Si vamos a hablar de narcotráfico…

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sábado, 21 de julio de 2012

Resulta poco creíble que un sujeto de tales antecedentes como Álvaro Uribe pueda estar al margen de las actividades cuestionadas, de tantos miembros de su familia, algunos muy cercanos como su padre y hermanos y la de otros personajes de su entorno.
Sergio Rodríguez Gelfenstein / Especial para Con Nuestra América
Desde Caracas, Venezuela
Con verdadero estupor he leído una entrevista realizada al ex presidente de Colombia Álvaro Uribe Vélez, en la revista Correo Semanal de Lima, Perú. Su autora, la periodista Silvia Rojas, la titula: “Venezuela es el paraíso del narcotráfico”, citando palabras del esquizofrénico líder de la ultra derecha colombiana.
Resulta curioso que un personaje tan tenebroso pueda hacer tales aseveraciones cuando su pasado y su entorno lo colocan a él mismo como alguien de dudosa moral, sobre todo si de narcotráfico se va a hablar. Como Director del Servicio de la Aeronáutica Civil otorgó licencia a muchos pilotos que trabajaban para los narcos como señala el libro Los Jinetes de la Cocaína, de Fabio Castillo. Esto lo llevó a ser señalado como colaborador del narcotráfico en un reporte de la Agencia de Inteligencia de Defensa (DIA) de Estados Unidos. Dicho reporte elaborado en 1991, lo señala como “un político colombiano y senador dedicado a colaborar con el cartel de Medellín y con altos funcionarios gubernamentales. Uribe ha sido vinculado con negocios relacionados con la actividad de los narcotraficantes en Estados Unidos”.
En el mismo informe se menciona a su padre Alberto Uribe Sierra como un reconocido narcotraficante que “fue asesinado por sus conexiones con el tráfico de narcóticos”.
Por otro lado y en una noticia más reciente el periodista colombiano Gonzalo Guillén, hizo público el vínculo de una cuñada y una sobrina de Uribe con el narcotraficante mexicano Joaquín “Chapo” Guzmán. Según Guillén, Dolly Villa y su hija Ana Uribe aparecen como miembros de un clan de narcotráfico y lavado de activos denominado “Clan Cifuentes Villa”. Aunque el ex presidente negó tener relación con la mujer, Guillén, se preguntó porque durante la administración de Uribe “nunca se hubiera tocado a ese clan” y aseguró que gracias a su indagación “se reactivó” el proceso de extradición hacia Estados Unidos en contra de las dos mujeres.
Asimismo, el también periodista Daniel Coronell reiteró en su columna de la revista“Semana que las dos mujeres, capturadas en Colombia, pertenecen al clan que tendría bienes a su nombre “por un valor superior a los 250 millones de dólares y actividades en Colombia, México, Panamá, Ecuador, Brasil, España y Estados Unidos”. Según Coronell, el pasado 8 de febrero la Corte Suprema de Justicia dio vía libre a la extradición de Cifuentes, mientras que el expediente de su hija Ana no se encuentra en el Tribunal.
Por su parte, Guillén recordó además que el hermano del ex presidente y padre  de la mujer sindicada “estuvo preso en 1986 por tropas de la IV Brigada del Ejército porque su radio teléfono de inteligencia militar registró llamadas a Pablo Escobar sin ser nunca juzgado por tal hecho”.
De igual manera, otro hermano de Uribe, Santiago, tiene abierto un expediente en la Fiscalía que lo sindica de haber organizado y liderado un grupo paramilitar conocido como “Los doce apóstoles” que habría asesinado a un centenar de personas en Colombia. El influyente periódico estadounidense Washington Post publicó una entrevista realizada al mayor Juan Carlos Meneses quien afirmó que él fue cómplice de un grupo paramilitar conformado por Santiago Uribe, en Yarumal, Antioquia. Meneses aseguró a su vez que Álvaro Uribe les ayudó a archivar las investigaciones.
En el mismo ámbito, el periódico El Espectador de Bogotá en su edición del 5 de febrero de este año publicó las declaraciones que hizo a la Fiscalía de Estados Unidos el extraditado narcotraficante y paramilitar Juan Carlos “El Tuso” Sierra en una sala de audiencias en la cárcel Northern Regional Jail de Virginia, quien aseguró que Santiago Uribe Vélez “iba en ‘vueltas'” de droga que enviaban los hermanos Gallón Henao por la zona del Urabá.
En su defensa, Santiago Uribe afirmó que no sabe por qué el narcotraficante Juan Carlos Sierra lo salpica, “será porque soy primo de Mario Uribe y hermano de Álvaro Uribe, y algún odio o alguna cosa tendrá. No conozco la razón y no me interesa conocerla.”, puntualizó.
El mencionado ex senador y primo del ex jefe de Estado, Mario Uribe también tiene su historia, enfrenta una pena de siete años de cárcel por sus vínculos con paramilitares. Ya en 1997 el “primo” fue señalado de tener relaciones con el narcotraficante antioqueño Pedro Pablo Uribe. Posteriormente en 2008 el 22 de abril, fue emitida una orden de captura en su contra. Álvaro Uribe entonces presidente, cuestionó la decisión del presidente de la Corte Suprema de Justicia pidiendo explicaciones por la decisión que afectaba a quien además de familiar era uno de sus asesores más cercanos.
Otros miembros de la familia vinculados al delito son los primos por línea materna del ex presidente, Carlos Alberto y Juan Diego Vélez Ochoa, que fueron involucrados con actividades relacionadas con la conformación de escuadrones de la muerte, narcotráfico y la sindicación de decenas de asesinatos como lo señala Sergio Camargo V. en su libro El narcotraficante N° 82, Álvaro Uribe Vélez, presidente de Colombia.
En el más reciente escándalo que involucra al entorno de Uribe, el general (R) Mauricio Santoyo quien fuera su Jefe de Seguridad, fue acusado por Estados Unidos de asociación ilícita con narcotraficantes y de recibir sobornos a cambio de ayudar a las organizaciones de la droga que debía combatir.
De acuerdo con una acusación formal de un jurado investigador de una corte federal de la ciudad de Alexandria, en el estado de Virginia, el general Santoyo Velasco habría recibido sobornos a cambio de dar información de inteligencia a las principales bandas del narcotráfico en Colombia sobre las indagaciones de autoridades estadounidenses, británicas y colombianas.
Resulta poco creíble que un sujeto de tales antecedentes pueda estar al margen de las actividades de tantos miembros de su familia, algunos muy cercanos como su padre y hermanos y la de otros personajes de su entorno. En esas condiciones es difícil suponer que sus declaraciones sobre Venezuela puedan ser respaldadas por alguien serio y responsable.
Hoy, cuando Uribe ha pasado a ser formalmente la oposición de ultra derecha al gobierno colombiano, no puede ni siquiera nominar a uno de sus adláteres a la presidencia de su país en las venideras elecciones. Los posibles candidatos están inhabilitados para ejercer cargos públicos, son prófugos de la justicia, tienen sombras acerca de su honorabilidad, son tránsfugas políticos o están presos. Uribe y su entorno están tan desprestigiados que le quedan escasas alternativas para generar una opción propia, como lo señala la periodista María Jimena Duzán en la revista Semana de este 7 de julio.

Publicado por Con Nuestra América

Narcotráfico, instrumento de dominio imperial

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miércoles, 30 de mayo de 2012

Salvador Capote (ALAI)

Después de varias décadas de “guerra contra las drogas”, acompañadas de un costo colosal en vidas humanas y recursos materiales, los narcotraficantes son hoy más fuertes que nunca y controlan un territorio más amplio que en cualquier época anterior.

