desde los cuales Bolívar lanzó su campaña. El tema de la Independencia y Soberanía que constituye un eje central del pensamiento de Bolívar expresado en el Manifiesto de Cartagena, Carta de Jamaica, Discurso de Angostura entre otros documentos claves; pasa a ser resemantizado y relanzado en el discurso político venezolano, mediante la incorporación de estos referentes en el pensamiento y la propuesta de acción política de Chávez. No creemos que esto sea fortuito o una muestra de manipulación ideológica e histórica. El discurso de Chávez, el análisis de sus temas muestra que la preocupación histórica es real y se filtra en cada una de sus intervenciones y sus actos discursivos en todo escenario, la referencia al “padre Bolívar” – utilizando la frase del poeta Pablo Neruda- es una constante y tiene que ver con la necesidad histórica de plantear un debate sobre la idea misma de soberanía e independencia en un mundo trasnacionalizado y donde las fronteras nacionales parecen querer ser borradas en nombre de la globalización.
Por otra parte, la divulgación del rostro de Bolívar tiene la intencionalidad clara de mostrarlo en su condición humana. La sensación que experimenté en lo personal fue de un acercamiento muy humano, alejado de la tradicional seriedad con la que un adulto como yo fue formado en su relación con el héroe nacional. El rostro que mostró ayer el presidente Chávez es un rostro que invita a un acercamiento que no es tradicional en la relación que los venezolanos establecemos con el tema bolivariano. Ese acercamiento está enmarcado en un esfuerzo de democratización de la memoria, de visibilización de procesos que han estado ocultos en función de ansias de control hegemónico. Al hacer público, a través de técnicas de craneometría – medición de las dimensiones del cráneo- una reconstrucción tridimensional, se acerca al ciudadano común la humanidad del propio Libertador. Se trata de desmitificar al Bolívar que la historiografía venezolana muestra inalcanzable, inaccesible y por lo tanto, incapaz de calar en el significado de sus ideas para el ciudadano común. El esfuerzo de Chávez y la Comisión, marchó – y lo logró- hacia una ruta distinta: humanizar al Bolívar Nuestro.

* Dr. Juan E. Romero es historiador

El origen de la Patagonia: Un misterio apasionante

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CONICET

Dos teorías presentan a la región como un bloque separado que se desprendió de la Antártida y chocó contra el extremo sur del continente. Las investigaciones son multidisciplinarias.

