El Foro de São Paulo y la izquierda latinoamericana hoy

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Emir Sader (ALAI)

Desde su primera reunión, en 1990, en São Paulo, el Foro de los partidos de izquierda de América Latina – que lleva el nombre de la ciudad donde se reunió por primera vez-, el Foro de São Paulo ha pasado por diferentes etapas, hasta este encuentro en Caracas, de forma paralela a la trayectoria de la izquierda latinoamericana.

1990 fue el año del lanzamiento del Consenso de Washington, expresión programática del neoliberalismo y de su “pensamiento único”. Se sentían tan seguros y victoriosos, al punto que las fuerzas neoliberales codificaron su triunfo en normas obligatorias “para cualquiera gobierno serio”.
En la propia América Latina encontraron eco en la derecha radical de Pinochet, en la socialdemocracia chilena, brasileña, venezolana, pasando por los nacionalismos peronista en la Argentina y del PRI en México.
Las fuerzas de izquierda, en los planos social, político e ideológico, se encontraban a la defensiva, resistiendo a la avalancha neoliberal, que detentaba la hegemonía en el continente y los gobiernos de prácticamente todos los países. El Foro de São Paulo era un espacio de resistencia, de denuncia, pero también de formulación de alternativas.
La situación cambió de una década a otra, cuando el campo popular pasó de la defensiva a la disputa de alternativas, a las lides electorales para conquistar gobiernos y construir realmente alternativas posneoliberales.
Cuando se reúne en Caracas, el Foro de São Paulo encara otra fase de la izquierda latinoamericana. Basta decir que están presentes varios partidos que se encuentran en los gobiernos de sus países desde hace más de 10 años -como en el caso de la PSUV de Venezuela -, o casi llegan a la década, como el PT de Brasil, el Frente Amplio de Uruguay, el MAS de Bolivia, Alianza País de Ecuador.
Entre otras preocupaciones, se encuentra el problema del rol de los partidos frente a los procesos posneoliberales. Los grandes protagonistas de estos procesos son gobiernos de alianza, bajo la dirección de partidos de izquierda. El papel de los partidos de izquierda es, ante todo, defender los intereses de la izquierda en alianzas de centro-izquierda, para garantizar la profundización de las posiciones antineoliberales y anticapitalistas de la izquierda. Hacerlo es no sólo luchar contra los rezagos del neoliberalismo -el poder del capital financiero, del agronegocio, de la media privada, entre otros-, sino también articular el posneoliberalismo con el anticapitalismo y la construcción de un modelo alternativo en América Latina.
Esta reunión del Foro de São Paulo se lleva a cabo en el marco de las elecciones presidenciales de Venezuela, cuando Hugo Chávez debe conquistar un nuevo mandato y consolidar la segunda década de gobiernos pos neoliberales en el continente. Y, a la vez, cuando gobiernos neoliberales enfrentan varias dificultades, entre ellas: los conflictos en torno a las necesidades ineludibles de desarrollo económico y el equilibrio medioambiental.
No hay solución óptima, general, que señale la resolución de todos los conflictos y casos particulares. Una de las tareas esenciales de la actualidad es que los intelectuales y los dirigentes políticos y sociales construyan los espacios de debate entre los gobiernos y los movimientos sociales – indígenas, campesinos, ecológicos – para la solución concreta, política, negociada, de cada uno de los conflictos. Y, a la vez, organizar las formas de investigación teórica, analítica, y un enfoque más general, más allá de los dilemas concretos, de modelos alternativos que compatibilicen, incluso bajo fuertes tensiones teóricas y políticas y necesidades constantes de siempre, renovadas formas de síntesis concretas entre el desarrollo económico y la protección del medioambiente.
El Foro de Sao Paulo es uno de los espacios en condiciones de asumir esta tarea, como contribución esencial al avance de los gobiernos posneoliberales en la dirección del anticapitalismo y del socialismo.
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Las izquierdas en Latinoamérica: necesidad de repensarlas

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La izquierda necesita hacerse un replanteamiento en tanto expresión de un pensamiento alternativo al capitalismo, a la lógica del libre mercado, a la sociedad de clases -crítica que no significa el desechar los ideales de cambio luego del derrumbe del socialismo europeo sino su profundización a partir de las lecciones aprendidas-.

 