En los últimos seis años, ocurrieron en México más de 47,000 asesinatos relacionados con el tráfico de drogas. De 2,119 en 2006 aumentaron a cerca de 17,000 en 2011. En 2008, el Departamento de Justicia norteamericano advirtió que las DTOs (Organizaciones de Tráfico de Drogas), vinculadas a cárteles mexicanos, se encontraban activas en todas las regiones de Estados Unidos. En la Florida actúan mafias asociadas con el cártel del Golfo, los Zetas y la Federación de Sinaloa. Miami es uno de los principales centros de recepción y distribución de la droga. Además de los mencionados, otros cárteles, como el de Juárez y el de Tijuana, operan en Estados Unidos.
Los cárteles de México cobraron mayor fuerza después que sustituyeron a los colombianos de Cali y Medellín en los años 90 y controlan ahora el 90 % de la cocaína que entra en Estados Unidos. El mayor estímulo al narcotráfico es el alto consumo estadounidense. En 2010, una encuesta nacional del Departamento de Salud reveló que aproximadamente 22 millones de norteamericanos mayores de 12 años consumen algún tipo de drogas.
Estos, que son sólo algunos de los más inquietantes datos estadísticos, permiten cuestionar la eficacia de la llamada “guerra contra las drogas”. Es imposible creer que exista realmente una voluntad política para poner fin a este flagelo universal cuando observamos el papel que ha desempeñado el narcotráfico en la contrainsurgencia, la expansión de las transnacionales y las ambiciones geopolíticas de Estados Unidos y otras potencias.
Repasemos, en síntesis, la historia reciente (1). La administración de Richard Nixon, al iniciar la “guerra contra las drogas” (1971), desarrollaba al mismo tiempo el tráfico de heroína en el Sudeste Asiático con el propósito de financiar sus operaciones militares en esa región. La heroína producida en el Triángulo de Oro (donde se unen las zonas montañosas de Vietnam, Laos, Tailandia y Myanmar) era transportada en aviones de “Air America”, propiedad de la CIA (2)(3). En una conferencia de prensa televisada el primero de junio de 1971, un periodista le preguntó a Nixon: “Señor presidente ¿qué hará usted con las decenas de miles de soldados americanos que regresan adictos a la heroína?” (4)
Las operaciones de “Air America” continuaron hasta la caída de Saigón en 1975. Mientras la CIA traficaba con opio y heroína en el Sudeste Asiático, el tráfico y consumo de estupefacientes en Estados Unidos se convertía en tragedia nacional. El presidente Gerald Ford solicitó al Congreso en 1976 la aprobación de leyes que sustituyesen la libertad condicionada con la prisión, estableciesen condenas mínimas obligatorias y negasen las fianzas para determinados delitos de drogas. El resultado fue un aumento exponencial del número de convictos por delitos relacionados con el tráfico y consumo de drogas y la consiguiente conversión de Estados Unidos en el país con mayor población penal del mundo. El peso principal de esta política punitiva cayó sobre la población negra y otras minorías.
Las administraciones estadounidenses durante los años 80 y 90 apoyaron a gobiernos sudamericanos involucrados directamente en el tráfico de cocaína. Durante la administración Carter, la CIA intervino para evitar que dos de los jefes del cártel de Roberto Suárez (Rey de la Cocaína) fuesen llevados a juicio en Estados Unidos. Al quedar libres, pudieron regresar a Bolivia y jugar papeles protagónicos en el golpe de estado (“Cocaine Coup”) del 17 de Julio de 1980, financiado por los barones de la droga. La sangrienta tiranía del general Luis García Meza fue apoyada por la administración de Ronald Reagan.
La participación más conspicua de la administración Reagan en el narcotráfico fue el escándalo conocido como “Irán-contras” cuyo eje más publicitado fue la obtención de fondos para financiar a la contra nicaragüense mediante la venta ilegal de armas a Irán, pero está bien documentado, además, el apoyo de Reagan, con este mismo propósito, al tráfico de cocaína dentro y fuera de Estados Unidos.
Estas conexiones las explica el periodista William Blum en su libro “Rogue State” (5). En Costa Rica, que servía como Frente Sur de los contras (Honduras era el Frente Norte) operaban varias redes CIA-contras involucradas en el tráfico de drogas. Estas redes estaban asociadas con Jorge Morales, capo colombiano residente en Miami. Los aviones de Morales eran cargados con armas en la Florida, volaban a Centroamérica y regresaban cargados de cocaína. Otra red con base en Costa rica era operada por cubanos anticastristas contratados por la CIA como instructores militares. Esta red utilizaba aviones de los contras y de una compañía de venta de camarones que lavaba dinero para la CIA, en el traslado de la droga a Estados Unidos.
En Honduras, la CIA contrató a Alan Hyde, el principal traficante en ese país (“el padrino de todas las actividades criminales” de acuerdo a informes del gobierno de Estados Unidos), para transportar en sus embarcaciones suministros a los contras. La CIA, a cambio, impediría cualquier acción contra Hyde de agencias antinarcóticos.
Los caminos de la cocaína tenían importantes estaciones, como la base aérea de Ilopango en El Salvador. Un ex oficial de la CIA, Celerino Castillo, describió como los aviones cargados de cocaína volaban hacia el norte, aterrizaban impunemente en varios lugares de Estados Unidos, incluyendo la base de la Fuerza Aérea en Texas, y regresaban con dinero abundante para financiar la guerra. “Todo bajo la sombrilla protectora del gobierno de Estados Unidos”. La operación de Ilopango se realizaba bajo la dirección de Félix Rodríguez (alias Max Gómez) en conexión con el entonces vicepresidente George H. W. Bush y con Oliver North, quien formaba parte del equipo del Consejo de Seguridad Nacional de Reagan.
En 1982, el Director de la CIA, William Casey, negoció un “memorandum de entendimiento” con el Fiscal General, William French Smith, que exoneraba a la CIA de cualquier responsabilidad relacionada con operaciones de tráfico de drogas realizadas por sus agentes. Este acuerdo estuvo en vigor hasta 1995.
Reagan y su sucesor, George H. W. Bush, patrocinaron al “hombre de la CIA en Panamá”, Manuel Noriega, vinculado al cartel de Medellín y al lavado de grandes cantidades de dinero procedentes de la droga. Cuando Noriega dejó de ser útil y se convirtió en estorbo, Estados Unidos invadió Panamá (20 de diciembre de 1989) en un bárbaro acto sin precedentes contra el derecho internacional y la soberanía de un país pequeño.
Michael Ruppert, periodista y ex oficial de narcóticos, presentó en 1997 una larga declaración, acompañada de pruebas documentales, a los comités de inteligencia (“Select Intelligence Committees”) de ambas cámaras del Congreso. En uno de los párrafos se afirma:
“La CIA traficó con drogas no sólo durante la época de Irán-contras; lo ha hecho durante todos los cincuenta años de su historia. Hoy les presentaré evidencias que demostrarán que la CIA, y muchas figuras que se hicieron célebres durante el Irán-contras, como Richard Secord, Ted Shackley, Tom Clines, Félix Rodríguez y George H. W. Bush (6) han estado vendiendo drogas a los americanos desde la época de Vietnam.” (7)