Basado en cómo las formas de Sudamérica y África parecerían encajar entre sí, el geofísico alemán Alfred Wegener planteó en 1912 el desplazamiento de las masas continentales. Sus colegas descartaron en un principio la idea y no fue hasta los ‘60 que, gracias a nuevas investigaciones, la teoría de la deriva continental -el lento y continuo movimiento de bloques de tierra- fue aceptada. Múltiples estudios a nivel mundial persiguen a partir de entonces el objetivo de conocer las rutas que tomaron los continentes desde sus comienzos.
Una de las grandes dudas que en nuestra región aqueja a la comunidad científica tiene que ver con la posición paleogeográfica de la Patagonia, que podría haber estado siempre unida al resto del continente, o bien haber llegado como un bloque desprendido desde la Antártida.
Sobre esto existe una teoría llamada “Patagonia alóctona” –significa que tiene origen en un lugar diferente- propuesta por Víctor Ramos, investigador del CONICET y director del Instituto de Estudios Andinos “Don Pablo Groeber”. En 1984, durante un congreso en Bariloche, la presentó en un trabajo titulado “Patagonia, un continente a la deriva”.
“Tuvo impacto y fue muy ruidoso. Nadie creía en eso pero ahora, con más de 20 años de estudios al respecto, diría que hay un 80% de personas que acuerdan con esta hipótesis”, cuenta Ramos.
Su teoría fue producto de algo que le llamó la atención: un arco magmático, es decir, volcánico, en un lugar atípico. Se trata de montañas que se forman paralelo al margen continental, como es la Cordillera de los Andes con respecto al borde lateral de América del Sur. Ramos observó un arco magmático donde la erosión sólo permitía ver las raíces de esas montañas, que cruzaba Río Negro en forma perpendicular a los márgenes continentales: desde Sierra Grande hasta Bariloche.
“Se me ocurrió que debió haber otro margen distinto al actual, y entonces propuse que al norte de ese arco existía una antigua zona de sutura que separaba Gondwana de lo que es hoy la Patagonia”, explica Ramos. Cabe recordar que, en un principio, todos los continentes hoy conocidos formaban uno solo llamado Pangea que se dividió en dos hemisferios –Gondwana al sur y Laurasia al norte- en el período Pérmico, hace unos 299 millones de años.
Ramos también soporta su teoría con el plegamiento de Sierra de la Ventana, Buenos Aires. “Son rocas tremendamente duras y resistentes que están arrugadas como si fueran plastilina. Si pensamos que la Patagonia se desprendió de la Antártida y chocó, se entiende por qué esa zona es empujada hacia el norte”, describe el especialista.
Otro investigador del CONICET que también ha estudiado la región es Carlos Rapela, director del Centro Científico y Tecnológico (CCT) La Plata, quien acompaña al geólogo inglés Robert Pankhurst en la teoría de que sólo la parte sur de Patagonia colisionó con el extremo austral de América.
Su estudio abarca rocas antiquísimas, del período Carbonífero (359-299 millones de años), anteriores a la división que plantea Ramos. Su análisis es muy complicado porque fueron tapadas por eventos geológicos posteriores. “En la Patagonia están poco expuestas, con escasos afloramientos a lo largo de los ríos Chubut y Colorado. Esto nos hizo pensar que aquí hubo un océano”, cuenta Rapela.
La segunda evidencia que tuvieron fue encontrar rocas de granito de idéntica edad y características al que hay mucho más al norte, a la altura de La Rioja y San Luis.
“La combinación de ambos hechos nos hace pensar que la colisión fue más al sur, cerca de El Bolsón, donde hay rocas muy viejas típicas de los bordes de un continente. El plegamiento de Sierra de la Ventana puede ser producto de lo mismo, ya que aunque la sutura sea más abajo, comprime y empuja la tierra hasta muchos kilómetros de distancia”, señala Rapela y agrega que “por la edad y la química de las rocas sabemos que el choque produjo una fusión de la corteza”.
Pruebas biológicas
Desde el Museo Paleontológico “Egidio Feruglio” (MEF), Alejandra Pagani estudia en colaboración con Arturo Taboada, del Laboratorio de Investigación en Evolución y Biodiversidad (LIEB, Universidad Nacional de La Patagonia) la fauna de invertebrados fósiles del Carbonífero-Pérmico de la región, y también hacen su aporte a la discusión sobre la ubicación original de la Patagonia.
Por un lado, sus investigaciones muestran que la fauna de esa época presenta una desconexión con la hallada en el noreste argentino en afloramientos de igual edad, lo cual los hace suponer que por entonces la Patagonia sí era un bloque aislado del resto de Gondwana.
“Los braquiópodos, grupo de organismos marinos cuyos primeros indicios datan de hace 500 millones de años, de Patagonia caracterizan climas más fríos que aquellas formas registradas al norte del país”, explica Pagani. Pero sus evidencias no terminan ahí.
“También comprobamos que ciertos fósiles se corresponden con hallazgos en el este de Australia y el sureste asiático. Esto nos acerca más a la hipótesis de Pankhurst y Rapela, ya que la sutura que señalan permite un corredor marino que habría facilitado el intercambio de especies con aquellas regiones tan aisladas”, relata la experta.

Panamá: El fraude electoral de 1948

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Olmedo Beluche (especial para ARGENPRESS.info)

Un problema estructural de lo que puede denominarse clase capitalista panameña es su gran dependencia del control del aparato del Estado como medio de acumulación de recursos financieros, acceso y control del poder. Ello explica las feroces disputas políticas, las crisis, los fraudes electorales, los golpes de Estado y el control de los medios que se han producido recurrentemente a lo largo de la historia republicana.