Marcelo Colussi / Especial para Con Nuestra América
Desde Ciudad de Guatemala
La región latinoamericana tiene características bastante peculiares en tanto bloque. Si bien hay diferencias, marcadas incluso, entre algunas zonas -el Cono Sur con Argentina, Chile y Uruguay es muy distinto a Centroamérica, por ejemplo; o sus países más industrializados, Brasil y México, difieren grandemente de las islas caribeñas-, en su composición hay más elementos estructurales en común que dispares.
Los rasgos comunes que unifican a toda la región son, al menos, dos: a) todos los países que la componen nacieron como Estado-nación modernos luego de tres siglos de dominación colonial europea; y b) todos se construyeron intengrando a los pueblos originarios en forma forzosa a esos nuevos Estados por parte de las elites criollas. Estas características marcan a fuego la historia y la dinámica actual del área.
En un sentido, toda la historia de Latinoamérica en sus ya más de cinco siglos como unidad político-social y cultural, es una historia de violencia, de profundas injusticias, de reacción y luchas populares. De las rebeliones indígenas a la actual propuesta del ALBA (Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América) como proyecto de integración no salvajemente capitalista, las fuerzas progresistas han jugado siempre un importante papel.
Las izquierdas políticas en sentido moderno (con un talante socialista podríamos decir, marxistas incluso) han estado siempre presentes en los movimientos del pasado siglo. De hecho, con diferencias en sus planteamientos pero con un mismo norte, en casi todas las sociedades latinoamericanas se dieron procesos populares de construcción de alternativas socialistas, o nacionalistas antiimperialistas, en búsqueda de mayores niveles de justicia. En algunas llegando a ocupar aparatos de Estado, con experiencias disímiles, pero siempre con un talante popular: Chile con el procso de Salvador Allende a la cabeza, Cuba y Nicaragua con sus revoluciones vía armada, Bolivia con un proceso particular de nacionalización y reforma agraria; Guatemala con una perspectiva similar de corte antiimperialista; Venezuela, Bolivia o Ecuador en la actualidad, con proyectos nacionales con matices de izquierda; en otras experiencias, peleando desde el llano: movimientos sindicales, reivindicaciones campesinas, insurgencias armadas.
Sin ánimo de hacer un balance de esta historia, lo que vemos entrado ya el siglo XXI es que la izquierda no está en franco ascenso, pero tampoco ha muerto como el omnímodo discurso neoliberal actual pretende presentar. Es más: luego de la furiosa y sangrienta represión de los proyectos progresistas de las décadas de los 70/80 y de la instauración de antipopulares políticas privatistas en los 90 del siglo pasado, después del derrumbe del campo socialista y un período donde las luchas por mayores cuotas de justicia parecían totalmente dormidas, en estos últimos años asistimos a un renacer de la reacción popular.
¿Estamos entonces realmente ante un resurgir de las izquierdas, de nuevos, viables y robustos proyectos de cambio social?
Hoy día suele hacerse la diferencia entre izquierdas políticas e izquierdas sociales. Hay, sin dudas, un cierto retraso de las primeras en relación a las segundas. Para decirlo de otro modo: los planteos políticos de fuerzas partidarias a veces han quedado cortos en relación a la dinámica que van adquiriendo movimientos sociales. Muchas veces las reacciones, protestas, o simplemente la modalidad que, en forma espontánea, han tomado las mayorías, no siempre se ven correspondidas por proyectos políticos articulados provenientes de las agrupaciones de izquierda. Con variaciones, con tiempos distintos, pero sin dudas como efecto generalizado apreciable en toda Latinoamérica, hay un desfase entre masas y vanguardias. Lo cierto es que desde hace algunos años la reacción de distintos movimientos sociales ha abierto frentes contra el neoliberalismo rampante que se extiende sin límites por toda la región.
Toda esta izquierda social ha tenido impactos diversos, con agendas igualmente diversas, o a veces sin agenda específica: frenar privatizaciones de empresas públicas, organización y movilización de campesinos sin tierra o de habitantes de asentamientos urbanos precarios, derrocamiento de presidentes como en Argentina, en Bolivia o en Ecuador, oposición a políticas dañinas a los intereses populares. Por ejemplo, la suma de todas estas movilizaciones impidió la entrada en vigencia del Area de Libre Comercio para las Américas -ALCA- tal como lo tenía previsto Washington para enero del 2005, o frenó la instalación de empresas multinacionales extractivas (mineras o petroleras) en más de una ocasión. Eso, por cierto, no es la revolución socialista, pero constituye momentos importantes de una larga lucha de resistencia popular.
El abanico de protestas es amplio, y a veces, por tan amplio, difícil de vertebrar. Los piqueteros en Argentina o los movimientos campesinos con un fuerte componente étnico en Bolivia, Ecuador, Perú o Guatemala, el zapatismo en el Sur de México o la movilización de los sem terra en Brasil, son formas de reacción a un sistema injusto que, aunque haya proclamado que “la historia terminó”, sigue sin dar respuesta efectiva a las grandes masas postergadas. ¿Hay un hilo conductor, algún elemento común entre todas estas expresiones?
Hoy por hoy, diversas expresiones de la izquierda política, o al menos, expresiones que caen bajo el excesivamente amplio y difuso paraguas del denominado “progresismo” -la izquierda que en estos momentos es posible: moderada y de saco y corbata- tienen en sus manos el aparato del Estado en varios países: Brasil, El Salvador, Uruguay, Argentina. Habrá quien ni siquiera esté de acuerdo con considerar a estos gobiernos como expresiones de la izquierda. Tal vez no se equivoque quien así lo vea, pero para la derecha (nacionales, o para el discurso hegemónico de Washington, ese difuso abanico no deja de tener valor de “desafío”. Con esos proyectos populares, con cierta preocupación social (más, al menos, que los gobiernos neoliberales abiertos), las posibilidades de transformaciones profundas, tal como están las cosas y dada la coyuntura con que arribaron a las administraciones estatales, son limitadas, o quizá imposibles. Más aún: son “izquierdas” que, en todo caso, pueden administrar con un rostro más humano situaciones de empobrecimiento y endeudamiento sin salida en el corto tiempo. En modo alguno podría decirse que son “traidores”, “vendidos al capitalismo”, “tibios gatopardistas”. La izquierda constitucional hace lo que puede; y hoy, en los marcos de la post Guerra Fría, con el triunfo de la gran empresa y el unipolarismo vigente -más aún en la región latinoamericana, botín histórico del imperio estadounidense, cada vez más inundada de bases militares lideradas desde el Norte- es poco lo que tiene por delante: si deja de pagar la ominosa deuda externa, si piensa en plataformas de expropiaciones y poder popular y si se atreve a armar a sus pueblos, sus días están contados. Es más: ni siquiera es necesario pensar en tales extremos de radicalización: coquetear con propuestas con sabor a popular ya puede ser motivo de reacción, y en algunos países pequeños, como Honduras, Haití, Guatemala, puede llevar a golpes de Estado, disfrazados hoy por hoy, pero golpes al fin (Manuel Zelaya en Honduras o Jean-Bertrand Aristide en Haití fueron movidos de sus presidencias, y casi se logra lo mismo en un momento determinado con Álvaro Colom en Guatemala).