En 1999, la administración de William Clinton bombardeó despiadadamente al pueblo yugoeslavo durante 78 días y noches. De nuevo aquí, aparece el narcotráfico en el trasfondo de las motivaciones. Los servicios de inteligencia de Estados Unidos y sus homólogos de Alemania y Gran Bretaña utilizaron el tráfico de heroína para financiar la creación y equipamiento del Ejército de Liberación de Kosovo. La heroína proveniente de Turquía y del Asia Central pasaba por el Mar Negro, Bulgaria, Macedonia y Albania (Ruta de los Balcanes) con destino a Italia. Con la destrucción de Servia y el fortalecimiento –deseado o no- de la mafia albanesa, la administración Clinton dejaba expedito el camino de la droga desde Afganistán hasta Europa Occidental (8). De acuerdo con informes de la DEA y del Departamento de Justicia de Estados Unidos, un 80 % de la heroína que se introduce en Europa pasa a través de Kosovo.
Varias administraciones norteamericanas, y en particular la de George W. Bush, han sido cómplices del genocidio en Colombia. La “guerra contra las drogas” sostenida por Estados Unidos con recursos financieros multimillonarios, asistencia técnica y cuantiosa ayuda militar, no ha logrado detener el flujo de cocaína y, por el contrario, ha sido determinante en el surgimiento y desarrollo de los grupos paramilitares al servicio de narcoterratenientes y también como pretexto para mantener el dominio sobre los trabajadores y la población campesina. El Plan Colombia resultó un completo fracaso pero sirvió como pantalla para la injerencia de Estados Unidos en el país y mostró claramente su verdadero objetivo, la contrainsurgencia.
Se olvida a menudo que el narcotráfico es probablemente el negocio más lucrativo de los capitalistas. Con la guerra en Colombia lucran las empresas químicas que producen los herbicidas, la industria aeroespacial que suministra helicópteros y aviones, los fabricantes de armas y, en general, todo el complejo militar-industrial. Los billones de dólares que genera el tráfico ilegal de drogas incrementan el poder financiero de las corporaciones transnacionales y de la oligarquía local.
La reciente declaración del Secretariado del Estado Mayor Central de las FARC-EP (9), con motivo del cuadragésimo octavo aniversario del inicio de la lucha armada rebelde, denuncia este vínculo drogas-capital: “…los dineros del narcotráfico se convierten en tierras, inundan la banca, las finanzas, las inversiones productivas y especulativas, la hotelería, la construcción y la contratación pública, resultando funcionales y hasta necesarios en el juego de captación y circulación de grandes capitales que caracteriza al capitalismo neoliberal de hoy. Igual pasa en Centroamérica y Méjico.”
El Tratado de Libre Comercio Estados Unidos-México (NAFTA) ha obligado a numerosos campesinos, ante la competencia de productos agrícolas norteamericanos, a cultivar en sus tierras amapola y marihuana. Otros, frente a la alternativa del trabajo esclavo en las maquiladoras, prefieren ingresar en las redes mafiosas de la droga. El gran aumento del tráfico de mercancías a través de la frontera y los controles bancarios para combatir el terrorismo, han desplazado el lavado de dinero de los bancos hacia las corporaciones comerciales. La complejidad y el volumen de las operaciones financieras, y el flujo instantáneo y constante de capitales “on line”, hacen extremadamente difícil seguir el rastro de las transacciones ilícitas.
Una de las consecuencias del NAFTA es la impunidad casi total que acompaña el flujo de narcodólares hacia ambos lados de la frontera. Al igual que en México, el Tratado de Libre Comercio recientemente puesto en vigor en Colombia estimulará la violencia, el narcotráfico y la represión sobre trabajadores y campesinos. La “Iniciativa Mérida”, a su vez, es sólo la versión México-Centroamericana del Plan Colombia.
Debemos meditar sobre el hecho de que en todos los escenarios donde Estados Unidos ha intervenido militarmente, principalmente en aquellos donde ha ocupado a sangre y fuego el territorio, el narcotráfico, lejos de disminuir, como sería de esperar, se ha multiplicado y fortalecido. En Afganistán, el cultivo de amapola se redujo drásticamente durante el gobierno de los talibanes para alcanzar luego, bajo la ocupación norteamericana, un crecimiento acelerado. Afganistán es actualmente el primer productor de opio del mundo pero, además, ya no sólo lo exporta en forma de pasta para su procesamiento en otros países sino que fabrica la heroína y la morfina es su propio territorio.
Si nos atenemos a los hechos históricos, podríamos afirmar que la política de Estados Unidos no ha sido la de “guerra contra las drogas” sino la de “drogas para la guerra”.
Notas:
1) Podría comenzar en fecha muy antigua, por ejemplo en la época de las “Guerras del Opio” del imperio británico para afianzar su dominio sobre China, pero no es necesario para los objetivos de este artículo.
2) Alfred McCoy: “The Politics of Heroin: The Complicity of the CIA in the Global Drug Trade”, New York, Lawrence Hill and Co., 2003.
3) Con anterioridad, “Air America” había ayudado a las fuerzas del Kuomingtan, leales a Chiang Kai-shek, a transportar el opio desde China y Birmania hasta Bangkok en Tailandia. Los servicios de inteligencia franceses utilizaron también el tráfico de heroína para financiar sus operaciones encubiertas en Indochina.
4) Rick Perlstein: “Nixonland”, Scribner, 2008, p. 567.
5) William Blum: “Rogue State”, Common Courage Press, 2005, pp. 294-297.
6) Richard Secord: Mayor General de la Fuerza Aérea de Estados Unidos, convicto por su participación en el escándalo Irán-contras; exonerado en 1990 por decisión de la Corte Suprema. Ted Shackley: “el fantasma rubio”, jefe de la estación de la CIA en Miami durante la Crisis de Octubre (“Cuban Missile Crisis”) y durante la Operación Mangosta (“Mangoose”) dirigida contra Cuba; Director de la Operación Fénix (“Phoenix Program”) durante la cual fueron asesinados más de cien mil vietnamitas; dirigió otras muchas operaciones encubiertas de la CIA; murió de cáncer en 2002. Tom Clines: una de las figuras principales del escándalo Irán-contras; entre 1961 y 1962 participó en operaciones encubiertas de la CIA contra Cuba; a las órdenes de Ted Shackley estuvo a cargo de la guerra secreta en Laos y participó en la Operación Mangosta; entre otras muchas fechorías estuvo a cargo de la operación de la CIA en Chile que derrocó al presidente Allende. Félix Rodríguez: cubano-americano, fue uno de los jefes de “Operación 40” o “40 Asesinos” y de la invasión mercenaria a Cuba en 1961. Participó en el asesinato del Che en Bolivia. George H. W. Bush: Ex Director de la CIA (1976-1977) y ex Presidente de Estados Unidos (1989-1993).
7) Citado por Daniel Estulin: “Shadow Masters”, Trine Day LLC, 2010.
8) Michael Ruppert: “Crossing the Rubicon”, New Society Publishers, 2004.