Revela un carácter fundamentalmente parasitario desde 1903, cuando el endeudamiento público se convirtió en forma privilegiada de acumular riqueza mediante el financiamiento de obras y concesión de servicios a los políticos de turno, o bien, directamente mediante peculado.
Consecuencias de esta peculiar estructura han sido las desestabilizadoras disputas políticas que emergen en los períodos electorales y cada vez que una crisis económica ha provocado una crisis fiscal interna.
Así puede explicarse el trasfondo del fraude electoral de 1948 contra Arnulfo Arias y de los enfrentamientos callejeros, con saldo de muertos y heridos. Durante la primera mitad de esa década, Panamá vivió una relativa, pero frágil prosperidad por su dependencia de una economía poco más que de “cantinas y burdeles” para servir a los militares estacionados en las docenas de bases que estableció Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial. El final del conflicto y el rechazo del tratado Filós-Hines (permanencia de las bases) en 1947 habían marcado el fin de la prosperidad y desvelaron la cruda realidad de una crisis económica y fiscal.
En las elecciones de 1948, el control del Gobierno para mitigar la crisis de sus negocios era un resorte acuciante de las facciones liberales, coaligadas en la Unión Liberal o Nacional encabezada por Domingo Díaz contra Arnulfo Arias y su Partido Revolucionario Auténtico (P.R.A.).
No vacilaron en recurrir al fraude ni a la violencia contra sus opositores. Arnulfo Arias contaba con apoyo de sectores sociales agrarios y masivas simpatías de sectores populares, pero no con las facciones económicamente importantes del empresariado ni con la policía.
Los conflictos se iniciaron con el proceso electoral. Las elecciones se realizaron el 9 de mayo de 1948 y, según los primeros indicios, Arnulfo Arias ganó por un margen inferior a 2,000 votos. La coalición de Domingo Díaz alegó fraude e impugnó mesas en San Blas. El Jurado Nacional de Elecciones retardó más de mes y medio el resultado oficial. Se sucedieron múltiples manifestaciones callejeras. Ambos bandos se proclamaron vencedores.
El 1 de julio, los paramilitares del liberalismo, conocidos como “pie de guerra”, atacaron la sede del Jurado Nacional de Elecciones, golpeando con garrotes a los arnulfistas. Ese mismo día hubo enfrentamientos entre ambos bandos en los alrededores de la Plaza 5 de Mayo, con un numeroso saldo de heridos a varillazos. La noche siguiente, el 2 de julio, los “pie de guerra” asaltaron el local del P.R.A., hiriendo a 16 personas. Horas más tarde, cuando los arnulfistas acudían a defender sus oficinas, la Policía los dispersó. Se produjo un tiroteo. Murieron dos civiles y un oficial. Para entonces, el jefe de la Policía, José A. Remón Cantera, primo del liberal Roberto Chiari, ya había empezado a jugar un papel decisivo, no como árbitro, sino como garante del bando oficialista.
El 6 de julio, el presidente interino Enrique A. Jiménez suspendió las garantías constitucionales y prohibió las manifestaciones públicas. Se arrestaron alrededor de 300 opositores.
El 30 de julio, la Junta Electoral anunció que Domingo Díaz había triunfado por margen de 1,116 votos. El 17 de agosto fue proclamado ganador y Arnulfo Arias pasó a refugiarse en la Zona del Canal, repudiando los resultados. Díaz asumió la presidencia en medio de una grave crisis económica y fiscal, y un país con garantías suspendidas y decenas de opositores en las cárceles. Para desgracia de los liberales, Domingo Díaz moriría en menos de un año, lo que daría paso a una disputa entre la facción en el poder y los oficiales de la policía Remón y Vallarino, conflicto en que el control de negocios, como la matanza de reses y ventas de carne a la Zona del Canal, sería factor significativo.

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