¿Es mejor, entonces, desechar de una vez la lucha en los espacios de las democracias constitucionales? Es un espacio más, uno de tantos; pero no más que eso, y deberíamos ser muy precavidos respecto a los resultados finales de esas luchas. La experiencia ya ha demostrado con innegable contundencia que cambiar el sistema desde dentro es imposible (los casos de Venezuela, Bolivia o Ecuador son una pregunta abierta al respecto: ¿hasta dónde pueden llegar sus transformaciones reales en tanto se mueven en la lógica delas democracias representativas clásicas?) Los movimientos insurgentes que, desmovilizados, pasaron a la arena partidista, no han logrado grandes transformaciones de base en las estructuras de poder contra las que luchaban con las armas en la mano (piénsese en las guerrillas salvadoreñas o guatemaltecas, por ejemplo, o el M-19 en Colombia). Todo lo cual no debe llevar a desechar de una vez el ámbito de la democracia representativa; debe abrir, en todo caso, la pregunta en torno a los caminos efectivos de las izquierdas. Algo así como la pregunta que se hacía Lenin hace más de un siglo en Rusia zarista: ¿qué hacer?
Las izquierdas que hacen gobierno desde otra perspectiva (Cuba, o Venezuela con su Revolución Bolivariana, una izquierda bastante sui generis po cierto, o procesos como los de Bolivia o Ecuador, interesantes semillas de fermento popular sin dudas) son el blanco de ataque del gran capital privado, expresado fundamentalmente en la actitud belicosa y prepotente de la administración de Washington.
Lo que está claro es que en esta post Guerra Fría, con el papel hegemónico unipolar que ha ido cobrando Estados Unidos y su plan de profundización de poderío global, Latinoamérica es ratificada en su papel de reserva estratégica (léase: patio trasero). Ante la desaceleración de su empuje económico (el imperio no está muriéndose, pero comienza a ver amenazado su lugar de intocable a partir de nuevos actores como China o la Unión Europea), el área latinoamericana es una vez más un reaseguro para la potencia del Norte, apareciendo ahora como obligado mercado integrado donde generar negocios, proveer mano de obra barata y asegurar recursos naturales a buen precio, por supuesto bajo la absoluta supremacía y para conveniencia de Washington. De esa lógica se deriva la nueva estrategia de recolonización dada a través de la firma de los diversos Tratados de Libre Comercio -que, por supuesto, de “libres” no tienen nada-, acompañada por la ultra militarización de la zona, con una cantidad de bases como nunca había tenido durante el siglo XX.
La situación actual puede abrir la interrogante sobre cómo enfrentarse a ese poder hegemónico: ¿unirse como bloque regional quizá? Como dijera Angel Guerra Cabrera: “La victoria no concluye hasta conseguir la integración económica y política de América Latina y el Caribe. Y es que la concreción en los hechos del ideal bolivariano -como lo vienen haciendo Venezuela y Cuba en sus relaciones- es lo único que puede evitar la anexión de nuestra región por Estados Unidos y propiciar que se desenvuelva con independencia y dignidad plena en el ámbito internacional. Lograrlo exige la definición de un programa mínimo que agrupe en cada país a las diferentes luchas sociales en un gran movimiento nacional capaz de impulsar transformaciones antiimperialistas y socialistas”. Seguramente ahí hay una agenda que las fuerzas progresistas no pueden descuidar: una integración real y basada en intereses populares, una posición clara contra mecanismos de ataque a la integridad latinoamericana como el Plan Patriota (ex Plan Colombia) o el Plan Mérida (para México y Centroamérica) y los nuevos demonios que circulan y pueden permitir el desembarco de más tropas: la lucha contra el narcotráfico y contra el terrorismo internacional, coartada perfecta para la geoestrategia del gobierno de Estados Unidos.
Esto nos lleva, entonces, a la reconsideración de las nuevas izquierdas en Latinoamérica, tarea impostergable y vital. La izquierda necesita hacerse un replanteamiento en tanto expresión de un pensamiento alternativo al capitalismo, a la lógica del libre mercado, a la sociedad de clases -crítica que no significa el desechar los ideales de cambio luego del derrumbe del socialismo europeo sino su profundización a partir de las lecciones aprendidas-. Preguntas, en definitiva, que podrán servir para reenfocar las luchas.
Si esa reformulación se hace genuinamente, deberá preguntarse qué es lo que está en juego en una revolución: ¿se trata de mejores condiciones de vida para la población, como se está dando en estos momentos en Venezuela con un reparto más equitativo de la renta petrolera, o hay que profundizar el poder popular y la construcción de una nueva ética? (en el país caribeño, por ejemplo, sigue siendo dominante la idea de los certámenes de belleza femenina, y el gobierno central destina 300 millones de dólares para apoyar a “su” piloto de Fórmula 1. ¿Eso es el socialismo del siglo XXI?) De tal forma, abriendo esos debates, deberá atreverse a buscar a tiempo los antídotos del caso contra los errores que nos enseña la historia; preguntarse qué, cómo y en qué manera puede cambiar lo que se intenta cambiar; hacer efectiva la máxima de “la imaginación al poder” del mítico Mayo Francés de 1968, hoy ya tan lejano y olvidado, como una garantía, quizá la única, de poder lograr cambios sostenibles.
En esa reconceptualización, sabiendo que nos referimos a Latinoamérica, es necesario retomar agendas olvidadas, o poco valorizadas por la izquierda tradicional. Heredera de una tradición intelectual europea (ahí surgió lo que entendemos por izquierda), los movimientos contestatarios del siglo XX ocurridos en Latinoamérica no terminaron de adecuarse enteramente a la realidad regional. La idea marxista misma de proletariado urbano y desarrollo ligado al triunfo de la industria moderna en cierta forma obnubiló la lectura de la peculiar situación de nuestras tierras. Cuando décadas atrás José Mariátegui, en Perú, o Carlos Guzmán Böckler, en Guatemala, traían la cuestión indígena como un elemento de vital importancia en las dinámicas latinoamericanas, no fueron exactamente comprendidos. Sin caer en infantilismos y visiones románticas de “los pobres pueblos indios” (“Al racismo de los que desprecian al indio porque creen en la superioridad absoluta y permanente de la raza blanca, sería insensato y peligroso oponer el racismo de los que superestiman al indio, con fe mesiánica en su misión como raza en el renacimiento americano”, nos alertaba Mariátegui en 1929), hoy día la izquierda debe revisar sus presupuestos en relación a estos temas.
De hecho, entrado el tercer milenio, vemos que las reivindicaciones indígenas no son “rémoras de un atrasado pasado semifeudal y colonial” sino un factor de la más grande importancia en la lucha que actualmente libran grandes masas latinoamericanas (Bolivia, Perú, Ecuador, México, Guatemala). Sin olvidar que Latinoamérica es una suma de problemas donde el tema del campesinado indígena es un elemento entre otros, pero sin dudas de gran importancia, la actitud de autocrítica es lo que puede iluminar una nueva izquierda.
Pensar que las izquierdas están renaciendo con fuerza imparable, además de erróneo, puede ser irresponsable. Si el “progresimo” actual puede llevar a plantear un “capitalismo serio”, eso no es más que un camino muerto, o sumamente peligro incluso para las grandes mayorías populares. Pero creer que todo está perdido, es más irresponsable aún. En ese sentido, entonces, la utopía de un mundo nuevo no ha muerto porque ni siquiera ha terminado de nacer.
Bibliografía
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——–   “Actualidad del ‘¿Qué hacer?'”. Rebelión, 27-12-2004   www.rebelion.org
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Figueroa Ibarra, Carlos. “Notas para una reflexión sobre la izquierda guatemalteca”. Ponencia presentada en el Encuentro Nacional por la Paz y la Democracia. Quetzaltenango, Guatemala, octubre de 2004.
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Guzmán Böckler, Carlos. “Donde enmudecen las conciencias. Crepúsculo y aurora en Guatemala”. GSPI. Guatemala, 1991.
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Sánchez Vásquez, Adolfo. “Entre la realidad y la utopía. Ensayo sobre política, moral y socialismo”. UNAM / FCE. México, 1999.