9) FARC-EP: “48 años de lucha armada rebelde”. Secretariado del Estado Mayor Central de las FARC-EP, Montañas de Colombia, 27 de mayo de 2012.

Publicado por ARGENPRESS

Intencionales, las fallidas consecuencias de la lucha contra el narco: Noam Chomsky

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EU ya no puede imponer su voluntad a Latinoamérica, afirma el lingüista y filósofo

 

El problema del tráfico de drogas en América Latina está en Estados Unidos, asegura

La región determina cada vez más su propio futuro, como se manifestó en la última Cumbre de las Américas

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Policías y fiscales hondureños destruyeron 400 kilos de cocaína en Tegucigalpa, cargamento que fue decomisado en el sector de PlaplayaFoto Xinhua
David Brooks
Corresponsal
Periódico La Jornada
Domingo 13 de mayo de 2012, p. 21

Nueva York, 12 de mayo. La llamada guerra contras las drogas no está fracasando, sino que sus consecuencias son intencionales tanto dentro de Estados Unidos como en el hemisferio, afirmó Noam Chomsky, quien también enfatizó que el cambio más notable en las Américas es su creciente independencia de Washington.

Decir que la guerra contra las drogas ha fracasado es no entender algo. Es cierto que durante 40 años la guerra contra las drogas ha fracasado en sus objetivos declarados. Todos saben que la prevención y el tratamiento es la forma más eficiente para abordar el problema de las drogas, y que operaciones en el extranjero es la manera más ineficiente. Uno tiene que preguntarse qué está en la mente de los planeadores ante tanta evidencia de que no funciona lo que dicen que están intentando lograr. ¿Cuáles son las intenciones probables? Las consecuencias predecibles son buenos indicadores de efecto, explicó.

Dado que el envenenamiento de cosechas en lugares como Colombia a través de la fumigación antidrogas beneficia a los grandes intereses agrarios y destruye la vida de los campesinos, que la violencia ha desplazado o destruido el tejido social de comunidades en varios países de América Latina y debido a que las políticas antinarcóticos aplicadas dentro de Estados Unidos han encarcelado a un vasto sector de la población pobre, sobre toda la afroestadunidense y latina, se tiene que preguntar si estas son consecuencias predecibles, o sea intencionales, de las políticas antinarcóticos.

En comentarios –sin ponencia– para festejar aquí el 45 aniversario de la publicación NACLA, el lingüista y filósofo ofreció sus apreciaciones sobre los cambios en el hemisferio, y abundó respecto de lo que está detrás de la política antinarcóticos del gobierno de Estados Unidos y las elites políticas y económicas en la región que la apoyan.

Recordó que dentro de Estados Unidos estas políticas están haciendo lo mismo que se logró después del fin de la esclavitud en la década de 1870, cuando los afroestadunidenses gozaron de su libertad formal en ese periodo, pero que se logró resclavizarlos a través de criminalizarlos. Esto fue clave porque la fuerza laboral sujeta a estas condiciones resclavizada sirvió como motor de la revolución industrial en Estados Unidos: el Estado fue el proveedor de trabajadores encarcelados, con lo cual las empresas no tenían que preocuparse de sindicatos ni contratos de ningún tipo.

Lo anterior duró hasta la Segunda Guerra Mundial, que fue seguida por dos décadas de crecimiento económico acelerado y sostenido, pero eso se frenó en la década de los años 70 con la supremacía del sector financiero en la economía y con el traslado de producción al exterior. Ahí, bajo el pretexto de la guerra contra las drogas, se inició la encarcelación masiva de hombres afroestadunidenses y latinos.

En América Latina hay enormes flujos de dinero que benefician a las elites, y un amplio sector empresarial está de alguna manera involucrado con el narcotráfico. Por otro lado, Chomsky ofreció ejemplos en Colombia y otros países donde, bajo el pretexto de esa guerra, se han podido controlar y anular esfuerzos económicos autónomos de diversas comunidades en la región, en beneficio de intereses poderosos. Todo mientras no se logra cumplir con los objetivos oficiales de frenar la droga y sus consecuencias.

No creo que la guerra contra las drogas es un fracaso, tiene un propósito diferente al anunciado, concluyó Chomsky. El problema de las drogas en América Latina está aquí en Estados Unidos. Nosotros suplimos la demanda, las armas, y ellos (en América Latina) sufren.

Pero justo en torno a este asunto, por el creciente cuestionamiento de la política antinarcóticos estadunidense, como el de las relaciones con Cuba, se expresa una creciente autonomía de América Latina frente a Washington, indicó Chomsky.

Estados Unidos ya no decreta en América Latina ya que la región determina cada vez más su propio futuro, tal como se manifestó en la última Cumbre de las Américas. Ahí, dijo, no se pudo adoptar una declaración final por falta de unanimidad. Ante un abrumador apoyo para la inclusión de Cuba en las cumbres futuras, sólo Washington y Ottawa se opusieron; igual, ante cada vez más consenso sobre la despenalización de las drogas, solamente hubo dos objeciones, las mismas de Washington y Ottawa.

Se tiene que reconocer que algo notable ha sucedido en América Latina: los días en que Estados Unidos imponía su voluntad sobre el hemisferio ya están muy en el pasado. Indicó que esto aún no se registra por los medios de comunicación estadunidenses, y que todavía no se entiende que las cosas han cambiado.

Además, también hay un cambio en la conciencia popular dentro de la región, marcada por la elección de Inacio Lula da Silva, de Ollanta Humala, de Evo Morales y otros, donde las mayorías están instalando como líderes a gente como ellos, y no a las elites educadas en el extranjero y provenientes de la clase dominante. A la vez, los procesos de integración regional, y la creciente exclusión de Estados Unidos en estos, son otra muestra de una nueva relación.

En la celebración del 45 aniversario de la fundación de NACLA se otorgaron premios a Chomsky, Javier Sicilia y Eduardo del Río (Rius) –éste último no pudo asistir y su premio fue aceptado por su amigo, el caricaturista mexicano Feggo. Chomsky subrayó que cuando NACLA fue fundada, fue al inicio de una ola de represión y dictadura respaldadas por Washington, y que vale celebrar las transformaciones que han sucedido, por lo menos al grado de que el orden decretado desde Estados Unidos ya no impera en América Latina en comparación con hace medio siglo.

Después de décadas de políticas estadunidenses diseñadas para matar la esperanza en América Latina, comentó Chomsky, ahora estamos ante un momento donde esa región ahora está inspirando la esperanza para todos.

Guatemala: La audacia de Pérez Molina

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Pérez Molina no está planteado la liberalización total de las drogas sino la regulación  del mercado de las mismas sobre la base de que es  una tontería pretender extinguirlo. Su postura, si es sincera, es audaz y más progresista que la de dos gobernantes supuestamente de izquierda en la región: los  presidentes Funes y Ortega de El Salvador y Nicaragua, que haciendo sus propios cálculos políticos se adhieren a la inflexible posición de Washington.

 