Varios autores. “Fin del capitalismo global. El nuevo proyecto histórico”. Editorial Txalaparta. México, 1999.

La nueva América Latina como principal fuente de inspiración: Las elecciones presidenciales en Francia y la emergencia del Frente de Izquierda

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miércoles 2 de mayo de 2012

Salim Lamrani (TELESUR)

El Frente de Izquierda ha sido la revelación política de la primera vuelta de la elección presidencial en Francia. Su candidato Jean-Luc Mélenchon reivindica abiertamente inspirarse de la nueva América Latina para establecer su programa.

Este año 2012, el 1 de mayo –manifestación internacional de los trabajadores por la emancipación humana y el progreso social desde 1890– reviste un interés peculiar a través de toda Europa, golpeada por la crisis económica sistémica y las medidas de austeridad y de regresión social sin precedente. Es particularmente el caso en Francia, donde la celebración tiene lugar entre las dos vueltas de la elección presidencial que opondrá al candidato conservador de la Unión por un Movimiento Popular (UMP), y actual presidente, favorable al mantenimiento de las políticas de austeridad en Europa, al líder del Partido Socialista (PS) François Hollande, partidario de una política más social, sin rechazar no obstante el modelo neoliberal.
La primera vuelta de la elección presidencial ha constituido una doble derrota para el presidente saliente Nicolás Sarkozy. En efecto, por primera vez en la historia de la V República (desde 1958), el presidente candidato (27,18%) vio adelantarse a su adversario socialista (28,63%). Además, la adopción de un discurso que estigmatizaba la inmigración y que invocaba la defensa de la identidad nacional –temas habitualmente reservados a la extrema derecha– con la esperanza de atraer como en 2007 a los electores de ese sector, no tuvo los resultados esperados. No obstante, Sarkozy no había escatimado medios y había nombrado como asesor especial de campaña a Patrick Buisson, tránsfuga de la extrema derecha, rompiendo así con la tradición gaullista y «chiraquista» de la derecha clásica. En efecto, un 17,9% de los electores han preferido votar por Marine Le Pen, candidata del partido extremista Frente Nacional (FN), que llegó en el tercer puesto , aunque con un resultado inferior al de 2002, cuando la extrema derecha alcanzó el 19,2% . Así, la UMP perdió 1,7 millones de votos con respecto a la última elección presidencial de 2007, de los cuales un 70% fue para el FN .
La emergencia del Frente de Izquierda
No obstante, la revelación política de la primera vuelta de la elección presidencial es el Frente de Izquierda (FDG), una coalición de diversas fuerzas políticas progresistas que incluye, entre otros, el Partido Comunista y el Partido de Izquierda, cuyo candidato Jean-Luc Mélenchon alcanzó el resultado histórico del 11,1%, con cerca de 4 millones de votos . En efecto, ninguna fuerza política a la izquierda del Partido Socialista había alcanzado semejante resultado desde 1981 cuando el Partido Comunista de George Marchais había superado el 15% .
Durante la campaña electoral, el FDG asombró a todos los observadores por su impresionante capacidad de movilización. El 18 de marzo de 2012, cerca de 120.000 personas se reunieron en la Plaza de la Bastilla en París para escuchar a Mélenchon, lo que hizo de ese mitin la agrupación política más importante desde la Segunda Guerra Mundial. Del mismo modo, el 14 de abril de 2012, 120.000 personas se encontraron en las playas del Prado en Marsella para seguir el discurso del candidato del FDG . Ningún otro partido político francés dispone de semejante capacidad de convocatoria.
En las grandes ciudades, donde se encuentra muy presente el FDG y donde ha podido realizar su trabajo de educación popular sobre su programa y sobre los peligros que representaba el FN, el voto a favor de la extrema derecha disminuyó de modo sensible. En las 15 ciudades más importantes de Francia, el FN obtuvo resultados inferiores a los de 2002 en 14 de ellas. Mejor aún, Jean-Luc Mélenchon obtuvo resultados superiores a los de Marine le Pen en 10 ciudades sobre 15. Así, el 75% de la progresión del total de la izquierda – +17% respecto a 2007, mientras que el total de la derecha disminuyó en un 16% – se debe al FDG . Respecto a 2007, la izquierda de la izquierda progresó en un 39%, gracias al FDG .
Sin duda, el resultado de 11,1% del FDG habría sido más elevado sin la amenaza del Frente Nacional y la campaña mediática a favor el “voto útil”, que usó el trauma electoral de 2002, cuando el candidato de extrema derecha Jean-Marie Le Pen eliminó al candidato socialista Lionel Jospin y se clasificó para la segunda vuelta. Así, según un sondeo del instituto IFOP, el 30% de los electores de François Hollande habrían votado al FDG sin la amenaza Le Pen, lo que hubiera incrementado el resultado de Mélenchon a un 20,1%, es decir al mismo nivel que el del Partido Socialista. No obstante, con 4 millones de votos, el FDG ganó en el espacio de tres años tres millones de electores adicionales desde su primera campaña por las elecciones europeas en 2009.
La nueva América Latina, principal fuente de inspiración del Frente de Izquierda
Desde 1998 y la elección de Hugo Chávez a la presidencia de la República Bolivariana de Venezuela, América Latina ha llevado al poder a numerosos dirigentes progresistas que han ubicado al ser humano en el centro de su proyecto de sociedad, sea Lula da Silva y luego Dilma Roussef en Brasil, Néstor Kirchner y después Cristina Fernández en Argentina, Evo Morales en Bolivia, Rafael Correa en Ecuador, Daniel Ortega en Nicaragua, José Mujica en Uruguay y en una menor medida Ollanta Humala en Perú.
Esta nueva América Latina ha enfocado su política en la recuperación de su soberanía nacionalizando los hidrocarburos y otros sectores estratégicos de la economía (Venezuela, Brasil, Ecuador, Bolivia, Argentina, etc.), la lucha contra la pobreza mediante programas sociales espectaculares, la repartición de las riquezas y la integración regional con la creación de varios organismos como Alianza Bolivariana para las Américas (ALBA), la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR) y la reciente Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC), lo que ilustra la voluntad del continente de emanciparse de la sombra tutelar de Washington y crear un mundo multipolar basado en el diálogo, la diplomacia y la reciprocidad.
El FDG se ha inspirado mucho en el cambio político latinoamericano y el concepto de “revolución por las urnas”. “Los procesos revolucionarios en América del Sur son una fuente de lecciones”, reivindicó Mélenchon , muy cercano al presidente ecuatoriano Rafael Correa, el cual le brindó públicamente su apoyo .
El programa de esta nueva fuerza política, intitulado “el ser humano primero”, se basa en una filosofía de la repartición de las riquezas y marca así una ruptura radical con la lógica acumulativa neoliberal, que arruinó a América Latina en los años 1980 y que actualmente está destruyendo a Europa. Frente a las políticas de ajuste estructural y las medidas de austeridad que se aplican por todos lados en el Viejo Continente, de Grecia a España y de Irlanda a Portugal pasando por Italia, con consecuencias sociales y humanas dramáticas, el FDG preconiza un enfoque socioeconómico alternativo basado, entre otros, en una mayor intervención del Estado y la reforma de las instituciones.
Así, la idea de una Constituyente y de una VI República “parlamentaria, social y participativa, destinada a poner término al régimen «ultrapresidencialista» y a otorgar más poder al Parlamento, se inspira directamente en Venezuela, donde se adoptó una nueva Constitución en 1999. La nueva Constitución debe también garantizar “la independencia de los medios informativos con respecto al poder político y los poderes financieros” , retomando así un punto clave del programa del Consejo Nacional de la Resistencia de 1944.
Del mismo modo, el concepto de “Revolución ciudadana” halla su fuente en la transformación radical de la sociedad ecuatoriana tras la elección de Correa, donde la población pasó del estatuto de espectador de la vida política al de actor directo e implicado.
Como en la nueva América Latina, el programa del FDG da la prioridad a lo social con el restablecimiento de las 35 horas semanales y el derecho a una pensión plena a los 60 años. El salario mínimo (SMIC) se fija en 1.700 euros (frente a 1.097 euros actualmente) y el salario máximo no podrá superar los 360.000 euros anuales –o sea 30.000 euros mensuales, umbral por encima del cual la imposición es del 100%– en las empresas públicas y privadas. Del mismo modo, la diferencia de ingresos en las empresas no podrá ser mayor que la escala de 1 a 20 como máximo (el salario más alto no podrá ser 20 veces superior al más bajo) con el fin de llevar a los jefes de empresa que desearían incrementar sus ingresos a elevar también los de los empleados.
Para evitar el exilio fiscal, el FDG prevé establecer el mismo sistema tributario que existe en Estados Unidos donde todos los expatriados que pagan sus impuestos en su nuevo territorio de residencia a un nivel inferior del que existe en Estados Unidos, tienen que pagar la diferencia al Tesoro estadounidense.
La instauración del Contrato de Duración Indefinida (CDI) como norma del contrato de trabajo permitirá, según el FDG, luchar contra la inseguridad social y abolir la precariedad. A ello se agregará el rembolso integral de los gastos de salud, así como la titularización de los 800.000 empleados de la función pública, sin olvidar la construcción de 200.000 viviendas sociales al año, una congelación de los alquileres y la prohibición de las expulsiones de inquilinos por razones económicas y sociales.