Carlos Figueroa Ibarra / Especial para Con Nuestra América
Desde Puebla, México
Le he hecho caso a Oscar Clemente Marroquín  y he consultado los artículos que nos recomienda en su columna del 9 de abril de 2012 [del diario La Hora de Guatemala].  Los artículos fueron publicados por el diario inglés The Guardian el 7 de abril de este año. Uno de ellos  lleva por título “Tenemos que encontrar nuevas soluciones a la pesadilla de las drogas en América latina” y está firmado por el presidente de Guatemala, Otto Pérez Molina. El otro es un editorial del rotativo que lleva el título de “Es tiempo que Obama se una al debate sobre el fracaso de la guerra contra las drogas”.  Los títulos son significativos, pero resulta más significativo  el que el primero de ellos haya sido escrito por un mandatario que ha estado planteando desde hace varias semanas la despenalización de las drogas. He leído el artículo suscrito por  el presidente Pérez Molina y lo he encontrado razonable e inteligente. Acaso sea porque desde hace años formo parte de los que piensan que  la única solución  al flagelo del narcotráfico es la legalización de las drogas. Lo publiqué en esta columna el 27 de enero de 2011.
En realidad la solución que en su momento acuerpó el gurú del neoliberalismo, Milton Friedman, es  insuficiente.  Es necesario además que el enorme mercado de consumidores de drogas de los Estados Unidos de América disminuya: cerca de 23 millones de estadounidenses son adictos a alguna droga lo que implica casi el 9% de su población de 309 millones de personas. También es necesario que se haga efectiva una reforma social que aleje a millones de personas de la necesidad de consumir drogas y/o de trabajar para los grandes capos del narcotráfico. En ese sentido, difiero de Pérez Molina en su aseveración de que las drogas  más que un problema  de justicia criminal son un problema de salud pública. Además de lo anterior,  el narcotráfico es un  problema de desarrollo económico y social.
El artículo de Pérez Molina en The Guardian hace preguntas cruciales: “No es cierto que hemos estado peleando la guerra contra las drogas en las últimas dos décadas? Entonces, ¿Cómo es que el consumo de drogas en el planeta es más elevado y la producción más grande y por qué esta el tráfico tan extendido?” Y el editorial de The Guardian comienza diciendo “Todas las guerras terminan. Eventualmente. Aun la guerra contra las drogas”. Las guerras terminan cuando uno de los bandos derrota al otro o cuando ninguno de los bandos puede derrotar al otro. Y esto último es lo que ha pasado con la guerra contra las drogas.  Tanto el artículo de Pérez Molina como el editorial del rotativo inglés de manera explícita o implícita  están declarando el fracaso de la guerra contra las drogas. ¿Acaso Pérez Molina está evaluando el estrepitoso fracaso de Felipe Calderón en México? Cuando se encamina a su último día de gobierno, Calderón deja a México ensangrentado con 50 mil muertos y un conjunto de cárteles de la droga que han sido golpeados pero de ninguna manera derrotados. Su partido seguramente será derrotado el 1 de julio de 2012 y con ello su apuesta a ganar una enorme popularidad a través de la guerra contra el narcotráfico.  Más aun,  al menos dos de  los cárteles, el  de Sinaloa y el de los Zetas, se han expandido a Guatemala y ya están peleando su guerra mexicana en territorio guatemalteco.
Pérez Molina no está planteado la liberalización total de las drogas sino la regulación  del mercado de las mismas sobre la base de que es  una tontería pretender extinguirlo. Su postura, si es sincera, es audaz y más progresista que la de dos gobernantes supuestamente de izquierda en la región: los  presidentes Funes y Ortega de El Salvador y Nicaragua que haciendo sus propios cálculos políticos se adhieren a la inflexible posición de Washington.
La guerra contra las drogas ha fracasado después de 40 años de estarse librando. Ha ensangrentado a países como Colombia y México. Lo peor de todo esto es que los Estados Unidos de América no le han hecho la guerra a la droga en su propio territorio. Le han dejado,  como dice el editorial de The Guardian, a los países productores y de tránsito la tarea de anegarse en sangre mientras fracasan en crear condiciones para disminuir la verdadera causa de la expansión exponencial del negocio del narcotráfico: los millones de consumidores de droga en su propia nación.
Próximamente la Cumbre de las Américas tendrá en el tema de la regulación del mercado de las drogas un tema candente. Independientemente de que lo aborde o lo difiera, este tema lo ha puesto el gobierno de Guatemala. Ojalá que este gobierno sea congruente y persistente con dicha postura.

Habría abierto una brecha histórica y anunciado una nueva época en la lucha contra el narcotráfico.

La locomotora del narcotráfico

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martes 10 de abril de 2012

Octavio Quintero (especial para ARGENPRESS.info)

Estados Unidos tiene la llave de la legalización de la droga, y el tema podría ser tocado en la Cumbre de las Américas solamente de dientes para afuera porque, “El Patrón”, no puede y no quiere abrir la puerta.

Hablando en el mismo lenguaje del presidente Santos, pueden tomarse las declaraciones de la Secretaria de Estado, Hillary Clinton, cuando dice que el narcotráfico no se puede legalizar “porque hay mucho dinero de por medio”.
Esa declaración, en boca de tamaña autoridad mundial, pone sobre la mesa la verdadera causa por la cual el narcotráfico no se puede legalizar. No es un asunto de salud; no es de tipo penal ni político: ¡es un asunto económico! Así de sencillo,
¿Cuánto dinero mueve el narcotráfico en el mundo anualmente? Las estadísticas más admitidas hablan de 500.000 millones de dólares. Y eso, como dice la señora Clinton, es mucha plata que está, principalmente, moviendo la economía estadounidense como una poderosa locomotora, y sucesivamente, la economía de todos los países, sean productores o consumidores.
¿Qué carga en sus vagones?: antes que nada, al sector financiero, y este a su vez a los más poderosos grupos económicos y empresariales que son los que se benefician de la dinámica financiera a la que acceden en condiciones de privilegio.
Y luego vienen los vagones de la muerte, que también resultan una renta jugosa, principalmente el tráfico de armas y, con ellas, un lucrativo negocio: ¡la guerra! De la que viven no sólo los Ejércitos regulares sino los mercenarios al servicio de los varones de la droga, aupados en banderas ideológicas de guerrillas y autodefensas, como en Colombia.
Vagones de “menor” importancia siguen detrás, como el consumo suntuario que mueve el sector turístico y las industrias de la construcción y automotriz. Y entonces, hablamos de 50 o más subsectores que van enganchados a la locomotora del narcotráfico.

Sí, señora Clinton: usted ha dicho lo más cierto sobre la imposibilidad de legalizar el narcotráfico, y menos en tiempos tan difíciles, económicamente hablando, para el Imperio. No fue un lapsus, como muchos creen, sino “una declaración de excepcional sinceridad”, como se ha dicho en México, en donde sí tomaron en serio su explosiva confesión.

Publicado por ARGENPRESS

Guatemala y la despenalización de las drogas ilegales: ¿cuál es la jugada?

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miércoles 11 de abril de 2012

Marcelo Colussi (especial para ARGENPRESS.info)

Recientemente el presidente de Guatemala, Otto Pérez Molina, ha puesto sobre la mesa un elemento novedoso en su país: llama a la despenalización de las drogas ilegales. Para situar la medida, bien pueden valer estas palabras: “Con el desarrollo a ultranza del capitalismo en su etapa imperialista, que en esta fase de la globalización hunde en la miseria a la mayoría de la población mundial, muchos pueblos de importante economía agraria optan por los cultivos de coca, amapola y marihuana como única alternativa de sobrevivencia.

Las ganancias de estos campesinos son mínimas. Quienes verdaderamente se enriquecen son los intermediarios que transforman estos productos en substancias psicotrópicas y quienes los llevan y realizan en los mercados de los países desarrollados, en primer lugar el de Estados Unidos de Norteamérica. Las autoridades encargadas de combatir este proceso son fácil presa de la corrupción, pues su ética sucumbe ante cualquier soborno mayor de 50 dólares. Gobiernos, empresarios, deportistas, artistas, ganaderos y terratenientes, militares, políticos de todos los pelambres y banqueros se dan licencias morales para aceptar dineros de este negocio que genera grandes sumas de dólares provenientes de los drogadictos de los países desarrollados. El capitalismo ha enfermado la moral del mundo haciendo crecer permanentemente la demanda de estupefacientes, al mismo tiempo que las potencias imperiales ilegalizan ese comercio, dada su incapacidad para producir la materia prima. (…) Por ser tan grande la demanda en sus propios territorios como voluminosa la cantidad de dólares que por este concepto salen del marco de sus fronteras, erigen el eslabón de producción en su enemigo estratégico, en grave amenaza para su seguridad nacional. Olvidan sus propios postulados del libre mercado: la oferta en función de la demanda, descargando su soberbia contra los campesinos que trabajan simplemente por sobrevivir pues están condenados por el neoliberalismo a la miseria del subdesarrollo. El narcotráfico es un fenómeno del capitalismo globalizado (…) [Ante ello la única solución es] legalizar el consumo de narcóticos. Así se suprimen de raíz las altas rentas producidas por la ilegalidad de este comercio, así se controla el consumo, se atienden clínicamente a los fármaco-dependientes y liquidan definitivamente este cáncer. A grandes enfermedades grandes remedios. Mientras tanto [los gobiernos de las potencias consumidoras, Estados Unidos básicamente] deben aportar fondos suficientes a la curación de sus enfermos, a campañas educativas que alejen a la humanidad del consumo de estos fármacos y a financiar en nuestros países la sustitución de los cultivos por productos alimenticios que contribuyan al crecimiento sano de la juventud del mundo y al mejoramiento de sus calidades morales”.
La anterior cita podría ser perfectamente el fundamento de una medida que llame a la legalización de las drogas ilegales como la que está haciendo ahora el gobierno guatemalteco. Es, en términos generales, una propuesta progresista, que entiende el problema en su raíz no criminalizando los eslabones débiles de la cadena (el productor de la materia prima en los pobres países tercermundistas o el consumidor final, que bien puede ser un adicto crónico, por tanto, alguien con problemas de salud). Propuesta, en definitiva, que ataca al corazón de un sistema socioeconómico con Washington a la cabeza que hace del doble discurso su caballito de batalla: teniendo el más alto consumo de drogas ilegales, usa ese negocio para amasar fortunas y como coartada para militarizar a los países pobres donde se producen los cultivos de donde salen los posteriores narcóticos, lo cual le posibilita en su estrategia imperial: 1) seguir vendiendo armas a granel, pero fundamentalmente 2) tener bajo control militar vastas zonas consideradas vitales para el proyecto de dominación de la clase dominante estadounidense.
Es por eso, a partir de ese análisis de situación, que la propuesta de la legalización resulta la más lógica, la más humana, la más racional: despenalizar el consumo de drogas traería beneficios para los consumidores y para las poblaciones en general, en tanto bajarían los índices de violencia criminal que trae aparejado el negocio del narcotráfico ilegal.
Es congruente que una propuesta así la formularan en marzo del año 2000 las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, las FARC, el movimiento guerrillero de izquierda más viejo del continente. Pero es altamente significativo que una propuesta con ese talante la formule un presidente como el de Guatemala, el general retirado Otto Pérez Molina, formado en la más rancia escuela contrainsurgente (él es comando kaibil), quien tomara parte activa en la lucha anticomunista que enlutó su país años atrás y quien llegara hace pocos meses a la presidencia con la bandera de “mano dura” para combatir la criminalidad, en tanto que en el corto tiempo en que ejerce la presidencia dio muestras de ser persona de confianza de los factores de poder económico más encumbrados de su país y no, precisamente, alguien que hable un discurso progresista, alternativo, defensor de los derechos humanos o cosa que se le parezca.
¿Por qué el general Pérez Molina hace ahora este llamado para el área centroamericana, que ni siguiera avalan presidentes supuestamente más a la izquierda que él como el nicaragüense Daniel Ortega, o el salvadoreño Mauricio Funes, mandatario con el auspicio del otrora movimiento revolucionario Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional –FMLN–? ¿Qué significa la jugada?
De hecho, el presidente guatemalteco hasta pareciera enfrentarse con la Casa Blanca; declaró públicamente la corresponsabilidad de Estados Unidos en el tema del narcotráfico visto que los países centroamericanos no son ni por cerca los principales consumidores de estas sustancias sino que tienen la desgracia de estar en la ruta de distribución. Ante ello, y con medidas que no están lejos de lo propuesto en su momento por las FARC, reclamó de Washington el resarcimiento económico a la región istmeña por los decomisos realizados en la zona, pidiendo que de esos fondos la mitad se destinara a fortalecer el combate al narcotráfico, y la otra mitad se invirtiera en programas de salud y educación.
El hecho de hablar claramente de “corresponsabilidad” del gobierno de Estados Unidos en un tema tan espinoso como éste marca una distancia con Washington que otros presidentes del área no quieren o no pueden tomar. Pérez Molina argumentó la iniciativa de despenalizar la producción, tránsito y consumo de drogas –y sin dudas el argumento es absolutamente válido– ligándola a la corresponsabilidad de Estados Unidos con mucho de lo que sucede en esos países: los altos índices de violencia de la región, en tanto corredor de paso de las drogas ilegales hacia el norte, transforman a Centroamérica en una “ruta de muertes, extorsiones, secuestros y lavado de dinero, consecuencia del narcotráfico”.
¿Pérez Molina, el general de la lucha contrainsurgente y símbolo de la “mano dura” contra la delincuencia enfrentándose a Estados Unidos y diciendo, palabras más, palabras menos, lo mismo que las FARC? Como mínimo, es extraño.
Ante la propuesta, la respuesta de la Casa Blanca no se hizo esperar: tanto la Secretaria de Seguridad Janet Jackson como el Subsecretario Antidrogas William Brownfield, que viajaron a suelo centroamericano, fueron categóricos al respecto. Ambos negaron que la despenalización de la droga pudiera ser factible. Incluso fueron muy duros: condenaron la propuesta.
Nada, absolutamente nada en la política exterior de la actual administración guatemalteca podría hacer pensar en un alejamiento de la esfera de Washington. ¿Qué es esto entonces?
En algún momento se especuló que podía tratarse de una cortina de humo, más aún en la coyuntura en que fue propuesta la medida: justo cuando se estaba tratando en el Legislativo un paquete fiscal, ampulosamente llamado “reforma”, que no pasó de ser un reacomodo tributario donde el único sector al que realmente se le subieron impuestos fueron las capas medias, dejándose en su sitial de intocables a los grandes capitales, tanto nacionales como extranjeros.
Pero más allá de esa hipótesis, la medida de la despenalización fue mantenida férreamente, llevando en este momento a una suerte de enfrentamiento con otros países centroamericanos, y del mismo gobierno estadounidense.
No faltó quien dijera –con exceso de optimismo, o de ingenuidad (quizá con malicia incluso)– que la propuesta en ciernes marca un cambio en la forma de pensar del general. Ahora, para sorpresa de propios y extraños, tal como pasó con muchos militares latinoamericanos a través de la historia (Perón, Velasco Alvarado, Torrijos, Arbenz, Chávez), estaría tomando distancia del amo imperial. Pero nada autoriza a tomar en serio esta hipótesis.
¿De qué se trata entonces? Quizá faltan elementos para cerrar el análisis. Podría ser que, en su propuesta de bajar los índices de criminalidad –discurso que lo llevó a triunfar en las pasadas elecciones– haya entrevisto que la reducción y/o eliminación de las mafias ligadas al tráfico de drogas ilegales ayuda a bajar la violencia, pero más aún: ayudaría a bajar la percepción mediática que la ciudadanía puede tener de la misma. En definitiva: sería una loable acción de gobierno.
¿Hay otras agendas? La actual administración gubernamental de Guatemala, que es un fiel aliado de las estrategias estadounidenses, que es parte de los tratados de libre comercio para la región (el CAFTA) con los que básicamente se benefician los capitales del norte, que ha abierto sus puertas a los grandes proyectos extractivos ligados a multinacionales, que no toma ninguna medida política fuerte sin consultarlo con “la embajada” (obviamente: la United States Embassy, verdadero factor de poder tras los gobernantes vernáculos), es muy raro (¿imposible?) que se distancie de buenas a primeras Washington.
Hace un tiempo que se viene hablando por parte de la estrategia continental de la Casa Blanca de profundizar el Plan Mérida de lucha contra el narcotráfico desde México hacia toda Centroamérica, lo cual no significa sino más militarización, más “mano dura” en el tema. ¿Quedó en el olvido todo ello?
La propuesta en juego, por último, en términos concretos no deja de ser interesante por progresista, aunque llama la atención quién y cómo la formula. En estos momentos no termina de estar clara la jugada. El tiempo nos irá dando más elementos para entender de qué se trata. Pero como mínimo resulta extraño que un comando kaibil diga lo mismo que las FARC. ¿Gato encerrado? Quizá.