El aumento del salario mínimo constituye la base del programa del FDG y reviste un doble objetivo. Primero, permitirá mejorar el nivel de vida de una parte sustancial de los ciudadanos franceses, una inmensa mayoría mujeres (80%) , que sobrevive difícilmente con semejantes ingresos. Además, 8 millones de franceses viven por debajo del umbral de la pobreza (fijado en 970€ mensuales) en la quinta potencia mundial, mientras que el país es dos veces más rico que en 1990 (2,56 billones de euros de riqueza producida al año).
Luego permitirá estimular la economía. En efecto, el aumento del SMIC alentará automáticamente el consumo de esta categoría de la población cuyas necesidades son importantes, y de rebote llenará el libro de pedidos de las empresas. Ésas, a su vez, reclutarán a la mano de obra necesaria para satisfacer esta nueva demanda, lo que tendrá un impacto positivo en la tasa de desempleo que lógicamente se reducirá. Así, el Estado verá crecer sus recursos gracias a la contribución tributaria de los nuevos asalariados, y disminuir sus gastos dedicados a las ayudas al paro, creando así un «círculo virtuoso».
Las actuales políticas de austeridad que promueven el Banco Central Europeo, el Fondo Monetario Internacional y la Unión Europea y que se aplican en Europa tienen el efecto inverso ya que la reducción de los gastos, la disminución de los salarios y de las pensiones de retiro –además de las consecuencias sociales y humanas catastróficas que ocasionan– conducen inevitablemente a una contracción del consumo. De hecho, las empresas se encuentran en la obligación de reducir su producción así como los salarios, y hasta se separan de sus empleados. Consecuencia lógica, los recursos tributarios del Estado disminuyen mientras que sus gastos –para atenuar los efectos del desempleo– estallan, creando así un interminable círculo vicioso, cuyo símbolo es la crisis griega. Así, varios países europeos se encuentran en recesión.
El caso de la crisis de la deuda griega –que el FDG no ha dejado de denunciar durante la campaña electoral– es un caso de manual e ilustra el fracaso total de las políticas neoliberales. En efecto, a pesar de la intervención de la Unión Europea, del Fondo Monetario Internacional y del Banco Central Europeo, a pesar de la aplicación de trece planes de austeridad extrema –alza masiva de los impuestos entre ellos el IVA, alza de los precios, reducción de los salarios (¡hasta un 32% sobre el salario mínimo!) y de las pensiones de retiro, retraso de la edad legal de la jubilación, destrucción de los servicios públicos de primera necesidad como la educación y la salud, supresión de las ayudas sociales y privatizaciones de los sectores estratégicos de la economía nacional (puertos, aeropuertos, ferrocarril, gas, agua, petróleo– que han doblegado a la población , hoy la deuda es superior a lo que era antes de la intervención de las instituciones financieras internacionales en 2010.
No obstante, la crisis griega habría podido evitarse. En efecto, habría bastado con que el Banco Central Europeo hubiera prestado directamente a Atenas las sumas necesarias, con la misma tasa de interés con la que presta a los bancos privados, es decir entre el 0% y el 1%, lo que hubiese impedido toda especulación sobre la deuda por parte del mundo financiero. Ahora bien, el Tratado de Lisboa –que el pueblo francés rechazó por referéndum en 2005 pero que el presidente Sarkozy impuso por vía parlamentaria en 2008 contra la voluntad de los ciudadanos– prohíbe esta posibilidad por razones difícilmente comprensibles si uno se basa en el postulado según el cual el Banco Central Europeo actúa en el interés de los ciudadanos.
En efecto, el Artículo 123 del Tratado de Lisboa estipula que “queda prohibida la autorización de descubiertos o la concesión de cualquier otro tipo de créditos por el Banco Central Europeo y por los bancos centrales de los Estados miembros, denominados en lo sucesivo “bancos centrales nacionales”, a favor de instituciones u organismos comunitarios, Gobiernos centrales, autoridades regionales o locales, u otras autoridades públicas, organismos de Derecho público o empresas públicas de los Estados miembros, así como la adquisición directa a los mismos de instrumentos de deuda por el BCE o los bancos centrales nacionales”.
En realidad el BCE sirve directamente los intereses del mundo financiero. Así, los bancos privados contrataron un préstamo al BCE con la tasa baja de un 0% al 1% y luego especularon sobre la deuda y prestaron ese mismo dinero a Grecia con tasas que van del 6% al 18%, agravando así la crisis de la deuda, que ahora es matemáticamente impagable, ya que Atenas se encuentra en la obligación de contratar préstamos sólo para pagar los intereses de la deuda.
Por esas razones, el FDG se ha comprometido a reformar en profundidad el Tratado Europeo con el fin de autorizar al BCE a prestar directamente a los Estados y a evitar así los ataques especulativos del mundo financiero sobre las deudas soberanas, como ha sido el caso en Grecia, Irlanda, España, Portugal e Italia, por citar sólo algunos.
Mientras tanto, una medida permite no obstante pasar encima de la prohibición del Tratado Europeo y contratar préstamos con tasas bajas. En efecto, la legislación francesa autoriza al Estado a imponer a los bancos privados nacionales que concedan al país sumas con la misma tasa de interés que éstos reciben del BCE, es decir menos del 1%. Ello permitiría reducir de modo sensible la deuda. Pero, hasta hoy día, ningún gobierno se ha atrevido a aplicarla.
La creación del Banco del Sur en 2007 y el Banco del ALBA en 2010 han permitido al continente emanciparse de instituciones financieras internacionales como el FMI y el Banco Mundial, responsables de la crisis financiera que arruinó el continente en los años 1990. El FDG prevé también la creación de un polo público financiero destinado a transformar la política y los criterios de crédito. Se planea también la elaboración de una reglamentación anti-especulación y el bloqueo de los flujos financieros con los paraísos fiscales . En efecto, los bancos franceses tienen en total una suma de 532.000 millones de dólares en esos paraísos fiscales y no pagan impuestos, privando al Estado –es decir al ciudadano– de ingresos importantes que resolverían muchos problemas socioeconómicos.
A nivel tributario, se suprimirán los privilegios fiscales de todo tipo –que han costado cerca de 100.000 millones al Estado desde 2002 y que han provocado la duplicación de la deuda francesa–, y los de las grandes empresas en particular. Por ejemplo, la multinacional Total, que consiguió en 2011 un beneficio neto de 10.000 millones de dólares, nunca ha pagado un centavo a título de impuesto sobre las sociedades, gracias a la ventaja fiscal llamada “beneficio mundial consolidado”. Del mismo modo, las pequeñas y medianas empresas pagan un impuesto del 30% mientras que las del CAC40 (40 mayores empresas francesas) sólo pagan el 8%.
El FDG también se ha inspirado mucho en la relación de las poblaciones indígenas de América Latina con la tierra y la necesidad de preservar el medio ambiente. Propone así una planificación ecológica “como medio de definir de nuevo [los] modos de producción, de consumo y de intercambio en función del interés general de la humanidad y del impacto de la actividad económica en el ecosistema”. Prevé el desarrollo de fuentes alternativas de energía no contaminantes, el desarrollo de los transportes públicos, el ferrocarril entre otros.
El FDG también sacó lecciones de la emergencia de las cooperativas en Argentina y desea desarrollar la economía social y solidaria y permitir que los asalariados recuperen el control de sus empresas. En cuanto a la recuperación de la soberanía nacional pasa, como en América Latina –en Argentina particularmente con el caso de la multinacional Repsol– por la nacionalización de los recursos estratégicos del país.
El FDG también tuvo en cuenta Brasil y la política de Dilma Roussef contra las deslocalizaciones. Así, con las tasas sobre los productos de la empresa Apple, Brasilia obligó a la multinacional estadounidense a que abriera una fábrica en su territorio y a que invirtiera 12.000 millones de dólares. Ocasionó así un movimiento de relocalización de las actividades industriales, las cuales proporcionan trabajo a los ciudadanos brasileños.
A nivel internacional, el FDG está a favor de que Francia salga de la OTAN y de un enfoque diplomático y pacífico de las relaciones internacionales con intercambios basados en la igualdad soberana entre los Estados, la no injerencia, la cooperación y la reciprocidad. Como América Latina, el FDG milita a favor de un mundo multipolar basado en la supremacía del derecho internacional. También es partidario de una ruptura con el mundo atlantista y con el militarismo y a favor de una alianza más estrecha con los BRIC.
Conclusión
El FDG parece predestinado a desempeñar un papel importante en la vida política francesa en los próximos años, sobre todo si prosigue su trabajo de educación política eficaz entre las capas populares y si conserva su capacidad de movilización. Si logra escapar al escollo de las divisiones y permanece unido alrededor de la figura carismática de Mélenchon –del cual hasta los adversarios políticos subrayan sus grandes talentos de tribuno–, los resultados alentadores de la primera vuelta de la elección presidencial se confirmarán probablemente en los próximos procesos electorales y abrirán quizás la vía del cambio necesario en Francia y en Europa.