Publicado por ARGENPRESS

“Las drogas son un negocio como cualquier otro”: Entrevista a P., narcotraficante mexicano

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martes 27 de marzo de 2012

Marcelo Colussi (especial para ARGENPRESS.info)

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P., 35 años, originario de México D.F., desde hace varios años está vinculado al cartel de Tijuana. De niño y de joven pasó grandes penurias económicas proviniendo de una familia de extracción humilde. A los 19 años cayó preso por primera vez, por robo a mano armada. Hace 7 años ingresó al mundo del narcotráfico y fue escalando posiciones. Ahora dirige el departamento de logística del cartel. Tiene tres arrestos y cuatro asesinatos en su historial policial. Se mueve siempre con dos guardaespaldas y una pistola Mágnum 357 en la cintura. Al sonreír se le ven dos dientes de oro.
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Pregunta: ¿Qué piensa del negocio del narcotráfico?
Respuesta de P.: Que es un negocio como cualquier otro, así de simple. Lo que pasa es que está mal visto. Negocios son negocios, y en el mundo en que vivimos todo se maneja comercialmente. ¿O acaso alguien te regala algo? En todo caso, si alguien te regala, serán las monjitas cuando hacen obras de caridad. Pero ni siquiera es así, porque luego te hacen ir a misa. Algún precio hay que pagar por todo. Bueno, las drogas son una mercadería más que se vende y yo me ocupo de venderlas. ¿Qué más podría decir de eso? Lo que pasa es que son ilegales, y ahí viene el problema. ¿Qué me cuentan si el petróleo fuera ilegal? Sí, es medio loco pensarlo así, pero imaginémoslo por un momento: si la gente lo necesita, los gobiernos, las industrias lo necesitan, harían cualquier cosa por tenerlo, pagarían lo que sea, habría guerras, más de las que ya hay por el petróleo. Bueno, sería un caos, ¿verdad? Con las drogas pasa lo mismo, mi hermano. La gente las quiere; nosotros no obligamos a nadie a consumir. El que las quiere lo decide en su sano juicio, las paga con su dinero. Yo lo único que hago es limitarme a vender esa mercadería, igual que el tipo que vende leche, o ropa.
Pregunta: Pero hay alguna diferencia entre vender leche o ropa y vender drogas.
Respuesta de P.: Básicamente la diferencia es que una cosa es legal y otra no. Porque si se mira como negocio, todo, absolutamente todo lo que se fabrica, lo que se produce en algún lugar, se hace para vender. Aunque sean estupideces que no sirven para nada; aunque, incluso, sean cosas dañinas. ¿Ustedes podrían decirme por qué se vende tabaco con alquitrán y nicotina? Todos sabemos que eso da cáncer –y les aclaro que yo fumo–, pero se vende. ¡Y mucho! ¿Y qué me dicen del alcohol? Todos sabemos que es uno de los grandes negocios del mundo. ¿Para qué se vende el alcohol: cerveza, whisky, vino, tequila, champagne, y las mil bebidas que existen por ahí? Todas hacen mal, lo sabemos –les aclaro que yo también bebo, no me voy a hacer el puritano–. Pero se venden y nadie dice una palabra. Y los gobiernos no persiguen a los que las venden, ni a los que las fabrican, ni tampoco a los que las consumen. El mundo es puro negocio, mi hermano, y todo lo que se produce es para vender, no importa si es leche, ropa, drogas o sexo. El sexo también se vende. ¿Ustedes saben cuáles son las páginas más consultadas en internet? ¡Las páginas porno! Y las películas pornográficas son uno de los negocios que más están creciendo. Así que no nos vengamos a hacer los moralistas, las monjitas inocentes. Que las drogas que nosotros vendemos, la cocaína y la marihuana, sean ilegales, eso es otro asunto. ¿Por qué no ilegalizan la venta de armas? ¿Ustedes saben cuál es el negocio más grande del mundo, no? ¡Las armas, compadre! ¡Las ar-mas! ¿Y para qué diablos sirven las armas? Reconozco que la ropa o la leche sirven para algo bueno. Pero… ¿las armas? Bueno, como sea, es lo que más se vende en este mundo. ¡Y eso sí que mueve dólares! Ya no hablemos de una escuadrita como esta que cargo aquí –tampoco me voy a hacer el puritano con esto: ya me despaché a cuatro yo directamente, además de todos los que mandé a matar con mis muchachos–. Pero díganme: ¿cuánto cuesta un avión bombardero super moderno de los gringos? ¿Y un submarino nuclear? Eso sí que es negocio. Y nadie lo prohíbe. Y a nadie se le va a ocurrir ir a perseguir y meter presos a los de la Boeing, o de la Lockheed Martin, o los de la Microsoft, o IBM, o los que hacen computadoras, esos de la Hewlett-Packard, o empresas como Raytheon y Sun Microsystems, toda gente muy respetable, blancos y de saco y corbata. Porque son ellos los que fabrican todas esas armas complicadísimas, de super avanzada: misiles, armas químicas y no sé cuántas cosas más. Hay una bomba que cuando la tiran vuelve maricones a los soldados enemigos y hacen que se mueran por los gringos, que dejen sus armas y se vayan tras ellos. ¿Qué me cuentan? Esas armas cuestan fortunas. Y nunca persiguen a los que las venden. ¡Son legales! Pero a nosotros, los inditos patapolvosa de cuarta que vendemos las drogas que ellos se hartan, a nosotros sí nos persiguen. Entonces: ¿qué diferencia hay entre una mercadería y otra?
Pregunta: Es que las drogas estas que ustedes trafican son productos muy dañinos. ¿Cuánta gente muere por día por consumirlas?
Respuesta de P.: ¡Por favor! ¿Acaso esas armas de las que estamos hablando son para tirar flores, para curar enfermos? ¿Quién mata más? Lo que pasa es que si hacen legal nuestro negocio, perdemos muchos. Yo no voy a negar que sea un delincuente, por supuesto. Nací y me crié entre ladrones y putas; por suerte no caí preso nunca de menor, nunca estuve en un reformatorio. A duras penas llegué a segundo año de escuela media; me crié en la calle, entre malandrines, entre lo peor de lo peor del D.F. Y por supuesto que soy un delincuente. ¿Por qué iba a negarlo? Un delincuente y con rasgos indígenas. Claro que vivo del crimen, por supuesto. No me voy a venir a hacer la ovejita con tres ingresos a la policía. Con todo lo que hice ya a mis 35 años tengo para ir varias veces al infierno. No me arrepiento: soy lo que soy, y punto. Y el narcotráfico es un negocio para puros machos, se hace a los plomazos. Pero que no me vengan a decir que es un negocio peor que otros. Si lo hicieran legal, sería como con el licor o los cigarrillos. Antes eso era lo peor del mundo, acuérdense de Al Capone. Pero cuando lo legalizaron, los industriales que se dedican al asunto pasaron a ser unos respetables señores, igual que los que venden las armas. Seguro que esos tipos van a la iglesia, y hasta se confesarán. ¿Cuántos niños mata una bomba de racimo cuando explota? ¿Y a cuánta gente que anda por el monte trabajando, o jugando en el caso de los niños, una mina no le vuela una pata? ¿Quién va preso por eso? ¿Quién debería ir preso en todo caso: el militar que da la orden, el fabricante de esos artefactos, los gobiernos que las permiten, o el soldado que la puso? Lo cierto es que nadie va preso; y en el peor de los casos, seguro que iría el soldadito. Y lo peor: nadie va a tratar de “despreciable asesino” a los que fabrican las minas, o a quienes