Salim Lamrani es Doctor en Estudios Ibéricos y Latinoamericanos de la Universidad Paris Sorbonne-Paris IV, Salim Lamrani es profesor encargado de cursos en la Universidad Paris-Sorbonne-Paris IV y en la Universidad Paris-Est Marne-la-Vallée y periodista, especialista de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos. Su último libro se titula Etat de siège. Les sanctions économiques des Etats-Unis contre Cuba, París, Ediciones Estrella, 2011, con un prólogo de Wayne S. Smith y un prefacio de Paul Estrade.

Publicado porARGENPRESS

Izquierda social e izquierda política. Raúl Zibechi

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sábado 28 de enero de 2012

Las estrategias para cambiar el mundo deben partir, a mi modo de ver, de la creación de espacios para que los diferentes abajos, o izquierdas, se conozcan, encuentren formas de comunicarse y de hacer, y establezcan lazos de confianza.

Raúl Zibechi / LA JORNADA

La profundización de las diversas crisis y la emergencia de nuevos movimientos están promoviendo un debate sobre el papel de la izquierda en los cambios posibles y deseables. Muchos apuestan a una profunda renovación o a la unidad como forma de encontrar un norte que permita quebrar la hegemonía del sector financiero.

En general, los debates apuntan al papel de la izquierda política, o sea los partidos que se proclaman de izquierda. Superar las divisiones históricas, supuestamente alimentadas por diferencias ideológicas, sería un paso decisivo para ir más allá de la situación actual. La unidad entre las tres grandes corrientes, socialistas o socialdemócratas, comunistas y anarquistas o radicales, sería un paso imprescindible para que este sector esté en condiciones de jugar un papel decisivo en la superación de la crisis actual.

La experiencia histórica dice, sin embargo, otra cosa. La primera es que los partidos de izquierda no se unen si no existe un poderoso movimiento desde abajo que les imponga una agenda común. Quiero decir que los partidos de izquierda dependen del estado de ánimo y la disposición, para resistir o para acomodarse al sistema, de los trabajadores. Para la gente común los debates ideológicos son cosa de poca importancia.

Las experiencias del Frente Popular en la España republicana, de la Unidad Popular en el Chile de Salvador Allende y del Frente Amplio en Uruguay, indican que es el empuje de los diversos abajos lo que termina por derribar los sectarismos e impone, como mínimo, la unidad de acción. Fue la potencia del movimiento obrero la que decidió a los anarquistas a apoyar en las urnas a los candidatos del Frente Popular, venciendo sus resistencias a lo electoral.

La segunda es que ese 99 por ciento que se supone que somos, frente al uno por ciento que detenta el poder y la riqueza, tiene intereses diversos y, en esta etapa del capitalismo, contradictorios. A grandes rasgos, hay dos abajos, como dicen los zapatistas. Los de más abajo, o los del sótano –indios, afros, inmigrantes, clandestinos e informales–, componen el sector más oprimido y explotado del amplio mundo del trabajo. Ese mundo está integrado básicamente por mujeres y jóvenes pobres, en general de piel oscura, que viven en áreas rurales y en periferias urbanas. Son los más interesados en cambiar el mundo, porque son los que no tienen nada que perder.

El otro abajo es diferente. En 1929 sólo uno por ciento de los estadunidenses tenía acciones que cotizaban en la bolsa de Wall Street. En 1965 ya eran 10 por ciento, y en 1980, 14 por ciento. Pero en 2010 50 por ciento de los estadunidenses eran propietarios de acciones. Con la privatización del sistema de jubilaciones y la creación de los fondos de pensiones, todo un sector de la clase trabajadora quedó engrapado al capital. General Motors y Chrysler fueron salvadas de la quiebra en 2009 por los aportes de los fondos controlados por los sindicatos.

La segunda minera del mundo, la brasileña Vale, rechazada por ambientalistas y sin tierra, es controlada por Previ, fondo de pensiones de los empleados del Banco de Brasil, que tiene junto al BNDES una sólida mayoría en el consejo de administración de la multinacional. Los fondos de pensiones de Brasil tienen inversiones que representan casi 20 por ciento del PIB del país emergente y controlan enormes empresas y grupos económicos. Los fondos son el núcleo de la acumulación de capital y son gestionados por sindicatos, empresas y Estado.

Se trata apenas de dos ejemplos bien distantes para ilustrar el hecho de que la izquierda social, o los movimientos, supuestamente antisistémicos, tienen intereses contradictorios.

La tercera cuestión es que si reconocemos esta diversidad de intereses es para construir estrategias de cambio que estén enraizadas en la realidad y no en declaraciones o ideologías. ¿Cómo unir obreros manuales que ganan una miseria con empleados de cuello blanco que se sienten más cerca del patrón que de sus “hermanos de clase”?

Los obreros que construyen la gigantesca hidroeléctrica de Belo Monte en Brasil, que será la tercera del mundo, se lanzaron a la huelga en diciembre porque ganan 500 dólares mensuales por 12 horas diarias de trabajo y la comida que les sirven está podrida. Los representantes sindicales fueron hasta la obra para convencer a los obreros de que volvieran al trabajo. Los fondos de pensiones de tres empresas estatales tienen 25 por ciento de las acciones del consorcio que construye Belo Monte.