las venden. Pero sí nos tratan de lo peor a los que vendemos las drogas. ¿Por qué? Miren, muchachos, no seamos hipócritas: ahí hay una doble moral asquerosa. Son los gringos, o los europeos, esos países llenos de dólares, los que más consumen drogas. En los Estados Unidos cada día entra una tonelada de droga: ¡una to-ne-la-da! No estamos hablando de medio kilo, o de 20 kilos. Eso, por último, hasta en una maleta pasa. Pero una tonelada no es poco. Alguien tendrá que hacerse el distraído y mirar para otro lado para que todo eso pueda pasar. Nos corren, nos persiguen; o, al menos, dicen que nos corren. Y por allí decomisan algo. Pero necesitan hacer todo ese show. Si fuera legal y se pudiera comercializar igual que el maíz o el café, se termina el negocio. ¡Por supuesto que mucho mueren por culpa de las drogas! Pero ese no es un problema mío. Si quieren consumir, que consuman. Nadie los obliga. Es como el que quiere matarse conduciendo un carro a 200 kilómetros por hora: nadie lo obliga. En nuestros países se consume un poco, pero ese no es el problema. Aquí la gente no tiene ni para la comida, así que el asunto de las drogas es secundario. Los que consumen de verdad son los gringos, los del norte: ahí se va el 95 % de la producción. Si quieren droga, que después no jodan. Hacen el show diciendo que somos unos delincuentes, ponen leyes de extradición para los narcos, nos persiguen… Pero gracias a nosotros es que muchos allá viven bien.
Pregunta: Aclárenos un poquito. Usted dice que gracias al narcotráfico hay muchos que se benefician en el norte, en Estados Unidos. ¿Quiénes y de qué manera se benefician?
Respuesta de P.: ¿Ustedes creen que si realmente quisieran perseguir el tráfico ilegal de drogas no lo harían? Dicen que fumigan en las montañas de Colombia, pero cada día hay más hectáreas sembradas con coca, o con marihuana. Esto de la droga ilegal es un gran negocio para muchos. Para mí, por supuesto. Yo fui un marginal todo mi vida, un delincuentillo muerto de hambre, y recién ahora, hace unos años, desde que me hice cargo de parte de las operaciones del cartel, estoy bien económicamente. Nunca le había podido comprar una casa a mi viejecita, que hasta no hace poco tenía que lavar ropa ajena para sobrevivir. Recién ahora pude hacerlo: le compré una hermosa casa en un barrio respetable en la ciudad de México. Y hasta dos sirvientas le pago. Yo me beneficio con el negocio, por supuesto. Pero no se crean que es tan fácil: vivimos siempre al borde. ¿Para qué creen que llevo siempre dos guardaespaldas? ¿Para hacerme ver? No, es por seguridad, realmente por eso. La vida de un narco no es cosa fácil; como les dije, es cosa de machos. Los que más nos joden son los de la policía, por supuesto. Pero ellos son tan muertos de hambre como nosotros. ¡O peores! No sé quiénes son más delincuentes, si ellos o nosotros. Ellos cumplen órdenes y tienen que venir tras los narcos, a veces, simplemente para negociar cuánto van a dejar pasar. El negocio, el verdadero y gran negocio lo hacen los peces gordos. ¿Dónde va a parar tanto dinero? A los bancos gringos. En los Estados Unidos viven diciendo que somos el cáncer que les manda la droga, pero sucede ahí como con los indocumentados: viven diciendo que no nos quieren, despreciándonos, ahorita construyendo ese muro en el desierto para que no nos pasemos, pero en definitiva nos necesitan. ¿Quién haría el trabajo sucio allá si no fueran los inmigrantes ilegales? Acaso un trabajador rubiecito, un gringo, ¿está dispuesto a ir de basurero, de albañil, de sirvienta? ¡Por supuesto que no! Por eso necesitan los “espaldas mojadas”, los indiecitos ilegales que les caemos por miles. Y lo mismo pasa con la droga. Allá consume hasta el perro. Todos, ricos y pobres, hombres y mujeres, blancos y negros. Necesitan droga, quieren drogan, nos la piden a gritos. Nosotros simplemente se las hacemos llegar. Pero los muy cabrones, el gobierno me refiero, nos pone trabas: en vez de dejar comerciar libremente –el tratado de “libre” comercio es una mentira, es cualquier cosa menos libre–, en vez de permitirnos el comercio, nos hace ilegales. Así, por supuesto, pueden hacen subir los precios. Y de esa forma muchos se benefician: la policía, la DEA, el ejército. Necesitan tener estos “criminales” delante de ellos para justificarse. Si no hubiera estas bandas de monstruos como nos quieren hacer ver, muchos se quedarían sin trabajo en Estados Unidos. Además –y esto es lo más importante, créanme– con tanto control que ponen por ahí, en realidad no buscan detener el negocio de la droga. Es puro montaje. Yo sé positivamente que de toda la droga que se decomisa –que en verdad es muy poca– prácticamente nada es la que se destruye. Eso se recicla y se vuelve a vender. Todos hacen lo mismo, la DEA, la Federal en Estados Unidos o la policía mexicana. Me acuerdo una caricatura que vi una vez y me pareció muy explicativa: en un operativo detienen un camión cargado de cocaína. Entonces se ve al comandante del grupo pasando la información a un subalterno: “sargento, fue un muy buen golpe. Incautamos dos mil kilos de cocaína de buena calidad. Informe a la base que recuperamos mil quinientos kilos”. Viene el sargento y llama al radio-operador: “soldado, informe a la base que hemos detenido mil kilos”. Y el soldado agarra el radio y transmite: “cuartel general, ¿me copia? Les informamos que el operativo fue todo un éxito. Decomisamos quinientos kilos”. Bueno, así es todo el circuito.
Pregunta: Entonces ¿no tiene solución esto del narcotráfico?
Respuesta de P.: Para ser franco, yo no lo sé. Pero como van las cosas, me atrevo a decir que no. O no por ahora. Esto es un negocio demasiado grande y hay demasiados, pero demasiadísimos intereses en juego como para esperar que se vaya a terminar. Nosotros, los narcos, pasamos rápido. Cada uno de nosotros está unos pocos años en el negocio. Esto, como les dije, no es cosa fácil; es cosa de aprovechar el poco tiempo que a uno le toca. Yo sé que en cualquier momento me voy para el otro lado: la policía u otra banda, alguien me puede cocer a balazos, ya lo sé. Son los riesgos del oficio… Pero aunque nosotros somos pasajeros, los dólares ahí siguen estando, y corriendo. Y la gente no va a dejar de consumir. ¡Al contrario! Cada día se consume más. Yo no sé si algún día va a terminar todo esto, pero por ahora, estoy seguro que no.
Pregunta: ¿No tiene miedo a que lo maten entonces?
Respuesta de P.: ¿Miedo? ¿Y por qué iba a tener miedo? Mi vida siempre estuvo al borde. Tuve suerte de llegar a los 35, así que no tengo de qué quejarme. Sé que en cualquier momento puedo ya no estar. Pero lo que sí les puedo asegurar es que si me muero, de sobredosis no va a ser. ¡No soy tan imbécil!
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Entrevista de docu-ficción tomada del libro “El narcotráfico: un arma del imperio”, de Marcelo Colussi. La entrevista es ficticia, pero rescata y reconstruye diálogos mantenidos con narcotraficantes verídicos. Tiene, por tanto, un valor testimonial tan vívido como si las declaraciones fueran reales.

Publicado por ARGENPRESS

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