Los trabajadores de Petrobras, de la Caja Económica Federal y del Banco do Brasil están interesados en el éxito de Belo Monte ya que sus fondos de pensiones, controlados en gran medida por delegados sindicales, repartirán más dinero a costa de la explotación de los obreros, de la naturaleza y de los indígenas que desplaza la hidroeléctrica.

La cuarta es que toda estrategia para cambiar el sistema debe instalarse sólidamente entre aquellos que más sufren este sistema, los del sótano. Pensar en la unidad orgánica de los de abajo es colocar en el timón de mando a los que hablan y negocian mejor, a los que tienen más medios para estar allí donde se toman las decisiones, o sea, el arriba del abajo. Son los que mejor se mueven en las organizaciones formales, las que cuentan con locales amplios y cómodos, funcionarios y medios de comunicación y de transporte.

Los del sótano se reúnen donde pueden. A menudo en la calle, el espacio más democrático, como los Occupy Wall Street, los indignados de Grecia y España, y los rebeldes de El Cairo. No lo hacen en torno a un programa sino a un plan de acción. Y, claro, son desordenados, hablan a la vez y a borbotones.

Las estrategias para cambiar el mundo deben partir, a mi modo de ver, de la creación de espacios para que los diferentes abajos, o izquierdas, se conozcan, encuentren formas de comunicarse y de hacer, y establezcan lazos de confianza. Puede parecer poco, pero el primer paso es comprender que ambos sectores, o trayectorias, nos necesitamos, ya que el enemigo concentra más poder que nunca.

Colonialismo, democracia e izquierdas. Boaventura de Sousa Santos

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sábado 21 de enero de 2012

Como la derecha sólo se preocupa por la democracia en la medida en que ésta sirve a sus intereses, hoy las izquierdas son la gran garantía de salvación para la democracia. ¿Estarán a la altura de la tarea? ¿Tendrán el coraje de refundar la democracia más allá del liberalismo?

Boaventura de Sousa Santos / Página12

Las divisiones históricas entre las izquierdas fueron justificadas por una imponente construcción ideológica pero, en realidad, su sostenibilidad práctica –es decir, la credibilidad de las propuestas políticas que les permitieron atraer seguidores– se basó en tres factores: el colonialismo, que permitió el desplazamiento de la acumulación primitiva del capital (a través del despojo violento, con incontable sacrificio humano, muchas veces ilegal y siempre impune) hacia fuera de los países capitalistas centrales donde se libraban las luchas sociales consideradas decisivas; la emergencia de capitalismos nacionales con características tan diferentes (capitalismo de Estado, corporativo, liberal, socialdemocrático) que daban verosimilitud a la idea de que habría alternativas para superar el capitalismo; y, finalmente, las transformaciones que las luchas sociales fueron produciendo en la democracia liberal, permitiendo alguna redistribución social y separando, hasta cierto punto, el mercado de las mercancías (los valores que tienen precio y se compran y venden) del mercado de las convicciones (las opciones y los valores políticos que, al no tener precio, no se compran ni se venden). Si para algunas izquierdas esa separación era un hecho nuevo, para otras era un engaño peligroso.

Los últimos años alteraron tan profundamente cualquiera de esos factores que nada será como antes para las izquierdas tal como las conocimos. En lo que respecta al colonialismo, los cambios radicales son de dos tipos. Por un lado, la acumulación de capital a través del despojo violento volvió a las ex metrópolis (hurto de salarios y pensiones, transferencias ilegales de fondos colectivos para rescatar bancos privados, total impunidad de la mafia financiera), por lo que una lucha de tipo anticolonial ahora deberá librarse también en las metrópolis, una lucha que, como sabemos, nunca fue pautada por las cortesías parlamentarias. Por otro lado, pese a que el neocolonialismo (la continuación de las relaciones de tipo colonial entre las ex colonias y las ex metrópolis o sus sustitutos, el caso de los EE.UU.) ha permitido que la acumulación a través del despojo haya proseguido en el antiguo mundo colonial hasta hoy, parte de ese mundo está asumiendo un nuevo protagonismo (India, Brasil, Sudáfrica y el caso especial de China, humillada por el imperialismo occidental durante el siglo XIX), hasta tal punto que no sabemos si en el futuro habrá nuevas metrópolis y, por ende, si habrá nuevas colonias. Las izquierdas del Norte global (y, con excepciones, también las de América latina) empezaron por ser colonialistas y más tarde aceptaron acríticamente que la independencia de la colonias terminaba con el colonialismo, desvalorizando la emergencia del neocolonialismo y del colonialismo interno. ¿Serán capaces de imaginarse como izquierdas colonizadas y de prepararse para luchas anticoloniales de nuevo tipo?

En cuanto a los capitalismos nacionales, su final parece marcado por la máquina trituradora del neoliberalismo. Es cierto que en América latina y en China parecen emerger nuevas versiones de dominación capitalista, pero curiosamente todas ellas se aprovechan de las oportunidades que el neoliberalismo les confiere. El 2011 demostró que la izquierda y el neoliberalismo son incompatibles. Basta ver cómo las cotizaciones bursátiles suben en la exacta medida en que aumenta la desigualdad social y se destruye la seguridad social. ¿Cuánto tiempo les llevará a las izquierdas extraer las consecuencias?

Finalmente, la democracia liberal agoniza bajo el peso de los poderes fácticos (las mafias, la masonería, el Opus Dei, las empresas transnacionales, el FMI, el Banco Mundial), la impunidad de la corrupción, el abuso de poder y el tráfico de influencias. El resultado es una creciente fusión entre el mercado político de las ideas y el mercado económico de los intereses. Todo está en venta y sólo no se vende más porque no hay quien compre. En los últimos cincuenta años, las izquierdas (todas) hicieron una contribución fundamental para que la democracia liberal tuviese alguna credibilidad entre las clases populares y para que los conflictos sociales pudiesen resolverse en paz. Como la derecha sólo se preocupa por la democracia en la medida en que ésta sirve a sus intereses, hoy las izquierdas son la gran garantía de salvación para la democracia. ¿Estarán a la altura de la tarea? ¿Tendrán el coraje de refundar la democracia más allá del liberalismo? ¿Una democracia robusta que enfrente a la antidemocracia y que combine democracia representativa con democracia participativa y democracia directa? ¿Una democracia anticapitalista ante un capitalismo cada vez más antidemocrático?

¿Blindados? El mundo está mal y estará peor

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MIÉRCOLES 23 DE NOVIEMBRE DE 2011

Esteban Valenti (NOTICIAS UYPRESS)

Si alguien creyó o sigue creyendo que la crisis mundial, por sus dimensiones y por su profundidad nos va a pasar lejos, apenas nos rozará y nuevamente estaremos entre los primeros e intactos alumnos de esta aldea global, está profundamente equivocado.

Una cosa es sembrar miedo, es más, vivir sembrando miedo y malas noticias para ver si se pirincha algún voto, algún apoyo y otra cosa muy distinta es mirar la realidad, tratar de entenderla y actuar en consecuencia. Eso hacen los buenos gobiernos progresistas, las izquierdas inteligentes y que tienen responsabilidad ante sus sociedades y los dirigentes con visión estratégica.
¿Cómo nos pegará la crisis global? ¿En las estadísticas? ¿En el ritmo de crecimiento? ¿En la economía, la sociedad o la política? ¿En las ideas?
En estos ochenta meses de gobiernos de izquierda en el Uruguay hemos atravesado muchas turbulencias y situaciones. Salíamos de un país devastado por una crisis profunda, teníamos que reconstruirlo y sobre todo frenar e invertir la tendencia al desastre social, laboral, educativo y de la salud, luego vino la crisis con Argentina, que fue eso una dura y compleja crisis; el inicio de la crisis global del 2008 que sorteamos incólumes, las elecciones y luego, este nuevo gobierno y la nueva y más grave crisis global.
La crisis actual tiene varias condiciones nuevas y desconocidas. Todavía estamos en medio de ella y no se sabe hasta donde precipitará la economía de los países ricos. Grecia, Portugal, Irlanda y ahora Italia. ¿Y después? ¿Cuan hondo?
El detonante fueron los activos hipotecarios basura manejados por bancos y banqueros basura que desnudaron la parte basura de la economía de los países del norte. La que era y todavía es, pura especulación y codicia que no produce ni genera nada. Ahora la crisis se trasladó al endeudamiento de los países que no tienen ninguna posibilidad de seguir pedaleando en la calesita financiera y como la receta es ajustar, ajustar, ajustar, el espiral de la economía real está en plena pendiente y cuesta abajo.
Nos van a contaminar, nos están contaminando, el problema es ¿cuánto y por cuanto tiempo? Lo van hacer por el comercio, que va a sufrir un fuerte impacto, por la ferocidad recaudadora fiscal que desboca a colonialistas encubiertos como Sarkozy, pero que despierta voracidades y desesperaciones en algún vecino que no hay que incomodar. Claman para que China se sume a la recesión, revaluando el Yuan y sobre todo comprando bonos europeos y nos van afectara todos en la desconfianza generalizada que están generando. No todo depende de ellos, de los cultores “científicos” de la economía liberal, la perfecta, la infalible, la regida por el dios prospero del mercado. Mucho depende de lo que hagamos nosotros.
Esa es la única barrera. Es nuestra inteligencia en cada movimiento, en la eficacia de la gestión, es manejar la confianza y la unidad de la sociedad uruguaya frente a las fracturas ajenas. Es el manejo de los datos macroeconómicos (que no son una mala palabra) pero también los datos sociales con una visión progresista, de no afectar el gasto social y el esfuerzo por atender las prioridades de nuestro Proyecto Nacional.
No debemos resignarnos, pero no podemos equivocarnos. Los errores, las desprolijidades, las pequeñas disputas y los juegos de palacio se pagarán mucho más caro. Hay una rendija por la que debemos pasar para aprovechar las oportunidades y salir lo mejor posible de esta tormenta. Y oportunidades, hay.
Este es un momento nuevo para todos. Incluso los que se consideran a salvo de las críticas y habiendo superado todas las pruebas, están bajo el fuego cruzado de la realidad. El que no sepa manejar adecuadamente la gestión, el rigor profesional en las políticas con la capacidad de diálogo y de comprensión de las nuevas tensiones que se producirán en la sociedad uruguaya y en le mundo. Perderá y perderemos todos.
Si teníamos que ser inteligentes y claros hasta ahora en los rumbos, tenemos que comprender que cuando las crisis tienen estas dimensiones ciclópeas sobreviven los mejores, los más agudos, los que son capaces de mirar más lejos. Nunca los más locuaces.
Y de eso se trata, de no perder lo mucho que hemos avanzado y de no comprometer los grandes proyectos que nos pueden permitir alcanzar nuevos niveles superiores de desarrollo humano, económico, social, tecnológico, cultural y ciudadano.
De esta crisis no saldrá el mismo mundo, los cambios ya son gigantescos. Hay sociedades que están sufriendo el desmoronamiento de décadas de conquistas sociales y precipitan a millones de mujeres y hombres en la desocupación, la pobreza, la desesperación. Y esa es una ola concéntrica.
No saldrán los mismos equilibrios internacionales, aunque algunos insisten en que sigue siendo el poderío militar el único rasero válido. No terminó la guerra y la invasión a Afganistán e Irak y ya están pensando en Irán y de una pasada se cepillaron a Libia, gobernada por uno de sus aliados, como era Gadafi.
Y no debería salir un mundo con los mismos paradigmas. Esos espejismos de que la acumulación de la riqueza real e imaginaria era la garantía de la estabilidad y del crecimiento y de que la codicia es en definitiva el único motor de la civilización y su progreso.
Ellos proclamaron que esa ideología con sus variantes y matices estaba blindada y nosotros nos replegamos hasta aceptar que el único debate posible era regular la relación entre el estado y el mercado. Aceptamos jugar en el terreno de ellos, con sus reglas y sus límites.
Los que a pesar de la crisis global, del derrumbe de sus propios muros se sienten blindados son los defensores de este sistema, no porque no los asalten las dudas y las preguntas, sino porque nosotros no nos atrevemos a embestir esos muros con otras ideas, con otros arietes, con otras audacias.
La relación que debemos definir es mucho más compleja, es entre el estado, el mercado y la sociedad civil, es decir los ciudadanos organizados y actuando. Debemos dar la batalla y agredir el muro de la codicia con otros valores y otros objetivos para nuestra civilización. Tenemos que poner en cuestión nuevamente las relaciones sociales, las formas de distribución y apropiación de la riqueza en el mundo y en nuestros países.
Si ellos – inclusive el locuaz Sarkozy – aceptan la tasa Tobin a las transacciones financieras, cuando durante muchos años la despreciaron y la consideraron un asunto de diletantes, ¿cuántas cosas nuevas y viejas habrá que cuestionar?
En muchos países de Europa triunfarán en las elecciones partidos que actualmente son de oposición. En España la derecha, en Francia e Italia la centro izquierda. ¿Para qué? ¿Para aplicar las mismas políticas de ajuste, para imponerse las mismas míseras limitaciones escritas como mandamientos por los organismos internacionales, responsables primeros de este desastre global?
El sistema de Naciones Unidas está en profunda crisis, ya no da cuenta de la realidad mundial, se ha transformado cada día más en un monumento gigante a la burocracia discursiva, es utilizada por los poderosos para un lavado y un fregado y cuando no pueden se inventan clubes de poderosos como la OCDE o el G20. Ya no podemos seguir soportando todo eso, amparados en la pobre y despreciable argumentación de que un mundo sin esos mastodontes inútiles, sería peor.
Tenemos que osar, atrevernos a poner en discusión y proponer cambios radicales. No importa el tamaño, lo que vale es la mirada y la capacidad de convocar a otros, a los que cada día tenemos más para perder y menos para ganar de este mundo, injusto y mal organizado.
Blindemos las grandes aspiraciones de libertad pero no las comprimamos, démosle el máximo impulso. Que comienza en nosotros mismos.

Esteban Valenti es periodista, escritor, coordinador de Bitácora, director de la Agencias de NOTICIAS UYPRESS.